CAPÍTULO 27 #2
Sigue allí, tratando de pensar, cuando una moto gira bruscamente delante de él y tuerce por el camino de tierra hacia la casa Hartigan.
El conductor va vestido de negro. Una moto.
Otra vez. Recuerda Ridge Road: ¿habría descubierto Jasper Speight algo allí arriba que pusiera su vida en peligro?
Sin duda, alguien no quería que la gente accediera al antiguo camino: la vieja tranquera en el límite entre las propiedades de Bede y Alexander estaba cerrada con un candado reluciente, aunque había marcas de neumáticos del otro lado, y en este extremo, un árbol derribado para disimular la entrada del sendero.
Y allá abajo, en el camping, alguien había arrojado un cuchillo de filetear al río Argyle.
¿Qué había dicho la dueña del camping? Motos de cross, recorriendo la ribera a todas horas.
Con eso le basta. Arranca el coche y sigue a la moto.
Cuando se acerca a la tranquera, no hay señal de la moto ni del conductor; solo el chirrido distante de un motor de dos tiempos y un olor aceitoso suspendido en el aire.
Martin deja el coche, encuentra la entrada oculta a Ridge Road y echa a correr, abriéndose paso entre la vegetación.
Al principio corre rápido, impulsado por la adrenalina y un mal presentimiento, pero pronto reduce el ritmo, trota: la falta de entrenamiento y la falta de sueño le pasan factura.
El sendero es estrecho; se abre paso entre la maleza siguiendo lo que queda del camino.
A su alrededor, el monte está en silencio, la selva parece contener la respiración.
El aire es espeso; el calor, aplastante.
El sendero asciende, inclinándose cada vez más hacia el norte a medida que se acerca a la parte alta de los acantilados.
Se detiene a recuperar el aliento y cree oír el rumor del mar, un lejano ruido constante.
Se reprocha haber salido disparado detrás de la moto.
¿Qué espera encontrar? Echa a correr otra vez, como si quisiera alejarse de sus propias dudas.
El terreno empieza a descender y, no más de quince minutos después de haber dejado el coche, llega a un puente caído sobre una hondonada.
Debe de ser el que mencionó Bede Cromwell.
A un lado de las vigas cubiertas de musgo, el sendero baja a la hondonada y vuelve a salir por el otro lado.
Puede ver las marcas de los neumáticos de la moto donde el conductor maniobró para bajar al lecho y salir por la pendiente opuesta.
El tipo debe de tener habilidad. Y agallas.
Martin baja con dificultad; se detiene en el lecho del arroyo, jadeando, junto a unos pequeños pozos que rodean el hilo de agua.
Se inclina, junta un poco entre las manos y bebe.
Está fresca, la siente limpia en el paladar.
Observa la corriente, que pasa de un pozo al otro.
No fluye hacia el interior, hacia la marisma de Mackenzie, como habría supuesto, sino en dirección contraria, hacia los acantilados y el mar.
Trepa de nuevo la ladera y reanuda la carrera.
A poco más de cien metros, el sendero sale del bosque y desemboca en un claro, un amplio círculo de tierra.
Martin se detiene, jadeando. Más allá ve que el camino continúa ya no como una sola línea, sino en dos surcos paralelos.
Mira el suelo: hay otras marcas de neumáticos, las líneas gemelas que deja un coche.
El círculo de tierra no es solo un claro, sino también un sitio donde dar la vuelta.
Hasta aquí puede llegar un coche después de pasar la tranquera en el extremo del terreno de Hartigan.
Pero no hay ningún coche. Ni ninguna moto.
Dios. El conductor debe de haber seguido adelante.
Quizá tenga una llave del candado. Martin mira el reloj.
Cuatro horas y media para salvar a Mandy de un linchamiento mediático y allí está él, atrapado en medio de una selva, sin aliento, sin ideas y casi sin tiempo.
Levanta la vista al cielo, como si buscara intervención divina, y entonces lo ve: un hueco en el dosel de árboles.
Hacia el lado oeste del sendero, la selva es densa e impenetrable y bloquea el sol.
Pero hacia el este, hacia el mar, aunque la vegetación parece igual de tupida, hay un hueco entre los árboles y se ve el cielo despejado, azul.
Martin examina la vegetación al borde del camino.
Ahora que sabe qué buscar, el sendero no es difícil de encontrar, parcialmente oculto por los arbustos.
Se abre paso entre ellos y, a solo diez metros del camino, llega a un sendero ancho, bien marcado y fácil de seguir, incluso cuando el terreno empieza a descender.
Avanza otros diez metros y, apartando otra franja de arbustos, ve cemento.
Cemento, allí. Un estrecho camino de hormigón, donde casi no cabe un vehículo, rajado y cubierto de tierra en los bordes; en las grietas, llenas de líquenes, crece hierba.
Parece un camino antiguo, de décadas atrás; asoman los guijarros en la superficie áspera donde el cemento se ha gastado con los años.
El material le recuerda las baterías de la Segunda Guerra Mundial que aún salpican la costa, conservadas como monumentos históricos. ¿Será así de antiguo?