Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 27 #3
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CAPÍTULO 27 #3

El camino no baja en línea recta por la pendiente, sino en diagonal, para reducir la escorrentía y suavizar el desnivel, como una cancha de críquet inclinada.

Treinta metros más adelante, se corta ante una pared de vegetación.

Martin levanta la vista y vuelve a distinguir la señal reveladora: una brecha en las copas de los árboles que desciende por la ladera en dirección contraria.

Inspecciona la muralla de plantas y, en efecto, alguien ha abierto un paso entre los arbustos.

Martin avanza y accede a otra losa de hormigón que cruza la colina en ángulo complementario mientras el terreno se vuelve más empinado.

Y sobre el cemento, las marcas de neumáticos de la moto. Va en la dirección correcta.

Cuando termina la losa, unos treinta metros más abajo, ya sabe qué buscar: la abertura en los árboles, el pequeño sendero en el vértice entre esa losa y la siguiente, un tercer tramo de hormigón que vuelve a cruzar la pendiente en ángulo similar al primero.

Avanza deprisa, cuidando de no resbalar, ansioso por llegar abajo.

Ya puede oír con claridad el rumor del mar; el camino desciende hacia la costa.

Justo empieza a recorrer la cuarta losa cuando escucha el rugido agudo de la moto.

Viene hacia él, subiendo la cuesta. Martin se aparta del camino y se esconde entre las plantas; las hojas afiladas le arañan los brazos y la cara.

La moto lo alcanza en menos de un minuto.

El conductor baja una marcha al acercarse al siguiente tramo de vegetación.

Y desde su escondite, Martin la reconoce: ve el visor levantado, el rostro tenso, concentrado. Lucy May.

La hija de Vern. ¿Qué hace aquí? La moto se aleja cuesta arriba, chillando. Demasiado tarde para preguntarle.

Martin sale de su escondite, procurando no arañarse más.

Le quedan poco más de cuatro horas para el cierre de la edición.

¿Qué hacer? Ha llegado hasta allí; debe averiguar qué hay al final del camino.

Recorre tres tramos más, y el terreno se nivela.

El mar está cerca: lo oye, y cuando lo busca, lo ve.

“¿Ves el mar?”. Frente a él, sale un sendero angosto de tierra cuyos usuarios ya no se molestan en ocultar.

A la derecha, escucha el agua cayendo entre la vegetación: el arroyo que nacía en el puente roto baja ahora con más fuerza y caudal.

Sigue el sendero; la pendiente es casi imperceptible.

Los dos lados del pequeño valle se aproximan, y el arroyo corre junto a él.

De pronto, sale de entre los árboles y se encuentra en una playa de guijarros de unos treinta metros de largo por cinco de ancho, donde el arroyo desemboca en el mar, unos metros a su derecha.

La playa está en el fondo de una cala; se distinguen los pilotes de un viejo muelle que ha desaparecido.

Pero lo que capta su atención es la lancha de aluminio varada sobre los guijarros, con el motor fuera de borda levantado.

—¿Qué coño quieres?

Martin se vuelve abruptamente. Es Levi, el hijo de Vern, y tiene un cuchillo en la mano.

Un cuchillo de filetear. Un cuchillo de filetear manchado de sangre.

Lo empuña como un arma, apuntándole. Y en ese instante, Martin siente que es Jasper Speight: Jasper en los segundos previos al ataque, cuando las opciones se cerraban una a una y quedaba sin escapatoria, sin posibilidad de defenderse.

Lo golpea una retahíla de pensamientos: el cuchillo que mató a Jasper, arrojado al río desde el muelle…

o desde una lancha. Se estremece de horror, siente que el destino lo ha alcanzado, que todas sus transgresiones se han confabulado para ir en su busca.

—¿Martin? —exclama Levi, confundido—. ¿Estás bien?

Martin vuelve a respirar, pero está lejos de serenarse. Sigue siendo un cuchillo para filetear, sigue teniendo sangre.

—¿Qué haces aquí? —pregunta Levi.

—Seguí a Lucy May. Vi su moto. —Martin no aparta la vista del cuchillo—. Estaba dando un paseo. Nos vamos a mudar a la vieja casa de allí arriba, en el cabo. —Se esfuerza por hablar con tono ligero.

—¿A la casa Hartigan? —dice Levi, maravillado—. Me he enterado, sí.

—¿Puedes bajar el cuchillo?

Levi lo mira como si acabara de darse cuenta de que lo tiene en la mano. Luego, levanta la vista hacia Martin y sonríe.

—Mierda. Tranquilízate, ¿quieres? No voy a apuñalarte.

—Qué suerte. ¿Qué haces aquí?

Levi frunce el ceño.

—¿No lo sabes?

—No. —Martin escucha que la moto vuelve a bajar la cuesta—. ¿Está volviendo?

—Sí.

—¿Por qué?

Pero Levi niega con la cabeza.

—Tendrás que preguntarle a Vern. Debe de estar por llegar.

¿Vern?

—De acuerdo, lo haré. Pero dime, vienes mucho, ¿no?

—No tanto.

—¿Llegaste a ver a Jasper Speight aquí?

Levi parece sorprendido por la pregunta.

—Sí, una vez. Estaba con otro tipo. Querían saber si valía la pena reconstruir el viejo muelle que está allí.

—¿Qué otro tipo?

—Harry. Ya sabes, el del hostal.

—¿Cuándo fue eso?

Levi se encoge de hombros.

—Hace unas tres semanas, tal vez un mes.

La moto sale de entre los arbustos y avanza despacio por el sendero hasta detenerse junto a ellos. Lucy May se apea y se quita el casco.

—¿Martin?

—Lucy May.

—¿Qué haces aquí? ¿Vern te lo ha contado?

—¿Contarme qué?

Lucy May mira a Levi, que niega con la cabeza.

—Tendrás que preguntárselo a Vern.