CAPÍTULO 24
Lejos del agua, el calor es agobiante. No hay viento, nada que remueva la humedad pantanosa.
La camisa pronto se le empapa de sudor; diminutas moscas del matorral se le pegan en la espalda y le zumban en la cara, se le meten en los ojos, lo hostigan, sin inmutarse ante sus manotazos.
Sube pesadamente por Ridge Road; la sombra de los árboles no sirve de nada.
Hace dos noches que duerme poco; las piernas le pesan por el esfuerzo.
Pero subir la cuesta es la parte más fácil; son sus pensamientos, la sensación de haber sido traicionado, lo que más le pesa.
Mandy. ¿Cómo pudo? Con Garth McGrath, justamente.
Necesita detenerse y descansar para recuperar fuerzas.
Y enseguida empieza a recriminarse lo hipócrita e infantil que es.
Él tuvo sexo con Topaz, la chica polinesia o alguien.
Tal vez. Pero solo porque lo habían drogado.
Y si le ocurrió a él, es probable que lo mismo le haya ocurrido a Mandy.
Jota lo había insinuado. Garth McGrath, el depredador.
No tiene pruebas de que haya sido el actor, salvo que fue la única persona afectada —o que alegó estarlo— en ambas ocasiones en que se sospechó el uso de una droga para violaciones.
¿Puede fingir tan bien una estrella de telenovelas?
Y en ambas ocasiones, McGrath tenía objetivos claros: Mandy la primera vez, Topaz la segunda.
Martin se da cuenta de que, en ambas ocasiones, también había otros hombres presentes, hombres que podrían haberlas protegido o competido por ellas: Jasper y él, hombres que podrían haber intervenido.
Y que terminaron drogados. Reemprende la caminata, impulsado por la ira que crece en su interior.
Para cuando llega al coche, el asunto ya está resuelto en su mente: McGrath era el miserable que drogaba a las mujeres con Rohypnol, escudándose en el swami .
Puede que las pruebas sean circunstanciales, pero Martin no puede imaginar ninguna otra situación que encaje con los hechos.
Ahora desea con desesperación escribir esa historia; quiere exponer a McGrath al ridículo que tanto merece.
Quiere que la montaña de ofrendas florales que crece fuera del hospital de Longton se reduzca a cenizas.
Y, sin embargo —admite a regañadientes—, si McGrath era culpable de esos delitos, por repugnantes que fueran, es muy probable que no haya sido responsable de la muerte de siete personas, incluida la suya.
El Rohypnol no mató a las víctimas. No, tiene que tratarse de dos incidentes independientes.
Una determinación sombría se apodera de Martin: quiere vengar a Mandy, pero su prioridad es librarla de la sospecha de homicidio: necesita encontrar al asesino de Jasper.
Las bajezas de Garth McGrath no son la historia principal.
Y necesita ir a ver a Mandy. No tiene idea de qué va a decirle ni cómo abordará el asunto. Tal vez, debería confesarlo todo, explicarle lo que ocurrió en su noche fatídica. Seguramente, ella aprovecharía la oportunidad para contarle qué le pasó en Hummingbird Beach. Seguramente.
Esos pensamientos le dan vueltas en la cabeza mientras conduce cuesta abajo y retoma el asfalto fiable de Dunes Road en dirección al camping.
Ya casi ha llegado cuando el teléfono, que ha recuperado del maletero, empieza a vibrar.
Ha vuelto a tener cobertura. Detiene el coche a un lado justo antes del sendero que lleva a la casa Hartigan.
Tiene mensajes y llamadas perdidas. Las primeras dos provienen de un número oculto, y no hay mensaje de voz. Llama a Jack Goffing.
—¿Jack, me has llamado?
—Martin —responde después de una pausa breve.
—¿Alguna información?
—Sí. Tu gurú. El pasaporte es auténtico, los datos coinciden. Es un indio legítimo.
—De acuerdo —asiente Martin, tratando de disimular su decepción—. Gracias.
—Tus dos amiguitos estafadores, en cambio, son otra cosa.
—¿Estafadores? ¿Topaz y Royce?
—Exacto. Los investigaron en Melbourne el año pasado; los pillaron en una estafa. Pero al final, la víctima prefirió evitar la vergüenza de un juicio.
—¿Qué hicieron?
—El truco más viejo del mundo. Supongo que la chica es atractiva.
—Mucho. Y sabe explotar su belleza.
—Eso encaja. Funciona así: seduce a un hombre casado. Están en pleno acto cuando irrumpe su supuesto marido, los sorprende in fraganti y amenaza con golpear al tipo o sacarlo todo a la luz. Entonces, la víctima les paga para mantener la paz. Un clásico, pero eficaz.
—Mierda. ¿Y dices que funciona?
—Más a menudo de lo que creerías. Y en este caso al tipo lo drogaron, lo que lo volvió más fácil de seducir y de manipular.
—¿Lo drogaron? ¿Con qué?
—Probablemente con Rohypnol. O algo por el estilo.
¿Rohypnol? Martin empieza a atar cabos, pero el relato no termina de convencerlo. Topaz no estaba cuando drogaron a Mandy y tampoco se habría drogado ella misma y dejado que McGrath se aprovechara de ella. A lo sumo, tendría cierto conocimiento sobre la droga y sus efectos.
—Gracias, Jack. Te agradezco de verdad que te la juegues así por mí.
Goffing suelta una carcajada, una reacción inesperada.
—Todo bien, Martin. Te he puesto en la lista.
—¿Y eso qué significa?
—Te inscribí oficialmente como una de mis fuentes.
—¿En serio? —Martin se mueve en el asiento, incómodo. En algún lugar, en los archivos subterráneos del servicio secreto, ahora figura como informante, como fuente. La idea no le agrada en absoluto—. No sé si me quedo tranquilo.
—Relájate. No eres el primer periodista en nuestros registros ni tampoco serás el último.
—No sé por qué eso no me hace sentir mejor.
Goffing vuelve a reírse; tiene a Martin donde quería.
—Ah, y otra cosa, Martin. Los estafadores, Royce y Topaz…, ella no es su novia; están casados.
—¿Casados? ¿Ella tiene residencia permanente?
—Mejor que eso. Es ciudadana, tiene pasaporte australiano. Y también, estadounidense. ¿Por qué lo preguntas?
—Nada. Tengo que irme. Gracias, Jack.
Pero Martin no arranca el motor. La historia que le contaron el primer día, cuando los recogió en la carretera, era una farsa.
Topaz tiene pasaporte, no necesitaba una visa ni trabajar en zonas rurales.
Simplemente, estaban ensayando con él la historia que contarían.
Habían ido a Port Silver con el propósito de sacar provecho del fraude de las visas, una variante de su estafa habitual.
Debieron oír hablar del asunto en Sídney.
No era mala idea: alguien que estuviera involucrado en algo ilegal difícilmente acudiría a la policía.
Y quizá estuviera dispuesto a pagar más. Mayor riesgo, mayores ganancias.
Llama a Bethanie. Ella contesta enseguida.
—Martin, te he estado llamando. ¿Has estado sin cobertura?
—Sí, en Hummingbird Beach. ¿Cómo fue la rueda de prensa?
—Nada fuera de lo común. Hablaron primero los médicos.
Siete muertos confirmados, todos estaban anoche en la playa.
Hay cuatro personas en Brisbane, en estado grave, pero se espera que se recuperen.
Los que están aquí deberían ser dados de alta en uno o dos días.
Los médicos no prevén daños permanentes en los órganos.
—Buenas noticias. ¿Y la policía?
—Consideran Hummingbird Beach como la escena del crimen, pero no han declarado el crimen todavía. Dicen que puede haber sido algo involuntario, una sobredosis accidental. Afirman que las comparaciones con Jonestown son, cito, “descabelladas, infundadas e inapropiadas”.
—Claro. Eso no se discute. ¿Algo más?
—Sí. Están molestos con nosotros por revelar la identidad de McGrath. Dicen que deberíamos haber seguido los procedimientos normales. Pero me da la impresión de que no van a perder el sueño por eso.
—¿Qué otra cosa podían decir? ¿Estás escribiendo el artículo?
—Estoy en ello, sí. ¿Tienes algo que añadir?
Martin piensa en lo que encontró en Hummingbird Beach, en lo que le dijo Jack Goffing.
—No. Nada sólido todavía. Espero tener algo para el periódico de mañana, si se confirma.
Pero al parecer, ya hubo bastante cobertura sobre Hummingbird Beach hace uno o dos meses, cuando yo estaba aislado en Riverina: Garth McGrath había dejado a su mujer, orgías en la playa, ese tipo de cosas.
¿Podemos pedir los recortes a la biblioteca?
—Ya los he descargado. Te mando un enlace.
Martin cuelga y arranca el coche, pero no sale a la carretera todavía.
Ve la entrada del camping a solo cien metros, el delfín que cuelga del hocico.
Necesita hablar con Mandy, preguntarle por McGrath.
Se queda sentado un momento; le pesa la indecisión.
Intenta guardar la idea en la caja correspondiente; una parte racional de su mente insiste en que un enfrentamiento no sumaría nada.
Suena el móvil; la distracción le viene bien. En la pantalla, aparece Nick Poulos.
—Nick.
—Martin. ¿Dónde estás?
—En Dunes Road.
—Ah. Bien, la policía te está buscando.
—¿A mí? ¿Por qué?
—Sospechan que alteraste la escena del crimen.
—¿En serio?
—Sí, Martin. Muy en serio. Ven directamente al club.
Martin no puede contenerse:
—¿De verdad no tienes oficina?
—El club de surf, Martin. Ya mismo. —La llamada se corta. Martin se asombra ante la vehemencia de su abogado.
Esta vez, Nick no llega tarde. Lo está esperando dentro.
El resto de la gente está en la terraza, disfrutando de la vista, intentando refrescarse con el espectáculo del océano.
Sin brisa marina, hace calor en el club, los ventiladores de techo casi no remueven la humedad.
Nick viste como un bañista, no como un abogado; la sombra de la barba ya promete una mata para medianoche, pero tiene el portátil abierto, y una expresión de seriedad y concentración.
Martin se sienta sin estrecharle la mano.
—Bien, cuéntame.
—Fui en busca de información, Nick. He vuelto a escribir para el Herald.
— Ya lo veo. Pero sabes tan bien como yo que eso no es excusa.
—No manipulé ninguna prueba.