CAPÍTULO 22
El hospital de Longton está sitiado: el aparcamiento hierve con cámaras, fotógrafos, cronistas de radio y unidades móviles de televisión.
Una masa palpitante de ambición, hambrienta de hechos, sedienta de noticias.
Con Hummingbird Beach clausurada y la escena del crimen fuera de alcance, los medios se han apostado frente al hospital, donde media docena de personas luchan por vivir.
Es una cuestión de vida o muerte, y se transmite en directo: noticias al instante, en el momento en que ocurren, noticias que el público “necesita saber”.
Martin da vueltas por el lugar, buscando un sitio para aparcar.
Deja el Corolla bajo el sol a unas manzanas, porque no consigue nada más cerca.
Debería haberlo imaginado. Si algún medio dudaba en enviar reporteros, esa vacilación se borró rápidamente por las crónicas que escribió él mismo, que ya se expanden como metástasis por todo el país y más allá.
Una secta religiosa, orgías con drogas, siete muertos, una estrella de televisión.
Y el factor X: el misterio de lo ocurrido y quién fue el responsable.
No hay historia más atractiva que esa. Los británicos, con su curiosa afición por las telenovelas australianas, se han vuelto locos: Garth McGrath, estrella de Aguas del paraíso , ha muerto a los treinta y cuatro años, víctima de una secta de sexo y drogas.
Al no tener que preocuparse por asuntos de jurisdicciones, la prensa sensacionalista londinense ya camina sobre la cornisa del absurdo, compitiendo con las redes sociales para ofrecer las teorías más escandalosas, morbosas y disparatadas.
Las propias redes sociales se han vuelto feroces: muestran fotografías borrosas de la escena de muerte, generan noticias falsas y humor negro.
Frente a la entrada del hospital, una montaña de coronas de flores se agranda cada vez más: ya trepa por el cartel de ladrillos que reza “Hospital Regional de Longton”.
Un grupo de mujeres de mediana edad se abrazan entre lágrimas junto al improvisado homenaje, acompañándose en su dolor bajo la mirada hambrienta de los teleobjetivos.
—Martin Scarsden, me alegra verte —dice una voz resonante, grave, cargada de solemne autoridad. Doug Thunkleton, el reportero de televisión—. Debí imaginar que te adelantarías a todos nosotros.
—Hola, Doug.
—Excelente artículo. De puta madre.
—Gracias. ¿Has vuelto a las noticias?
—Reportero en el lugar de los hechos, como tú. Conseguí material buenísimo.
—¿Pudiste entrar?
—No hizo falta. Conseguí lo mejor de los vídeos grabados con un móvil y una entrevista con el hippy que los grabó.
—Ya. ¿Y ahora qué?
—Los médicos prometieron una rueda de prensa a las diez, con información actualizada de las víctimas.
Lo más reciente que han revelado es que hay cuatro en estado crítico, cuatro graves, una docena o más en observación.
Se llevaron a un par en helicóptero a Brisbane, pero al resto los atenderán aquí.
—¿Por qué a Brisbane?
—Está más cerca que Sídney.
Martin se vuelve para observar el hospital. En la entrada, ve a un policía y a un guardia de seguridad.
—¿Alguien ha podido entrar?
—Ni hablar. Intentamos disfrazar a un cámara de enfermero, pero no tuvimos suerte.
—¿No utilizaste la chequera?
—¿Por quién me tomas?
—Así que no funcionó, ¿eh?
—Nah. Seguimos aquí fuera, esperando. Escuché que allí dentro es un infierno. Les están dando el alta a todos los que pueden, solo para hacer sitio a otros.
—¿En serio?
—Ajá. Estamos tratando de hablar con la gente cuando sale.
—¿Conseguiste algo?
—No mucho.
—De acuerdo. Gracias, Doug. Nos vemos.
—Eh, Martin, mientras esperamos, ¿permitirías que te hiciera una entrevista rápida? Por lo que sé, eres el único periodista que logró entrar a Hummingbird Beach.
Martin suspira. Es lo que menos desea.
—Por supuesto, colega, pero hagámoslo un poco más tarde.
No ha dado más que unos pasos cuando otra voz lo detiene.
—¡Martin! —Es Bethanie Glass.
—Bethanie. Has llegado muy rápido. ¿Has dormido algo?
—Poco. ¿Tienes novedades?
—No. ¿Tú?
—Tampoco. Fui a Hummingbird Beach, pero hay un cordón policial; imposible acceder. Luego, me vine hasta aquí. ¿Has hablado con Terri?
—¿Esta mañana? Aún no.
—Tienes que llamarla. Habla maravillas de ti. Te adora. Quiere que te quedes con nosotros. Deberías llamarla y sacarle unos honorarios jugosos mientras todavía estás en la cima. —Bethanie sonríe.
—Gracias. Lo haré.
—¿Cómo quieres que hagamos esto?
—¿A qué te refieres?
—Al reparto de tareas.
—Bueno, uno de nosotros tiene que quedarse a la rueda de prensa.
—Lo haré yo —dice Bethanie—. Tú eres el que tiene contactos locales.
—Gracias, Bethanie. ¿Firmamos los dos?
—Por supuesto.
Martin observa el hospital, al guardia de seguridad y al agente de policía.
—Te veré en un rato. —Se dirige a la entrada.
—¿Eres de los medios? —pregunta el corpulento guardia de seguridad, hinchado por la importancia de su papel.
—Soy lugareño. De Port Silver —responde Martin, desviando la pregunta—. He venido a ayudar a un amigo. Van a darle el alta.
—¿Cómo se llama?
—Royce McAlister. Se metió en una pelea en la playa el otro día. Ha estado en observación.
—¿Fue ahí donde te dejaron ese ojo morado?
—Sí, traté de separarlos.
—Espera aquí —dice el guardia, y entra en el hospital.
Martin se vuelve hacia el policía.
—¿Eres de aquí?
—De Glenn Innes —responde el agente.
—Ya decía que no me sonabas. Mucho viaje para vigilar una puerta.
—Y que lo digas. No veo la hora de irme.
—Ya debe de estar todo bajo control. No creo que tengas que quedarte mucho tiempo más.
El policía lo mira con recelo.
—No lo sé.
El guardia vuelve a aparecer, se dirige al policía: —Sí, puede entrar. —Y luego a Martin—. Sígueme.
Martin va detrás de él hasta el mostrador de recepción. En el aire, se siente un zumbido de eficiencia, de gente que hace cosas, de urgencia controlada; un contraste absoluto con la inercia provinciana del día anterior y el caos de Hummingbird Beach durante la noche.
—¿Viene a ver a Royce McAlister? —pregunta una enfermera mayor, con voz firme y autoritaria.
—Así es.
—Bien. Sígame.
Royce está sentado en la cama. No parece sorprendido de ver a Martin ni cuando la enfermera anuncia que su amigo ha venido a buscarlo.
—Qué bien, colega —dice Royce.
—Los dejo; vístase y recoja sus cosas. Firme la salida en el mostrador de abajo cuando se vaya —indica la enfermera.
Esperan a que se marche antes de hablar.
—¿Qué mierda está pasando aquí? —susurra Royce.
Señala hacia el otro lado de la habitación—.
Esta mañana había un viejo ahí. En cuanto llegó su mujer, lo enviaron a casa y trajeron a esa chica.
—Martin observa a la joven que duerme plácidamente, conectada a los monitores, con dos vías en el brazo—.
Esta es una habitación de hombres —susurra Royce—.
Pero la dejaron aquí, me dijeron que debía irme, que llamase a alguien que viniese a buscarme.
Estuve llamando a Topaz. Ayer la vi, y dijo que nos marchábamos. Ahora no responde.
Martin se acerca al joven y habla en voz baja.
—Está en el hospital, Royce. No sé si aquí o en Brisbane. —Y le cuenta lo ocurrido en Hummingbird Beach tan rápido como puede. Mucho antes de que termine, Royce aparta la vista y se queda mirando la pared y negando con la cabeza.
—¡Hostia puta, no me lo puedo creer! Ella sabe cómo manejarse con las drogas.
Martin no sabe qué decir.
—Vamos, me vestiré e iremos a buscarla.
—No, no te vistas —dice Martin—. Está lleno de policías y gente de seguridad; nos echarían enseguida. Quédate con la bata, apóyate en mí. Si creen que estás ingresado aquí, no nos detendrán.
Royce lo mira, aprueba la idea.
—Buena jugada. —Junto a la entrada, hay un soporte con ruedas y una bolsa nueva de suero.
Royce la toma prestada y se enrolla el tubo alrededor del brazo.
Pero no tienen que ir muy lejos: solo a la siguiente sala.
Cuatro camas, cuatro mujeres. Las cortinas están abiertas.
Cuando hay vidas en peligro, la privacidad pasa a segundo plano.
—¡Topaz! —susurra Royce. La ha visto en una de las camas cerca de la puerta, dormida, inconsciente o en estado de coma; un monitor marca los latidos lentos de su corazón. Se acerca, olvidando el suero y a Martin—. ¿Topaz? —Se sienta en la cama, le acaricia el pelo.
En dos de las otras camas, también duermen mujeres, pero la que ocupa la última cama está despierta; se ha incorporado y mira por la ventana. Jota Hayes. Martin se acerca, se sienta a su lado en una silla de plástico, de espaldas a la puerta.
—Hola, Martin.
—Jota, ¿cómo te sientes?
—Como la mierda. Me lavaron el estómago y me llenaron de carbón. —Está visiblemente alterada; sus manos retuercen la manta. Lo mira con ojos llorosos—. ¿Es cierto? ¿Ha muerto gente? —Debe de ver la respuesta en los ojos de él, porque su rostro se contrae de temor—. ¡Dios mío! ¿Cuántos?
—Siete.
—¿Siete? ¡Ay, no! ¿Quiénes?
Martin alarga el brazo, le toma la mano. Está temblando.
—Garth McGrath. Un hombre, dos seguidoras, una pareja muy joven. —Al pensar en los inocentes enamorados, muertos, se le humedecen los ojos también a él—. Y el swami Hawananda.
—¿Dev? ¡Ay, Dios mío! —Se le abren los ojos de espanto ante la muerte de su amante—. ¿Ha muerto?
—Me temo que sí.
—¿Y estabas allí? ¿Lo viste todo?
—Fui después. Con Nick Poulos y el SES. Ayudamos, hicimos lo que pudimos.
Jota asiente; tiene la mirada vacía.
—Ya.
—¿Qué pasó, Jota? ¿Qué fue lo que salió mal?
—No tengo idea. La bebida estaba envenenada. Le pusieron algo. Es lo único que se me ocurre. Un error. Una tragedia.
—A ese ponche siempre le ponen algo. Todos lo saben.
—No. —Lo mira, convencida—. No. Dev es… era… muy cuidadoso. Controlaba las cantidades, se aseguraba de que todos fueran conscientes de lo que hacían, de lo que estaban tomando.
—¿Qué era exactamente?