Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 30
96%

CAPÍTULO 30

La comisaría de Port Silver está prácticamente desierta. Todos se han marchado al finalizar el día, salvo el agente del mostrador y Morris Montifore, que sale a autorizar la entrada de Martin, cuyo aspecto es cada vez más desaliñado.

—Por Dios, ¿qué te ha pasado? —pregunta Montifore mientras lo hace pasar por la puerta de seguridad—. ¿Estás bien?

Martin está empapado, va dejando un rastro de agua en el suelo.

—Me cayó la tormenta encima.

—Bueno, tengo buenas noticias para ti.

—¿La mancha del cuchillo?

—Sí. Coincide con el tinte del swami . Tenías razón.

La sensación de alivio es casi física.

—¿Entonces, Mandy está libre de sospechas?

—Sí. Puedes publicar que ya no se la considera sospechosa.

Martin mira el reloj. Las cinco y media. Lo ha logrado.

—¿Dónde está?

—Acaba de irse. Fue a buscar a su hijo.

—Ah —dice Martin, tambaleándose un poco mientras caminan juntos.

—¿Seguro que estás bien? —pregunta Montifore.

—Sí, un poco mareado, pero bien. ¿Y usted?

Montifore le lanza una mirada cargada de humor.

—He estado mejor. Es domingo por la noche. Debería estar en casa con mi mujer y mis hijos. En cambio, estoy aquí, caminando en círculos cada vez más pequeños.

A Martin le sorprende descubrir que Montifore tiene familia y vida privada. Le cuesta imaginar al inspector descansando, quitándose el traje arrugado. En su mente, duerme con el traje puesto.

Llegan a la improvisada sala de operaciones del detective.

—Deme un momento —le pide Martin.

Llama a Terri Preswell, le cuenta que Mandy ha sido liberada y que la policía afirma que ya no hay pruebas sustanciales contra ella.

—De acuerdo, gracias —responde la editora—. Pero escucha, quiero poner su foto. En la página tres. Diremos que está libre de cargos.

—¿Estás pidiendo permiso?

—Por supuesto que no. Solo te aviso.

—Gracias, Terri. ¡Qué amable!

Llama a Bethanie.

—Mierda, Martin, ¡siempre en el último momento! —Una pausa. Martin oye voces, risas, parece estar en un bar—. Me ocuparé de eso. —Otra pausa—. Bien hecho. Gracias.

—Gracias a ti, Bethanie. Te debo una.

—Varias, diría yo.

Montifore ha estado escuchando con interés.

—¿Todo aclarado?

—Todo aclarado. —Martin siente un enorme alivio. Mandy está libre, fuera de sospechas, y sus antiguos empleadores lo anunciarán al mundo. Lo sacude una mezcla de orgullo y euforia. Sonríe a Montifore, pero el detective no le devuelve el gesto.

—No parece muy conforme —observa Martin.

—No mucho —responde Montifore—. Mandalay Blonde está libre, así que ahora tengo que empezar a buscar al verdadero asesino. Y el caso de Hummingbird Beach sigue sin resolverse. Tuve que llamar a mi mujer para decirle que estaré aquí al menos una semana más.

—¿No se lo tomó bien?

—El cumpleaños de nuestro hijo es el martes.

—Ah…, lo siento.

Montifore mira alrededor del despacho, como buscando una razón por la cual está todavía allí.

—El cuchillo —dice Martin, intentando que vuelva a concentrarse—. ¿Hay alguna duda de que fue el arma que mató a Jasper?

—Ninguna. Los expertos forenses están seguros. La longitud, el ancho y la curvatura de la hoja coinciden. Tiene una muesca, al parecer.

—Entonces, alguien mata a Jasper; después, tiñe el mango con el pigmento del bindi para incriminar al swami. Pero cuando se entera de que tiene una coartada irrefutable, intenta desviar la culpa hacia Mandy. ¿Es así?

—Sí, yo diría que sí.

—¿Y cómo supieron que Hawananda ya no era sospechoso?

Montifore no responde. No parece querer estar allí, sino en cualquier otro lugar.

—¿Y qué pasa con el caso de Hummingbird Beach? ¿Por qué dice que no es algo sencillo?

Montifore suspira con expresión cansada.

—Tenías razón en eso también. Había más de un veneno, y Topaz Throssel asegura que solo usó uno.

—Y no tiene motivos para mentir.

—Diría que no.

Martin observa la sala, recorre con la vista las sillas vacías, los escritorios, tratando de decidir cómo proceder.

Empieza a sentirse algo aturdido; el efecto retardado del whisky de Tyson St. Clair se suma al hambre y al cansancio del día.

Tyson St. Clair. ¿Cómo se había enterado tan rápido de que la policía científica estaba analizando la mancha del cuchillo?

¿Cómo hacía para estar siempre tan bien informado?

Una idea le viene a la mente. Martin se retrepa en la silla, alarga el brazo hacia el escritorio de Ivan Lucic, toma un bolígrafo y una hoja de papel.

—Morris, creo que tengo algo. Sobre el asesinato de Jasper y el segundo veneno. Sé cómo encaja todo.

Montifore no dice nada; simplemente lo mira, casi sin respirar.

Martin escribe en el papel y se lo entrega al detective.

—Pero asegurémonos —añade.

Hay un ambiente de euforia en el hotel Breakwater.

Para ser domingo por la noche, el bar está a tope gracias a la llegada de periodistas con cuentas de gastos ilimitados y el añadido de que fuera la lluvia azota sin pausa.

Allí está Doug Thunkleton, acaparando la atención; Bethanie Glass, fingiendo interés; allí está Baxter James, tambaleándose ya.

Se reúnen en ese lugar, la supuesta élite del periodismo australiano —o al menos así se consideran—, y brindan por su propio éxito, indiferentes a la alfombra pegajosa y a los taburetes desvencijados; otro día ha terminado, otra historia se ha cerrado.

Ríen y beben, sabiendo que mañana volverán a hacer lo mismo.

Y otra vez. Y otra vez. En un rincón, están Mandalay Blonde, con su hijo Liam, que observa con ojos muy abiertos, y los dos abogados, Winifred Barbicombe y Nick Poulos.

Allí también está Martin Scarsden, devorando pescado rebozado con patatas fritas, indiferente al hecho de que sigue con la ropa mojada.

Mandy y Winifred beben champán; Nick Poulos acepta media copa para sumarse al brindis.

Martin toma agua, alegando que el whisky de Tyson St. Clair ha sido suficiente.

No es el momento ni el lugar para explicar su aversión al champán.

Así que mientras los demás celebran la libertad de Mandy, él se concentra en la comida; no es tan buena como la de Theo, pero su apetito le informa que es suficiente.

Winifred levanta de nuevo su copa. Si el alcohol la ha afectado en algo, Martin no lo nota.

—¡Y este brindis es por Martin! —proclama—. Ha logrado limpiar el nombre de Mandy de una vez por todas. El caso está cerrado.

Chocan las copas, brindando por Martin, pero Mandy frunce el ceño.

—¿Cómo que el caso está cerrado? —pregunta—. Todavía no sabemos quién mató a Jasper Speight.

Winifred sonríe con aire de superioridad.

—No importa, querida. Estás libre. Puedes seguir con tu vida. Y yo puedo volver a Melbourne.

—¡No! —dice Mandy, seria, casi enfadada—.

¡No puedo seguir con mi vida! ¿Cómo podría hacerlo?

Mientras el asesino siga suelto, siempre habrá sospechas sobre mí.

Después de lo que pasó en Riversend y después de lo que pasó en la casa que alquilé aquí, nadie en Port Silver querrá tener nada que ver conmigo: ninguna madre invitará a Liam a jugar a su casa.

Liam hace un puchero, inquieto por el cambio de ánimo de su madre.

Winifred se da cuenta de su error y se pone seria.

—Sí, claro. Qué tonta he sido. Estaba mirando el asunto desde el punto de vista legal. Lo siento.

El grupo guarda silencio. El contraste con el bullicio del bar y el golpeteo incesante de la lluvia lo hace más evidente. Martin termina las últimas patatas fritas y se limpia la grasa de la boca con una servilleta.

—La policía está trabajando en ello —dice—. Hay nuevas pistas. Puede que lo resuelvan en uno o dos días.

Mandy fija sus ojos verdes en él; la mirada está cargada de intensidad.

—¿Quién ha sido? ¿De quién sospechan?

—Tengo que reunirme con Montifore en una hora. Está arriba ahora mismo, gestionándolo todo. Van a traer especialistas desde Sídney.

—¿Especialistas? —pregunta Nick.

—¿Qué ha pasado? Cuéntanos lo que sabes —quiere saber Winifred.

Y Martin se lo cuenta. Se inclina sobre la mesa, baja la voz en el alboroto del bar y el tintinear de vasos, cuidando de que nadie más lo oiga. Con calma, sin exagerar, les explica lo que cree que pudo haber ocurrido y cómo podría actuar la policía.

Cuando termina, Mandy asiente.

—Móvil. Oportunidad. Pero ¿es suficiente? ¿Pueden empezar a hacer arrestos?

—Con el tiempo, sí. Por el momento, las pruebas son solo circunstanciales.

—Suena bastante acertado —opina Nick Poulos—. Es un caso circunstancial sólido, pero no estoy seguro de que la fiscalía decida presentar cargos. No hay pruebas físicas ni testigos.

—¿Se saldrán con la suya? —se indigna Mandy—. ¡Es una mierda!

Nick niega con la cabeza.

—No digo eso. La policía seguirá adelante. Con ocho muertos, no lo dejarán pasar. Y ahora que tienen sospechosos claros, centrarán todos sus esfuerzos allí. Pero puede llevarles semanas o meses. Lamento decirlo, pero debes prepararte para eso.

—¡No! —dice Mandy con un destello de ira—. No podemos quedarnos sentados fingiendo que todo está bien mientras la policía les saca punta a los lápices y rellena formularios. ¡Tiene que haber algo que podamos hacer!

El champán queda olvidado, la euforia de la celebración se esfuma y nadie habla.

Fuera, la lluvia empieza a amainar, la tormenta se aleja.

Y justo entonces, en el bar, como para subrayar el silencio que envuelve al grupo de Martin, estalla una carcajada ensordecedora.

Doug Thunkleton ha dicho algo tan ingenioso —o tan absurdo— que todos ríen a carcajadas.

Baxter James ríe tanto que se cae del taburete y termina en el suelo, moviendo los brazos y las piernas, lo que provoca otra oleada de risas.

Martin observa un momento y luego se vuelve hacia los demás.

—Tengo una idea. Voy a hablar con Montifore.