Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

—Aquí no puedes quedarte —sentencia Mandy, mirándolo a los ojos antes de inclinarse para desabrochar el cinturón de Liam. El niño duerme en su asiento.

Martin se desinfla; el aire lo abandona; el optimismo, también.

—¿No te contó Winifred lo que descubrí? ¿Que fui yo el que logró que te liberaran de sospechas?

Mandy se incorpora, y deja a Liam donde está por el momento.

—Sí, me lo dijo. Gracias —responde, pero en su voz hay poca gratitud y ninguna calidez.

—¿Mandy?

Ella niega con la cabeza.

—Te acostaste con esa mochilera. Esa cualquiera. No puedo olvidarlo así como si nada.

Martin abre las manos en un gesto conciliador.

—Me drogaron. Ni siquiera sé si dormí con ella o no. No recuerdo nada.

Ahora la expresión de ella revela su enfado, y su voz es condenatoria: —Me acaban de someter a cuatro horas de interrogatorio en la comisaría sobre dónde estuve y qué hice el martes por la tarde y por la noche.

Cuando llegué a la guardería, Liam estaba fuera de sí.

¿Y por qué me tuvieron tanto tiempo? Porque no había nadie que corroborara lo que decía.

¡Porque el martes por la noche tú estabas con tu tío, bebiendo y fumando porros!

¡El día después del asesinato de Jasper Speight!

Y anoche volviste a salir de juerga, a drogarte, a meter la polla quién sabe dónde.

¡Toda la noche! No se puede confiar en ti, Martin.

Ya he tenido suficientes hombres así, no quiero otro.

Liam merece algo mejor que un padre a tiempo parcial.

Al oír su nombre, el niño se despierta y suelta un quejido. Mandy aparta la mirada de Martin, se inclina, lo saca del coche y lo alza en brazos.

—Ma-in —dice el niño, extendiendo un brazo hacia él.

Mandy niega con la cabeza; tiene lágrimas en los ojos.

—Te quedaste en Sídney, escribiendo tu libro, cuando deberías haber estado aquí. Y ahora que estás aquí, eres un desaparecido en acción.

—Mandy…

—No. Aquí no puedes quedarte. Ve a la casa Hartigan. Quédate allí. Piensa en cómo arreglar ese lugar. Piensa en cómo arreglar nuestra relación.

—¿Qué te dijo Winifred?

—¡A la mierda con Winifred! Está encantada. Yo no. Ahora vete. —Y dicho esto, entra con Liam en la cabaña.

Martin sigue allí cuando Mandy vuelve a salir unos minutos después, con el niño en la mochila portabebés. Le lanza un manojo de llaves de la casa del acantilado.

—Voy a dar un paseo con él. No quiero que estés aquí cuando regrese. —Camina unos metros, se detiene, mira hacia atrás—. Te llamaré —dice; la furia de su voz ahora se ha teñido de pesar. Pero igual se vuelve y se aleja hacia el río.

Martin se mira las manos, pero no encuentra respuestas en ellas.

No tiene muchas opciones. Entra en la cabaña, recoge su ropa y sus pertenencias.

No le lleva mucho tiempo, tiene práctica de sobra.

El corresponsal itinerante, el de los mil hoteles, haciendo la maleta y marchándose una vez más. “Mierda”.

Deja el camping, cruza Dunes Road y sube en dirección a la casa Hartigan; se siente mentalmente exhausto e inquieto a la vez.

Montifore está cercando al asesino. Hay un falso testigo, alguien que asegura haber visto a Mandy arrojar el cuchillo al río.

Encontrar al testigo, encontrar el cuchillo, encontrar al asesino.

¿Cómo de difícil puede ser? Y Montifore tiene el formulario de visa de Topaz, la pieza necesaria para obtener una orden judicial, permisos de registro e iniciar una investigación policial.

Si St. Clair está implicado, Montifore lo descubrirá.

¿Entonces por qué él, Martin, siente ese vacío, esa desolación?

Hay como un hueco en su interior, una sensación de que la vida se ha descarrilado.

Teme que va a quedarse sin Mandy y sin Liam, teme haber perdido la confianza de ella; todo enredado y agravado por los excesos de la noche anterior.

El cansancio lo invade, el peso del pasado lo oprime.

Llega a la entrada de la finca, detiene el coche y se queda allí un momento, incapaz de reunir la energía para moverse.

Cierra los ojos. Se le presenta una imagen: la Barriada se extiende delante de él, la Barriada de su infancia, como vista desde lo alto, desde un punto imposible.

Abre los ojos, aleja la imagen, mira alrededor.

Ese paisaje es como un campo minado de recuerdos ocultos; están por todos lados, amenazando con estallar bajo sus pies en cualquier momento, por más cuidado que ponga al avanzar.

Algo se ha soltado, ya no puede contenerlos. La caja de Pandora se ha abierto.

Sabe que necesita dormir, recuperar el equilibrio mental, pero ahora les teme a las imágenes, a los recuerdos.

Parpadea, abre mucho los ojos, como si quisiera exprimir alguna chispa de energía; el sol se refleja en el espejo retrovisor; está bajo en el cielo, descendiendo hacia el horizonte occidental y la línea oscura del acantilado.

En la casa Hartigan, no habrá electricidad; no tiene linterna, solo su iPhone para guiarse.

Comprueba la batería. Tiene media carga, igual que él.

Debería llegar a la casa y ver si encuentra algunas velas o una lámpara.

Hace demasiado calor para encender un fuego, pero la idea de la chimenea le despierta algo en el estómago: hambre.

Se le ocurre volver a Port Silver, comprar algo de comida para llevar, unas velas.

No hay espacio para girar el coche. Lo lógico y sensato sería abrir el portón, conducir hasta la casa, girar allí y regresar.

Pero la idea de bajarse del vehículo lo excede.

Pone la marcha atrás y empieza a retroceder colina abajo, buscando un sitio para maniobrar.

El sol le da de lleno en el espejo; entrecierra los ojos, usa los retrovisores laterales.

Va avanzando poco a poco cuando lo golpea otro pensamiento: la moto que salió del bosque la mañana anterior.

Detiene el coche, gira las ruedas para que queden perpendiculares a la pendiente, tira fuerte del freno de mano y lo deja en primera antes de apagar el motor.

Respira hondo y baja. Al mirar cuesta arriba, alcanza a ver el portón.

La moto había aparecido cerca de allí, tal vez un poco más abajo.

Ahora que busca el sitio, no le resulta difícil encontrarlo: surge por encima de un terraplén.

Trepa por él y baja con cuidado hasta lo que antes era el camino original.

Está cubierto de malezas, salvo por una huella angosta trazada por motos de cross, excursionistas y ciclistas.

Arriba de su cabeza, el follaje sobre el viejo camino es menos denso.

Puede ver dónde un árbol que han talado oculta el punto en el que el camino se une con la subida hacia la casa Hartigan.

A su alrededor, crecen arbustos nuevos. No es de extrañar que no lo hubiera visto el día anterior.

Quiere seguir el sendero, averiguar a dónde lleva.

Ha recorrido Ridge Road desde el extremo de Hummingbird Beach y ahora se encuentra en el extremo opuesto.

Le irrita tener ambos puntos en la mente, pero no el tramo del medio.

Quiere unirlos, cerrar el vacío; sabe que no se quedará tranquilo hasta hacerlo.

Pero el sol se pondrá pronto detrás del acantilado.

No hay tiempo para explorar el camino, ya no.

Es demasiado tarde y él está demasiado cansado.

Pero mañana, a primera hora, echará un vistazo.

Tal vez, Jasper Speight encontró algo en ese camino, algo que le costó la vida.

Martin duerme. Sin velas, sin fuego, sin comida.

Después del sándwich de mortadela de Clyde Mackie, solo ingirió analgésicos, antibióticos y antivirales.

Agotado por los esfuerzos del día, duerme en la casa Hartigan vacía, en el mismo sofá donde Jasper Speight una vez trató de contener la sangre del corte que se había hecho en el pie.

Su equipaje sigue en el coche, aún lleva la ropa puesta y no se ha dado una ducha.

Su sueño es tan profundo que el primer helicóptero casi no logra despertarlo.

El haz de luz penetra por los ventanales, lo baña en una blanca claridad; la presión de las hélices hace vibrar las persianas y temblar el techo.

Cuando empieza a emerger de las profundidades del sueño, el helicóptero ya ha pasado, y la melaza que es su mente trata de comprender qué acaba de suceder.

Cierra los ojos, se hunde otra vez, hasta que el helicóptero vuelve a sacudir la casa y lo arrastra de nuevo a la superficie de la conciencia.

Se levanta, abre las puertas francesas, sale a la galería.

La aeronave ya se aleja hacia el norte, siguiendo la línea de los acantilados.

No es una. Son dos. Más ruido: se gira justo a tiempo para ver que un tercer helicóptero pasa rugiendo, persiguiendo a los otros.

Helicópteros. Aquí. ¿Por qué? Tal vez, algún grupo de celebridades de Hollywood, rumbo a Byron Bay, iluminando los acantilados con sus reflectores por pura diversión. Malditos privilegiados. En plena noche.

Dentro de la casa, suena el teléfono. En la pantalla, aparece el nombre de Bethanie Glass. Bethanie, su antigua colega del Sydney Morning Herald , la reportera estrella de la sección policial.

—¿Martin? ¿Eres tú? —Hay urgencia en su voz.

—Hola, Bethanie.

—¿Dónde estás?

—En la costa, con Mandy.

—¿En Port Silver? Me dijiste que te mudabas allí.

—Sí, en Port Silver.

—Perfecto. ¿Te has enterado de lo que ha pasado?

—No. ¿Qué?

—Enciende el televisor…, las noticias de la ABC.

—No puedo. No tengo tele ni electricidad. Cuéntame.

—Están llegando informes, una especie de asesinato-suicidio en masa. Muchas víctimas. Algo como lo que sucedió en Jonestown, en la Guayana Británica, ¿recuerdas? Con esa secta liderada por Jim Jones, en los años setenta. Ahora ha sido en una comunidad hippy llamada Hummingbird. ¿La conoces?

—Sí. —De pronto, está completamente despierto, con la mente en alerta—. Asesinatos-suicidios. Hummingbird Beach.