CAPÍTULO 29 #3
—Su banco y su contable. Y con el tiempo, me enteré yo. Y ahora lo sabes tú. Dudo que siquiera su esposa lo sepa. Se podría decir que es un secreto muy bien guardado.
Martin toma otro sorbo de whisky; la mente se le dispara en todas direcciones antes de detenerse en una idea. Deja el vaso sobre la mesa, e intenta convencerse de que no debe seguir bebiendo.
—¿Por qué dices que el proyecto de la marisma es una fantasía? Era tu gran visión, la transformación de Port Silver. Estabas impaciente por contarme todo al respecto. ¿Qué ha cambiado?
—¿Desde Ashton? Para empezar, los franceses.
Hace cinco años no estaban interesados. Desarrollar Hummingbird Beach tiene mucho sentido.
Es un sitio excelente. Pero incluso con eso, el resto sigue siendo puro humo.
Tal vez se podría hacer algo con la fábrica, un hotel o un complejo ecológico, pero nada más.
El puerto deportivo es completamente irreal.
Llevo veinticinco años intentando averiguar cómo abrir la desembocadura del Argyle para hacerla realmente navegable.
Ese es un río de verdad, con agua de verdad.
El canal insignificante que sale de la marisma casi no puede mantener a flote una cámara de neumático, ni hablar de un yate de mar abierto.
—¿Y el campo de golf? Mencionaste ejemplos de urbanizaciones en Gold Coast sobre terrenos ganados al mar.
Otra sonrisa de satisfacción.
—Se puede hacer. Claro que se puede hacer.
Pero cuesta una fortuna. Solo recuperarías el dinero si construyeras viviendas, como en Queensland…
, y si hubiera demanda para esas viviendas.
Un campo de golf por sí solo, a veinte kilómetros del pueblo, jamás generaría ganancias suficientes. Ni en un millón de años.
Martin se da cuenta de que ha estado inclinado hacia delante. Ahora se echa hacia atrás en el sillón y contempla las nubes de tormenta como buscando iluminación.
—Así que era todo una farsa. Nunca pensaste desarrollar nada. Por eso, en ningún momento te acercaste a Mandy.
St. Clair asiente, alza el vaso como para brindar.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué todo este montaje tan elaborado? ¿Con qué propósito?
—Venganza.
—¿Venganza?
—Hay un viejo hotel junto al puerto, el Breakwater. Muy deteriorado ahora, pero con un potencial enorme. ¿Lo conoces?
—Sí. La abogada de Mandy se hospeda allí; también, la mitad de los miembros de la prensa.
—Me alegro por ellos. ¿Notaste acaso que está bajo una nueva administración?
Martin asiente.
—Sí. ¿Quién es el nuevo gerente?
—No solo el nuevo gerente, la nueva propietaria: Denise Speight. —St. Clair pronuncia el nombre con desagrado—. Durante décadas, el Breakwater fue propiedad de una anciana griega, la señora Tomakis.
—¿La madre de George?
—Exacto. La viuda de Theo. Y durante los últimos cinco o diez años, desde que la flota pesquera se quedó en tierra y el Gobierno puso dinero para embellecer el puerto, he intentado convencerla de que lo arreglara.
O que lo vendiera. El potencial es enorme.
Pero la señora Tomakis no es promotora. Detesta gastar un céntimo, incluso para ganar un dólar.
Sabe exprimir una propiedad como nadie. Es dueña de media Barriada.
—La describes como una usurera.
—Digamos que es dura. Pero también honesta como la que más. No necesitas un contrato con ella, un apretón de manos basta. Y eso hicimos con la venta del hotel Breakwater. Yo lo compraba, y nadie más se enteraría de que estaba en venta. Nadie excepto mi contable y mi abogado.
—Harrold Drake.
—Sí, el hijo de puta de Harrold Drake. Al que yo había estado manteniendo desde que Amory Ashton lo estafó y huyó con todo su dinero.
El mismo Harrold Drake que luego me traicionó.
La señora Tomakis me lo contó todo. Estaba mortificada.
Drake le informó que yo ya no estaba interesado en comprar, pero que Denise Speight sí lo estaba.
¿Y por qué me traicionó? Por sus treinta monedas de plata.
Por una comisión un poco mayor y un diez por ciento de participación en el hotel.
Un relámpago cae como una lanza de las nubes; golpea el agua, a kilómetros de la costa, donde las sombras comienzan a imponerse sobre el mar brillante.
—Entonces, ¿toda esta farsa es solo para vengarte de Harrold Drake y Denise Speight?
—Exacto.
—¿Harrold trabaja para Denise?
—Sí.
—¿Ya no para ti?
—Por supuesto que no. Ni para la señora Tomakis. Ya no.
—¿Así que tiene serios problemas financieros?
—¡Eso espero! El muy taimado. Ojalá que esto termine de hundirlo.
Martin mira el vaso, que de algún modo ha vuelto a aparecer en su mano, luego al mar y una vez más a St. Clair; recuerda cómo le desagradaba Nobb Hill a George.
—¿Cuán desesperado crees que está Harrold Drake en este momento?
—Si me preguntas a mí, diría que jodidamente desesperado.
—Tienes que contarle a la policía lo que sabes sobre él.
—Tengo intención de hacerlo. Solo necesitaba resolver otra cosa primero. —St. Clair esboza otra de sus sonrisas de lobo—. Pero no me has dicho nada. ¿Te gusta mi whisky?
El cambio de tema desconcierta a Martin; hablan de venganza, traición financiera y motivos de asesinato, y un segundo después, el millonario busca cumplidos.
—Sí, claro. Es excelente.
—Pues debería serlo. Cada botella cuesta varios miles de dólares. Debes de tener unos mil dólares en ese vaso. Vamos, bébelo.
Martin frunce el ceño; ¿acaso St. Clair intenta hacer que se sienta en deuda con él?
—¿Qué quieres decir con eso?
—Fue un regalo de los franceses. Muy generosos.
Martin se queda sin palabras. Mira el vaso, luego a St. Clair.
—¿Los franceses?
—Sí. El proyecto sigue en pie. Se llamará Longitudes. Firmamos el acuerdo esta mañana en Brisbane.
—¡Pero Jota no vende! Lo acabas de decir tú mismo.
—No se hará en Hummingbird Beach. Será en Five Mile Beach.
Todo el extremo sur. Será enorme. Un complejo hotelero espectacular, exclusivo, de categoría mundial.
Con un campo de golf y una urbanización cerrada.
De un lado, la playa, y del otro, una amplia reserva natural.
Son marismas para nosotros; para los franceses, se llamarán humedales; en los folletos, dirá esteros.
Será bellísimo, fabuloso, y marcará el renacimiento de Port Silver.
—St. Clair esboza una gran sonrisa y alza su vaso de whisky—.
Y todas las mañanas, cuando Denise Speight salga por la puerta, lo verá allí, dominando la vista desde su casa.
—Tyson St. Clair muestra los dientes en una sonrisa que podría arrancar la carne de un hueso.
—¿Quién era el dueño de esas tierras?
—Hasta ayer, yo. A través de una empresa que funcionaba como pantalla. Se lo compré hace unos años… a Harrold Drake. Estaba corto de dinero. Creí que le hacía un favor.
—Quieres que publique esto en el Herald , ¿verdad?
—Será la portada de las primeras cinco páginas del Longton Observer del miércoles.
Martin deja el vaso con cuidado sobre la mesa; sigue casi lleno.
—Madre mía…, debes de odiarlos de verdad.
—Uy, sí. Los odio. Los odio profundamente.
Un relámpago gigantesco cruza el cielo con un estallido cegador.