Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 21 #3
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CAPÍTULO 21 #3

La luz baja.

—¿Qué hacéis vosotros dos aquí? —Martin reconoce la voz: Morris Montifore.

—Somos del SES —responde Nick—. Pear nos envió a buscar más víctimas. ¿Ha visto alguna?

—No —dice Montifore—. No he buscado.

Martin mira más allá de Montifore. La fogata sigue encendida, las brasas rojas arden bajo las llamas amarillentas.

Alrededor, hay troncos y tocones donde la gente se había sentado.

Por todas partes, se ven los restos de una fiesta: vasos de plástico vacíos, botellas de agua, prendas de ropa.

Un cuenco vacío, de madera con bordes dorados. Olor a vómito.

—No os acerquéis a la fogata —ordena Montifore—. Es la escena de un crimen.

Un nuevo sonido irrumpe de pronto: surge un helicóptero sobre el acantilado y barre la arena con el reflector.

Los atrapa en su resplandor cegador y Montifore agita los brazos para que se aleje del fuego.

Al principio, Martin piensa que es de la prensa, pero luego ve que desciende un hombre con casco y gafas, sujeto a un cable.

En cuanto toca el suelo, se desabrocha el arnés mientras Montifore corre hacia él.

El recién llegado asiente, habla por el micrófono que tiene en el hombro y le indica al helicóptero que aterrice en el extremo occidental de la playa, lejos de la fogata.

—¡Mira! —grita Nick Poulos—. ¡Allí!

Martin también la ve. Al otro extremo de la playa, hacia la punta, una silueta oscura, un cuerpo tendido junto al agua. Echan a correr hacia él.

Son las dos de la madrugada. Mandy lo ha dejado entrar en la cabaña; la convencieron la urgencia de su voz, la magnitud de la historia y su desesperada necesidad de electricidad.

El televisor está encendido, sin sonido.

Martin habla por teléfono, en voz baja pero vehemente; transmite los hechos a la redacción de Sídney tan rápido como puede.

Terri Preswell ya se ha ido a su casa, Bethanie Glass vuela hacia allí, pero Martin conoce bien al hombre que está al otro lado de la línea: Cormac Connors, un periodista de pura cepa, que se ha ofrecido a coordinar la cobertura de las noticias de última hora.

Martin relata los datos esenciales lo mejor posible: se cree que hay al menos siete muertos, entre ellos el swami Hawananda y Garth McGrath.

Oye que Connors contiene la respiración.

La muerte del actor de telenovelas es como gasolina sobre una llama: la gran noticia acaba de volverse gigantesca.

—¿Estás seguro de que es McGrath? ¿Tu fuente es fiable?

—Yo soy la fuente. Está muerto. Vi su cuerpo con mis propios ojos.

—De acuerdo. ¿La policía no ha dado nombres?

—No, no lo creo.

—Bien, tengo que llamar a Terri. Ella decidirá si lo publicamos antes de que se notifique a los familiares. Te llamo en unos minutos.

Mandy lo observa desde la puerta del dormitorio, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Se miran a través del abismo de la sala de estar. Martin no logra descifrar lo que ella piensa ni adivinar lo que siente.

Suena el teléfono. Es Terri Preswell.

—Martin. Cuéntame lo que sabes.

Le relata los eventos de la noche.

—¿Estás absolutamente seguro de que es McGrath?

—Sí.

—De acuerdo. Me cago en las formalidades. No podemos dejar pasar esto. Es una figura conocida. Lo publicamos.

—La decisión es tuya —dice Martin.

—Va con tu firma —responde Terri.

—Todo bien por mi parte.

—Me alegro. ¿Qué es lo que pasó? ¿Qué dice la policía?

—No hay dudas de que es una intoxicación. O una fiesta con drogas que salió mal, o asesinato. O asesinato y suicidio. Hay que considerar todas las posibilidades. La policía va a pensar lo mismo. —Le resume rápidamente cómo Montifore custodiaba la fogata y los restos de la fiesta que la rodeaba.

—¿Tienes fotos? —pregunta Terri.

—No pude sacar ninguna. Estaba la policía. Solo me permitieron quedarme porque estaba con el Servicio de Emergencia, ayudando.

—De acuerdo, entonces, haremos esto: publicaremos la noticia cuanto antes.

Cormac la redactará. El encabezado será que se estima que hay siete muertos, una docena de heridos trasladados en helicóptero o ambulancia.

Una fiesta con drogas que salió mal o un asesinato-suicidio, y apuntaremos al swami .

La firmarás tú. Cormac te llamará y te la leerá antes de que se publique.

Pero no mencionaremos a McGrath por ahora, nadie la leerá a estas horas, salvo nuestros competidores.

Quiero dejar esa parte hasta las siete u ocho de la mañana, para que todos sepan que la exclusiva es nuestra.

¿Puedes enviarnos esa nota? ¿Tienes tu portátil?

—Sí.

—Bien. Quiero una nota periodística y tu relato de primera mano. Los competidores tomarán la primicia enseguida, pero tenerte allí en el lugar de los hechos, relatando lo vivido, nos pondrá en posición de ventaja. ¿Te parece bien?

—Sí, claro. A la policía no le gustará.

—Claro que no. ¿Te preocupa?

—No.

La editora se ríe.

—Me alegra saber que sigues siendo uno de los nuestros. Llámame al móvil cuando envíes la nota. Estoy llegando.

Martin cuelga, sonriendo, divertido por el cumplido de Terri. Entonces, ve a Mandy, de brazos cruzados, con el ceño fruncido.

—Siete personas muertas y tú sonríes —dice. Se vuelve y cierra la puerta del dormitorio.

Martin no sabe qué hacer, cómo explicárselo, y concluye que a las dos de la madrugada no es el momento adecuado. En su lugar, saca el portátil y empieza a escribir.

Termina cerca de las cuatro, pero después de eso, dormita de a ratos en el incómodo sofá de la sala; el móvil suena cada media hora: los subeditores quieren verificar los hechos.

Y Bethanie llegará a Longton y querrá reunirse con él.

Cierra los ojos un momento para recobrar fuerzas, solo para que lo sacudan un instante después. Abre los ojos. Es Mandy.

Ya es por la mañana y le trae una taza de café.

Se incorpora, le duele el cuello. El sol entra por las ventanas. El primer sorbo de café hace que quiera creer en Dios.

—Gracias —dice, observando su rostro con atención.

—Leí tu crónica —responde ella—. Le salvaron la vida a ese chico.

Le entrega su iPad.

Un subeditor le ha dado a su relato de primera mano un titular emotivo.

Una lucha contra la muerte en la noche

Por Martin Scarsden, desde Hummingbird Beach

Lo encontramos en la playa. Moribundo, solo en la oscuridad.

Las olas lamían sus pies, la muerte acechaba para llevárselo. Comenzaba a convulsionar, entrando en paro cardíaco. Creímos que llegábamos tarde.

No sé su nombre. No importó entonces, ahora tampoco importa.

Mira a Mandy. No sonríe, pero se la ve serena.

—Anda, haz lo que tengas que hacer. Hablaremos cuando esto termine. —Se gira; luego, se vuelve para mirarlo—. Y por el amor de Dios, date una ducha y cámbiate de ropa.

Pero Martin no se mueve. Baja la vista hasta las últimas líneas de su nota, deseando que fueran diferentes, que todo fuera un sueño:

Los encontramos dentro de su cabaña, todavía abrazados, todavía enamorados. Pero llegamos demasiado tarde.

No fue posible salvar a todos.