CAPÍTULO 28
Martin llega tarde a su casa en la Barriada, mucho después de la hora de cenar, casi a medianoche.
Se ha emborrachado con alcohol barato. Ha estado con Jasper y Scotty en las dunas, fumando cigarrillos con unas chicas.
Jasper trataba de coquetear con ellas con su torpe desparpajo, lanzando frases de ligue ridículas.
Las chicas se reían, como si fuera una broma magnífica.
Y lo era. Pero, en lugar de ofenderse, Jasper decidió seguirles el juego, exagerando todavía más, actuando como si estuviera sobre un escenario, un cómico improvisado, inventando frases cada vez más absurdas.
—Tengo un yate, ¿sabéis? Con un helicóptero. —Y todos estallaron en carcajadas—. ¿Creéis que eso podría funcionar? —Su petición de opinión a las chicas provocó otra ola de risas.
Pero ahora Martin está en casa. La larga caminata desde la playa hasta la calle C lo ha despejado un poco.
No es que le importe estar borracho, sabe que a su padre tampoco le importará.
Abre la puerta y lo primero que hace es olfatear, consciente de que hay muchas probabilidades de que su padre esté hecho un desastre: inconsciente, sucio, tumbado en el sillón reclinable como una ballena moribunda.
Pero no hay olor, nada especialmente desagradable, solo el hedor habitual de la pobreza.
Tampoco se oyen ronquidos. Martin enciende las luces, pero no hay electricidad.
Mira hacia fuera y ve luces en una o dos casas, el resplandor multicolor de un televisor detrás de una ventana.
Sabe que no es un apagón, solo otra factura de luz impaga.
Nuevamente. ¿Dónde mierda está su padre?
Avanza con cautela por la habitación a oscuras, usando su mechero desechable para guiarse, tanteando el camino hasta su dormitorio.
Tantea entre las sombras, obstaculizado por la borrachera, hasta que encuentra la linterna junto a su cama, de la última vez que pasó esto mismo.
La enciende y sale a buscar a su padre. No está en su cuarto, ni desmayado en el baño, ni tumbado en el sillón.
A lo lejos, se oye una sirena. Martin barre el salón con el haz de luz y ve el desorden de siempre: una caja de pizza, periódicos de hace una semana, envoltorios vacíos de patatas fritas.
Y entonces, la ve. Caída de lado, sin corcho, vacía.
La botella de champán; el cristal oscuro brilla a la luz de la linterna.
Martin se deja caer al suelo, incrédulo. La botella de Veuve Clicquot, su talismán, el símbolo de su futuro, el último vestigio de aquel día en que jugaba al críquet en el jardín, cuando el sol brillaba y la suerte les sonrió. El último resto de lo que había sido su familia hasta aquel momento.
Y ahora el viejo imbécil la ha vaciado. Ni siquiera la puso en la nevera, no la enfrió.
Martin recorre la habitación con la linterna y encuentra lo que busca: un vaso de café para llevar.
Lo inspecciona: aún se distingue un aro de café seco.
Lo huele, siente el aroma del champán. El muy cretino ni siquiera se molestó en buscar un vaso.
Champán tibio en un vaso de cartón sucio.
Quiere llorar, pero las lágrimas no llegan; no vuelven, no han vuelto desde aquel día, cuando tenía ocho años, el día en que cruzó la frontera entre el antes y el después, el día en que dejó de ser un niño y empezó a convertirse en otra cosa.
No ha tenido lágrimas, solo determinación.
Y ahora tiene que irse, irse ya. Porque esto es peor, peor que la miseria de su padre, peor que verlo mearse encima, peor que verlo revolcándose con Hester, la vecina buscona.
Nada de eso se compara con esto, con la profanación del champán, con este saqueo de la esperanza.
Se pone de pie. Va a hacer la maleta ahora mismo y se va a marchar.
Debió de haberlo hecho hace meses. La linterna empieza a parpadear.
No le importa, hará la maleta a oscuras si es necesario.
Pero antes de que pueda volver a su habitación, llega la policía.
Es Clyde Mackie. El agente ha traído a su tío, a su tío Vern.
Martin abre los ojos. Por un instante, el cansancio lo había vencido; se le cerraron los ojos y su mente resbaló hacia el sueño y hacia los recuerdos, hacia el pasado que acecha bajo la superficie de la conciencia.
Abre mucho los ojos, como para inundar su mente de luz, como cuando se levantan las persianas de la habitación de un adolescente.
Mira a su alrededor. Está otra vez en la rotonda al final del viejo Ridge Road, rodeado de selva, sentado sobre un contenedor de plástico lleno de trozos de pescado.
Levi se ha ido con la lancha al mar, y Lucy May también ha desaparecido entre la vegetación con la moto.
Mira el reloj: faltan tres horas y media. ¿Dónde está Vern?
Pasan varios minutos y luego lo oye: el ruido de la camioneta de Vern. Unos minutos más y el vehículo aparece entre los árboles y llega a la rotonda.
—¿Martin? ¿Qué haces aquí?
—Tengo tu pesca. Los chicos me la dejaron. Está allí, detrás de los arbustos.
—¿Entonces, lo sabes?
—No. Solo sé que hay pescado en las cubetas, pero no por qué lo descargas aquí y no en el puerto.
—Ya —dice Vern sin inmutarse—. Échame una mano, ¿quieres?
Los dos hombres levantan las cubetas, una cada uno, y las dejan en el suelo, detrás del vehículo. Son bastante pequeñas como para llevarlas en la parte trasera de una moto.
—¿Quieres echar un vistazo? —pregunta Vern.
—Me encantaría.
Vern quita la tapa de las cubetas. En la primera hay trozos de carne gris de distintos tamaños, ensangrentados por un borde, sobre una cama de hielo; en la otra, algo gris, rosado y viscoso, también sobre hielo.
—Parecen aletas. ¿De tiburón? ¿Y eso otro qué es?
—Exacto, aletas. E hígado de tiburón.
Martin niega con la cabeza.
—No lo entiendo. ¿Por qué tanto esfuerzo? Las aletas de tiburón no son ilegales. Las he probado en Chinatown.
—Estas aletas no —responde Vern en voz baja—. Te lo explico por el camino.
Vern abre la parte trasera de la camioneta, aparta un rollo de redes y sube. Abre uno de los dos compartimientos de acero inoxidable que recorren los laterales, el típico equipo de un artesano.
—Pásamelas —dice.
Martin se las alcanza y observa cómo Vern las coloca en un compartimiento hecho a medida antes de cerrar la tapa. Su tío salta al suelo y vuelven a colocar las redes encima.
—Vamos. Te dejo en la casa Hartigan.
Vern da la vuelta a la camioneta, avanzan rebotando por el sendero rumbo a las propiedades de Bede Cromwell y Sergi.
—Las aletas. Son de un gran tiburón blanco —dice por fin.
—¿Un tiburón blanco? ¿En serio? ¿Y cómo se lo atrapa?
—Con dificultad.
—Están protegidos, ¿no?
—Y tanto. Mejor que no te pillen. La multa es tremenda.
—¿Hay mercado para eso? ¿Aletas de tiburón blanco de contrabando?
—Sí. Se paga muy bien.
—¿Y tienen un sabor distinto?
—Ni puta idea.
Martin mira el reloj. Quedan poco más de tres horas, y su tío anda cazando tiburones blancos de forma ilegal.
—Así que lo pescas en mar abierto, le cortas las aletas y lo que quieras, y tiras el resto al agua. Luego, cuando vuelves, Levi lleva la lancha hasta la cala por si hay inspectores pesqueros en el puerto.
—Exactamente.
Llegan a la vieja tranquera que separa la propiedad de Hartigan de la de Bede y Alexander.
Vern le entrega la llave. Martin la abre, espera a que pase la camioneta y vuelve a cerrarla, sin dejar de pensar en las aletas.
No le cuadra. Todo ese trabajo, todo ese riesgo.
Y encima un gran tiburón blanco. Se puede pasar días intentando atrapar uno; no son comunes.
De vuelta en la camioneta, pregunta: —¿Y para qué son las aletas?
—No es nada importante —responde Vern—. Solo lo hacemos de vez en cuando. Un dinero extra. Viene bien desde que cerraron la pesca comercial. Sobre todo en invierno, cuando no hay turistas.
—¿Adónde va todo eso?
—A Sídney. Un camión que viene del norte pasa por Longton. Todo se organiza con anticipación.
—¿Solo tiburón?
—Claro que no. Tuvimos suerte con el tiburón.
Todo tipo de mariscos, siempre que pescarlos esté prohibido.
Esa es la condición: tiene que ser pesca ilegal.
Ya sabes, especies protegidas. Cuanto más en riesgo están, más alto es el precio.
Te sorprendería, encontramos hasta peces tropicales arrastrados por las corrientes desde la Gran Barrera en esta época del año. También, tortugas, algunas enormes.
—Joder, Vern. ¿Tortugas?
—Sí. Eso no me gusta tanto, pero podría pasarme el día matando tiburones. Los odio.
—¿Y quién compra todo eso? ¿Quién se lo come?
—No lo sé ni quiero saberlo. Es algo gourmet, de ricachones imbéciles que disfrutan infringiendo la ley.
He visto el interior del camión. Llevan cosas rarísimas.
Animales protegidos y en peligro, casi siempre de caza.
Cocodrilos, ese tipo de cosas, pero solo si son salvajes. Una vez vi un par de koalas.
—¿Comen koalas? —A Martin le viene a la mente la imagen de un koala despellejado girando sobre un asador, con una hoja de eucalipto aún en la boca—. ¿Y encargan todo eso por adelantado?
—Sí. Me llaman, tal vez con una semana de aviso. Dicen que tienen un pedido, que pasarán en tal o cual fecha. Tienen como una lista de deseos desde hace tiempo. Si conseguimos algo de esa lista, se lo llevan.
—¿Cada cuánto sucede?
—Una vez por mes, o cada dos meses. Si pesco algo entre medio, lo meto en el congelador en casa.
—Vaya. ¿Hace cuánto que estás con esto?
Su tío lo mira, estudia su expresión, luego vuelve la vista al camino. Respira hondo.
—¿Por qué crees que tu padre estaba siempre yendo y viniendo a Longton?