Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 24 #2
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CAPÍTULO 24 #2

Nick parece apenado, como si escuchara las excusas de un niño.

—Estuviste allí. Te saltaste un control policial. Montifore está furioso. Te va a colgar en la picota.

—Intentaba ayudar.

Nick no se muestra convencido. Saca una libreta.

—Cuéntame todo, paso a paso. —Martin relata lo que encontró en Hummingbird Beach, omitiendo que revisó la cabaña de Garth McGrath; describe lo que descubrió en el refugio del swami , subrayando que avisó de inmediato a Ivan Lucic.

Al terminar, el abogado se reclina y niega con la cabeza—.

Lo siento. Con esto no llega. No deberías haber entrado, y menos después de que la agente te advirtiera.

Pueden procesarte y llevarte ante un juez de instrucción.

—Nick, en serio, intentaba ayudar. Podría haberme guardado la información.

Pero Nick no se deja apaciguar.

—Puede que hayas contaminado la escena del crimen, o puede que no: ese no es el asunto.

Eres periodista; ellos son las fuerzas del orden.

El juez verá la oportunidad de usarte como ejemplo, de mandar un mensaje claro: nadie debe desobedecer las instrucciones policiales y entrar en la escena del crimen.

—Hace una pausa, suspira y resume—: Estás jodido.

—¿Qué sugieres?

—Que te humilles públicamente. Ve a ver a Morris Montifore antes de que esto se ponga peor, antes de que llegue a un tribunal.

—Tal vez pueda negociar. Quizá pueda darles la información que conseguí.

—¿Averiguaste algo?

—Varias cosas. La primera: una joven, que parece ser una víctima y está ahora en el hospital de Longton.

Se llama Topaz Throssel. Ella y su marido son estafadores de poca monta.

Puede que la policía ya los conozca. Existe la posibilidad de que las muertes se debieran a algún tipo de extorsión que salió mal. Una estafa.

—¿A quién intentaban extorsionar?

—No lo sé. Tal vez a Jota Hayes. Tal vez al swami.

Al parecer, su pasaporte indio es auténtico, pero sigo pensando que hay algo turbio en él.

Tenía una guía de viaje de la India. ¿Por qué un indio llevaría esa guía?

Y mira esto. —Martin abre una de las fotos en su teléfono.

Es del nombre escrito dentro de la maleta, bajo la cinta adhesiva. Se la pasa a Nick.

Los ojos del abogado se agrandan por la sorpresa.

—Está en griego.

—¿Sabes leerlo?

El entrecejo del abogado se arruga por la concentración.

—Hostia puta. Dice Myron. Myron Papadopoulos.

Los dos hombres se miran.

—Myron —repite Nick.

—San Mirón el Taumaturgo —dice Martin—. El swami tenía postales en su maletín.

—Mierda. Tenemos que avisar a Montifore. Es algo que tiene que saber.

—De acuerdo. Pero ¿quién es Myron Papadopoulos?

—¿Cómo puedo saberlo?

—¿Crees que podría ser el nombre real de Hawananda?

—Me dijiste que era un indio auténtico —objeta Nick.

—Con una guía de la India.

Nick se queda mirándolo, pero su mente trabaja.

—Lo buscaré en Google. —Empieza a teclear en su portátil—. Dios, hay miles. Papadopoulos es el apellido más común de Grecia. Como Smith aquí.

—¿O sea que podría ser un alias?

—Tal vez. Escucha, ¿tienes una foto de este tipo? ¿Del swami? —pregunta.

—No. —De pronto se le ocurre algo—. ¿Puedo usar tu portátil?

—Nick la empuja hacia él. Martin inicia sesión en su correo.

Efectivamente, Bethanie ha cumplido. “Artículos sobre Hummingbird Beach”, dice el asunto, y en el cuerpo del mensaje, hay un enlace a un servicio de archivos compartidos.

Martin hace clic y abre los artículos. No tarda en encontrar uno con una foto del swami sentado en posición de loto, irradiando benevolencia.

Nick recupera el ordenador.

—Quiero probar algo. —Teclea unos minutos, completamente enfocado en lo que hace, hasta que, de pronto, su expresión se ilumina con una enorme sonrisa.

—¡Sí! —Gira el ordenador hacia Martin—. Aquí está nuestro hombre.

Martin mira una página de Facebook. Está en griego, no reconoce nada. Excepto la foto de un hombre que tiene que ser el swami. Solo que mucho más joven.

—¿Cómo lo has hecho?

—Con el reconocimiento facial de Facebook. Puse la foto en mi muro. Lo etiqueté, poniendo “Myron” y aparecieron algunas sugerencias. Encontré a este tipo, Myron Florakis.

—¿Florakis? ¿Entonces, Papadopoulos es un alias? ¿Puedes confirmar que es él?

—Dame un momento. —Nick vuelve a teclear, y a medida que lo hace, sus rasgos se deforman: primero, se le agrandan los ojos; luego, se le levantan las cejas; y, por último, la mandíbula se le desploma, hasta que todo su rostro expresa un asombro absoluto y no tiene más remedio que darle voz:

—¡Que me parta un rayo!

—¿Qué pasa? —pregunta Martin.

—¡La madre que lo parió!

—Nick, ¿qué pasa?

—Mira. —Nick gira la notebook hacia él. Es una noticia de periódico, un archivo PDF, en blanco y negro, de mala calidad, como un fax escaneado. Todo está en griego.

—¿Qué dice? —pregunta Martin.

Nick vuelve a coger el ordenador y empieza a leer en voz alta; vacila mientras traduce lo que va leyendo.

—Es de hace casi ocho años. El título dice: “Se amplía la cacería del caso Pócima del brujo”.

Y el artículo: “La policía ha extendido la red de búsqueda del llamado caso Pócima del brujo hasta el continente; varias personas con información importante podrían haber huido de Creta en un ferri hacia El Pireo, entre ellas, el autodenominado sanador espiritual Myron Florakis”.

—¿Es un prófugo de la justicia?

—Sí. Bueno, lo era. —Nick sigue leyendo—.

Ah, aquí está. “Algo salió mal durante un ritual religioso: varios seguidores sufrieron una intoxicación aguda tras ingerir una sobredosis de una sustancia empleada en el ritual, y tres de ellos perdieron la vida”.

—Nick levanta la vista hacia Martin, sin necesidad de continuar.

—Vamos a ver a Montifore —dice Martin.

—Espera, hay más: “Florakis, hijo de padre griego y madre india, regresó a Creta hace unos cinco años y fundó su polémico centro de sanación, una mezcla de creencias cristianas y orientales”. —Nick deja de leer, mira a Martin—: Madre india. Es él —confirma, tajante—. Vamos.

—Dame un segundo, quiero hacer una llamada.

Martin sale a la terraza, pero está demasiado llena de gente y hace demasiado calor, así que vuelve adentro y busca un rincón tranquilo.

Llama a Goffing y le cuenta rápidamente lo que han descubierto, que está en problemas con la policía y que va camino a suplicarle a Montifore que lo perdone.

Le pide que averigüe todo lo que pueda sobre Myron Florakis.

—¿Y le vas a dar toda esta información a Montifore?

—Y más también. Tengo que salvarme.

Cuando termina la llamada, Martin mira el reloj. Son casi las cinco. Es cierto que tiene que arrojarse a los pies de Montifore, pero antes necesita enviar su nota al Herald; el detective podría arrestarlo y hacerlo callar. Y la historia es demasiado grande como para guardársela.

Encuentran a Montifore y a Lucic en Longton, en un restaurante chino tenuemente iluminado, el Dragón Celestial, sentados a una mesa redonda para doce personas.

Fuera, la luz dorada de la tarde baña el pueblo, pero en el interior, la iluminación es mínima, quizá porque toda la energía está puesta en alimentar el aire acondicionado.

El inspector tiene la servilleta de papel sobre las rodillas; el sargento, la usa metida en el cuello de la camisa.

Qué elegancia. No dicen una palabra cuando Martin y Nick se acercan.

La mirada de Montifore podría tallar el mármol; la sonrisita de Lucic podría cortar la leche.

No hay saludos. Nick Poulos va directamente al grano.

—Mi cliente está profundamente arrepentido. Está dispuesto a colaborar y a entregar las pruebas cruciales que ha reunido.

Montifore gruñe, solo para dejar claro su desprecio.

—¿Podemos sentarnos? —pregunta Nick.

Otro gruñido, pero que se parece bastante a un permiso.

Martin y Nick cruzan una mirada y se sientan.

Los policías los ignoran y siguen comiendo, con lo que se aseguran de que entiendan cuán insignificantes son y hasta qué punto están a merced de Montifore.

El inspector termina de masticar un langostino con aderezo de miel, levanta la vista y mira lentamente al periodista y luego al abogado.

—Hablad —ordena.

Nick toma la palabra, según lo ya acordado con Martin.

—Mi cliente sospechaba que había algo raro en el swami Hawananda. Quería compartir sus sospechas con usted, pero no tenía nada concreto. Así que fue a la cabaña del gurú en Hummingbird Beach y la registró.

Lucic casi se atraganta.

—¿Y lo admite?

—Lo admito —responde Martin.

—No se llevó nada ni cambió nada de lugar —añade Nick.

Montifore mira a Martin.

—Ve al grano. ¿Qué has encontrado?

—Mi cliente… —empieza Nick, pero Montifore niega con la cabeza.

—Tú no, él.

Nick se calla. Martin traga saliva.

—Hay una maleta. Está…

Montifore se vuelve hacia Lucic.

—La tenemos —confirma el sargento.

—¿Qué contiene? —pregunta Montifore a Martin.

—Su nombre. En griego. Debajo de una cinta adhesiva, en el lado interno de la tapa.

Montifore se vuelve hacia Lucic. El sargento se encoge de hombros, y Montifore mira a Nick.

—¿En griego? ¿Seguro?

—Sí.

—Es indio —dice Lucic—. Su pasaporte es auténtico. Lo hemos verificado.

—Eso es verdad —coincide Martin—. Madre india, padre griego.

Montifore lo mira con atención.

—Sigue.

—Lo hemos identificado —dice Nick—. Su verdadero nombre es Myron Florakis.

—¿Myron, como san Mirón el Taumaturgo?

—Exacto. Un prófugo de la justicia. Tenemos recortes de prensa. Se los puedo reenviar, pero están en griego.