Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 22 #2
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CAPÍTULO 22 #2

—Alcohol. Solo eso, mezclado con especias. Tal vez, en el pasado haya agregado drogas, pero no últimamente. Después de que apareciese Garth y atrajese a los medios, hablé con él. Entendió el riesgo que significaba. Así que en los últimos meses era solo alcohol, especias y zumo de frutas.

Martin hace una mueca.

—No. Estuve allí el jueves por la noche, ¿lo recuerdas? La gente consumía algo más que bebidas alcohólicas.

Jota suspira.

—Tienes razón. Corre droga allí: marihuana, pastillas, lo que sea, pero eso no significa que él las consiga.

—No me refiero a drogas recreativas. Había Rohypnol o algo parecido.

Jota lo mira; sigue con expresión consternada, pero ahora se ha enfocado.

—¿La droga que usan para violaciones? ¿El jueves? ¿Estás seguro? —pregunta en un susurro.

—Sí. Me afectó mucho y también a Topaz. Y a Garth McGrath. Quizá a otros.

Jota niega con la cabeza, incrédula.

—Yo estuve allí el jueves. No tomé nada. —Frunce el ceño, desconcertada—. ¿Garth? ¿Por qué volvería a drogarse a la noche siguiente? —Recorre la sala con la vista—. ¿Y Topaz? Ella también estuvo las dos noches.

Martin sigue la mirada de ella: Topaz continúa inconsciente.

Royce está sentado en su cama, sosteniéndole la mano, susurrándole.

Es una buena pregunta: ¿por qué lo harían?

Vuelve a mirar a Jota Hayes. Le corren lágrimas por las mejillas; intenta secárselas con el dorso de la mano, pero sus movimientos son torpes y dejan rastros en la piel.

Martin la observa: está destrozada, la realidad de la muerte de su amante le ha desgarrado las emociones.

Sabe que debería dejarla llorar o quedarse para consolarla.

Esas serían las opciones honorables. Pero insiste, sabiendo que tal vez no tendrá otra oportunidad.

—¿Tuvisteis problemas alguna vez con el Rohypnol?

Ella asiente.

—Sí. Que yo sepa, una sola vez. Hace uno o dos meses. Me enteré después. —Baja la vista, no le sostiene la mirada—. Fue lo mismo, solo que afectó a unas pocas personas.

—¿Es posible que el swami no haya sido completamente sincero contigo?

—¿Dev? —Sus ojos se encienden, se pone a la defensiva por un momento—. No. De ninguna manera. Y no sé quién echó Rohypnol a las bebidas, pero el ponche no las contenía.

—¿Estás segura?

—De haber contenido algo, todos se hubieran visto afectados.

—¿A quiénes afectó esa primera vez?

Ella lo mira, sonríe; la sonrisa se ve extraña en su rostro devastado.

—Hay una regla: lo que sucede en Hummingbird Beach queda en Hummingbird Beach.

—¿Crees que la policía estará de acuerdo con eso?

La sonrisa se le borra.

—No. Era una regla de Garth. Pero ahora está muerto.

—Entonces, ¿a quiénes afectó?

—A Garth. A Jasper Speight. —Levanta la vista, lo mira—. Y tal vez a tu novia, Mandalay.

Sus palabras lo paralizan, le descarrilan los pensamientos.

Mandy en Hummingbird Beach. Con Jasper; con Garth.

Siente el pecho oprimido; por un momento, le cuesta respirar.

Jota ya había dicho que Mandy había estado en Hummingbird Beach, pero él alejó esa información, la diluyó, convenciéndose de que solo había ido a curiosear, no a participar.

¡Dios! Se obliga a seguir adelante, reprime sus emociones y las guarda en una caja, como ha hecho tantas veces antes; las anula, recurre solo a su intelecto, como un piloto que vuela con un solo motor.

—Como dices, parecería que el Rohypnol no tiene relación. En ambas ocasiones, solo afectó a unas pocas personas, nadie se intoxicó. Pero esta vez, se intoxicaron todos. El vector obvio es el famoso brebaje. ¿Quién lo preparó?

—Dev. Lo sirve de un cuenco ceremonial.

—No es lo que recuerdo. Al menos, no fue así el jueves.

—No, la poción solo se reparte cada dos viernes, al final de un retiro intensivo de dos semanas. Lo sirve con un cucharón en vasos pequeños. Se supone que es una especie de liberación después de dos semanas de abstinencia, una celebración por volver al mundo.

—Él estuvo allí el jueves. No hubo cuenco, pero servía algo de una botella grande de Coca-Cola. Yo tomé un poco.

Jota esboza una sonrisita.

—¿Qué quieres que te diga? Le gustaba la fiesta.

—¿En serio?

—Sí. Ese día seguro no había nadie del retiro intensivo, era jueves. Los recordarías si hubieran estado. Para entonces, tendrían símbolos de henna en la frente. Se hacen más grandes a medida que pasan las dos semanas.

Martin piensa un momento, hurga en su memoria traicionera. Recuerda al gurú sentado en posición de loto, frente a una chica bonita, pero no recuerda ningún símbolo en su cara.

—Entonces, ¿quién tomaba ese brebaje suyo, la poción? ¿Solo los del curso?

—No, ellos iban primero, recibían su pequeño vaso servido del cuenco.

Luego, podían ir los que quisieran. La idea era que los participantes volvían a incorporarse al mundo; así, ayudaba a que el mundo también participara.

Creo que esa era la teoría. En las semanas intermedias, siempre había una fiesta.

No estaba ligada a él, en realidad, pero solía aparecer. Como hizo el jueves.

—¿Entonces, hay dos tipos de fiestas? ¿Eso me estás diciendo?

—Sí. La ceremonia se hacía cada dos semanas.

Al principio, solo participaban el swami y un par de seguidores; después, se fueron sumando los que acampaban.

Después, empezó a correrse la voz y la gente venía en autobús desde el hostal del pueblo.

Así que ahora hay fiestas todos los viernes, aun en las semanas intermedias, cuando los del retiro no participan.

—¿Pero el swami asistía de todos modos?

—Casi siempre. Era una especie de atracción. —Sonríe por un segundo, como ante un recuerdo agradable.

—¿Y quién organizaba esas fiestas?

—Nadie. Sencillamente, se volvieron algo habitual.

—Pero venía un autobús del hostal, conducido por Harry.

Jota asiente, frunce el ceño.

—Es cierto.

—¿Harry proporcionaba las drogas?

—No lo sé con certeza, pero la gente del hostal siempre estaba más drogada que los demás. Así que es probable.

Martin baja la voz, intentando ser delicado, aunque sabe que no lo consigue.

—La policía se preguntará si el swami lo hizo de manera intencionada.

—¿De qué hablas?

—Asesinatos. Suicidio. Hay algunos medios que ya lo están insinuando.

Ella niega con la cabeza una y otra vez, expresando su incredulidad mucho después de que Martin ha captado el mensaje, como si tratara de convencerse a sí misma y a él.

—No. No había indicios. Nada de eso. Decía que quería quedarse en Hummingbird Beach por mucho tiempo.

—¿Dónde preparaba la poción? ¿En la cocina común?

—No. Arriba, en su refugio, su lugar de retiro, o en su cabaña, siempre solo.

La bajaba en una botella grande de Coca-Cola, como la que viste; luego, la vertía en el cuenco.

—Le viene una idea de pronto y se lleva ambas manos a la boca, abre mucho los ojos—.

¡Me dijo que alguien había estado hurgando entre sus cosas!

—¿Cuándo? ¿Ayer?

—No. Hace una o dos semanas.

—Debes contárselo a la policía. Querrán saberlo. —Ella asiente—. Pero explícame algo: dos fiestas con drogas dos noches seguidas, ¿es algo habitual?

—No. No recuerdo que haya sucedido antes.

—¿Crees que él era genuino? —pregunta Martin.

—¿En qué sentido?

Martin recuerda al swami , vestido con ropa de calle y un sombrero panamá, reunido con Tyson St. Clair en Longton.

—¿Creía realmente en lo que hacía?

Ella sonríe con cierta ironía.

—Por supuesto. Era muy genuino. A mí me ayudó.

—¿Cómo?

—Con meditación. Reflexión. Aprender a perdonar.

Martin mira por la ventana. Dicho así, suena casi atractivo.

—¿Entonces, practicaba lo que predicaba?

—A su manera. Era poco ortodoxo, pero auténtico.

—¿Poco ortodoxo en qué aspectos?

—Después de que abandoné el surf, pasé un tiempo en la India, en ashrams, comunidades espirituales bajo la guía de un gurú . Tratando de encontrarme a mí misma.

—¿Y?

—Me hizo bien, salvo por la disentería que me pesqué.

—¿Y qué tiene que ver eso con él?

—Que no viene de esa tradición. Tiene algunos cánticos, pero nada tomado de las escrituras. Si se hubiera formado con un gurú, habría sido más parecido a todos los demás. Pero eso no significa que fuera un farsante.

—Supongo que no —responde Martin, y decide no discutir la definición de farsante.

Se quedan en silencio un rato, sumidos en sus propios pensamientos.

—¿Qué carajo estás haciendo aquí? —Morris Montifore está en la puerta, indignado, furioso.

—Morris, tengo que contarte algo —dice Martin, y se pone de pie.

—¡No, de ninguna manera! —replica Montifore, tomándolo del brazo y llevándolo al pasillo—. ¡Escúchame bien: no estamos en contacto, no me llamas por mi nombre ni me tuteas y ni se te ocurra, bajo ningún concepto, llamar a mi móvil!

—Estoy tratando de ayudar.

—¿Ayudar? ¿Infiltrándote en la escena de un crimen y luego informando de ello en el Herald ? Me dijiste que habías dejado el periodismo.

—¡Salvé una vida en esa escena del crimen!

Montifore hace una pausa, paralizado por la furia.

—¿Es una amenaza?

—¿Qué?

Montifore se mira los zapatos, como si contara hasta diez. Se calma un poco.

—De acuerdo. Dime. ¿Qué es tan importante?

—Las fiestas con drogas. Hace meses que ocurrían. A veces, eran solo alcohol y marihuana. A veces, éxtasis. Pero puede que no haya sido el swami quien proporcionaba las drogas, al menos no últimamente.

—Lo sabemos.

—Estuve en una de esas fiestas la noche del jueves. Había algo más. Rohypnol.

Eso capta la atención del inspector.

—No tienes forma de saberlo con certeza.

—Puede ser, pero sé cómo puede averiguarlo.

Ayer estuve aquí mismo. En este hospital.

Con esa jovencita que está en coma en esa cama de allí, la que está con el novio enamorado.

Se llama Topaz. Nos tomaron muestras de sangre a ambos.

Le doy permiso para analizar la mía. Le firmo una autorización si hace falta. Compárela con lo que tenga de anoche.

Montifore entiende la lógica.

—¿Estás insinuando que esto fue una escalada, dos noches seguidas?