CAPÍTULO 25 #4
—Siempre tuve intenciones de volver. El libro está terminado, y estoy aquí.
—¿De verdad? Ayer no estuviste. Estuvieron los buzos, la policía, los curiosos. Todo el día, estuvieron aquí, y tú no. —Tiene lágrimas en los ojos—. Estabas con tu historia. Ella es tu verdadero amor.
¿Cómo responder a eso? Es cierto: se abocó al libro sobre Riversend y excluyó todo lo demás, lo escribió en cuatro semanas, setenta mil palabras, trabajando día y noche.
Wellington Smith le había puesto un plazo imposible de cumplir y él terminó cinco días antes solo para poder venir a verla.
Pero ¿cómo decírselo? Pensará que escribió sin descanso porque es lo que ama, es su obsesión. Y, en parte, sabe que es verdad.
—Te drogó, Mandy. Garth McGrath te drogó.
Ella lo mira, comprende, pero no dice nada.
—Igual que a mí. Y que a Topaz Throssel.
Mandy sigue sin responder.
—¿Recuerdas lo que pasó? ¿O tienes lagunas en la memoria?
—¿Cómo lo sabes? —pregunta en un susurro.
—Es uno de los efectos de la droga Rohypnol. La que usó McGrath. La droga para violaciones.
—Dios mío —se estremece ella; sus ojos son más verdes que el agua del río. Pero no hay alivio en su mirada. Si se siente exonerada, no lo demuestra. Todo lo contrario: parece aún más angustiada; no lo mira.
—Ayer leí tu artículo en la tableta para mantenerme al tanto.
Y entonces, llegaron los buzos. Intenté llamarte, pero tu teléfono estaba apagado.
Estabas demasiado ocupado escribiendo. Así que me quedé mirándolos con Liam.
Después, fueron llegando los demás, desde allí arriba.
—Mueve la cabeza hacia la zona de residentes permanentes—.
También miraban a los buzos. Y me miraban a mí.
Al final, nadie miraba lo que hacían los buzos, solo a mí.
No lo soporté. Me llevé a Liam y salí en el coche.
Me fui lejos, por Dunes Road hasta Treachery Bay.
—Lo encontraron, Mandy —dice Martin—. Los buzos lo encontraron.
—¿El qué?
—El cuchillo.
Ella suelta un suspiro.
—Qué bien. ¿Y ahora qué?
—Está en Sídney. Están haciéndole todas las pruebas posibles: de sangre, de ADN, con microscopios electrónicos, de todo. Ya he avisado a Winifred.
Ella lo mira.
—Yo no fui, Martin. Yo no lo maté.
—Nunca dije eso.
—No hace falta que lo digas.
Él no sabe cómo responder, así que sigue adelante, dice lo inevitable: —El pelo: ¿cuándo te lo teñiste?
Ella lo mira, perpleja ante la seriedad de su tono.
—El domingo por la noche. Para sorprenderte. ¿Por qué?
—¿Te lo teñiste sola?
—Sí. —Frunce el ceño, vacila—. ¿Qué pasa?
—¿Fue en la casa alquilada? ¿Arriba, en el baño? ¿La noche antes de que mataran a Jasper?
—Sí. Dímelo, ¿qué pasa?
—El cuchillo. Montifore dice que tiene una mancha en el mango.
Ella no responde, guarda silencio, se vuelve para mirar el agua.
—Hablé con la policía en Longton. Quieren volver a interrogarte.
—No tengo nada que ver con ese cuchillo. Nunca lo he visto, nunca lo he tocado.
—Lo sé. Te creo. Yo soy solo el mensajero.
La angustia vuelve a reflejarse en el rostro de ella.
—¿Por eso has venido? ¿Porque te envió la policía?
—No, Mandy. He venido para estar contigo, para apoyarte.
Pero la mente de ella ya se ha adelantado.
—La prensa…, ¿hay periodistas allí? ¿Fotógrafos, como en Riversend?
Él no lo había pensado, pero es cierto. Estarán apostados frente a la comisaría, esperando las declaraciones de Montifore sobre las muertes en Hummingbird Beach.
—Sí, habrá periodistas. Pero no les importa Jasper ni el cuchillo. Lo único que les importa son las muertes de Garth McGrath y el swami . “El Jonestown australiano”. Tú no tienes nada que ver con eso.
Mandy no se mueve; su rostro parece de cera, perfecto, una escultura. Solo las lágrimas le dan vida; caen primero de un ojo, luego del otro, una a una, mientras ella mantiene la mirada fija en Martin, como si intentara comprender lo que está ocurriendo entre ellos.
—Voy a llamar a la policía —continúa él— para ver si podemos reunirnos en otro sitio. En un hotel o algo así. Pero si no vamos a Longton, podrían arrestarte. O emitir una orden de captura. O avisar a los periodistas. No hay alternativa, tenemos que ir.
Aun así, Mandy no se mueve. Cuando por fin habla, su voz es casi un susurro: —Te fuiste demasiado tiempo. Tendrías que haber estado aquí.
Hay algo en sus palabras, algo oscuro y fatalista. No suenan a reproche, sino a algo más inquietante.
—¿Mandy?
Y el dique se rompe, los sollozos la sacuden, su cuerpo se convulsiona, su cara se deforma.
Martin se acerca y la toma de los brazos.
—¿Mandy?
—No estabas aquí. La historia te había atrapado. No sabía si ibas a volver. Estaba sola. Tenía miedo.
En ese momento, teme que la perderá, siente que ya la está perdiendo, que ella y su hijo se le escurren entre los dedos. Pero no encuentra palabras ni una frase de consuelo. El escritor del millón de palabras, mudo.
Un chillido corta la mañana, agudo, distorsionado por la estática: el monitor del bebé. Liam irrumpe en el silencio: el futuro intentando imponer su dominio sobre el pasado.