CAPÍTULO 29
Nick Poulos está esperando fuera de la comisaría.
Sonríe. Martin quiere saber por qué, pero antes envía un mensaje a Terri Preswell y a Bethanie Glass: “La policía está haciendo nuevos análisis forenses. La inocencia/culpabilidad de Mandy se definirá en la próxima hora” .
Mira el reloj: son las cuatro, hay tiempo hasta las seis para cambiar la portada, tal vez hasta las seis y media.
Gira hacia su abogado, que sigue sonriendo.
—¿Qué has averiguado?
—La Fundación de Meditación Divina está registrada como sociedad.
—¿Es una empresa?
—Exacto. Así que sobrevive a la muerte de Hawananda, o Florakis, como quieras llamarlo.
—¿Hay otros accionistas?
—Estoy tratando de averiguarlo, pero, como es domingo y se trata de una sociedad privada, no es tan sencillo.
Sin embargo, en el sitio web de la Comisión Australiana de Valores e Inversiones figuran los que ocupan cargos.
Hawananda aparece como presidente y director general.
Harrold Drake padre, como secretario de la empresa, y Harrold Drake hijo, como director.
—¿Los Drake? ¿Ambos?
—Exacto. Si Hawananda solo hubiera querido una sociedad, habría podido ser el único director y accionista.
—Entonces, ¿por qué les habrá dado cargos?
—Supongo que buscaba obtener la exención fiscal como organización benéfica o religiosa o algo parecido. Para eso, necesitaba una estructura más sólida.
—¿La fundación está registrada como organización benéfica?
—Hasta donde vi, no, pero quizá esa fue la intención.
—El otro día, Jota me dijo que iría a verte para hacer un testamento nuevo. ¿El anterior se lo preparaste tú?
—¿Jota? No, yo no.
—Me dijo que el beneficiario de su testamento actual es la Fundación de Meditación Divina.
Los dos hombres se miran unos segundos, mientras empiezan a entender el alcance de lo que eso implica.
Es Martin quien lo dice en voz alta: —Harrold Drake redactó, hace un tiempo, el testamento en el que Jota Hayes deja su herencia, incluida Hummingbird Beach, al swami Dev Hawananda…
o más precisamente a la Fundación de Meditación Divina, de la cual Drake es secretario, y su hijo, director.
Nick Poulos asiente.
—Avisemos a la policía.
Martin se siente tentado de hacerlo, pero niega con la cabeza. Quiere que Montifore se concentre en la mancha del cuchillo.
—Todavía no. No quiero que se distraigan. Trata de conseguir más información sobre la fundación, en especial sobre su estructura de accionistas.
—¿Y qué vas a hacer tú?
—Unas visitas.
El faro se alza sobre Nobb Hill, captando el sol de la tarde en su resplandor blanco, casi plateado bajo la claridad del cielo.
Silver , plata. Martin sube por el sendero que serpentea junto a la carretera; a medida que se eleva el terreno, lo hacen también el nivel adquisitivo de los propietarios y la categoría de las casas.
Silver , plata, dinero. Vuelve a oír aquel susurro: que la muerte de Jasper Speight está relacionada con el dinero, con la codicia, con la avaricia.
Con la plata. Y en Hummingbird Beach, Topaz Throssel mató a Dev Hawananda, y Garth McGrath no mató a nadie.
Alguien más está involucrado. Hay otro asesino.
¿Qué lo motivó? “El dinero, la plata”, susurra el faro, “tienes que buscar la plata”.
Y quienes más dinero tienen son Tyson St. Clair, Denise Speight y la madre de George Tomakis.
Martin no cree que la viuda griega sepa mucho; no ha mostrado interés en lo que ocurre al norte del río Argyle.
En cambio, Tyson St. Clair y Denise Speight están metidos hasta el cuello.
Ellos y sus intermediarios: Jasper, Dev Hawananda y Harry.
“ Silver , plata”, canta la sirena del faro.
—Plata —murmura Martin.
La casa de Denise Speight se levanta al otro lado de Nobb Hill, más allá del faro.
Martin se detiene bajo el pórtico; recupera el aliento y contempla las vistas.
Suda por el calor; el día sigue sin brisa.
A lo lejos, se extiende Five Mile Beach, el océano a la izquierda, vegetación costera y cañaverales a la derecha, y hacia abajo, las casas de la clase media de Port Silver.
El sol, en su camino descendente, empieza a dar relieve al paisaje.
En el horizonte, sobre el mar, se acumulan nubes de tormenta.
La vista es impresionante, deslumbrante.
Martin le da la espalda y tira de un elaborado cordón de metal y cuero que hace sonar un timbre en lo profundo de la mansión de tres pisos.
Pasa un rato hasta que Denise abre la puerta.
Parece más baja, encogida, vestida de negro y empequeñecida por las circunstancias y las dimensiones de su casa.
—¿Martin? ¿Eres tú? Ven, pasa.
Se quedan en el vestíbulo unos segundos, incómodos, hasta que, casi como si se le acabara de ocurrir, ella lo invita a pasar a la sala.
Es tan amplia como la de St. Clair, pero más opulenta.
Y también más recargada: en el piso de parquet hay lujosas alfombras bordadas que se superponen, demasiadas para el espacio disponible; vitrinas de madera de cerezo cubren las paredes, y los sofás Chesterfield están dispuestos en tres grupos: dos de un cuero verde tan oscuro que parece negro y el otro teñido de un tono burdeos profundo.
Las paredes son un campo de batalla donde compiten por el espacio toda clase de obras: iconos rusos que relucen con su pan de oro, tapices tan gastados que parecen medievales, lo que podría ser un Georges Braque original en un marco dorado antiguo, viejos pósteres de la aerolínea Qantas, pinturas sobre corteza del norte del país y varios retratos familiares.
Lo guía hasta el grupo principal de sofás, que rodean una mesa de café tan grande que podría acomodar a diez personas.
La superficie de cristal deja ver una escena tallada con minuciosidad, obra de artesanos balineses.
Hay una chimenea, vacía, flanqueada a un lado por un enorme jarrón azul y blanco de cerámica, de un metro y medio de altura, y al otro por un sarcófago bastante ajado.
Si la casa de St. Clair susurra dinero, esta lo grita a voces; si la de St. Clair es minimalista, esta es todo lo contrario; si aquella es moderna, esta parece pasada de moda.
Martin llega a la conclusión de que St. Clair debe de tener un decorador de interiores, pero Denise Speight lo hace todo ella misma.
—Martin, ¿pasa algo? —pregunta. Se sienta frente a él y parece pequeña, como aplastada por un peso invisible.
Martin se sienta.
—Me pediste que averiguara quién mató a Jasper. Puede que esté cerca de descubrirlo.
La información no le provoca ninguna alegría; la expresión de Denise Speight sigue sombría.
—He oído que detuvieron a tu novia, Mandalay Blonde, que la están interrogando ahora.
Martin responde con tono conciliador: —No, no la han arrestado. Es cierto que la interrogaron, pero es probable que la liberen pronto.
Denise aparta la vista, mira una foto enmarcada sobre la repisa. Jasper y ella; el chico sonriente, con ortodoncia. Cuando vuelve a mirar a Martin, tiene los ojos húmedos, enrojecidos.
—Solo quiero enterrarlo, Martin. Todavía no me han entregado su cuerpo.
—Seguro que ya falta poco —intenta tranquilizarla Martin, consciente de lo vacío de su consuelo.
—Pensé que había sido el swami —continúa ella—. Leí tus artículos. Parecía simple: Jasper descubrió su sucio secreto y él lo mató para que no hablara.
—Todos pensamos eso. Pero no pudo haber sido él. Estaba en Hummingbird Beach cuando Jasper murió.
—Ya —responde ella—. ¿Cómo puedo ayudarte?
—¿Sabías que Jasper tenía planes para urbanizar Ridge Road? ¿Para parcelar los terrenos?
—Sí, lo sabía. Pero no era viable. No teníamos esa cantidad de dinero. Tal vez, más adelante, pero desde luego, ahora no.
—¿Es porque ya estás comprometida con otras inversiones al norte del río Argyle?
Sé que firmaste un acuerdo para comprar los terrenos de la fábrica de quesos y que hiciste una oferta a la comunidad aborigen para adquirir el resto de las tierras alrededor de la marisma.
—Martin ve un destello en los ojos de Denise Speight; no le agrada que él lo sepa.
Y hay algo más, un brillo desafiante, de enfado o quizá de orgullo. No lo distingue.
—¿Y qué tiene que ver eso con la muerte de Jasper?
—¿Es posible que él haya seguido adelante con los planes para Ridge Road sin que tú lo supieras?
—No. No se hubiera atrevido a hacerlo sin mi consentimiento. De ninguna manera.
—¿En qué momento abandonó la idea?
—¿Acaso importa? Hace tres meses. Cuando surgió la oportunidad de invertir en la laguna Crystal.
—¿La laguna Crystal? Ese es el nuevo nombre de su proyecto, ¿no?
—Como te digo, ¿qué más da? —La madre en duelo se está poniendo cada vez más a la defensiva; hay una nota de agresividad en su respuesta.
—¿Te sorprendería saber que, hace solo un mes, Jasper todavía hablaba de sus planes para Ridge Road con Harry?
Su sorpresa es evidente, la ve en sus ojos.
—Ese muchacho no me cae bien. Les causa muchos disgustos a sus padres.
—¿Crees que Harry tendría dinero suficiente para ayudar a Jasper a financiar una subdivisión de las propiedades del acantilado?
Denise suelta una risa seca, quebradiza.
—He oído que el negocio de las drogas deja buenas ganancias, pero dudo que tantas.
—¿Y su padre?
Denise endurece el gesto y frunce los labios.
—No, si sabe lo que le conviene.
La tarde sigue sofocante, incluso en Nobb Hill, mientras Martin vuelve a pie por la calle que se curva junto al faro y que después baja hacia el centro del pueblo.
El cielo sobre su cabeza está despejado, pero la tormenta mar adentro gana fuerza; nubes blancas y grises se elevan en torbellinos hacia la estratósfera.
Al llegar a la casa de Tyson St. Clair, toca el timbre del portón, sin saber si el empresario querrá recibirlo.
La voz que suena por el intercomunicador es distante y débil, como en una llamada telefónica de antaño.
—Ah, eres tú. Entra.