CAPÍTULO 26
Viajan en silencio. No hay nada que decir, solo mucho en qué pensar; la mente de Martin está colonizada por pensamientos oscuros que juegan con sus emociones.
Mandy va al volante; él ni siquiera tiene eso para distraerse.
¿Cómo se le ocurrió dejarla, abandonarla para escribir su adorado libro, buscando reivindicarse en lo profesional para taparles la boca a los escépticos…
mientras la perdía? Lo asalta un recuerdo: está en su apartamento de Sídney, volcando palabras sobre la página, y entre párrafo y párrafo piensa en ella, saborea ese sentimiento nuevo, ese amor, convencido de que la ausencia realmente lo hace crecer.
Qué cruel resulta ahora ese recuerdo, porque mientras el amor crecía dentro de su corazón, el de Mandy se alejaba, arrastrado por la incertidumbre y por su aparente indiferencia.
Ella había temido que él fuera solo uno más, otro ladrón en la noche.
Otro pensamiento que brota desde algún rincón de la mente lo atraviesa como una lanza: Jasper.
Su viejo amigo, lector voraz de sus artículos y reportajes.
Había visto lo que ocurría: Mandy, la pareja de su amigo, empezaba a alejarse, como una balsa a la deriva.
Se habían peleado en el club, pero ¿por qué?
¿Acaso Jasper vio una oportunidad para acercarse a Mandy?
¿O fue porque estaba molesto con ella por no mantenerse fiel a su amigo?
Martin niega con la cabeza, como si así pudiera deshacerse de esas conjeturas; esos pensamientos solo sirven para atormentarlo.
Mandy va a su lado, tan cerca que podría tocarla, y, sin embargo, inalcanzable, a pocos centímetros pero distante, concentrada en conducir por el camino bordeado de palmeras hacia el colegio y la guardería.
En el asiento trasero, Liam canturrea en su silla: el sonido mismo de la inocencia, intentos de palabras que llenan el silencio.
Se le parte el corazón. Cuando Mandy lo deje en la guardería, tal vez sea la última vez que él lo vea.
Le gustaría bajarse de un salto, abrazarlo, oler su aroma maravilloso.
Pero cuando llegan, se queda en su asiento.
Si la policía la lleva detenida, él tendrá que recoger al niño.
Casi desea que lo hagan, solo para pasar un poco más de tiempo con él, empaparse de su pureza, de sus pequeñas alegrías, un instante más.
Observa a Mandy mientras lo lleva hacia la puerta trasera de la guardería, no la principal.
Claro, es domingo. Ha hecho un acuerdo privado con la dueña para que lo cuide.
Están casi en la base del escarpe cuando suena el teléfono de Mandy.
Sale de la carretera, cruza al otro lado, donde hay una salida hacia el ingenio azucarero, el mismo lugar donde él recogió a Topaz y Royce hace casi una semana.
Cuando por fin detiene el coche, se corta la comunicación.
Mandy devuelve la llamada, él puede oír su parte de la conversación.
—Entiendo…, en unos veinte minutos…, ¿puede ser en otro sitio?…, ¿por qué no? —Y por último—: Sí. Gracias.
Martin espera un instante para ver si ella dice algo, pero se ve obligado a preguntar:
—¿Malas noticias?
—Era Winifred. La policía quiere hablar en la comisaría.
—¿De verdad? ¿Por qué?
—No lo sabe. Nos encontraremos allí.
Vuelven a quedarse en silencio, y ahora que Liam ya no está con ellos, su vínculo se siente cada vez más frágil. Martin lo intenta otra vez:
—Mandy, quiero que sepas que tienes todo mi apoyo. Estoy contigo en esto.
Por fin ella lo mira.
—Gracias, Martin. Esperemos que no sea demasiado tarde. —Pero enseguida vuelve a concentrarse en las curvas cerradas del escarpe, el rostro tenso, los ojos cargados de temor.
Tal como temían, los medios están apostados fuera de la comisaría.
O bien sus colegas están trabajando con esmero o no saben qué más hacer.
O quizá la propia policía les dio el aviso.
Siente un vacío en el estómago, un hueco roído por los pensamientos que lo invaden.
“La policía quiere esto. Quieren que fotografíen a Mandy. Después de la forma vergonzosa en que la trataron en Riversend, ahora redoblan la apuesta”. Y lo peor: “Deben de saber algo”.
—Que se pudran —dice Mandy.
Conduce hasta la comisaría, gira por la entrada lateral, pasando junto a los carteles que dicen “SOLO VEHÍCULOS POLICIALES”.
Sigue hasta detenerse justo frente a la puerta posterior, bajo otro cartel de “PROHIBIDO APARCAR”.
Sale del coche, deja el motor encendido y las llaves puestas, pero la puerta de cristal está cerrada con llave.
Martin también baja, pulsa el botón del intercomunicador junto a la puerta, una vez, otra.
—¿Quién es? —pregunta una voz despersonalizada—. No está permitido usar esa entrada.
—Somos Martin Scarsden y Mandalay Blonde. Venimos por solicitud expresa del detective inspector Morris Montifore. Su abogada, Winifred Barbicombe, ya debería estar aquí.
—Un momento, por favor. —Y nada más.
Mandy lo mira.
—Lo hacen adrede. Quieren que me quede atrapada aquí fuera.
Martin vuelve a pulsar el botón.
—Abran esta puerta ahora mismo o nos marchamos y será su responsabilidad.
No hay respuesta.
—¡Martin! ¡Mandy!
Se vuelven. Es Baxter. O más bien, la lente de su cámara, el fogonazo del flash, una ráfaga de disparos.
Baja la cámara y se encoge de hombros en una muda disculpa que deja en claro que solo cumple con su trabajo.
Tras revisar la pantalla de la cámara, la vuelve a alzar, y dispara otra ráfaga corta.
Martin siente un torrente de emociones: ira, frustración, la amargura de una traición.
Se oye el clic del cerrojo, y la puerta se abre. Es Winifred.
—Entra —dice con voz tranquila. Mira a Martin—: Tú no. Solo Mandalay.
Mandy cruza una mirada con él, restableciendo por fin algo de la vieja complicidad. La puerta se cierra y se activa el bloqueo electrónico con un chasquido.
—¡Martin!
Se vuelve. Es Doug Thunkleton, agitado, jadeando, seguido por su equipo de grabación.
Martin siente la tentación de decir algo sarcástico, de torcer la boca en una mueca de desdén y descargar toda su indignación directamente en la lente.
Pero se vuelve y regresa al Subaru, ignorando las súplicas de Thunkleton para que hable.
Sale en el coche por entre el enjambre de fotógrafos y equipos que zumban alrededor del edificio, ávidos por conseguir una imagen, aunque no tengan idea de qué es ni de qué significa.
Se aleja del tumulto, comprueba por el espejo retrovisor que ninguno de ellos esté tan desesperado como para seguirlo.
Cuando tiene certeza de que está solo, se detiene a la sombra de un árbol junto a la acera.
Vuelve a cerciorarse de que no hay nadie y entonces grita, desata una retahíla de palabrotas e improperios durante tres minutos, hasta que se vacía de ira, de frustración, de impotencia.
Cuando por fin se calma, ajusta el asiento a la longitud de sus piernas y acomoda los espejos a su altura.
Pero no sabe adónde ir. Sabe que tiene que hacer algo, pero ignora qué.
Debería estar ayudando a Mandy. O yendo tras una historia. Algo. Lo que sea.
Suena el teléfono. Es Bethanie.
—Hola, Martin.
—Bethanie.
—Baxter me enseñó las fotos.
—¿Vas a publicarlas?
Hay una pausa. Al menos, le concede esa pequeña cortesía: pensar la respuesta antes de hablar.
—¿Hay alguna razón para no hacerlo?
—¿Tienes una historia que las acompañe?
—¿Tiene que ver con lo ocurrido en Hummingbird Beach?
—No. Es sobre el otro homicidio, el de la casa que había alquilado Mandy.
—Ah, claro —dice Bethanie—. Creen que fue el gurú. ¿Tendrás listo ese material para el periódico de mañana?
—Es probable. —No dice nada sobre la coartada de Hawananda ni sobre el cuchillo.
Bethanie vacila mientras evalúa el valor de la historia como noticia.
—No quieres exponerla a la prensa, ¿verdad?
—No. Menos después de lo que pasó en Riversend; lo entiendes, ¿no?
—Por supuesto. Pero Baxter ya ha enviado las fotos por su cuenta. Ya sabes cómo funciona el sistema.
—Directo al editor de imágenes. Entendido. Gracias, Bethanie.
—¿Por qué?
—Por llamarme. Por no presionar para que las publiquen.
—Todavía no me lo agradezcas. Veremos qué pasa. —Corta la llamada.
Martin se queda donde está, preguntándose qué acaba de hacer.
Si Bethanie llega a enterarse de que encontraron el cuchillo o de la coartada de Hawananda, sabrá que la engañó.
De puta madre. La policía está interrogando a Mandy, el Herald tiene una foto exclusiva y él ha hecho todo lo posible por sabotear la historia.
Por un momento, piensa en su carrera, en lo bien que se sintió volviendo al ruedo, trabajando con Bethanie y Baxter, entregando su primicia, destapando la historia más impactante del país.
Y comprende que por más secreta que haya sido su ambición, se habían encendido en él las esperanzas de recuperar su empleo.
Ahora se da cuenta de que no sucederá, no cuando Terri descubra el subterfugio.
Y sonríe. Al final, no tuvo que elegir entre Mandy y el periódico: la elección se hizo sola.
Tiene que ayudar a Mandy, tiene que demostrar su inocencia.
Todo lo demás es secundario. Arranca el coche y se pone en movimiento.
Debe averiguar qué ocurrió en Hummingbird Beach, quién mató a Jasper Speight y ocuparse de recuperar la confianza de Mandy.
Gira y conduce al Hospital Regional de Longton.
Jota Hayes está sentada en la cama, mirando por la ventana con expresión vacía.
—¿Jota?
Sus ojos vuelven a enfocarse. Gira la cabeza y lo mira.
—Ah. Eres tú.
—¿Cómo estás?
—Mal.
—¿Te has enterado? Anoche la policía arrestó a Topaz. Van a acusarla de homicidio.
—Ya. —Vuelve la vista al punto que contemplaba cuando él entró, sin mostrar mayor reacción ante la noticia—. Así que fue ella.
Martin se sienta en la silla junto a la cama.