CAPÍTULO 32
Hummingbird Beach está vacía; no hay nadie, solo los pájaros, los canguros y las olas que rompen en la orilla.
Hoy las olas parecen más impetuosas, agitadas por las tormentas recientes.
Pero a Martin ya es poco lo que lo agita.
La policía se ha ido, llevándose todas las pruebas; los mochileros que acampaban han recalado en otra playa, y el nuevo grupo de almas en busca de espiritualidad ha cancelado su llegada.
Los medios revolotean por el hostal Sperm Cove, la comisaría de Port Silver y las casas y oficinas de los Drake, padre e hijo.
Martin deja todo eso en manos de Bethanie y Baxter.
Ya ha enviado su artículo por internet; el periódico de mañana llevará la crónica definitiva.
Por ahora, está en Hummingbird Beach; se siente mucho mejor después de haber dormido toda la noche y de haber desayunado en abundancia.
Camina hacia la casa. Jota está sentada a una mesa de la terraza, esperándolo con las maletas listas para partir.
Hay un pequeño ramo de flores, tal vez un obsequio de despedida de alguno de los que acampaban allí habitualmente.
Mira el mar, absorta, sin darse cuenta de la presencia de Martin, llenándose los ojos de horizonte.
Él la observa unos instantes antes de subir los escalones y de despertarla de su ensoñación.
Ha accedido a llevarla en coche hasta Longton para tomar el tren a Sídney, donde empezará con su tratamiento.
—¿Lista? —pregunta.
—No. —Jota sonríe—. Quisiera quedarme sentada aquí para siempre.
—Cuanto antes te vayas, antes volverás —responde él, devolviéndole la sonrisa.
—Puede ser. Pero antes de irnos, ¿me cuentas qué pasó? Leí tus artículos en la tableta, pero no sé si termino de entenderlo todo.
—Es imposible entenderlo. Ahora que los Drake han sido acusados, tenemos restricciones sobre lo que podemos publicar.
Pero en esencia, esto fue lo que ocurrió: la noche del viernes pasado, dos personas utilizaron sendas sustancias tóxicas aquí en Hummingbird Beach, sin que ninguna supiera de la otra.
La primera fue Topaz Throssel, que quería vengar a su hermana matando a Myron Florakis y luego planeaba suicidarse.
El otro asesino fue Harry. Su misión era matar al swami Dev Hawananda y también a ti.
Pero todo salió mal. Florakis murió, tú y Topaz sobrevivisteis, y seis personas más perdieron la vida sin motivo alguno.
Jota queda atónita. Martin la deja asimilar lo que acaba de oír. Pasa casi un minuto antes de que ella hable en un susurro: —¿Por qué querían matarme?
—Harrold Drake quería quitarte del medio para que la Fundación de Meditación Divina heredara Hummingbird Beach, y a su vez quería que el swami muriera para poder controlar la fundación. Planeaba vender los terrenos al grupo francés de urbanismo turístico.
—¿Así que fue por dinero? ¿Por codicia? ¿Se perdieron las vidas de siete personas solo por eso?
—Drake está ahogado en deudas. Todo se remonta a Amory Ashton.
Ashton le ofreció a Drake un atajo para saltearse a los St. Clair, los Tomakis y los Speight del mundo, para sentarse en la cima de Nobb Hill.
Así que Drake pidió préstamos gigantescos, invirtió diez millones en un proyecto fraudulento promovido por Amory Ashton y lo perdió todo cuando Ashton desapareció.
—¿Ashton? ¡Pero si te conté que está muerto! ¿Dónde está el dinero?
—Yo diría que en algún paraíso fiscal, sin reclamar. Pero Drake y cualquier otro que sepa del dinero dan por hecho que Ashton se fugó con él.
Jota asiente con expresión sombría.
—Así que nos querían muertos. A mí y a Dev. ¿Qué falló?
—No lo sé con certeza, pero Harry está colaborando activamente con la policía.
Dice que su propio padre lo engañó. Sabía que estaba intoxicando gente, pero pensaba que solo se iban a poner enfermos, no que iban a morir.
La idea era arruinar la reputación de Hummingbird Beach, cerrar el negocio del swami y obligarte a vender.
—Sigue.
—Topaz solo tenía intención de matar al gurú y luego suicidarse.
Puso su veneno en el cuenco ceremonial al final, de modo que solo él y ella lo beberían.
Pero después de beber, Hawananda se tambaleó y se cayó, tal vez porque Harry ya lo había envenenado antes.
Se desmayó antes de poder vaciar el cuenco en la arena. Otros lo vieron ahí y bebieron un poco.
—Y murieron.
—Algunos sí, otros no.
Jota hace una pausa; frunce el ceño, pensativa.
—Entonces, ¿cuál es la razón por la que Dev murió y Topaz y yo sobrevivimos?
—Fue Harry. Su padre le dio dos sustancias. La primera contenía pequeñas cantidades de veneno junto con jarabe de ipecacuana. ¿Sabes qué es?
—Sí, provoca vómitos.
—Exacto. Así que cualquiera que ingiriera eso vomitaría, se sentiría fatal y si le hacían pruebas, mostraría signos de envenenamiento.
Mientras tanto, para ti y para tu swami, habían reservado una dosis mucho más fuerte del veneno, sin ipecacuana.
Harrold quería que pareciera que el swami había planeado un asesinato fingiendo un suicidio, pero solo con dos muertes. Harry afirma que no sabía nada de eso.
—¿Y la policía le cree?
—Lo dudo. Es imposible que no se haya preguntado por qué había una dosis para vosotros dos y otra para los demás. Aunque hubo otro factor…
—¿Cuál?
—El Rohypnol.
—¿Otra vez? ¿También el viernes por la noche?
—Sí. Casi con toda seguridad, lo repartió Garth McGrath. Aparecieron rastros en la sangre de una joven a la que quería seducir y en la de un hombre mayor. Por suerte, ella sobrevivió.
—¿Pero por qué Garth haría eso? Era muy atractivo. Las mujeres se le echaban encima. No necesitaba drogar a nadie.
—Evidentemente, no le bastaba con el sexo.
Buscaba otra cosa, sumisión total, control absoluto.
Era un depredador. Parte de su método consistía en drogar a varias personas, no solo a su objetivo, y fingir que a él también lo habían drogado.
Drogó a Jasper una noche en que estaba tras Mandy y me lo hizo a mí el jueves, cuando iba tras Topaz.
Es probable que también se lo diera a Harry y, posiblemente, al swami el viernes.
—Mierda —dice Jota—. Por eso Dev se desmayó antes de empezar a vomitar, a diferencia de Topaz y de mí. Y por eso Harry perdió la cuenta de quién había recibido qué dosis.
—Esa es la teoría.
—¿Entonces, lo acusarán de homicidio?
Martin se encoge de hombros.
—No lo sé. Supongo que está intentando negociar con la policía: cooperación total y testificar contra su padre a cambio de que lo imputen por homicidio imprudente en lugar de asesinato.
—¿Y crees que le irá bien?
—No tengo idea. Pero desde luego, no sabía nada de la ruina económica de su padre. Hace solo unas semanas, hablaba con Jasper de invertir en un plan para parcelar las propiedades que están sobre el acantilado. Pensaba que su padre podría ayudarlo con la financiación.
—¿Quién mató a Jasper?
—Harrold Drake. Jasper descubrió que Dev Hawananda no era quien decía ser, y Drake se enteró.
Es probable que Jasper solo haya llegado a la mitad del asunto: pensaba que el verdadero nombre de Hawananda era Myron Papadopoulos y fue a casa de Mandy a contármelo, pero quizá no sabía lo de Creta.
Jasper pensaba que sería una buena historia y que tal vez llevaría a que tú soltaras un poco el control financiero de Hummingbird Beach.
Pero eso forzó la mano de Drake. Si tú descubrías que Hawananda no era quien decía, casi seguro lo desheredarías.
Así que Harrold mató a Jasper e intentó inculpar al gurú.
Después, cuando Johnson Pear le dijo que tenía una coartada, trató de culpar a Mandy.
—Dios mío, debía de estar desesperado.
—Totalmente. Lo niega todo, pero dejó una huella de zapato cuando escapó por detrás de la casa que Mandy había alquilado y corrió junto al río. Y su hijo está intentando salvar el pellejo colaborando con la policía.
Jota vuelve la vista hacia el mar, mientras asimila todo lo que ha escuchado.
—Pobre Jasper. Me daba pena. Nunca llegó a ser el hombre que podría haber sido. Pensé que Dev podría ayudarlo, darle un poco de paz, de perspectiva. Pero supongo que no es simple, nunca es simple.
Después de eso, se quedan sentados varios minutos sin hablar, mirando las olas que llegan a la orilla con precisión mecánica, como si el oleaje aplaudiera al compás de un ritmo desconocido.
Por fin, Martin se levanta, lleva las maletas de Jota hasta el coche y la deja sola unos minutos para que se despida de su propiedad.
Espera en el aparcamiento, la ve subir la cuesta hacia él y se sorprende una vez más por lo saludable que se ve, por el estado físico que tiene.
Solo la cabeza inclinada, la ligera curvatura que se ha instalado en sus hombros y la tristeza que la envuelve revelan que algo no está bien.
Parten en silencio, sin decir una palabra; el único sonido es el gruñido gutural del escape.
Al llegar al desvío hacia Dunes Road, Martin frena y ven pasar un coche del Canal Diez rumbo a la fábrica de quesos; Martin no puede menos que sonreír.
Luego, gira hacia el asfalto, en dirección a Port Silver, y acelera con suavidad para no forzar el tubo de escape averiado.
Casi ni ha tomado velocidad cuando Jota alarga el brazo y apoya una mano sobre el brazo de Martin.
—Detente, Martin. Justo aquí. Junto a la cruz.
Él reduce la velocidad, sale del camino y se detiene. La cruz está delante de ellos y, en la distancia, el faro parece flotar.
—Ven, vamos —dice ella, y sale del coche. Martin la sigue. Jota lleva el pequeño ramo de flores que había en la terraza. Camina hasta la cruz, se agacha, coloca las flores al pie y permanece allí unos instantes antes de incorporarse—. Esta vez no son de plástico.
—Eras tú —dice Martin—. Pensé que era Vern.
Ella lo mira; tiene lágrimas en los ojos.
—Yo estaba allí, Martin. Estaba allí aquel día.