CAPÍTULO 24 #3
Nick explica lo esencial de los artículos: Florakis se autoproclamaba líder religioso, y tres de sus seguidores murieron, otros terminaron en el hospital intoxicados por una sobredosis y él huyó.
La sobredosis fue probablemente accidental, pero la policía de todos modos lo creía culpable.
Martin estudia los rostros de los policías mientras su abogado expone las pruebas, ve cómo el escepticismo se repliega y da paso al razonamiento.
Lucic se retrepa en la silla, entorna los párpados, sumido en sus pensamientos.
Montifore no pierde el foco. Vuelve a mirar a Martin.
—¿Esto sale en el periódico de mañana?
Martin asiente en silencio.
—Donde resaltarás tu papel. Un paso por delante de la policía en el hallazgo de pruebas. Alertando a los investigadores despistados, ¿no?
Martin le sostiene la mirada.
—No. En la primera edición, no.
—¿Citarás fuentes policiales?
—No.
—¿Qué fuentes vas a citar?
—Periódicos griegos.
Montifore asiente.
—Bien.
Solo al salir Martin siente que puede volver a respirar. A juzgar por la expresión de Nick Poulos, el abogado comparte la sensación.
—¡Bien jugado, joder! —exclama Nick.
—Sí —responde Martin—. Déjame llamar a la editora.
Están casi en la parte más alta del escarpe, volviendo a Port Silver; Nick conduce una vieja camioneta familiar de diez años.
Martin termina la llamada y deja escapar un largo suspiro de alivio.
Terri ha logrado cambiar la versión a tiempo y eliminar el relato de primera mano de Martin sobre el hallazgo de la maleta, como también la referencia a adelantarse a la investigación oficial.
Pero antes de que pueda decir nada, su teléfono rompe el silencio. Es un número no identificado.
—¿Hola? —dice Martin con tono neutro.
—Martin, soy Jack. ¿Estás solo?
—No, Jack. Estoy en el coche con mi abogado, que está al volante.
—¿Me oye? No estoy en altavoz, ¿verdad?
Martin mira a Nick.
—No. Todo bien.
—Acabo de leer tu artículo. Dime que se lo has contado a Montifore.
—¿Mi artículo? Pero si todavía no se ha publicado.
—¿Y qué?
—¿Y qué? ¡El servicio secreto espía a la prensa libre! ¡Ahí tienes el “y qué”!
—Sí, sí, claro, claro. Escucha, tengo algo para ti. Tienes que contárselo a Montifore. Es importante.
—Te escucho. Espera. —Cubre el teléfono con la mano—. Nick, detén el coche. Tal vez, tengamos que volver.
Nick duda, pero sale de la carretera; falta todavía un kilómetro hasta la cima del escarpe.
Martin vuelve al teléfono.
—Sí, te escucho.
—Lo primero: tu información es precisa. Supongo que tu abogado te habrá ayudado con eso.
—Así es.
—Bien. Entonces, hasta donde sabían las autoridades griegas, Myron Florakis seguía prófugo. Montifore podrá identificarlo en pocas horas por las huellas dactilares.
—Ajá —dice Martin—. ¿Eso es todo?
—No. Escucha esto: dos de las víctimas de Creta eran turistas, un canadiense y su novia estadounidense. El nombre de la chica era Cascade Throssel. —Goffing hace una pausa, tal vez para remarcar la información.
Martin parpadea.
—No me jodas.
—Eran hermanas. Topaz era dos años mayor. Y estaba allí.
—¿En Creta?
—Exacto. Pero se marchó más o menos en el momento en que su hermana se fue al retiro con su novio. Parece que lleva viajando desde entonces.
—Puta mierda —maldice Martin en el teléfono, y se vuelve hacia Nick—. Volvemos a Longton. Date la vuelta.
—Martin. ¿Estás ahí? —pregunta Goffing.
—Sí.
—Por ahora, dile a Montifore que tú y tu abogado encontrasteis esta información en los archivos de la prensa griega. Te mando un enlace por mensaje.
—¿No quieres que te nombre?
—Ni de coña. Déjame fuera de todo.
Cuando Martin y Nick regresan, Montifore y Lucic siguen sentados a la mesa redonda, comiendo buñuelos de banana con helado, acompañados de cerveza.
—¿Lograste cambiar tu artículo a tiempo? —pregunta Montifore, como si nada.
—Espero que sí.
—¿Y ahora qué?
—Creo que sabemos quién los mató —dice Martin—. En Hummingbird Beach. No fue el swami.
Montifore no dice nada. Lucic aparta su plato, apura la cerveza y hace una seña hacia el mostrador para pedir la cuenta.
Cinco minutos más tarde, los cuatro hombres salen del restaurante y se dirigen con paso decidido al hospital. Los dos policías van delante; Martin y Nick, detrás. El entusiasmo juvenil del abogado se ha esfumado hace rato, sustituido por una silenciosa determinación.
Los policías se detienen y se vuelven hacia Martin.
—No necesitamos su ayuda —dice Lucic—. Lárguese.
—“Detectives de Homicidios resuelven un caso desconcertante”. Primera plana. Seguro que querrán que se publique.
—No hasta que yo lo autorice —interviene Montifore—. Quiero tener el control de esta situación.
—Entendido.
—Bien. Pueden venir —dice Montifore a Lucic. Pero ya en el hospital, se vuelve otra vez hacia ellos—: Esperad fuera. No podéis entrar con nosotros. Pero saldremos por esta puerta, no os vamos a dar esquinazo; la historia es tuya. —Los detectives entran por urgencias.
Martin llama enseguida a Bethanie; se reprocha no haberlo previsto.
—¿Martin? ¿Qué pasa?
—¿Trajiste un fotógrafo?
—Sí. Está aquí. Es Baxter James.
—¿Baxter? ¿Está sobrio?
—Por ahora. ¿Por qué?
—¿Dónde están?
—En Port Silver. Nos instalamos en el hotel Breakwater. Algo venido a menos, pero con buenas vistas.
—Bien, escucha. Estoy en Longton. Va a haber un arresto en el hospital.
—¿Un arresto? Perfecto, vamos hacia allá. Nos vemos. —Corta la llamada.
Martin mira el reloj. Port Silver está a cuarenta y cinco minutos.
El fotógrafo pisará a fondo el coche de alquiler; quizá llegue en media hora si no hay camiones en el escarpe, pero aun así es difícil que llegue a tiempo.
Martin abre la aplicación de la cámara en su teléfono, comprueba que el flash esté activado.
Luego, llama a Terri Preswell para ponerla al tanto.
—Demasiado tarde, Martin. El periódico ya ha cerrado. Vamos a rearmar la noticia principal para el sitio web, diremos que se cree que habrá un arresto muy pronto.
Martin está a punto de responder cuando Montifore y Lucic salen como una tromba por las puertas. Con las manos vacías.
—Terri, tengo que cortar. —Y deja en vilo a la editora del Sydney Morning Herald.
—Se han ido —dice Montifore—. ¿Los habéis visto?
—¿Qué? No —responde Nick.
—Acaban de irse. Se han largado.
—No tienen coche —añade Martin—. ¿Saben que los buscan?
—¿Qué importa? —agrega Lucic, furioso.
—Si saben que los tienen en la mira, desaparecerán. Si no, quizá, sigan por la zona, haciendo autostop en la carretera o buscando un hotel.
—Bien —asiente Montifore; toma el mando y se dirige a Lucic—: Llama a todos en Port Silver para que vengan.
Quiero que haya patrullas en la autopista; que busquen a los autostopistas.
El resto, que vaya a la comisaría de Longton.
Coordinaremos desde allí. —Se vuelve hacia Martin—.
Este es el trato: no queremos que se enteren de que vamos tras ellos, así que ni una palabra en el periódico ni en internet hasta que los atrapemos.
¿Entendido? Nada. A cambio, cuando los tengamos, la historia será toda tuya: fotos, una exclusiva. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Montifore y Lucic salen disparados hacia la comisaría.
—¿Y ahora qué? —pregunta Nick.
—Dame un segundo. —Martin llama a Terri, al Herald .
—¿Qué pasa, Martin? —responde ella.
—Hay que eliminar la parte del arresto inminente. La historia sobre Myron Florakis ya se sostiene por sí sola.
—¿Hablas en serio?
—Sí. Los sospechosos han huido. La policía no quiere que los alertemos.
—¿Y por qué nos importa?
—Nos han prometido acceso exclusivo si esperamos y el infierno en vida si no lo hacemos.
Se hace un silencio.
—¿Crees que vale la pena?
—Sí.
—De acuerdo. Hecho. Pero cuando puedas, envíame todo lo que tengas sobre ese asunto que mantienen bajo reserva. En cuanto los arresten, lo quiero publicado en el sitio web. ¿Te parece bien?
—Perfecto. —Cuelga.
—¿Vamos a Port Silver? —pregunta Nick.
—No. A la estación de trenes. Así llegaron hasta aquí desde Sídney —responde Martin.
Nick se queda pasmado, luego sonríe.
—¡Buena jugada!
Martin abre una aplicación de trenes estatales en el teléfono y se apresuran para llegar: el tren con destino a Sídney pasará por Longton en menos de diez minutos.
Topaz y Royce lo han calculado bien. Nick conduce, mientras Martin le escribe a Bethanie: “Estación de trenes de Longton. Avisa a Baxter. Buscadme. Acercaos con cautela”.
Cuando Nick detiene el coche, ya casi es de noche. El calor no se dispersa, sigue atrapado por una masa inmóvil de aire; las estrellas se ven difusas.
—Quédate aquí —le indica Martin, mientras se baja del coche—. Si no están, vuelvo en dos minutos. Si tardo más, significa que estoy hablando con ellos. Llama a Montifore. Si dejamos que se suban al tren sin avisarle, estamos jodidos.
—Entendido —responde Nick.
La estación del pueblo es pequeña, una simple parada del tren lento desde Brisbane; ladrillo y piedra del siglo xix , ahora pintada con colores inspirados en los paisajes naturales de Australia; está bien mantenida, como forma de negar su decadencia.
El viaje a Sídney dura menos de siete horas en coche, pero el tren sigue tardando más de diez.
No hay nadie en el andén. Ni un alma. Solo polillas, entusiasmadas por el calor tardío, revoloteando alrededor de los postes de luz.
El corazón le da un vuelco. Empieza a correr, al igual que sus pensamientos.
¿Dónde pueden estar? ¿Habrá un autobús nocturno?
¿Se habrá equivocado con el tren? Entonces, los encuentra en una pequeña sala de espera, sentados en silencio, las mochilas a sus pies.
Solos. Royce sonríe al verlo, suelta una risa.
—¡Martin! ¿Vienes a despedirte?
Se pone de pie, aparentemente ajeno a lo que ocurre. O es inocente o es un gran actor. Un gran estafador.
Pero Topaz ya no finge. Solo lo mira, el rostro impasible.
Martin la tiene en su poder; tiene a la fugitiva, a la asesina. Una exclusiva de cinco minutos.
—Lo sé todo. Sé lo que pasó en Creta.
Topaz asiente, con los ojos cerrados.