Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 25
82%

CAPÍTULO 25

Aunque el amanecer en Longton es sereno, y fuera de la ventana del hotel el cielo es una gradación luminosa del rosa al azul, Martin Scarsden luce demacrado y tenso, y se sostiene a base de cafeína, nerviosismo y muy pocas horas de sueño.

Terri y los abogados tienen la historia; los diseñadores, la foto que él tomó de Topaz sentada, abatida, en la sala de espera de la estación, justo antes de intentar partir.

Sus ojos vacíos miran hacia el teléfono de Martin.

A Baxter no le hizo gracia verla: reconoció de inmediato el poder de esa imagen.

Bethanie duerme, intentando descansar todo lo que pueda antes de que empiece el día.

Pero Martin no logra quedarse quieto; necesita caminar.

La policía ha arrestado a Topaz por las muertes ocurridas en Hummingbird Beach; él está casi seguro de que el swami mató a Jasper Speight.

Mandy está libre de sospecha. La historia que Martin escribió está por todo internet, generando imitaciones y dominando el ciclo de noticias.

Debería sentirse eufórico, pero no es así.

En algún momento de la noche, entre el descanso interrumpido, las horas inquietas y los sueños fugaces, algo empezó a incomodarlo.

Mete la mano en el bolsillo; el collar sigue allí.

¿Cómo puede ser tan fácil el periodismo y tan difícil la vida?

Así que sale a caminar. Un tren pasa rugiendo y le recuerda que la vida no tiene botón de pausa.

El sol naciente parpadea entre los árboles.

Con esa luz, parpadean también los recuerdos: una pelota de críquet, un campamento en la playa, una botella vacía de champán.

Una mujer hermosa en una librería de un pueblo perdido.

De pronto, siente un gran cansancio; la edad le pesa en las extremidades, el proceso irreversible.

Se siente vulnerable, expuesto a lo que su subconsciente decida lanzarle.

Por la calle principal de Longton, un coche avanza lentamente, como disculpándose por alterar la quietud del nuevo día.

Más adelante, Martin distingue un grupo de mesas y sillas en la acera.

Una panadería, la primera tienda en abrir, como en todas partes.

Martin camina hacia allí, pensando en más café, tal vez un desayuno.

Un poco de beicon con huevos le vendría bien; unos minutos a solas, para comer, para poner su mente en pausa.

Pero cuando entra en el local, encuentra a Royce McAlister y a Nick Poulos sentados en una mesa, tomando café, con la mirada vacía.

Nick lo ve y le hace una seña para que se acerque.

Royce lo observa sin expresión; Martin pide un café en el mostrador y algo de desayuno.

No hay beicon con huevos, tiene que conformarse con una quiche del día anterior.

Se sienta en la cabecera de la mesa, con Nick de un lado y Royce del otro.

—¿Estás bien? —le pregunta a Royce.

El joven solo niega con la cabeza.

—Royce ha quedado en libertad —explica Nick—. Comprobaron que no sabía nada, porque estuvo en el hospital todo el tiempo. La policía retiró los cargos.

Martin observa a Royce, cuya cara todavía muestra los moratones de la paliza; no parece sentirse aliviado.

—¿Y Topaz? —pregunta Martin, dirigiéndose a Nick.

—Ha confesado. Envenenó al gurú y se envenenó ella también. Insiste en que no quería hacerle daño a nadie más.

—¿Le crees?

—Es casi irrelevante. Un cargo de homicidio, seis de homicidio imprudente. No hay mucho que pueda hacer por ella.

—¿La estás representando?

—Por ahora.

Martin se vuelve hacia Royce.

—¿Estabas al tanto de su pasado? ¿De lo que le ocurrió a su hermana?

Royce vuelve a negar con la cabeza.

—No, de nada de eso —responde por fin. Son las primeras palabras que pronuncia, y caen con el peso de la verdad.

El joven lleno de vida que era antes ha desaparecido; Royce se ha convertido en una sombra.

Una ola de realidad lo ha arrasado y sus pies no tocan el fondo; ya no puede engañar a nadie, ni siquiera a sí mismo—.

No me contó una palabra en todo este tiempo —murmura, mirando al vacío, hablando más para sí que con ellos—.

Pensé que éramos un equipo, nosotros dos contra el mundo.

Yo lo decía en serio; supongo que ella no.

—Más bien diría que nunca confió en sí misma.

—¿A qué te refieres?

—A que estaba huyendo, Royce. Intentaba alejarse de su propio pasado. No es culpa tuya.

—Es fácil para ti decirlo —responde él, angustiado.

Se hace un silencio en la mesa. Martin aparta la quiche; está dura y casi incomible, con un relleno que empieza a ponerse gris.

Nick sirve más café para Royce y para él.

Fuera, un camión se detiene con un chirrido de frenos de aire; el motor ronronea mientras el conductor, con pelo grasiento, tatuajes y una barriga bien cultivada, pide su desayuno: una salchicha envuelta en masa, un sobre de salsa de tomate y una botella de leche chocolateada.

Paga y se marcha. Los engranajes chirrían, el camión se aleja.

—Royce —busca confirmar Martin—, hace unos días, el lunes, cuando os recogí a los dos en el coche, dijiste que habíais venido en tren desde Sídney. Port Silver no fue un destino al azar.

Royce no responde. Nick está atento. Martin puede ser su cliente, sí, pero Royce también lo es.

Martin continúa: —Sé por qué vinisteis. Habíais oído hablar del fraude de sexo a cambio de visas que manejaba Harry. Pensasteis que podríais estafarlo. Lo teníais planeado incluso antes de llegar.

Royce lo mira a los ojos y se encoge de hombros.

—No voy a admitir nada.

—No hace falta.

—Entonces, no hace falta que me lo preguntes.

—Y también sé que estáis casados. Topaz tiene pasaporte australiano, no necesita una visa.

Royce sigue sin ceder.

—¿Y qué?

—¿Cómo os enterasteis del fraude con las visas?

—Cualquier mochilero lo sabe. No es solo aquí. Se hace en todas partes. En todos esos pueblos junto al río en el oeste está lleno de granjeros libidinosos. No es una red organizada como esta, obviamente. Deberíamos habernos conformado con estafarlos a ellos.

—¿Así que ya lo habíais hecho antes? ¿Estafar a granjeros?

Nick interviene.

—No tienes que responder, Royce. —Se vuelve hacia Martin—. Tranquilízate, por el amor de Dios.

Martin lo mira, se vuelve hacia Royce y suaviza el tono.

—Escucha, todo lo que le cuentes a Nick está protegido por el secreto profesional entre abogado y cliente.

Lo sabes, ¿verdad? Ni la policía ni la justicia pueden obligarte a revelar lo que le digas.

Yo te ofrezco algo parecido. No tiene validez legal, pero si me cuentas algo en confianza, no revelaré quién me lo dijo.

Los periodistas protegemos nuestras fuentes.

Royce mira a Nick, que se encoge de hombros.

—Fue tu amigo —dice Royce—. Jasper Speight.

Martin se queda helado, con la boca entreabierta; lo que iba a decir muere antes de llegar a sus labios, su línea de preguntas se borra por completo.

—¿Jasper Speight? —Es lo único que logra decir.

—Fue él quien nos habló de St. Clair.

—¿De St. Clair? ¿Cómo? ¿Ya habíais estado en Port Silver?

—No. Intentamos estafar a Speight en Sídney. Pensábamos que estaba casado, porque llevaba anillo. Pero cuando entré y lo encontré encamado con Topaz, solo se rio y nos ofreció el correo electrónico y el número de móvil de su exesposa. Nos caló enseguida.

—¿Cuándo fue esto?

—Hace alrededor de un mes.

—No entiendo. ¿Por qué os habló de St. Clair?

Royce se encoge de hombros.

—Les tenía inquina a él y a ese imbécil de su empleado, Harry.

De forma inconsciente, Martin se lleva una mano al ojo amoratado. ¿Alguna vez sanará del todo?

—Sí, perdón por eso —se disculpa Royce, aunque no parece en absoluto apesadumbrado.

—Entonces, ¿cuál era el trato con Jasper? ¿Quería que estafarais a St. Clair? ¿Por qué?

—No, no era así. Quería que Topaz lo grabara. Con una cámara oculta.

Martin comprende enseguida.

—Para chantajearlo.

—Quizá —responde Royce—. No nos importaba para qué lo quería. Speight dijo que nos daría diez mil dólares por el vídeo y los papeles de la visa. Nos pareció dinero fácil.

—Y cuando os enterasteis de que lo habían matado, ¿seguisteis adelante igual?

—No teníamos opción. Estábamos sin dinero. Pensamos que podríamos hacerlo por nuestra cuenta.

—Y por eso Harry te dio una paliza.

—Exacto. Me dijo que cerrara la puta boca y que me largara del pueblo.

—¿Y qué pasó con el vídeo? —pregunta Nick.

Royce niega con la cabeza.

—No hay ningún vídeo. Speight nos iba a dar la cámara especial cuando llegáramos, pero…, ya sabes, lo mataron.

Vuelven a quedarse en silencio. Desde el fondo del local, sale un muchacho; es demasiado delgado como para haber sido panadero mucho tiempo, y trae una bandeja en las manos.

—Eh, amigo —le dice a Martin—, acabo de sacar unas quiches del horno, por si te interesa.

Martin mira la porción intacta que tiene en el plato.

—No, gracias —responde.

Nick se vuelve hacia él.

—Hay algo que intenté contarte el viernes, después de que la policía te interrogase sobre el cuchillo, pero saliste disparado. Es probable que ya no tenga importancia.

—¿Qué es?

—Me pediste que consultara con el banco Westpac si alguien había hecho una oferta por el terreno de la fábrica de quesos, ¿recuerdas?

Martin se encoge de hombros.

—Sí, no parece muy relevante ahora.

—Tal vez, no. Pero sí hubo averiguaciones. Hace poco.

—¿Averiguaciones? ¿En plural?

—Tyson St. Clair.

—La verdad es que no me sorprende.

—Y luego Denise Speight. Ella superó su oferta.

—¿Superar? ¿Cómo dices?

—Firmó un memorando de compromiso para comprar el terreno.

Martin sonríe.

—A St. Clair no le va a hacer ninguna gracia. No sabía que ella jugaba en esas ligas.

—Me pregunto si seguirá interesada —continúa Nick—, ahora que Jasper ya no está.