Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 29 #2
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CAPÍTULO 29 #2

Se oye el chasquido eléctrico del pestillo al liberarse; Martin empuja el portón. En el interior, reina una penumbra fresca; la pasarela de acceso se extiende entre el follaje, como un puente levadizo sobre un foso. La puerta principal se abre y Tyson St. Clair sale a recibirlo.

—Martin. Me preguntaba cuándo aparecerías.

—Tyson. —El apretón de manos resulta extrañamente formal, como el saludo entre dos boxeadores antes del combate.

Dentro, la luz del vestíbulo es tenue, casi oscura.

Un foco discreto, regulado al mínimo, ilumina el cuadro de Brett Whiteley, lo suficiente para anunciar su presencia, sin revelar todos sus detalles.

En la sala principal, los ventanales parecen la pantalla de un cine, dominada por el azul del mar, aunque la tormenta se acerca como los créditos iniciales.

Una mujer está recostada en un sofá, leyendo bajo una lámpara, con auriculares en los oídos y un albornoz.

Tiene las piernas largas, bronceadas y elegantes.

Se levanta, sonríe sin calidez. Su cabello rubio está cardado, y tiene el rostro cuidadosamente maquillado, más suave a la luz interior que bajo el sol.

Martin deduce que tendrá unos cuarenta y cinco años: delgada, glamurosa y con cuerpo de gimnasio.

—Os dejo solos. —Le da un beso seco a St. Clair en la mejilla y se marcha.

—Mi esposa —explica él, cuando ya ha salido de la habitación.

—Hermosa —dice Martin, y se pregunta si ella estará al tanto de la afición de su esposo por las mochileras.

Detrás de St. Clair, al otro lado de los ventanales, se ven destellos de relámpagos tras de las nubes.

—¿Te gusta el whisky?

—Más de lo que al whisky le gusto yo.

El millonario se acerca a un aparador donde relucen varias botellas y decantadores bajo otro foco.

—Este te gustará.

—Pensé que no bebías durante el día.

—Por regla general, no. Pero hoy es domingo. ¿Ahumado y denso o suave y redondeado? Tú eliges.

—Ahumado, gracias.

St. Clair sirve dos vasos, sin etiquetas vulgares que identifiquen lo que cada uno toma, y le entrega uno a Martin.

—Acabo de recibir estos dos hoy —añade, y alza su vaso en un saludo silencioso, en otro gesto que antecede una batalla.

Martin prueba el whisky. Canta en su boca; casi vale la pena haber subido la cuesta solo por eso.

St. Clair lo conduce hacia los ventanales; un mecanismo invisible detecta su presencia, y estos se pliegan silenciosamente.

Salen a una terraza amplia, que parece flotar sobre el acantilado, separada del mundo, rodeada por tonos de azul y blanco; los colores del cielo, el azul profundo del mar, las masas blancas de las nubes tormentosas; el faro se yergue sobre ellos como una luna en órbita.

Se sientan frente a frente, separados por una mesita, como si fueran a empezar una partida de ajedrez.

Los sillones de mimbre son cómodos, con cojines resistentes al clima.

—Me alegra que hayas venido, Martin. Iba a llamarte mañana a primera hora. Tenemos mucho de qué hablar.

—Ah, ¿sí? —responde Martin, desconcertado.

—Bueno, yo oigo todo tipo de cosas, pero el periodista estrella del Sydney Morning Herald debe de saber mucho más que yo. Por ejemplo, que la policía científica está volviendo a analizar el arma homicida, buscando coincidencias con algún tipo de tinte.

Martin se queda mirándolo. ¿Cómo puede saber eso? Johnson Pear debe de habérselo contado. Y él se lo hace saber para que vea los contactos que tiene.

—Así es. Tengo esperanzas de que los detectives de Homicidios descarten a Mandy como sospechosa.

—Entonces, ¿quién mató a Jasper? —pregunta St. Clair con la indiferencia de quien comenta el marcador de un partido de críquet.

—Espero que me ayudes a averiguarlo.

St. Clair suelta una risita.

—No estarás insinuando que tuve algo que ver.

—No. —Martin toma otro sorbo; el whisky es áspero y suave a la vez; el vaso de cristal resplandece a la luz, pesado en su mano. Sabe que no debería estar tomando alcohol con el estómago vacío—. Sé que tú y los Speight erais rivales, pero no puedo imaginarte arriesgando todo esto para matarlo.

—Me alegra oírlo. Pensé que quizá te habías hecho una idea equivocada después de aquel incidente con tu novia.

—Me hice la idea correcta. Estás implicado en un fraude con las visas, lo que te daría un motivo si Jasper hubiera decidido contarlo.

El empresario lo mira durante varios segundos, procesando sus palabras.

—¿La policía cree eso?

—Tendrías que preguntárselo.

St. Clair se lleva el vaso a los labios, saborea el whisky antes de volver a hablar: —Entonces, ¿en qué puedo ayudarte?

—¿En qué estado se encuentra la propuesta de los franceses para desarrollar Hummingbird Beach?

—Sin cambios. Jota no quiere vender. Dudo que lo haga en algún momento.

—Qué curioso. La última vez que hablamos parecías seguro de que ella vendería.

—Cambié de opinión.

La actitud de St. Clair empieza a incomodarlo; parece estar provocándolo, jugando con él.

—El swami —dice Martin para contraatacar—. Los vi juntos el otro día en Longton.

—Así es. Te saludé, si mal no recuerdo.

—Él espiaba a Jota por encargo tuyo.

St. Clair ríe, mostrando los incisivos.

—No, en absoluto. Vino a pedirme consejo sobre cómo hacer crecer su negocio de meditación. A cambio, me mantenía al tanto de lo que tramaba Jasper Speight.

—¿Y qué tramaba?

—Quería ganarse a Jota. Según Dev, no le estaba yendo muy bien.

Martin mira hacia el mar.

—Parecería que has perdido interés en el proyecto de urbanismo.

St. Clair sonríe, como si disfrutara de un buen chiste.

—¿Por qué lo dices?

—Has dado a conocer a todos tus planes para urbanizar la marisma de Mackenzie. El puerto deportivo, el campo de golf, el barrio cerrado junto al río. La última vez que estuve aquí estabas ansioso por contármelo y parecías convencido de que Jota acabaría vendiendo.

St. Clair sigue sonriendo.

—Ajá.

—Si tanto te interesaba quedarte con la vieja fábrica de quesos, ¿por qué en ningún momento te acercaste a Mandy para comprarla? Desde que heredó la casa Hartigan, tú y Harrold Drake debisteis de deducir enseguida que también se convertiría en propietaria de la planta.

St. Clair se encoge de hombros.

—Tal vez pensaba que tenía más sentido negociar directamente con los administradores y los principales acreedores.

—Exacto. Pero Denise Speight se te adelantó.

—Es una mujer muy competitiva.

—Sin duda —afirma Martin, pensativo—. ¿Entonces, estás enterado de que ha llegado a un acuerdo con Westpac?

—Lo sé, sí. —Otra sonrisa.

Martin vuelve a hablar; más que conversar, parece pensar en voz alta.

—Por supuesto, ella nunca se habría interesado por el lugar si tú no lo hubieras promocionado por todas partes, incluso en el Longton Observer .

—Un excelente periódico.

—Del que eres dueño. Y cuyo editor no me devuelve las llamadas.

—¿Eso es todo?

—No. También tenemos a Doug Thunkleton. Le diste la pista de que Amory Ashton estaba enterrado en la fábrica de quesos y le proporcionaste algunos testigos falsos, lo que dio una clara impresión de que pronto encontrarían el cadáver de Ashton, lo declararían muerto y el terreno quedaría disponible para la venta.

La sonrisa de St. Clair no se borra; sus dientes relucen.

—Excelente whisky, ¿verdad?

—Pero dime, la fábrica de quesos, tus dedos…, ¿qué pasó?

St. Clair deja de sonreír, como si por fin una de las preguntas de Martin lo hubiera inquietado.

—¿A qué te refieres?

—Me contaste que mi padre te ayudó. Pero ¿cómo te cortas los dedos en una fábrica de quesos?

St. Clair lo mira con curiosidad.

—¿Sabes lo que es un ternero de descarte? —pregunta.

—¿Un qué?

—Dame tu vaso. Te sirvo otro. Puedes buscar la información en Google mientras tanto.

Martin obedece: le entrega el vaso, todavía medio lleno, y saca el teléfono.

Cuando St. Clair regresa, ya lo sabe: las vacas lecheras deben parir para producir leche.

Las crías hembras pueden criarse para vacas productoras, pero los machos, los terneros de descarte, suelen sacrificarse poco después de nacer.

St. Clair le devuelve el vaso, casi lleno.

—Ashton tenía un matadero dentro de la fábrica de quesos —dice Martin.

—Correcto. Nada higiénico. Tampoco legal.

—Y tiraba los despojos y los restos a la marisma, lo que atraía a los tiburones sarda.

—Así es.

—Entonces, ¿por qué le dijiste a Doug Thunkleton que buscara dentro de la fábrica? Si yo hubiera matado a Amory Ashton allí, habría lanzado su cuerpo a los tiburones.

St. Clair no solo sonríe, suelta una carcajada.

—No lo dudo, muchacho, no lo dudo.

—¿Entonces, por qué no le dijiste eso mismo al Canal Diez?

St. Clair se inclina hacia delante; la risa ha desaparecido, pero su mueca deja ver sus dientes.

—No importa dónde busque ese imbécil, si dentro de la fábrica o en la marisma, nunca encontrará a Ashton. No está allí. Se fugó.

Martin se esfuerza por ocultar su sorpresa. Piensa en la confesión de Jota. St. Clair se ha mostrado tan astuto y bien informado hasta ese momento, ¿cómo puede ser que esté tan equivocado sobre la muerte de Amory Ashton?

—¿Cómo lo sabes? Pensé que su desaparición era un misterio.

—Porque al mismo tiempo que desapareció, también desaparecieron diez millones de dólares. Los cogió y huyó.

—Nunca había oído eso.

—No es algo muy conocido.

—¿Diez millones de quién?

—De Harrold Drake.

Martin no sabe qué decir. A lo lejos, en el mar, un relámpago ilumina el horizonte. Instantes después llega el trueno. La tormenta se está acercando a la costa.

—¿Harrold Drake?

—Ashton lo engañó por completo: se tragó el anzuelo, el sedal y el plomo.

Le contó una fantasía sobre convertir la fábrica en un complejo turístico de lujo, con campo de golf, puerto deportivo y apartamentos.

Drake pidió grandes préstamos, puso diez millones y lo siguiente que se supo fue que Ashton había desaparecido sin dejar rastro.

A Martin le cuesta digerir lo que St. Clair le está contando.

—¿Quién está enterado de esto, del dinero que perdió Drake?