Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 23 #2
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CAPÍTULO 23 #2

Durante unos segundos, piensa en llevarse la maleta.

En un tiempo, no lo hubiera dudado. En su juventud, como corresponsal extranjero, la habría robado sin dudarlo, indiferente a las consecuencias, con desprecio por las leyes locales.

Pero ahora eso es imposible. No puede sustraer una prueba que podría ser útil para la policía.

¿Qué ha cambiado? ¿Él o solo la jurisdicción?

Si estuviera en la India, ¿sería igual de respetuoso con la policía?

¿Tendría miedo? No importa, no puede llevársela.

Vuelve a alisar la cinta, frotándola con el trozo de seda para asegurarse de que quede bien adherida y borrar sus huellas dactilares.

Cierra la tapa, coloca la maleta en el suelo y la fotografía desde varios ángulos antes de devolverla al armario.

Sabe que debe irse; no habría excusas si la policía lo encontrara allí.

Pero también sabe que es su única oportunidad; nunca volverán a dejarlo entrar, menos con las pertenencias del muerto aún en su sitio.

Examina la habitación. ¿Qué busca? ¿Qué se le ha pasado por alto?

Entonces, lo comprende. Levanta la tela de seda que protege la cama y sube al colchón.

Y ahí está; en un estante sobre el cabecero, un mortero con su mano de piedra.

Se queda de pie sobre la cama, jubiloso ante su hallazgo.

Junto a los utensilios, hay una botella de cristal oscuro y una caja estrecha de madera de sándalo.

No mueve la caja, solo la abre, levanta el pestillo de bronce, con las manos cubiertas por la seda.

Dentro hay seis pequeños frascos de medicina con tapas metálicas y una bolsa de plástico con pastillas.

Las etiquetas de los frascos son viejas, difíciles de leer.

Martin saca el teléfono y toma varias fotos, acercando el lente todo lo posible.

¡La madre que lo parió, ese teléfono es lo máximo!

Luego, cierra la tapa, baja de la cama y sale de la cabaña con el corazón desbocado.

Sucumbe ante el torrente de excitación. Es una bomba.

Una primicia. Dentro del refugio del líder de una secta, los venenos dispuestos en fila; las imágenes contarán la historia.

Martin Scarsden les saca ventaja a todos, hasta a la policía.

Echa a andar, casi brincando, por el sendero, mientras los titulares cobran forma en su mente: que Terri y los traidores del Herald vean lo que ha conseguido.

La primera plana lo espera. Se detiene un instante y respira hondo.

El aire sabe a sal y a reivindicación. Y ahora es libre de escribir lo que quiera, de afirmar lo que quiera: los muertos no presentan demandas judiciales.

Sin embargo, las dudas comienzan a arrojar su sombra.

Sabe que está a salvo allí; incluso si la policía subiera por el sendero desde la playa, él está lejos.

¿Entonces, por qué duda? Algo lo atraviesa como una punzada.

¿Son remordimientos? No. ¿Responsabilidad?

Tampoco. ¿Culpabilidad? Tal vez. ¿Puede realmente descubrir una prueba como esa y guardársela para sus artículos sin avisar antes a la policía?

¿Puede salir impune de algo así? Se queda paralizado en el lugar, el impulso de brincar ha desaparecido.

Tiene que avisarles; de lo contrario, ¿cómo podría usar ese material?

Corre el riesgo de que lo acusen de ocultar pruebas, lo que lo convertiría a él en la noticia.

Sus competidores no dudarían en hacer leña del árbol caído, condenarlo por falta de ética: “El hombre que entorpeció una investigación por homicidio”.

¿Existe alguien más moralista que un periodista al que le han robado la primicia?

Joder, ¿cómo salir de esto? Y entonces, entiende la verdadera razón de su vacilación.

No se trata de la noticia ni de la reacción de la policía.

Ni siquiera de cómo pueda afectar a Mandy.

No, esas son cuestiones prácticas; se trata de la muerte de siete personas y de quién las mató.

La imagen le vuelve a la mente: la parejita tendida en la cama; sus bellos cuerpos convertidos en carne inerte; les han robado la inocencia, les han robado la vida.

Se trata de Jota Hayes, que llora por su amante muerto.

Se estremece. Como siempre, ha puesto la historia por encima de todo, sin pensar en las consecuencias.

Y en ese instante, comprende lo que tiene que hacer; ¿cómo pudo siquiera haber pensado en otra cosa?

Libre de dudas, echa a andar a zancadas hacia el coche, usa la llave para abrir el maletero.

Levanta la alfombra raída, deja al descubierto el compartimiento de la rueda de repuesto, apaga el teléfono y lo esconde junto a la rueda.

Baja la tapa del maletero, se asegura de que quede bien cerrado y de que el coche tenga la llave echada, y vuelve a bajar por el sendero; pasa junto al refugio, y sigue hacia el campamento de Hummingbird Beach.

Al llegar al final, aún bajo la protección de los árboles, se detiene, recupera el aliento y se recompone, como un actor esperando su entrada. Entonces, da un paso hacia el claro.

La expresión en la cara de Lucic bien vale el precio a pagar.

Mira, horrorizado, cómo Martin avanza tranquilamente hacia él; ya no escucha el acalorado intercambio que ha tenido con tres policías vestidos con monos de plástico desechables con las palabras “SERVICIOS FORENSES” grabadas en la espalda.

—¿Qué tal? —pregunta Martin—. ¿Necesitan ayuda?

Pero Lucic no sonríe.

—Martin Scarsden, queda detenido por desobedecer deliberadamente una instrucción policial —ordena.

Se vuelve hacia los otros agentes—. ¿Puede alguno ir a buscar unas esposas al coche, por favor?

—Uno de los policías forenses se encoge de hombros y se aleja; queda claro que no está acostumbrado a detener gente.

De pronto, a Martin le cuesta mantener la actitud bravucona.

—En serio, he venido a ayudar. Tengo información vital.

Lucic niega con la cabeza.

—La agente que está en la entrada le prohibió el acceso. Debería haber acatado sus instrucciones.

—¡Es lo que estaba haciendo! Hasta que me di cuenta de que quizá iban a pasar por alto una prueba vital. Y hacer el ridículo. —Las palabras son provocadoras, pero Martin mantiene la voz lo más inocua posible.

Lucic muerde el anzuelo.

—¿Qué prueba?

Martin traga saliva. Lucic quiere crucificarlo; tiene que lograr que su versión suene convincente.

—Obedecí a la agente. Solo subí hasta el mirador, no a la zona acordonada.

No crucé ninguna barrera policial. Quería ver si desde allí se veía la playa, por si nuestro fotógrafo podía lograr una toma con teleobjetivo de la policía en plena tarea.

Al estilo paparazzi . —Se gira y hace un gesto vago hacia el acantilado.

Lucic mantiene la compostura.

—Siga.

—Hay un sendero que baja, un camino peatonal. Buscaba un punto de observación para el fotógrafo. Y entonces, la descubrí. —Hace una pausa para lograr su efecto.

—¿Descubrió… qué?

—La cabaña del swami.

—¿Qué?

—Su refugio.

—Tonterías. Ya hemos registrado su cabaña. Está por allí —indica Lucic, señalando detrás de Martin.

—Tenía dos. La de arriba es su refugio, donde se retira. Está algo escondida, es fácil pasarla por alto. —Martin abre las manos—. No había cinta policial. Nada.

—¿Y cómo sabe que es la cabaña del swami ?

—Jota Hayes, la dueña del lugar, me dijo que tenía un refugio, además de la cabaña.

Eché un vistazo. Estaba llena de objetos indios: túnicas de seda, incienso, figuras de deidades hindúes.

No parecía que la hubieran registrado. Iba a marcharme cuando oí sus voces aquí abajo y pensé que les interesaría saberlo. Antes de que escriba la noticia, claro.

Lucic lo mira como si quisiera reducirlo a cenizas.

—¿Estuvo dentro? ¿Tocó algo?

—Sí, entré. Por eso, me di cuenta de que era suya. Me pareció que debían saberlo, así que bajé a avisarles.

Lucic lo fulmina con la mirada, sopesa la situación y después sonríe con maldad.

—Aun así, lo voy a detener.

Martin se desespera. No pueden detenerlo, es el peor momento. Mandy lo necesita, el Herald lo necesita. Es hora de jugar algunas cartas.

—No, no va a detenerme —continúa con calma, sorprendido por su propio desparpajo.

—¿Y por qué no? —pregunta Lucic.

—Porque le contaré al juez de instrucción exactamente lo que ocurrió: que, a pesar de que me prohibieron la entrada, consideré necesario informar a la policía sobre una prueba que habían pasado por alto.

Ahora sí. Lucic hierve de furia, Martin lo ve en sus ojos, pero igualmente mantiene la compostura.

—¿Y por qué un juez le creería a un periodista y no a un sargento?

Martin niega con la cabeza, con aire casi compasivo.

—En realidad, no importa lo que diga el juez, este asunto se resolverá en el tribunal de la opinión pública. El Sydney Morning Herald publicará mi versión, igual que el resto de los medios. Contaré cómo intenté ayudar a la policía y me persiguieron por ello. Sus superiores podrán leerlo todo.

Lucic no responde. Se quedan inmóviles unos segundos, una tregua silenciosa en una guerra de voluntades. Uno de los forenses rompe el momento.

—Oigan, ¿eso no sería… violar la ética periodística, o algo así?

Lucic y Martin lo miran con desprecio. Lucic responde.