Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

—¿Puedes ir hasta allí? ¿Cubrir el caso? Son siete horas de viaje desde aquí. Hemos alquilado una avioneta, pero igual tardaremos una eternidad.

¿Jonestown? ¿Quién es el asesino? ¿El gurú? ¿Quiénes son las víctimas? ¿Quiere que escriba un artículo?

—Bethanie, ya no trabajo para el Herald .

—Espera, te paso con Terri.

Martin oye el bullicio de la redacción al otro lado de la línea mientras espera a la editora. Mira su reloj. Las diez y media de la noche. No es demasiado tarde, pero sí para el Herald en estos tiempos de ediciones únicas y personal reducido. Debe de ser una noticia importante.

—Martin, soy Terri Preswell. ¿Conoces Hummingbird?

—Estuve allí esta mañana.

—¿Qué? ¿En serio?

—¿Quiénes murieron, Terri? ¿Quién los mató?

—No lo sabemos. No tenemos una mierda de información.

La policía no dice una palabra. Las cadenas de televisión ya han mandado sus helicópteros, pero no hay dónde aterrizar, solo tienen tomas aéreas.

Estamos llamando a todo el mundo. Se habla de al menos media docena de muertos, pero no podemos confirmar nada. ¿Puedes llegar hasta allí?

—Te recuerdo que ya no trabajo para el periódico.

—¡Ay, por Dios, Martin! Sería un trabajo independiente. Te pagaremos lo que pidas. Es la noticia más impactante de Australia, pero la necesitamos ya. Mañana todos los medios del país tendrán gente husmeando en el lugar.

—¿La nota llevará mi firma?

—Claro que sí, Martin, por supuesto. Si dependiera de mí, nunca habrías perdido tu puesto.

—Perfecto. Voy hacia allá. Pero no hay cobertura de móvil en Hummingbird Beach. Tendré que entrar, conseguir lo que pueda y volver hasta donde haya cobertura para enviar el texto.

—Bien. Llama en cuanto puedas. Danos los datos principales y nosotros subiremos algo mientras escribes el resto.

—De acuerdo —dice Martin—. Hablamos pronto. —Cuelga la llamada.

Por un segundo, se pregunta en qué acaba de meterse.

Pero solo por un segundo: la adrenalina ya corre como un torrente por sus venas, ha vuelto la antigua sensación.

Siente que se enfoca, que todo lo demás se vuelve accesorio, irrelevante.

Solo queda una cosa, lo único importante: la noticia.

“La noticia más impactante de Australia”.

Al salir, Martin casi embiste el portón con el Corolla; frena en seco, las ruedas patinan y el coche se detiene a pocos centímetros.

Abre el portón a toda prisa y se lanza cuesta abajo.

Pero al llegar al cruce con Dunes Road, se ve obligado a detenerse: una ambulancia, con las luces encendidas, cruza como un bólido el puente desde Port Silver, advirtiéndole que se aparte con una breve ráfaga de la sirena.

La sigue una camioneta de doble cabina con una sirena en el techo que indica autoridad.

Martin entrecierra los ojos, encandilado por los faros, listo para seguirlos, pero de la ventanilla trasera de la camioneta asoma un brazo que hace señas desesperadas; el vehículo frena abruptamente y se detiene en el arcén.

Una figura desciende y corre hacia él. Es Nick Poulos, con un chaleco reflectante.

—¿Te has enterado? —pregunta su abogado.

—¿De lo ocurrido en Hummingbird? ¿Los muertos?

—Sí. Deja el coche, ven con nosotros. La policía nos ha pedido asistencia a los miembros del SES, el Servicio Estatal de Emergencias; somos un cuerpo de voluntarios.

Martin da marcha atrás, mete el coche en la entrada y sale corriendo detrás de Nick hasta la camioneta. No puede creer su suerte cuando le entregan su propio chaleco naranja fluorescente. El SES lo llevará directo al centro de la acción.

Se suceden las presentaciones rápidas: el conductor, Phil, es aborigen; a su lado va una mujer menuda, asiática, llamada Lee; en la parte trasera, Nick ocupa el medio, y, junto a la ventanilla, hay un anciano, Paddles, que huele a alcohol y a animales, tiene un ojo desviado y lleva un forro polar cubierto de pelos de perro.

Avanzan a toda velocidad por Dunes Road, enseguida toman Ridge Road y, pocos minutos después, el desvío hacia Hummingbird Beach.

Hay coches por todas partes, abandonados a los lados del camino por la urgencia del momento.

Martin alcanza a ver a un equipo de televisión descargando elementos de una furgoneta de fontanero; se pregunta dónde habrán aterrizado los helicópteros.

Sabe que vienen más medios en camino: periodistas que alquilarán avionetas, volarán desde Brisbane y Sídney, aterrizarán en el aeropuerto de Longton y se apoderarán de los coches disponibles para bajar el escarpe. Él les lleva varias horas de ventaja.

Llegan a un puesto de control, con un coche patrulla atravesado sobre el camino junto a una valla improvisada que aún conserva el cartel de “ObrAS”.

Los faros iluminan la escena: Doug Thunkleton gesticula, suplicando al agente que le permita pasar; Martin reconoce al joven policía que le había servido el desayuno.

El agente deja a Thunkleton plantado, intercambia unas palabras con Phil y los deja pasar. Martin mantiene la cabeza baja.

Phil pisa el acelerador y llegan al aparcamiento de Hummingbird Beach casi al mismo tiempo que la ambulancia. Las luces giratorias tiñen los árboles oscuros con destellos rojos y azules; las sombras se mueven como en una discoteca macabra.

Allí está la joven agente policial que operaba la videocámara. Se dirige a los sanitarios con voz firme, cargada de urgencia.

—Abajo, junto a la playa, donde se ven las luces. El equipo de Port Silver ha instalado el puesto de triaje. —Se vuelve hacia los voluntarios del SES—. Bien, Phil, justo a tiempo. Ayudad al personal médico, haced lo que os pidan.

Los sanitarios, un hombre y una mujer, ya están sacando el equipo de la ambulancia: tubos de oxígeno, un desfibrilador, bolsas con material médico, camillas. El equipo del SES carga el material y avanza hacia el círculo de luz bajo el refugio abierto junto a la playa. Martin va con ellos.

Descienden y se encuentran con una pintura que parece salida de un cuadro del Bosco: algunas personas vestidas, otras medio desnudas; unas vagando en estado de shock, otras vomitando violentamente; unas ayudando a los demás, otras completamente indefensas.

Pasan junto a Harry, con la mirada vidriosa y ausente, que se ha dejado conducir de la mano hacia el aparcamiento.

Johnson Pear está al mando y lo asiste la pareja de mediana edad que Martin recuerda de la playa: ya no están desnudos, ya no sonríen.

El hombre mira a su alrededor con expresión aturdida, pero la mujer actúa con eficacia y determinación.

Solo hay una sanitaria en el lugar; la ambulancia de Port Silver debe de estar trasladando víctimas a Longton y la ha dejado sola allí.

Un hombre con rastas está de rodillas junto a una joven; la ha tomado de la mano y le habla, aunque la muchacha parece inconsciente.

Martin ve que empieza a sufrir espasmos, algún tipo de convulsión.

Los sanitarios reaccionan al instante y se hacen cargo.

A su alrededor, yacen cuerpos por todas partes.

Al menos, media docena están inconscientes; otros, despiertos pero incoherentes, murmuran y balbucean.

Martin distingue a Topaz y a Jota entre los inconscientes, junto con un par de caras conocidas de la noche anterior.

Hay olor a vómito, a mierda. Un joven empieza a gritar algo y Lee se le acerca, se agacha a su lado, intenta calmarlo, razonar con él a través del velo de las drogas.

—Vosotros —dice Pear a los voluntarios del SES—: necesito dos que ayuden a los sanitarios. Llevad a los que están más graves a la ambulancia. Phil, ¿tú conduces?

—Sí —responde Phil.

—Bien. Avísales. Si quieren que lleves a los menos graves al hospital de Longton, hazlo, ¿de acuerdo?

Pear no espera respuesta, y se vuelve hacia Nick y Martin.

—Vosotros dos… —duda solo un segundo—. ¿Tenéis linternas? ¿Teléfonos?

Martin y Nick responden al unísono: —Sí.

—Perfecto. Registrad la playa, las tiendas de campaña, las cabañas. Puede haber gente que se haya alejado y esté desorientada o desmayada. Buscad y traed aquí a los que encontréis.

—¿Y esos de ahí? —pregunta Martin.

A un lado, más allá del cobertizo, en el límite del círculo de luz, yacen las siluetas oscuras de cuatro personas.

—Demasiado tarde. Dejadlos.

—¡Atención, escuchad! —grita una de las paramédicas, una mujer joven, con voz clara y firme—.

Han sufrido una sobredosis por haber bebido algo.

Pueden estar empeorando, no mejorando. Tienen que vaciar el estómago, eliminar lo que quede de esa sustancia.

¡A cualquiera que siga consciente, hacedle vomitar, con los dedos en la garganta, agua de mar, lo que sea!

Pear les da la espalda a Nick y a Martin, y vuelve a asistir a los que aún respiran.

—En primer lugar, la playa —indica Nick—; luego, revisamos las cabañas y las tiendas.

—¿Nos separamos? —pregunta Martin.

—No. Si encontramos a alguien, habrá que cargarlo y traerlo cuanto antes.

—De acuerdo. Primero, la playa. —Pero antes de que Nick reaccione, Martin se encamina hacia las cuatro figuras oscuras tendidas en el suelo, lejos del frenesí del rescate.

En la luz tenue, distingue los rostros sin vida: el swami , Garth McGrath, una joven y un anciano con la camisa rota donde alguien intentó reanimarlo.

Los dos últimos aún llevan el bindi sobre la frente, en un rojo amarronado que se ha corrido.

—Mierda —murmura Nick.

Una voz irrumpe en sus pensamientos: Johnson Pear.

—Vamos, muchachos. El helicóptero volverá en cualquier momento.

Se alejan del círculo de luz, bajan hacia la playa. Las olas mantienen su ritmo de metrónomo, ajenas al drama que se desarrolla en tierra. En la tenue claridad que se escapa del cobertizo, Martin ve a alguien en la arena, de pie junto a los restos de una fogata.

—Mira —le dice a Nick Poulos.

Mientras avanzan hacia la figura, esta enciende una linterna, barre la arena con el haz de luz y les apunta directamente.

—¡Eh! —protesta Nick—. ¡Nos estás dejando ciegos!