Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 22 #3
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CAPÍTULO 22 #3

—Tal vez. O quizá no estén relacionadas. —Está por añadir algo, contarle al policía lo de la vez anterior, pero se contiene. Jasper y Mandy juntos en Hummingbird Beach: no es un dato que quiera introducir en esa trampa para osos que es la mente de Montifore.

El detective no nota su vacilación.

—De acuerdo. Bien. Pero ahora, vete. No puedes estar aquí. —La instrucción es clara, pero su voz se ha suavizado, ha perdido hostilidad.

Martin se dispone a marcharse, pero dice: —Tengo que llevarme a Royce. Ya le han dado el alta y han ocupado la cama.

—De acuerdo. Llévatelo rápido. Ah, Martin…

—¿Sí?

—Ese muchacho de la playa, el que salvaste…, gracias. Yo no lo había visto.

—Es lo menos que podía hacer.

Montifore asiente; un gesto breve, casi imperceptible de gratitud.

Martin vuelve a entrar en la sala.

—Vamos, Royce, tenemos que irnos.

—¿No puedo quedarme con ella?

Martin se encoge de hombros.

—Supongo que sí. Pero igual tienes que cambiarte y recoger tus cosas. Ya han ocupado tu cama.

Fuera, en el aparcamiento, el día está caluroso y la temperatura sigue subiendo. No sopla viento, ni brisa marítima, ni siquiera una exhalación caliente desde el interior. El verano se extiende, se estira hasta marzo, con su poder intacto.

Martin ve a Doug Thunkleton al acecho y se refugia a la sombra de un jacarandá.

Teclea un nombre en su teléfono y llama.

Jack Goffing. Agente de ASIO, el servicio de inteligencia australiano.

Ambos habían trabado cierta amistad durante las investigaciones en Riversend y se habían brindado ayuda mutua para salir de situaciones complicadas. Tal vez, Jack pueda ayudarlo ahora.

—Martin. Veo que otra vez estás metido hasta el cuello.

—Es una forma de verlo.

—¿Qué puedo hacer por ti?

—¿Has visto las noticias?

—¿El “Jonestown australiano”?

—¡Por Dios! ¿De verdad dijimos eso?

—¿Quién no lo ha hecho?

—Jack, sobre el swami que murió, Dev Hawananda: en las fiestas, solía repartir una especie de brebaje, una poción. Puede que él mismo lo haya envenenado con algo o que otra persona le haya puesto algo. ¿Sabes de lo que te hablo?

—Sí. Leí tu artículo, entre otros. Bien hecho, por cierto.

—¿Hay alguna posibilidad de que sea un impostor?

—¿Quieres decir que no era realmente una divinidad?

Martin percibe el sarcasmo en el comentario del agente de inteligencia, pero no comparte la ironía: él estuvo allí, vio a los muertos y a los moribundos.

—No, lo que quiero decir es que quizá no haya sido realmente un swami , un gurú. ¿Hay alguna forma de comprobarlo? ¿De saber si era quien decía ser? ¿Revisar su pasado en la India, tal vez?

Hay un silencio. Luego: —Morris Montifore está ahí. Cuéntale tus sospechas. No me necesitas a mí.

—Montifore no da abasto, tiene la cabeza como una olla a presión. No puedo ni acercarme a él, y si lo hiciera, seguro que estallaría. Si descubres algo, te prometo que se lo pasaré.

—¿Antes o después de publicarlo? —pregunta Goffing, otra vez con humor.

—Antes, por supuesto. Así incluyo una cita textual.

Esta vez Goffing suelta una carcajada.

—Está bien, veré qué puedo hacer. Pero recuerda que es sábado. Tienes suerte de que esta tarde justo tenga que trabajar.

—Ah, Jack, una cosa más. —Martin lo ha recordado de pronto—. Aquí hay una pareja joven: un australiano llamado Royce McAlister y su novia estadounidense, Topaz Throssel. Ambos veinteañeros. Hay algo raro en ellos.

—¿Raro en qué sentido?

—Intentaron extorsionar a alguien por dinero. El chico dice que Topaz sabe moverse en el mundo de las drogas, pero estuvo en las fiestas de Hummingbird Beach el jueves y el viernes, y ahora está en el hospital, en coma y con suero.

Goffing no responde enseguida. Con otro interlocutor, Martin habría perdido la paciencia, pero ha aprendido a valorar la cautela del agente.

—No entiendo —dice Goffing por fin—. ¿Qué se supone que debo investigar?

—No estoy seguro. Antecedentes penales, tal vez. Alguna condena. Puede que todo este desastre sea el resultado de una estafa que salió mal.

—¿Se lo dijiste a Montifore?

—No tengo nada concreto para contarle, todavía no.

Goffing promete investigar lo que pueda, y cuelga.

Martin echa a andar, pero solo ha dado unos pasos cuando lo intercepta Doug Thunkleton, con su equipo de cámara preparado y expectante.

—Muy hábil —dice el reportero de televisión—. ¿Cómo lograste entrar? —Señala el hospital con un movimiento de cabeza.

—Gracias a mi encanto de lugareño.

—¿Tienes tiempo para una entrevista rápida?

—¿No deberíamos esperar a que termine la rueda de prensa?

Thunkleton mira su reloj y frunce el ceño.

—Supongo que tienes razón. ¿Justo después, entonces?

—De acuerdo. Búscame cuando acabe.

Martin lo observa volver con el resto de la jauría de periodistas.

Cada vez se hace más numerosa: llegan reporteros de Sídney y de otros estados.

Es la noticia nacional más importante y se agranda a cada momento.

Él la huele, le sigue el rastro. Quiere llegar a Port Silver lo antes posible, no distraerse, seguir las pistas y difundir los hechos al mundo.

Primero, localiza a Bethanie y confirma que cubrirá la rueda de prensa.

Luego, regresa a su coche y, envuelto en el gruñido del escape averiado, conduce hacia el escarpe y Port Silver.

Pero la carretera no se pone de su lado: no le importan las historias, los plazos de entrega ni los egos de los periodistas.

Es demasiado estrecha, hay demasiado tráfico entre las curvas cerradas y ningún sitio donde adelantar a otros coches.

Queda atrapado detrás de un camión que desciende la montaña en primera, bufando.

Tyson St. Clair tiene razón: Port Silver no crecerá mucho más sin una nueva vía de acceso.

Justo cuando cree que no podría ir más despacio, el camión se detiene por completo, con un silbido de los frenos neumáticos.

Con cautela, Martin se abre un poco para ver si puede adelantarlo, pero enseguida entiende el problema: más abajo, otro camión, idéntico al de delante, sube la montaña.

Está haciendo un precario giro de tres maniobras en una curva cerrada, mientras un automovilista solidario le hace señas con los brazos.

Martin vuelve a su carril, frena y enciende los intermitentes de emergencia.

Esto va a llevar una eternidad: primero, el camión que sube; después, el que baja, que tendrá que repetir la misma maniobra para sortear la curva…

y después, las dos o tres curvas más que quedan.

Suspira, trata de convencerse de que no importa, de que no tiene un plazo que cumplir.

Pero la inmovilidad lo inquieta, le roba la concentración, lo aleja de su propósito.

Quiere centrarse en la intoxicación masiva, en poner en duda la autenticidad del swami , en averiguar el origen del Rohypnol, en pensar en la misteriosa desaparición de Amory Ashton, en especular sobre Royce y Topaz, y el papel de Harry.

Quiere pensar en cualquier cosa menos en Mandy, en Hummingbird Beach, con Jasper y Garth.

Pero el tráfico está detenido; no hay escape.

La revelación de Jota vuelve a salir de la caja de su mente, libre de confinamiento.

¿Qué significa? ¿Acaso Mandy le fue infiel?

¿Mintió sobre la pelea con Jasper en el club?

¿Le mintió también a la policía? En Riversend, también había tardado en decir la verdad sobre su relación con el cura homicida.

Él se había dejado deslumbrar por su belleza y creyó todo lo que le dijo.

Pero eso fue antes, cuando ella todavía no lo conocía, antes de que fueran amantes, antes de que empezaran a planear un futuro juntos.

Ahora todo era distinto, ¿o no? Pero ¿por qué no le contó que había estado en Hummingbird Beach?

En cambio, le dio una bofetada cuando se enteró de que él había pasado la noche allí.

Y ahora no puede preguntarle a Jasper ni a Garth, y la sola idea de discutirlo con ella le revuelve el estómago.

Inquieto por el torbellino de pensamientos, baja del coche, como si pudiera dejarlos dentro.

El camión que sube hacia Longton avanza lentamente cuesta arriba, seguido por una caravana de coches.

Estará atrapado allí un buen rato mientras el camión que tiene delante espera a que pase el tráfico para ejecutar su propia pirueta en la curva.

Martin se aparta de la carretera. El sol se mueve con él, filtrándose entre los árboles como un estroboscopio en cámara lenta.

“¿Ves el mar?”, le pregunta su padre. Él mira hacia la distancia, por encima del verde de la vegetación, por los huecos entre los eucaliptos.

Y allí está: el mar, una delgada línea horizontal que separa un tono de azul de otro.

El mar. Ve el mar. Lo único que tenía que hacer era detenerse el tiempo suficiente para buscarlo.