Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

Mandy, Martin y Liam están sentados en el muelle del camping, esperando que Vern los recoja con su bote.

La mañana es cálida, sopla una brisa marina suave.

La lluvia nocturna se ha disipado y la luz, suave y otoñal, se refleja en el río.

Martin siente que hay algo en el día que lo envuelve, algo parecido a la perfección.

Mandy está a su lado, meciendo a su hijo.

Besa a Liam y se lo pasa a Martin. El niño pesa un poco más cada día.

Se sientan los tres, sin hablar, disfrutando simplemente de un momento en el que no hay nada que hacer, nada que se imponga sobre ellos, nada que los amenace.

Mandy es la que habla primero.

—Cediste tu historia, Martin. La entregaste.

—No, no la cedí. Está en la portada del periódico de hoy, la veríamos si pudiéramos conseguir uno aquí. Y lleva mi firma, la mía y la de Bethanie.

—Lo sé, pero era toda tuya. Los Drake, su desesperación, su engaño. Lo tenías todo. Y se la diste a la policía, se la diste a Bethanie y se la diste a ese bobo de Doug Thunkleton.

Martin se encoge de hombros, sonriendo. Sabe a qué se refiere ella, pero sentado allí, bajo el sol y al calor de su familia, no siente ningún remordimiento. “Su familia”.

—Con ese bobo estamos en deuda. Cumplió su papel a la perfección en la rueda de prensa.

Mandy le devuelve la sonrisa.

—Puede ser. Pero sabes lo que quiero decir: podrías habértelo guardado todo. Creo que el antiguo Martin Scarsden habría caminado sobre brasas para quedarse con una exclusiva así.

Tiene razón: algo ha cambiado. La historia ya no es el principio y el fin de todo. Y él no es el mismo Martin Scarsden. Tal vez, no sea el mejor hombre que le prometió ser en Riversend, pero va camino de serlo. Ha descubierto que hay cosas más importantes que la portada de un periódico.

—Tenía que hacerse. St. Clair habría contado a la policía lo que sabía, y ellos habrían descubierto la verdad al final, pero podrían haber pasado semanas. Y en ese tiempo, Drake podría haber huido o vuelto a matar. De este modo, le pusimos fin. Nos ahorramos mucho dolor.

—Me lo ahorraste a mí, querrás decir.

—Es lo mismo.

Primero, oyen el sonido: el suave petardeo del motor. Luego, lo ven: Vern baja por el río en su bote —no el barco pesquero grande, sino el bote de aluminio a motor que usaba Levi en la cala— y se acerca al muelle del camping donde lo esperan Martin, Mandalay y Liam.

—Bote, Liam, di bote —le dice Martin al niño, que está en su regazo—. Bote.

—Boe —dice Liam con los ojos muy abiertos, sorprendido y encantado—. ¡Boe, boe, boe!

Se ríen y aplauden. Mandy arrebata al niño de los brazos de Martin y lo cubre de besos.

—¡Boe! ¡Boe! ¡Boe! —chilla Liam, el centro de atención.

Con cuidado, Martin pasa a Liam a Vern, Mandy baja por la escalerilla hasta el bote, y después Martin hace lo mismo.

Vern insiste en que se pongan los chalecos salvavidas, que, a pesar de estar sin usar, parecen tener muchos años.

Avanzan río abajo por el Argyle, con el motor a pocas revoluciones, dejando que la corriente haga su trabajo; pasan debajo del puente, junto al puerto a la derecha.

Le siguen el hotel Breakwater y el pueblo.

A la izquierda, la orilla se eleva y se vuelve más empinada.

Se oye el rumor del oleaje, el aire limpio del mar reemplaza el olor pantanoso del río.

La corriente parece acelerarse; a la izquierda, la orilla empinada; a la derecha, el espigón, igual que hace tantos años, cuando tres chicos iban en una canoa.

Mandy alza la vista, intentando divisar la casa Hartigan, pero están demasiado cerca de la orilla; solo se ve el bosque tupido.

Martin tiene a Liam en su regazo, lo sujeta con fuerza, le señala cosas y murmura sus nombres.

Ahora ya pueden ver el oleaje sobre el banco de arena, las olas que se elevan pero no rompen.

Y luego, la pared rocosa que forma un cabo debajo del acantilado.

Pasan hacia el mar y Vern acelera; giran y entran en la cala escondida, donde el agua está en calma.

Martin la ve igual que aquel día, hace casi treinta años, cuando sirvió de refugio para tres chicos desesperados.

Más tarde, mientras Mandy y Liam chapotean, felices, en la orilla, Martin y Vern se sientan uno al lado del otro sobre un tronco que ha arrastrado la marea y contemplan el mar.

—Vern, tienes que dejar el comercio ilegal de peces protegidos. Lo sabes, ¿verdad?

Vern asiente.

—Sí, lo sé. Es una lástima, eso sí. Era una tradición familiar. Un poco de ilegalidad ayuda a romper la monotonía.

Martin sonríe.

—No encaja contigo, tienes que entenderlo. Por un lado, haces campaña para proteger la marisma y por el otro, saqueas especies protegidas.

Vern se ríe.

—Sí, dicho así, suena mal.

Observan cómo Mandy se inclina y levanta a Liam, cuidando de mantener la espalda recta. El niño ha crecido; está a punto de caminar, a punto de hablar. A ella ya le cuesta levantarlo.

—¿Qué va a hacer con la fábrica de quesos y la marisma? —pregunta Vern.

—No sé. No lo hemos hablado. Hasta donde sé, aún no ha ido hasta allí. Tal vez vayamos a ver la propiedad esta semana. Denise Speight tiene prioridad en el trato, pero creo que se echará atrás con el banco. Y no imagino a Mandy con prisa por urbanizar la zona.

—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer? Te vi en la portada del periódico de hoy, un artículo de dos páginas.

—Sí. Me ofrecieron un trabajo. A tiempo completo. En Sídney.

—¿Y qué dijiste?

—Que no. —Mira a Mandy y al hijo de ambos mientras habla—.

Pero a pesar de eso, quieren mantenerme en plantilla.

Usar mi nombre, que participe en eventos, cosas así.

Me pagarán un anticipo y esperan que escriba un artículo de fondo todos los meses, más o menos.

Mandy y yo creemos que podría funcionar.

Ya veremos. —Martin se mira las manos y elige con cuidado las palabras—: Creo que hay algo mal en mí.

—¿Martin?

—Siempre sospecho lo peor de las personas. Incluso de aquellos en quienes debería confiar. Como tú, como Levi y Josie. Como Mandy. Es una enfermedad que contraje cuando era corresponsal y no consigo librarme de los síntomas.

—Dale tiempo, Martin. Dale normalidad. Te pondrás bien.

—Eso espero —dice Martin, sin demasiada convicción.

—No piensas lo peor de Liam, ¿verdad?

Martin se ríe.

—¡Por supuesto que no! ¿Cómo podría?

—Pues ahí lo tienes. Ese es el primer paso.

Martin sonríe; es un buen argumento. Pero enseguida, se pone serio otra vez.

—Ayer llevé a Jota a la estación de Longton. Se iba a Sídney, al hospital.

—Nada serio, espero.

—Quizá muy serio. Cáncer.

—¡No! ¿Jota? ¿De verdad?

—Dice que si muere, me dejará Hummingbird Beach.

Vern se vuelve hacia Martin; está a punto de hablar, pero luego cambia de idea. Desvía la mirada, contempla el encuentro del río con el océano.

—¿Tú lo sabías?

Vern asiente casi imperceptiblemente, manteniendo la vista fija en la confluencia de agua dulce y salada.

—Era ella la que dejaba las flores todo este tiempo. Tú lo sabías.

—Sí, lo sabía.

—¿Por qué no me lo contaste?

—¿Cuándo, Martin? ¿Cuándo tendría que habértelo contado?

¿Cuando tenías ocho años? ¿O cuando tenías dieciséis o dieciocho y no querías saber nada, cuando ni siquiera ibas a visitar sus tumbas, cuando ni siquiera habías ido a ver la cruz en Dunes Road, cuando no veías la hora de subirte al tren hacia Sídney y dejarlo todo atrás? ¿Cuándo tendría que habértelo contado?

Martin guarda silencio, se siente reprendido.

El silencio se estira, pero no sirve; las preguntas siguen allí, no puede escapar de ellas.

Piensa en Jota, que viajó durante años, intentando escapar de la culpa que sentía por la muerte de su madre y sus hermanas.

Y piensa en Topaz, siempre en movimiento, atormentada por la muerte de su hermana, incapaz incluso de confiar en su marido.

Y piensa en Jasper, que nunca viajó, excepto a través de sus postales.

Y piensa en sí mismo, el eterno corresponsal que prefería zonas de guerra a los recuerdos de su propia infancia.

—Encontré unos viejos artículos de los periódicos en la biblioteca de Longton —dice a Vern—. Había una foto del coche, de tu coche, recién sacado de la marisma. El coche de papá también estaba allí. Y él también.

—Fue el primero en llegar.

—La luz trasera de tu coche estaba rota.

Vern alarga el brazo, apoya la mano sobre la de Martin.

—Se rompió semanas antes. Era mi coche. Lo sé.

Martin niega con la cabeza.

—Me lo imaginaba. Clyde Mackie era capaz de hacer la vista gorda, ¿sabes?

Vern sonríe, pero no con humor, sino con una expresión empatía y comprensión.

—No con algo así. Y hubo una investigación formal, como correspondía. Meses después, el forense investigó la luz trasera, cualquier cosa sospechosa. Concluyó que fue una muerte accidental. Accidental. ¿No lo encontraste en tus recortes de artículos?

—Creo que no miré más allá del accidente. —Toma la mano de su tío—. Así que él trató de sacarlas, pero no pudo.

Ve la confirmación en los ojos de su tío.

—Lo jodió por completo, ¿no? No solo que murieran, sino que murieran así, justo el día que nos tocó la lotería, cuando estaba con Jota en vez de jugando al críquet con nosotros. No es de extrañar que se emborrachara, que lo desperdiciara todo. No es raro que nunca pudiera mirarme a los ojos.

Vern no dice nada, solo le aprieta la mano.

—Se suicidó, ¿verdad? —Martin no puede soltar; el pasado lo atrapa, obligándolo a seguir su lógica de tres décadas atrás—.

Cuando se acabó el dinero, cuando no quedaba nada, bebió lo único que quedaba, el champán.

Lo bebió tibio de un vaso desechable, y luego salió y estrelló el coche contra un árbol.

—¿El champán? —pregunta Vern.

—No me digas que no lo recuerdas. El día de la lotería.

Habíamos estado jugando al críquet. Lancé una bola ganadora.

Justo después, nos enteramos de que nos había tocado.

Mamá y las chicas fueron a contárselo a papá, y tú y yo fuimos a comprar pescado rebozado con patatas fritas.

Compraste el champán francés más caro que pudimos encontrar.

Veuve Clicquot, con la etiqueta naranja.

Para festejar que nos había tocado, para celebrar nuestro futuro juntos.

—No —dice Vern.

—¿No?

—El champán no era para celebrar que os había tocado la lotería.

Era para celebrar su divorcio. Por eso, ella fue en el coche para decirle que iba a divorciarse.

El dinero la liberaría. Sabía dónde estaba Ron, qué estaba haciendo y con quién.

Por eso, se llevó a las niñas, pero te dejó a ti en casa.

Sabía lo mucho que querías a tu padre; no quería que lo vieras con Jota, tenías edad suficiente para entender lo que le iba a decir.

No quería que lo presenciaras. No quería hacerte daño.

¿Cuánto tiempo se quedan allí, esos dos hombres, unidos por la sangre, la historia y un duelo de décadas, tomados de la mano, llorando en silencio, compartiendo sus pensamientos, con la mirada perdida en el mar y el oleaje sobre el banco de arena? Muchos minutos y una eternidad.

Es Mandy la que rompe la silenciosa vigilia.

—¡Mirad! —grita—. ¡Venid a ver lo que hemos encontrado!

Está al pie del acantilado, donde la playa se encuentra con el bosque. Martin y Vern se ponen de pie lentamente, caminan hacia ella y Liam, Vern con el brazo alrededor de los hombros de su sobrino; se secan los ojos, recomponen sus rostros con las máscaras de lo cotidiano.

—¡Mirad! —exclama Mandy—. ¿Qué os parece? —Y allí, erosionados por el viento, el agua y el tiempo, pero todavía inconfundibles, están los escalones tallados en la arenisca.

—¿Podríais reconstruirlos, Vern, tú y Lucy May? ¿Para que lleguen hasta la casa, como antes?

Vern sonríe.

—Por supuesto.

—Os pagaremos —aclara Mandy—. Por los escalones y la casa.

—Tendréis que hacerlo —responde Vern—. He perdido una fuente de ingresos.

No hay manera de contener el entusiasmo de Mandy.

—¡Será nuestra playa secreta! —Recorre la arena con la mirada, sus ojos reflejan su imaginación encendida—. ¿Tiene nombre esta playa?

Vern se encoge de hombros.

—Tiene muchos nombres, pero nada oficial.

—Entonces, se llamará la Playa de Liam —decreta, levantando al niño.

—¡Boe! —chilla Liam—. ¡Boe!

—De acuerdo —ríe Mandy—. ¡Playa Boe Boe!

Su alegría es intensa, demasiado contagiosa, y el júbilo de Liam es irresistible. Martin se encuentra sonriendo como un tonto y ve lo mismo en la cara de Vern.

Entonces, le habla a su tío en voz baja: —Si vais a hacer los trabajos de rehabilitación, ¿podría ayudaros? ¿Si tú y Lucy May me enseñáis? —Abre las manos y flexiona los dedos—. Me han dicho que tengo sus mismas manos.