Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 26 #2
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CAPÍTULO 26 #2

—El swami Hawananda mató a la hermana de Topaz. En Creta, hace ocho años. Fue un accidente. —Le cuenta la historia lo mejor que puede.

Jota niega con la cabeza.

—¿Pero por qué mató a los demás?

Martin aprovecha la oportunidad.

—De eso quiero hablar contigo, Jota. Pienso lo mismo. No entiendo por qué querría matar a los demás. Confesó su intención de matar al swami , pero niega el resto.

Jota frunce el ceño.

—¿Estás diciendo que sobrevivió? Yo la vi beber la poción. Fue la primera en enfermarse.

—¿Cómo dices?

—Ella empezó a vomitar. A más no poder. Por eso llamé a la ambulancia.

—¿Fuiste tú quien llamó?

—Sí. Me asusté. De pronto, empecé a sentirme muy mal, aunque casi no había probado el brebaje.

Algunos de los otros parecían estar bien, bailaban y reían como siempre.

Pero algo pasaba. Ella empezó a vomitar y…

—Cierra los ojos por un segundo—. Y enseguida después, se desplomó Dev.

Nunca había pasado antes. Así que llamé a la ambulancia.

Después, empecé a vomitar yo también. No podía parar. Debí de haberme desmayado.

—Topaz quería morir —dice Martin—. Pero vomitó el veneno antes de que pudiera hacer efecto.

—¿Qué era?

—Todavía no lo sé. Debía de tenerlo encima cuando la dejé aquí el viernes. La policía científica ya lo habrá averiguado.

—Tal vez.

—Jota, ¿cómo funcionaba? Yo estuve allí el jueves por la noche. El swami repartía bebidas de una botella de Coca-Cola. ¿El viernes fue igual, en la ceremonia al final del retiro?

—No, más formal. Servía la pócima con un cucharón, de un cuenco ceremonial.

Primero, a los discípulos; luego, a cualquiera que quisiera.

Se aseguraba de que nadie tomara más de una copa.

Lo presentaba como un ritual, pero era también una medida de seguridad.

Una vez que todos lo habían tomado, él también lo hacía.

Después, volcaba lo que sobraba en la arena. Era sumamente cuidadoso.

—Yo creía que era solo alcohol, zumo de frutas y especias.

—Sí, era eso. Quizá, después de lo que pasó en Grecia, se mostraba muy cuidadoso.

—¿Y el viernes fue igual que siempre?

Ella frunce el ceño.

—Creo que sí. No estoy segura. Topaz empezó a vomitar, yo me sentía mal, Dev se desplomó. Salí corriendo a llamar por teléfono.

—¿Y Hawananda? ¿Siempre participaba él también?

—Sí. Decía que era una conexión con lo divino. —Vuelve a mirar por la ventana—. Lo divino —murmura. Y se queda mirando la nada, como si se hubiera olvidado de Martin.

—Jota, ¿hay algo más, algo que no me hayas contado?

Ella lo mira. Se la ve tranquila, con expresión casi serena, pero hay algo en la profundidad de sus ojos; ahora lo ve.

—Ha vuelto, Martin.

Él guarda silencio, intuye el significado de sus palabras.

—El cáncer. Ha vuelto.

Martin calla. ¿Qué puede decir?

—Me estaban haciendo exámenes para cerciorarse de que estuviera sana. Aparecieron los marcadores en sangre. No salió en las radiografías, no son lo bastante sensibles. Tengo que ir a Sídney, a hacerme una resonancia y todo lo demás.

—Lo siento, Jota.

—Revisaron cada centímetro de piel, incluso los ojos, pero no encontraron nada. Podría ser un falso positivo, dicen. Pero yo sé que está ahí, es el melanoma. Ha vuelto para matarme.

Martin parpadea. Melanoma en fase avanzada. Hasta hace poco, una sentencia de muerte.

—He oído que hay medicamentos nuevos, con resultados increíbles.

—Sí. Quizá. —No suena muy confiada—. Pero creo que me lo merezco.

—Nadie merece el cáncer, lo sabes. Es una lotería —dice, y enseguida se arrepiente de la metáfora.

Ella no parece convencida.

—No lo entenderías. Se mete dentro de ti, te carcome, te angustia, te quita el sueño. Nunca descansas. Te consume, te deja vulnerable. —Mira al frente, los ojos secos—. No creo que los fármacos funcionen, al menos conmigo.

Martin siente un escalofrío en la nuca; se le eriza la piel. Ha oído ese tono antes, confesiones similares, no en Australia, sino en zonas de guerra, en campos de refugiados, después de las limpiezas étnicas. Ella no está hablando del cáncer, sino de la culpa.

—Jota, ¿qué has hecho?

—Te lo contaré. Te lo contaré todo. Puedes ponerlo en tu periódico si quieres, cuando yo ya no esté.

—No vas a morir.

—Mucho mejor entonces. ¿Hacemos un trato?

Martin asiente. No sabe a qué se compromete, pero quiere oírla, y ella necesita contarlo. Si ha tenido algo que ver con las muertes en Hummingbird Beach, él tiene que saberlo.

—Trato hecho —responde.

—Amory Ashton —dice ella.

—¿Ashton? ¿Qué pasa con él?

—Lo maté yo. No fue intencionado, pero lo maté.

Martin se queda paralizado; el aire se carga de electricidad.

—¿Qué pasó?

—Tuve una pelea con él; ¡qué hombre tan repugnante!

Un recuerdo le viene a la mente: Jota montando al gurú en su oficina, la cicatriz en forma de medialuna roja en la nalga, la nota en el Longton Observer .

—Los tiburones —dice.

Ella asiente.

—Sí, los tiburones. Me atacaron cuando salí a surfear en mi propia playa. Sus tiburones de mierda.

—¿Sus tiburones? ¿De Ashton?

—Bien podrían haberlo sido. Eran tiburones sarda. Iban a la marisma, atraídos por los vertidos de la fábrica.

—¿Entonces, lo mataste?

—No fue adrede. Fui hasta allí cuando salí del hospital. Estaba furiosa, llena de rabia. No fui la primera, ¿lo sabías?

Martin asiente.

—La dueña del camping.

—Ah, ya lo sabes. Ponlo en tu periódico.

—Lo haré.

—Era un día precioso, cerca del atardecer.

Tranquilo, sin viento, con buenas olas para surf.

Quería volver a meterme al agua, sentía que estaba lista.

La herida había cicatrizado. Pero no pude.

Tenía demasiado miedo. Miedo de mi propia playa, de mis olas.

Por culpa de él. Yo ya había empezado a pensar qué hacer con el lugar; imaginaba algo sencillo, un campamento para surfistas, un sitio para retiros de yoga y meditación, pero no podía recibir gente allí si estaba lleno de tiburones.

Así que fui a la fábrica para hablar con él.

Estaba vacía, el último turno ya había terminado, pero su coche seguía allí. Ashton estaba en el muelle, pescando.

—¿Y qué pasó?

—Discutimos. Fue horrible. Él era un hombre horrible, sus palabras fueron horribles. Trató de sujetarme. Tenía unos dedos gordos como salchichas, trataba de cogerme. Le di una patada con todas mis fuerzas, traté de escapar. Lo empujé, cayó al agua. Cayó desde el muelle a la marisma.

—¿Qué? ¿Se ahogó?

—Los tiburones lo atacaron.

Martin no sabe qué decir. Le viene una imagen a la mente, brazos que se agitan, agua que se vuelve roja.

—Por lo que cuentas, parece haber sido en defensa propia. ¿Por qué no se lo dijiste a la policía?

—Debería haberlo hecho, lo sé. Pero no tenía ninguna razón para estar allí. Pensé que la policía diría que fue premeditado, que fui con intención de matarlo.

—Entonces, ¿qué hiciste?

—Cogí su equipo de pesca, lo metí todo en su coche y conduje hasta Treachery Bay. Lo incendié y volví caminando por la playa, de noche, por la orilla, para no dejar huellas. Tardé dos horas.

Martin no sabe qué decir. Una parte de él se entusiasma; es otra revelación impactante que podría incluir en su próximo libro. En un capítulo aparte. Pero ahí está el problema: es algo independiente, sin conexión con las muertes de Hummingbird Beach ni con el asesinato de Jasper Speight.

—¿Soy la única persona a la que le has contado esto?

—Sí, casi.

—¿Se lo contaste a Jasper Speight?

—¿A Jasper? No. ¿Por qué iba a contárselo?

—¿Entonces, a quién más se lo contaste?

Jota baja la mirada, olas de pena tiemblan en su rostro.

—A Dev. Se lo conté a Dev.

Martin lo entiende por fin: la relación entre el swami y Jota no era casual, ni hedonista, ni de maestro y discípula.

—Estabais juntos —afirma—. Erais pareja.

—Sí —responde ella—. Éramos pareja. Amantes. —Alarga el brazo, toma la mano de Martin—. Lo echo de menos. Ya lo echo de menos. Y ahora tener que enfrentarme a esto, al cáncer, sola. Ojalá estuviera aquí.

—Le contaste que mataste a Ashton. ¿Él alguna vez te habló de su pasado? ¿De lo que ocurrió en Creta?

Jota no responde, solo niega con la cabeza; aprieta la manta del hospital con dedos nerviosos.

Transcurren unos minutos en silencio, luego, dice:

—¿Martin?

—¿Sí?

—¿Podrías llevarme a casa? Aquí ya no pueden hacer mucho más por mí. Tengo que prepararme para ir a Sídney. Necesito recoger mis cosas.