CAPÍTULO 23
No hay flores ni homenajes en la entrada de Hummingbird Beach, solo una agente de policía de aspecto adusto, con los brazos cruzados; su coche patrulla está atravesado en el camino angosto detrás del guardaganado.
Martin apaga el motor del Corolla y silencia, por fin, el escape cada vez más rebelde.
Se acerca a la mujer. Es joven, lleva el pelo corto y oscuro, y gafas de sol. No espera a que él hable.
—Es la escena de un crimen. No se permite la entrada.
—Me estaba alojando aquí —dice Martin con tono conciliador—. Solo he venido a recoger algunas cosas mías y de un amigo.
La agente se quita las gafas y lo mira sin pestañear.
—Usted es Martin Scarsden. Es periodista. Si da un paso más, lo arresto.
—Estuve aquí anoche —insiste él—. Como parte del SES. Salvamos vidas. Me dijeron que podía volver a por mis cosas.
Los ojos de la agente se clavan en los suyos, sin un rastro de compasión.
—Soy graduada de la academia policial de Goulburn —dice en voz baja.
Martin parpadea. ¿Por qué le dice eso?
—Me gradué el mismo año que Robbie Haus-Jones. El hombre más amable que he conocido. —Su voz sigue siendo baja, carente de emoción.
Mierda. Ahora lo entiende. Robbie Haus-Jones, el joven policía que se había hecho amigo suyo en el interior y que tanto lo había ayudado; el joven policía que ahora se recuperaba de quemaduras de tercer grado, que había sido suspendido de la fuerza y enfrentaba cargos criminales. Robbie. El pobre Robbie.
Martin ni siquiera intenta responder. Vuelve al coche, retrocede con cuidado, intimidado por la mirada implacable de la agente.
Cuando finalmente se aleja de su presencia condenatoria, logra girar el coche y alejarse.
¿Y ahora qué? No lo sabe. Por un instante, piensa en ir a la fábrica de quesos, buscar una canoa o un kayak, remar por la orilla de la marisma, salir por el estuario y llegar a Hummingbird Beach.
Pero ¿qué canoa?, ¿qué kayak? Más fácil sería aparcar en el puente, meterse al agua y nadar por el cabo del acantilado hasta la playa.
¿Y después, qué? ¿Aparecer como el monstruo de la laguna negra y terminar detenido?
Genial. Podrían exhibirlo ante Doug Thunkleton y el resto de la prensa: “Prueba instrumental A: un imbécil”.
Llega al cruce con Ridge Road. Ridge Road…
Recuerda el sendero para peatones que lleva desde la calle al mirador del cabo.
Había una bifurcación y un sendero que bajaba hacia la playa, del lado del campamento donde se alojaban los seguidores del gurú.
¿Qué había dicho Jota sobre la forma en que preparaba su poción?
“Arriba, en su refugio, su lugar de retiro, o en su cabaña, siempre solo. La bajaba en una botella grande de Coca-Cola”.
¿Arriba, en su lugar de retiro, su refugio? ¿La bajaba? Vale la pena investigar.
Minutos después, deja el coche en la entrada del sendero, en el mismo sitio donde había aparcado tres días atrás.
El sendero sigue igual, el rumor de las olas también, pero hoy la naturaleza no lo impresiona, no la siente tan viva.
No hay viento; tal vez, sea eso, nada que alivie el calor cada vez más intenso.
El sendero que baja hacia el sitio de acampada de Hummingbird Beach está exactamente donde lo recordaba.
Empieza a descender y entonces, por encima del campamento, como si su imaginación la hubiera hecho realidad, ve una cabaña solitaria a la derecha, sobre un saliente de roca, oculta del sendero por una cortina de vegetación.
Sigue un camino estrecho hasta un lateral de la cabaña y sube los peldaños de una pequeña terraza.
Puede que la cabaña sea modesta, pero la vista es deslumbrante: estar en esa terraza es respirar gozo puro.
El panorama se abre hacia el norte, con dunas, playas interminables y el rugido del mar en Treachery Bay, hasta una lejana línea verde azulada donde el acantilado se une con el océano.
Al principio, la puerta no cede. Martin duda: no quiere usar las manos ni dejar huellas de su presencia. Se aleja de la terraza, recoge un par de ramas y las utiliza para hacer palanca.
El interior es una sola habitación, aún más pequeña que las cabañas para huéspedes cerca de la playa.
El aire está cargado con el olor del incienso y de las especias; el ambiente es espeso en el espacio cerrado.
Una gran cama domina la habitación: alta, protegida por telas de seda multicolor en lugar de un mosquitero.
En el suelo, hay un envoltorio de un preservativo.
Martin se detiene al comprender que la policía no ha pasado por allí.
¿Es posible que aún no sepan de la existencia de esa cabaña?
Mete las manos en los bolsillos, para no dejar rastros de su presencia.
Delante de la cama, hay una alfombrita de oración.
Martin imagina al gurú allí, en posición de loto, con la puerta abierta de par en par y el mundo delante de él, como un dios que contempla la tierra desde lo alto.
En una pared, cuelga una escultura de Shiva; en la otra, una de Krishna.
Martin saca fotos con su teléfono. Hay un armario de madera —balinés, supone— sobre el cual descansa un sombrero panamá.
Dentro, varias túnicas y, en incongruencia absoluta, camisas de vestir y pantalones chinos; ropa de calle, como la que el swami llevaba en Longton cuando lo vio hablando con Tyson St. Clair.
Martin fotografía las prendas. En el fondo del armario, encuentra un montón de diferentes tipos de calzado: sandalias orientales, zapatos y botas occidentales y, junto a ellos, una maleta antigua, una reliquia de cartón laqueado con refuerzos de madera pulida y pegatinas descoloridas.
Martin coge un trapo, levanta la maleta, fotografía el exterior.
Las pegatinas dicen Madrás, Londres y Bombay.
¿Cuánto tiempo ha pasado desde que Madrás se llama Chennai y Bombay se llama Mumbai?
Martin coloca la maleta sobre la cama y, protegiéndose las manos con un trozo de seda, la abre con cuidado.
Dentro hay algo de ropa: jerséis gruesos y prendas de invierno.
Martin revisa el contenido. Debajo de la ropa, encuentra una guía muy usada, una Lonely Planet vieja de la India.
La levanta. Entre sus páginas, hay varias postales.
Postales. Martin contiene el aliento. Con manos torpes, cubiertas de seda, abre el libro con cuidado y estudia una por una las postales antes de devolverlas a su sitio.
Hay un retrato en blanco y negro de un santo hindú identificado al reverso como el swami Brahmanda Saraswati; otra muestra a los Beatles con el Maharishi Mahesh Yogi; una tercera, a Bhagwan Shree Rajneesh con ropaje naranja y expresión satisfecha.
Las tres restantes son fotos de deidades hindúes: Brahma, Vishnú y Ganesha.
Ninguna tiene nada escrito al dorso. Postales religiosas.
Martin se devana los sesos tratando de encontrar una conexión con la postal que Jasper Speight tenía en la mano cuando lo mataron.
Pero no hay ninguna, nada concreto. Devuelve el libro al fondo de la maleta y baja la tapa.
Está a punto de guardarla de nuevo en el armario cuando lo asalta una idea, una sospecha.
Vuelve a colocarla sobre la cama y la abre.
Allí, en la parte interior de la tapa, sobre una cinta adhesiva azul, está escrito el nombre del dueño: ¿ swami Dev Hawananda?
Pero ¿por qué escribir su nombre en una cinta tan fácil de despegar?
Martin intenta levantarla, pero con las manos envueltas en seda le resulta difícil.
Deja a un lado la tela y usa las uñas. Trabaja despacio, no quiere rasgar la cinta ni dañar la superficie.
Pronto logra despegar lo suficiente para distinguir el comienzo de otra escritura: otro nombre.
Con cautela y un creciente nerviosismo, sigue despegando hasta revelarlo por completo.
No conoce el idioma, no es hindi ni sánscrito.
Es escritura cirílica, o tal vez griego.
Martin toma el teléfono y fotografía el nombre: Múpov Παπαδόπουλος .