Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

En Hummingbird Beach, la entrada ya no está bloqueada; el equipo forense se ha ido del aparcamiento y solo quedan algunos jirones de cinta policial como prueba de que estuvieron allí.

El sitio está casi desierto; el aparcamiento, prácticamente vacío, con excepción de un viejo Holden y, más atrás, entre unos árboles, un BMW abandonado, cubierto de excremento de pájaros.

El coche de Garth McGrath. El Holden pertenece a la pareja de ancianos que se han quedado a cuidar el lugar.

Oyen que llega el coche y se acercan a ayudar, abrazan a Jota y la acompañan hasta su casa.

Martin se despide en voz baja. Casi no han cruzado palabra en todo el trayecto desde Longton.

Es como si Jota se hubiera replegado sobre sí misma, como si hubiera envejecido de golpe.

Pero antes de irse, intenta hacer la pregunta que le ha estado dando vueltas en la cabeza durante gran parte del viaje.

—Jota, no quiero angustiarte, pero he estado pensando en Hummingbird Beach. En el futuro.

—¿En lo que pasa si muero, quieres decir? —responde ella con naturalidad—. Ya me lo habías preguntado una vez. Supongo que tendré que ver a Nick Poulos y redactar un testamento nuevo.

—¿Un testamento nuevo? ¿Ya habías hecho uno?

—Claro. He estado enferma antes.

—¿Y quién era el beneficiario? ¿El swami ?

—Así es.

—¿Y ahora?

Ella sonríe, cansada.

—¿Ahora? No lo sé. Ya veremos.

Martin regresa al pueblo por Dunes Road, pasa junto a la cruz blanca —ya tan familiar que ha perdido algo de su fuerza simbólica— entre el paisaje poblado de arbustos de té y manglares, con la marisma a la derecha, los acantilados arbolados a la izquierda y el faro flotando a lo lejos.

Se obliga a mantener la concentración, pues está cansado y teme quedarse dormido.

Cuando entra en la zona con señal, el teléfono suena, como si hubiera estado esperándola. Se detiene a la vera del camino.

—¿Martin? Soy Bethanie. ¿Dónde estabas?

—En Hummingbird Beach. ¿Qué pasa?

—Los médicos y la policía dieron una rueda de prensa.

—¿Algo interesante?

—Nada fuera de lo común. Todos los supervivientes están fuera de peligro y mejorando. Tu amigo Montifore confirmó que Topaz Marie Throssel está detenida y que será acusada formalmente. También advirtió que no publiquemos nada que pueda influir sobre el proceso judicial.

—Bien. ¿Dijo algo que no supiéramos ya?

—No mucho. Respondió solamente unas pocas preguntas.

—¿Mencionó a Mandy? ¿Dijo algo sobre ella?

—Sí. Thunkleton le preguntó qué tenía que ver ella. Montifore fue tajante, dijo que no había ninguna conexión entre Mandy y lo ocurrido en Hummingbird Beach, que estaba colaborando con otro asunto. En la práctica, la sacó de la historia.

Martin siente que la tensión se le afloja. Montifore no contó a la prensa lo de la coartada del gurú ni lo del cuchillo.

—¿Entonces, no es necesario que la incluyamos en lo que publiquemos?

—No es tan sencillo, Martin.

El cuerpo se le tensa otra vez. Bethanie es una periodista capaz; quizá, intuye que algo no encaja.

—¿Cómo que no?

—Te lo dije: Baxter mandó las fotos a la redacción.

—¿Y?

—Vamos, Martin, son exclusivas. Nadie más la fotografió cuando llegó.

Además, sigue siendo una figura de enorme interés público, después de lo que pasó en Riversend.

Y encima, el swami mató a Jasper en su casa.

Y no mencionemos que es sumamente atractiva, por si no lo has notado.

Parece una modelo de pasarela más que una informante de la policía. ¿Cómo lo hace, por Dios?

Martin suspira. Sabe que no tiene sentido discutir con Bethanie; no es ella la que toma las decisiones. Si a los editores de Sídney les gusta la imagen, la van a publicar.

—¿Y ahora cómo seguimos?

—Ya he entregado el artículo sobre la rueda de prensa.

Mientras tanto, conseguí una entrevista exclusiva con una de las supervivientes.

La policía levantó la guardia del hospital.

Podría ser nuestra gran historia para el periódico si la tuya sobre el homicidio del agente inmobiliario no resulta.

Baxter pensaba llevar de nuevo a esta mujer a Hummingbird Beach, fotografiarla en el lugar de los hechos. ¿Sabes si ya se puede acceder?

—Sí, no hay más policías. Es buena idea. Cuando termines, ¿podrías pasarme su número, por si necesito hacer seguimiento de un tema?

—¿Qué pasa? ¿Qué estás investigando?

—Todavía estoy tratando de entender qué pasó, quién fue responsable, cómo se conecta todo. Pero es pronto. Tal vez tenga algo más adelante en la semana.

Hay un largo silencio. Bethanie tarda en hablar.

—No te entiendo. ¿Cómo que quién fue responsable? Topaz Throssel confesó. La atrapaste tú, por el amor de Dios. Fue nuestra exclusiva, nuestra gran primicia, está en el sitio web, en todas las redes sociales. No me digas que te has equivocado.

Martin percibe la inquietud en la voz de ella; después de lo ocurrido en Riversend, no puede culparla.

—No, no, Topaz es culpable, sí. Me refería al otro asesinato, el de Jasper Speight.

Otro silencio.

—¿No fue el gurú quien lo mató para ocultar su pasado? Eso fue lo que me dijiste. Lo que le dijimos a Terri.

—Sí, pero la policía cree que quizá haya algo más detrás.

—¿Por eso interrogaron a Mandalay Blonde?

Martin no sabe qué decir. Se da cuenta de que está sudando, a pesar del aire acondicionado del Subaru.

—Supongo que sí.

—Ay, Martin, ¡por Dios! La foto de Baxter le está quemando en el escritorio a Terri, ella me exige que escriba algo para acompañarla, ¡y ahora resulta que la policía está interrogando a Mandy Blonde en relación con un homicidio y tú no me dices nada!

—Puede sentir el enfado de ella a través de la línea—.

¡No puedes pretender que me guarde esa información!

Martin respira hondo.

—No es necesario que lo publiquemos hoy. Tenemos de sobra con Hummingbird Beach y sus consecuencias. Y tienes la entrevista con una de las víctimas.

—No, Martin. No. Tenemos la foto, tenemos a Mandy en la comisaría, donde la están interrogando acerca de un homicidio relacionado con el swami y tal vez con las siete muertes ocurridas en Hummingbird Beach.

Si nos quedamos sentados sobre esa información, alguien podría aventajarnos.

Y entonces, ¿qué le digo a Terri?, ¿que lo sabía pero no dije nada?

—Está bien, está bien. Tienes razón. Por supuesto que tienes que enviar el artículo. Pero yo no puedo involucrarme; el conflicto de intereses es más que obvio. Y si aparece mi nombre en el artículo, Mandy nunca más volverá a hablarme.

—Por mí no hay problema.

—Solo hazme un favor.

—¿Cuál?

—No lo exageres. Estoy seguro de que Mandy es inocente. La policía podría dejarla ir en cualquier momento. No cometas el mismo error que cometí yo en Riversend, de lanzarte a la piscina sin antes verificar si tenía agua.

Otra pausa. Cuando Bethanie vuelve a hablar, ya no suena tan enfadada.

—Tiene sentido lo que dices. Pero sabes que la decisión final es de Terri.

—Seguro. Simplemente, no le pongas demasiada pimienta a la historia.

—Mierda, Martin —dice ella, con un tono de pesar en su voz—. Lo siento. —Y corta la llamada.

Durante un buen rato, Martin se queda allí sentado, a un lado de Dunes Road.

Ha hecho todo lo posible para proteger a Mandy, pero sabe que no es suficiente.

Los medios están en el pueblo, ávidos de noticias, y si la policía deja de brindar información, se dispersarán y empezarán a buscar sus propias historias.

Una foto de Mandalay Blonde en el sitio web del Herald será irresistible, por mucho que Bethanie trate de minimizarla.

Una vez que alguien empiece a hablar de ella, los demás seguirán el juego, intentando superarse entre sí.

Volverán a publicar todas las fotos de Riversend, aquellas de las que Mandy había huido al mudarse a Port Silver.

Tiene que ponerse en marcha, tiene que ayudar.

Y lo mejor que puede hacer por ella ahora es encontrar una noticia nueva, más impactante, que empuje el ciclo hacia delante o en otra dirección, que haga que el nombre de Mandy quede en el olvido.

Primera pregunta: si no fue el swami quien le abrió el pecho a Jasper Speight con un cuchillo de filetear, ¿quién coño lo hizo?

Suena el teléfono. Es Terri Preswell.

—Terri.

—Martin. Bethanie me ha explicado la situación con tu novia. Voy a retrasar la publicación de la foto. Por ahora.

—¡Fantástico! Muchísimas gracias.

Pero ella lo interrumpe.

—No me lo agradezcas, Martin. Si no conseguimos algo mejor, la foto será la portada de mañana. —Y cuelga.

De puta madre. Ya pasa de la una. Le quedan cinco horas hasta que se cierre la edición de la portada del día siguiente.

Y si el Herald pone a Mandy en primera plana, el resto de los medios se lanzará sobre ella.

Y más temprano que tarde, alguien descubrirá la coartada del gurú y el asunto del cuchillo.

Cinco horas. Le quedan cinco horas para salvar a Mandy; cinco horas para salvar su relación; cinco horas para salvar su propia reputación con Terri Preswell, Bethanie Glass y el Sydney Morning Herald . Cinco horas… como máximo.

Pero no tiene ni idea de qué hacer.