CAPÍTULO 25 #3
Montifore vuelve a encogerse de hombros.
—Te escucho. —Cualquier entusiasmo que el detective pueda haber sentido por el arresto de Topaz Throssel parece haberse desvanecido hace mucho.
—Pregúntele a Topaz por qué ella y Royce fueron a Port Silver, si tiene que ver con Jasper Speight.
Esta vez, Montifore sonríe con expresión cansada.
—Has estado hablando con Royce.
—No he dicho eso.
—Entonces, supongo que nunca lo sabré. —El detective se pone serio—. Pero gracias, Martin. Ella ya nos lo dijo, pero gracias igualmente.
Ahora es Martin quien se encoge de hombros.
—¿Siguen con la idea de no presentar cargos hasta el mediodía?
—Ese fue el acuerdo. ¿Te parece bien?
—Sí. Gracias. Vamos a subir más material al sitio web en cualquier momento. El periódico encargó a un colaborador que escriba sobre lo ocurrido en Grecia.
Montifore asiente. Que la historia de fondo se haga pública no perjudicará a la fiscalía.
—Ella lo confesó todo. No creo que se llegue a juicio. Por cómo pinta el asunto, se declarará culpable.
—¿De las siete muertes o solo de la del swami ?
Montifore suspira.
—Tienes razón. Admitió haber envenenado al swami y a sí misma, nada más. Cerciórate de que eso quede claro en todo lo que escribas. Dice que lo otro fue un accidente. Quién sabe, tal vez tengamos que dividir los juicios.
—El veneno…, ¿lo puso en el cuenco del swami ?
Montifore niega con la cabeza.
—No puedo darte esa información.
—Por favor, es importante. No la voy a publicar hasta que tenga su autorización para hacerlo.
Morris Montifore parece demasiado agotado como para preocuparse.
—De acuerdo, pero no puedes publicar una palabra. Ella dice que lo puso en el cuenco al final, cuando solo quedaban ella y el gurú.
Martin asiente. Sabe que Topaz no tiene motivos para mentir; y Montifore, tampoco.
—¿Van a dar una rueda de prensa?
—Sí. No es que me entusiasme, pero en Sídney quieren que se sepa. Será aquí, dentro de una hora más o menos. Una declaración breve ante las cámaras, sin preguntas. Para acallar los rumores.
—Entonces, intentaré dormir un poco. Gracias, Morris.
—¿Martin?
—¿Sí?
—Quiero que sepas que encontramos el cuchillo. Los buzos lo sacaron del río ayer por la tarde. Ya está en Sídney.
—Supongo que el río lo habrá lavado por completo.
El detective suspira.
—Peor aún. Lo frotaron con lejía antes de arrojarlo al río.
—Ah, entonces, el asunto termina ahí.
Montifore lo mira a los ojos.
—Eso parece. Aunque los técnicos hacen un trabajo fantástico. Es increíble lo que pueden descubrir cuando se lo proponen.
—¿Qué quiere decir?
—Que quizá te convenga ir a Port Silver a estar con tu novia.
Martin parpadea. El significado de sus palabras es claro.
—¿Por qué? Ya se sabe quién mató a Jasper y por qué. Fue Hawananda.
—No. Nosotros también lo creíamos. Pero no pudo haber matado a Jasper Speight. Tiene una coartada.
—Está muerto. ¿Cómo puede tener una coartada?
—El lunes estuvo dirigiendo un retiro intensivo. Toda la mañana. Frente a doce testigos, diez de los cuales siguen vivos.
Martin se queda mirándolo. Durante varios segundos, no sabe qué decir.
—Ya han interrogado a Mandy dos veces —agrega por fin—. ¿Qué más creen que pueden sacarle?
El detective suelta otro suspiro, como si cargara el peso del mundo sobre los hombros.
—Es por el cuchillo. El mango tiene una mancha oscura, del mismo tono castaño rojizo que el cabello de Mandalay.
Martin se queda mudo. Recuerda las manchas en el baño de la planta superior, alrededor del lavabo.
Montifore quizá se mostraría más compasivo si no estuviera tan agotado.
—Llévala tú a la comisaría. Encárgate de que se presente de manera voluntaria. Si tenemos que ir a buscarla, nadie gana.
Martin ha dejado su coche en Port Silver, así que regresa con Baxter; bajan por el escarpe, pasando una hilera constante de vehículos de medios periodísticos que suben en dirección contraria, alertados por la rueda de prensa de Montifore.
Cuanto más descienden, más sienten la densidad del aire caliente, que necesita con urgencia una brisa marina que lo limpie.
Martin intenta llamar a Mandy dos veces, pero no responde.
Llama a Winifred Barbicombe. Le deja un mensaje, y ella le devuelve la llamada.
Martin le explica el asunto del cuchillo; ella dice que irá a Longton y que él debe llevar a Mandy.
El cuchillo. Alguien debe de querer incriminar a Mandy.
Clyde Mackie ya desacreditó la denuncia anónima que afirmaba que ella lo había arrojado al río al atardecer del martes.
Pero ¿importa, acaso? Si el cuchillo conserva pruebas forenses, de nada servirá el testimonio de Mackie.
El ADN lo vence todo, es la pistola humeante del siglo xxi .
Pero no puede tratarse de ADN; la lejía y un par de días en el fondo del Argyle lo habrán eliminado.
Es solo tinte de pelo. ¿Será suficiente para condenarla?
Su mente, privada de sueño, está inquieta, indisciplinada.
Solo el descanso podría tranquilizarla. Eso y saber quién mató a Jasper Speight.
Baxter lo deja junto a su coche, que sigue aparcado frente al club de surf. Tiene una única multa de aparcamiento. Mierda, ¿cuándo empezó a cobrar el municipio por aparcar? Arranca el motor, lo acelera con fuerza; el ruido del escape rebota entre los locales aún cerrados de The Boulevarde.
En el camping, encuentra a Mandy sentada junto al río, sola.
—Hola —la saluda.
—Hola —responde ella—. Me preguntaba si aparecerías. —No hay rastro de enfado en su voz; sí, tal vez, cierto pesar.
—¿Y Liam?
—Todavía duerme. —Levanta un monitor para bebés.
Martin se sienta a su lado; los dos contemplan el agua.
—Perdón, no pude venir antes. Estuvimos trabajando casi toda la noche.
—Lo sé. Lo vi en internet. Esa mujer, Topaz. —No hay rencor en sus palabras, tampoco una acusación—. Siete muertos. Todo para vengar a su hermana.
—Su objetivo era el swami . Lo otro fue accidental; seis personas inocentes en el peor lugar en el peor momento. No sé quiénes son. Solo conocía al gurú y a McGrath.
Ella niega con la cabeza, frunce el ceño, consternada.
—Es terrible. Increíble.
Martin mete la mano en el bolsillo y saca el collar.
—Encontré esto.
Mandy lo mira; Martin lo deja caer en su palma. Ella no habla.
—Lo encontré en Hummingbird Beach. En la cabaña de McGrath.
Silencio. Mandy mira el agua. Él espera. Los segundos pasan con la lentitud de siglos.
Por fin, ella habla en voz baja.
—No podía contártelo, me daba vergüenza.
—¿Qué pasó?
—Fui allí; me interesaba. Había oído que la playa era espectacular.
—Hace una pausa—. No, no era solo eso. Estaba sola.
Atrapada en la casa alquilada con Liam como única compañía.
Día tras día, noche tras noche. Empecé a pensar que no volverías, que te quedarías en Sídney. Que no querías estar conmigo.
—Siempre voy a querer estar contigo —intenta tranquilizarla él, tomándole la mano.
Pero ella la retira. Cuando habla de nuevo, lo hace con tristeza, no con rencor.
—Llegaste a Riversend con tus gestos heroicos y tus palabras bonitas.
Y mucho amor. Un hombre mejor que Byron Swift y los demás.
Y luego, volviste a marcharte para escribir tu libro.
Ni siquiera me ayudaste a mudarme. El libro siempre fue más importante que yo y que Liam. No sabía si volverías o no.