CAPÍTULO 28 #3
—Le di la orden de que se fuera. Márchese o lo arresto.
—Tonterías —dice Winifred—. Voy a entrar a ver a Morris Montifore, y el señor Scarsden entra conmigo.
Pear sonríe, impasible.
—Entonces, usted también puede irse a la mierda, vieja arpía.
Winifred no responde. Avanza despacio, con decisión, un paso, dos, tres, hasta que está a pocos centímetros de la cara de Pear. La sonrisa de él empieza a flaquear bajo esa mirada.
La puerta de seguridad vuelve a abrirse. Es Morris Montifore, que comprende la situación al instante.
—Winifred, Martin. Gracias por venir tan pronto. Pasad, por favor.
Por un momento, nadie se mueve. Pear sigue inmóvil; Winifred le sostiene la mirada. Entonces, el policía se hace a un lado, y primero Winifred y luego Martin pasan por la puerta. Martin no puede contenerse y le guiña un ojo a Pear al pasar. Montifore los sigue.
—Gracias —dice Martin, una vez que se han refugiado en el improvisado despacho del detective.
Montifore se deja caer en una silla frente al escritorio, sin ánimo para trivialidades.
—¿Qué sabes?
—El cuchillo —responde Martin—. La mancha del mango. Es el único vínculo sustancial con Mandy, ¿verdad?
—Te escucho.
—¿Han confirmado que la mancha proviene de tinte del pelo? ¿Tienen una certeza absoluta?
—Los peritajes forenses son bastante convincentes. Pero siguen trabajando en ello.
—Dijo usted que lo fregaron con lejía y luego pasó un par de días en el fondo del río. ¿Cómo pueden estar seguros?
Montifore niega con la cabeza; se lo ve cansado.
—No soy yo a quien tienes que convencer. La policía científica determinará si coincide o no. No depende de mí.
—Creo que el tinte es del swami. Usaba uno marrón para marcar la frente de sus acólitos. Como un bindi . Era un castaño rojizo, henna, algo así. Guardaba el tinte en su cabaña o en el refugio.
El detective frunce el ceño.
—Ya te lo he dicho. El swami , Myron Florakis, o como quieras llamarlo, tenía una coartada.
—¡Y Mandy también! Clyde Mackie asegura que ella no estuvo en el muelle al atardecer del martes —insiste Martin.
—¿Qué estás tratando de decir? ¿A dónde quieres llegar?
—Jota era la amante del swami . Dice que, en los días previos a su muerte, él se quejaba de que alguien había estado revisando sus cosas.
—Sí, Jasper Speight, probablemente. Pensamos que esa postal era de su propia colección, pero ahora creemos que pudo haberla encontrado en la maleta.
—¿Pero no lo ve? La persona que mató a Jasper planeaba al principio incriminar al swami, así que manchó el mango del cuchillo con el tinte que encontró en su cabaña.
Seguramente, pensaba dejar el cuchillo allí o en los alrededores.
Pero después se enteró de que tenía una coartada, así que el asesino decidió inculpar a Mandy.
Limpió el cuchillo, lo frotó con lejía, y luego lo arrojó al río para después hacer una llamada anónima.
Montifore suelta una carcajada, como una repentina liberación de la tensión.
—¡Eso es ridículo! ¿Estás diciendo que el asesino sabía que las manchas del mango iban a coincidir con el tinte del pelo de Mandy?
—No. Digo que fue una coincidencia, que intentaron borrarlas, blanquearlas.
Montifore no responde, pero su expresión es escéptica.
Martin insiste.
—Usted mismo lo dijo. Podemos debatir el tema hasta el cansancio, pero los técnicos son los únicos que pueden confirmarlo. Solo estoy pidiendo que comparen la mancha con los tintes que hayan encontrado en las cabañas del swami .
Winifred interviene.
—Permítame una observación, inspector —dice con calma—. Si acusa a Mandalay y la lleva a juicio, nosotros haremos de esto una cuestión central. Si no analizan las sustancias que utilizaba el swami , el jurado se enterará, y eso sembrará duda. Duda razonable.
Montifore la mira, impasible, luego suspira.
—De acuerdo. Mañana es lunes. Lo verificaremos.
Winifred objeta: —No puede retenerla durante la noche sin presentar cargos.
—Además, hay otro asunto —añade Martin—.
El Herald se prepara para publicar la foto de Mandy en la primera plana, diciendo que la están interrogando en relación con un homicidio.
No quedará muy bien si la policía científica la exonera más tarde ese mismo día.
Y tampoco quedará bien si publicamos que usted había sido advertido de antemano sobre el tinte del swami.
Los ojos de Montifore relampaguean de irritación. Se pone de pie y camina de un lado a otro, pensando.
—Bien, como quieran —dice por fin. Toma su móvil y hace una llamada.
—Sí, soy yo. Sé que es domingo. Dime, ¿las pruebas de la escena del crimen de Jasper Speight y las de Hummingbird Beach las está analizando el mismo equipo?
Una pausa mientras escucha la respuesta.
—Entiendo. Las recogió el mismo equipo aquí, pero las pruebas las hacen equipos distintos en Sídney.
Otra pausa.
—No, no hay problema. Pero necesito que verifiques algo.
¿Puedes comparar la mancha del cuchillo del caso Jasper Speight con cualquier tinte, mancha u otra sustancia sospechosa que hayan encontrado en Hummingbird Beach?
En especial, cualquier cosa que hayan recogido de las cabañas que usaba el swami .
Montifore escucha. Mientras lo hace, se vuelve hacia Martin, levanta las cejas y le hace una seña, dando a entender que tiene información importante.
—¿En serio? ¿Ahora mismo? Sí, por supuesto. Si pueden darte una respuesta cuanto antes, sería una gran ayuda… ¿Una hora, de verdad? Excelente.
Termina la llamada y se dirige a Martin y a Winifred; su fastidio ha desaparecido.
—Buenas noticias. Un miembro del equipo está trabajando hoy, domingo.
Tienen una máquina de análisis muy solicitada que funciona las veinticuatro horas de los siete días de la semana.
La están usando ahora mismo. Nos darán una respuesta en una hora.
Ya han terminado de comprobar el perfil de la mancha del cuchillo, lo que era difícil, pues tenían muy poco material.
Les llevó un par de días. Pero comparar eso con sustancias de frascos o latas es una simple lectura.
—¡Perfecto! —se entusiasma Martin.
Montifore esboza un intento de sonrisa. El cansancio parece haberse llevado su enojo.
—Gracias por venir. Dudo que tengas razón, pero es mejor estar seguros.
—Una pregunta más, ¿han acusado ya a Topaz Throssel por las muertes de Hummingbird Beach?
—Esta tarde se presentaron los cargos. La enviaron a Sídney. Por eso volvimos, para concentrarnos en la investigación del caso Speight.
—¿Entonces, el de Hummingbird Beach está resuelto? ¿La acusaron por las siete muertes?
Montifore se queda inmóvil, su rostro no revela nada.
—Seguimos revisando las pruebas. Hay mucho material que procesar.
—¿Qué resultados dieron los análisis de sangre? —pregunta Martin.
—¿A qué te refieres?
—¿Recuerda que le hablé del Rohypnol, de las muestras que nos tomaron a Topaz y a mí en el hospital el viernes por la mañana?
—¿Y qué pasa con eso?
Martin hace una pausa. Montifore está a la defensiva.
—¿Encontraron la misma sustancia el viernes por la noche? ¿Junto con el veneno?
El detective aparta la vista y se deja caer en la silla. Martin y Winifred intercambian una mirada. Ella también lo percibe, piensa Martin: algo preocupa a Montifore.
—¿Morris?
—Sí. En al menos tres personas. El swami , un hombre de mediana edad y una mujer joven. Puede que hubiera más, pero solo analizamos muestras de los muertos y de los que estaban hospitalizados.
—¿La mujer era joven, atractiva? ¿De rasgos polinesios?
Montifore levanta la vista, la fija en Martin.
—Sí. Es ella. ¿Cómo lo sabías?
—Garth McGrath —responde Martin. Le explica su teoría de que la estrella de telenovelas drogaba a sus víctimas y a los hombres que podían ser sus rivales o proteger a las mujeres.
—¿Qué pasó con ellos? —pregunta Winifred—. ¿Con la chica y el hombre?
—La chica sobrevivió, pero el hombre murió —responde Montifore.
—Mierda —murmura Martin; recuerda el cuerpo tendido en la oscuridad junto a los de McGrath y Hawananda—. Entonces, ingirió Rohypnol y el veneno. —Lo dice como afirmación, pero Montifore ha vuelto a bajar la vista a su escritorio. Martin y Winifred se miran; la abogada frunce el ceño.
—¿Qué pasa, Morris? ¿Qué es lo que no nos está contando? —pregunta Martin. El detective cierra los ojos, baja la cabeza y la sacude lentamente. Martin insiste—: Hay algo más, ¿verdad? Con las pruebas. ¿Es algo relacionado con Topaz?
Montifore levanta la mirada. Sus ojos, muy abiertos, parecen suplicar, como si quisiera compartir información, pero supiera que no debe hacerlo.
—Cree que tenía un cómplice —dice Winifred, y es en parte una afirmación y en parte una pregunta.
Esta vez el policía responde en voz baja.
—Es posible. No lo sabemos.
—¿Tiene que ver con los análisis de sangre? —pregunta Martin.
Montifore se mira las manos.
—Por Dios —dice Martin—. Hubo más de un veneno, ¿verdad?
—El detective lo mira con expresión atormentada.
Para Martin, eso basta como confirmación y sigue presionando—: Hubo dos venenos.
Algunos ingirieron ambos, otros uno, otros ninguno.
Y además el Rohypnol. Y Topaz solo admite haber utilizado uno.
Montifore está inmóvil; mira a Martin y habla en voz baja: —No logramos entender qué pasó, cómo fue la secuencia de hechos.