Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 25 #2
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CAPÍTULO 25 #2

Martin sale sintiéndose peor, arrepentido de haberse comido la quiche.

Todavía está alterado por la mezcla infernal de demasiada cafeína y muy poco sueño.

El mundo parece desteñido, con una textura granulada, cinematográfica; la luz le resulta demasiado intensa.

Le inquieta el inesperado vínculo entre los estafadores y Jasper Speight, y le sorprende que Denise Speight haya convencido al banco Westpac de que le otorgara los derechos para comprar la fábrica de quesos.

Pero nada de eso importa demasiado; tal vez sirva como telón de fondo si algún día decide escribir un libro.

Aun así, le da vueltas en la cabeza. Jasper Speight les iba a pagar a Topaz y a Royce para que filmaran a St. Clair; Denise Speight se adelantó a St. Clair con la fábrica.

Jasper y su madre podrían haber estado trabajando juntos para ganarle a St. Clair.

Entonces, ¿por qué había ido Jasper a verlo con la postal de san Mirón el Taumaturgo?

¿Por sentido cívico, porque quería que Martin desenmascarara al gurú como un impostor?

¿O para eliminar a un rival y manipularlo a él?

Las acusaciones de Royce han resquebrajado la imagen que Martin tenía de su viejo amigo de la infancia: trampas de seducción, cámaras ocultas, chantaje.

De adolescente, Jasper era a veces imprudente o descuidado, pero nunca manipulador, nunca maquinador.

¿Qué había cambiado? ¿Lo transformó su madre o se dejó corromper por la tentación de propiedades y dinero, por el susurro de la plata?

Quizá, Jasper había ido a Hummingbird Beach en representación de su madre; quizá, el gurú estaba allí como peón de St. Clair.

Martin recuerda haber visto a St. Clair y al swami tomando café en Longton.

Así que exponer al gurú beneficiaría a Jasper y a Denise, pues eliminaría su influencia y, a través de él, la de St. Clair.

La quiche le pesa como plomo en el estómago. Algo no encaja.

Denise Speight y Tyson St. Clair compiten entre sí, son rivales.

¿Qué había dicho George en su local de pescado frito?

Que los terratenientes de Nobb Hill se comportaban como si vivieran en la serie Juego de tronos.

St. Clair tenía planes para la marisma, la fábrica de quesos y la ribera; Jasper quería parcelar los acantilados.

Pero Denise había aventajado a St. Clair acudiendo directamente a Westpac y superando su oferta para la compra de la fábrica, mientras su hijo Jasper contrataba a Topaz y Royce para que filmaran material comprometedor de St. Clair. Un auténtico nido de ratas.

Martin mira la hora. Todavía es temprano, pero los pescadores siempre madrugan. Llama a Vern.

—Martin, buenos días. Un poco temprano para los periodistas, ¿no?

—¿Estás en casa, Vern? Necesito hablar con Josie.

—Ya estoy en el barco. Te paso su contacto por mensaje.

—Gracias.

—De nada. Gran trabajo, por cierto. Conseguiste la primicia otra vez. Pero ¿estás bien? Se te oye nervioso.

—Sí, todo bien.

—Me alegra oírlo —agrega su tío antes de cortar. ¿En serio puede notar el nerviosismo en su voz? Da igual; el teléfono vibra, le llega el mensaje con el contacto de Josie. La llama.

—¿Hola? Soy Josie. —Su voz suena vacilante, no reconoce el número de Martin.

—Hola, Josie. Soy Martin Scarsden. Espero no haberte despertado.

Ella se ríe.

—Con la cantidad de niños que tengo, imposible. ¿En qué puedo ayudarte?

—Quería preguntarte por la reclamación de titularidad de comunidades indígenas sobre la marisma de Mackenzie. ¿Alguien ha intentado comprarla, ofreceros un trato?

—¿Por qué lo preguntas?

—Sinceramente, no lo sé. Pero algo no encaja.

—Sí, de pronto, en los últimos meses, hemos recibido algunas ofertas: Tyson St. Clair y Denise Speight andan detrás de las tierras.

—Entiendo. ¿Hay algún favorito?

—Por ahora, no. Es nuestra tierra, nos gustaría que quedara en nuestras manos.

—¿Así que no hay posibilidad de que vendáis?

Una pausa, luego un suspiro.

—No es tan sencillo. No tenemos garantía de que nuestra reclamación prospere, y seguramente tardará años en resolverse. Esto sería dinero inmediato.

—Pero perderíais la tierra. La convertirían en un puerto deportivo y un campo de golf.

—Solo si St. Clair se queda con ella.

—¿Por qué? ¿Qué quiere hacer Denise Speight?

—Nada. Dice que quiere transformar la fábrica de quesos en un hotel ecológico, pero que se asegurará de preservar los humedales.

—¿Ella misma te lo dijo?

—Sí. Ella y Jasper.

—¿Jasper?

—Así es. Siempre estuvo en contra del campo de golf, recordarás que te lo contamos.

—¿Entonces, podríais vendérsela a Denise?

—Es posible. Si sigue interesada, ahora que Jasper ha muerto. Pero no depende de mí. Tendría que decidirlo la comunidad aborigen.

—Gracias, Josie, muchas gracias.

—De nada. Lo que necesites.

Se sienta en el alféizar del escaparate de una tienda.

Está cubierto de polvo, que el viento ha arrastrado desde el interior azotado por la sequía, pero no le importa.

Intenta recordar lo que Denise Speight le dijo aquella mañana en que habló con ella, el día después del asesinato de su hijo.

Creyó que ella estaba en estado de shock, devastada.

Sin embargo, enseguida le contó los planes de Tyson St. Clair para construir el puerto deportivo y el campo de golf, y también mencionó al instante la oposición de Jasper al proyecto.

Martin le preguntó qué quería que ocurriera con la marisma, y ella respondió algo como que le gustaría verla desarrollada, siempre que los aborígenes recibieran una compensación justa y la promesa de empleos.

Está seguro de que dijo eso o algo muy parecido.

Pero no mencionó nada sobre su propio interés. ¿Por qué?

Suena su móvil y Martin se sobresalta. Número oculto. Supone que es Jack Goffing. Pero no, no es Goffing.

—¿Martin? ¿Martin, eres tú? Habla Wellington Smith. —La voz es enérgica, algo tensa.

—Sí, soy yo —responde Martin.

—Joder, Martin ¿qué mierda es esto? Solo diré esto: ¡de puta madre!

Justo lo que le faltaba. Wellington Smith, editor de la revista This Week y futuro editor de su libro de no ficción sobre los asesinatos ocurridos en el oeste de Nueva Gales del Sur. Wellington Smith, el hombre que le lanzó un salvavidas periodístico cuando el Herald lo despidió.

—Wellington, no me he olvidado de ti. Esta historia lo tiene todo: sexo, drogas, asesinatos. Da para otro libro. Un éxito de ventas garantizado.

—Lo sé, Martin, no soy tonto. Entonces, ¿por qué hostias lo estás publicando en todos los portales de la corporación mediática Fairfax? Te despidieron, ¿lo recuerdas?

—No tuve opción. La policía va a presentar cargos contra Topaz Throssel antes del mediodía.

Una vez que eso suceda, el Herald tendrá que retirar todo.

Nadie podrá publicar nada sobre la historia hasta después del juicio, ni siquiera nosotros.

Piénsalo como publicidad. Cuando el caso termine, podremos tener el libro listo.

Eso parece calmar al editor. Martin escucha su respiración agitada del otro lado de la línea, mientras trata de ordenar sus ideas.

—¿Entonces, sigue en pie el artículo para la revista? ¿Y un segundo libro?

—Diría que sí.

—Qué bien, trato hecho. ¡Excelente! —Y cuelga sin decir más.

La sola idea de escribir otro libro lo agota; lo único que quiere es dormir. Pero antes decide pasar por la comisaría en busca de novedades. Tan pronto como empieza a caminar, ve que se acerca un SUV de la televisión, que lo rodea como un tiburón. El coche se detiene, se abre la ventanilla oscura.

—¡Martin Scarsden, joder! ¡Qué pedazo de historia! —La voz de Doug Thunkleton suena demasiado fuerte para la hora.

—Doug. Qué sorpresa.

—¿Sabes acaso cuándo van a acusar formalmente a Topaz Throssel?

—Creería que no antes de mediodía.

—¡Perfecto! —exclama Thunkleton—. Gracias por la información. Tengo que salir en directo. Nos vemos. —El coche arranca.

—¡Doug! ¡Espera un segundo! —El vehículo se detiene, y Martin se acerca a la ventanilla abierta—. ¿Has vuelto a trabajar a tiempo completo en las noticias?

—Todavía no. Y quizá nunca vuelva. Termino con esto y vuelvo al crimen real.

—¿Así que sigues adelante con eso?

—¿Lo dices en serio? ¡Es un bombazo! Huele a premio Walkley por todos lados. No tienes idea del material que tenemos. No serás el único que escribe libros.

—¿De verdad? ¿Tan bueno es? Fantástico. ¿Entonces, ya habéis descubierto la identidad del asesino?

—Estamos cerca.

—Solo una cosa, Doug: fue Tyson St. Clair quien te pasó el dato de la historia, ¿verdad? No Jasper Speight.

—Sí, así es: St. Clair. ¿Por qué?

—Por nada. Gracias.

Camina por el pueblo, que empieza lentamente a despertar, intentando ordenar en su mente el destino de la fábrica de quesos y de la marisma de Mackenzie.

Tyson St. Clair le pasó a Doug Thunkleton la información sobre el posible paradero del cuerpo de Amory Ashton y, sin embargo, Denise Speight logró sacarle ventaja, y es probable que le compre el terreno a Westpac en cuanto aparezca el cadáver de Ashton.

Martin se pregunta si St. Clair sabrá que lo han dejado fuera del negocio.

Llega a la comisaría, otro edificio imponente, con menos hormigón y más ladrillo que la de Port Silver, pero igual de intimidante.

Debe de estar en el mismo distrito electoral codiciado.

La vieja ecuación: ley + orden + clientelismo = votos.

Se queda fuera, presa de la indecisión. Si ahí dentro hay alguna respuesta, el edificio no está preparado para revelársela.

Sigue allí cuando se abren las puertas automáticas de cristal, y sale Morris Montifore. El policía parece tan falto de sueño como él: está demacrado y tiene los ojos enrojecidos.

—Buenos días, Martin. Vi tus artículos.

—¿Y?

Montifore se encoge de hombros, responde impávido: —Buenas fotos. Por una vez, salí favorecido. —No sonríe; tal vez esté demasiado cansado.

—Morris, ¿puedo decirle algo? No sé qué significa ni si les servirá. Es solo que no puedo revelar mi fuente.