CAPÍTULO 20 #3
Martin le da el teléfono a Clyde Mackie, que repasa su testimonio con voz firme, grave, cargada de autoridad de sala judicial.
Martin lo escucha contar lo del partido de críquet, describir dónde estaban sentados, lo que vieron.
Mackie le asegura a Winifred que está dispuesto a hacer una declaración formal.
Cuando termina la llamada, a Mackie le brillan los ojos.
—¿Sabes lo que me dijo esa abogada? El supuesto testigo afirmó que tu novia arrojó algo, presumiblemente, el arma homicida, desde el muelle, no desde la orilla. Imposible. Estuvimos sentados en el muelle todo el tiempo.
Martin siente que se le llenan los ojos de lágrimas.
—Gracias, Clyde. No sé cómo podré agradecerte esto.
Mackie se incomoda un poco.
—Por favor, hijo. No te estoy haciendo ningún favor especial. Solo estoy diciendo la verdad.
—¿Quieres una cerveza? —pregunta Brian Jinjerik—. Por lo visto, hoy has tenido una victoria.
Pero Martin ya está pensando en lo que sigue.
—No, gracias. Aún me quedan algunos cabos sueltos por atar.
—Entonces, vamos —dice Mackie a Brian—. No falta mucho para que se ponga el sol. Nos tomaremos una bien fría en el muelle.
De regreso al coche, algo que dijo Mackie le da vueltas en la cabeza. Que el martes por la tarde ni siquiera sabía que Martin y Mandy se habían registrado en el camping.
Entonces, ¿quién lo sabía? Winifred. La dueña del camping. ¿Quién más? ¿Nick? Pero el falso testigo había aparecido solo recientemente. A estas alturas, mucha gente debía de saber que se alojaban allí. Niega con la cabeza, esa línea de pensamiento no lleva a ninguna parte.
Suena el teléfono. Nick Poulos.
—Nick.
—¿Qué ha pasado? ¿Por qué Winifred está tan animada?
Martin se lo explica.
—Joder, ¡es fabuloso! —exclama el abogado—. ¿Un testigo falso? Montifore lo va a destrozar.
—Eso espero. ¿Sabe quién es?
—Ni idea. La policía dijo que era anónimo, así que no lo creo. Aunque podría ser una táctica para proteger a su fuente.
—Ya no, si saben que es mentira.
—Van a traer buzos desde Sídney para buscar en el río.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿No lo van a cancelar ahora?
—Piénsalo, Martin. El cuchillo podría seguir allí. Si alguien está tratando de incriminar a Mandy, esa persona puede haberlo arrojado desde la orilla o desde un bote y después dio la pista falsa.
—¿Crees que podría llevarlos hasta el asesino?
—O a un cómplice. Si encuentran el cuchillo. Y si descubren quién les dio la pista.
—Pero… ¿y Mandy? ¿La han liberado?
—Todavía, no. Pero no deberían tardar mucho.
Martin mira su reloj. Mierda. Liam.
—Nick, el niño…, nuestro niño…, está en la guardería.
—¿Quieres que lo recoja yo?
—¿Podrías?
—Te aviso. Se necesitará una autorización de Mandy.
—¿En serio?
—Sí, en serio. Espera un momento. —Martin escucha que Nick habla con alguien. Luego, dice—: Todo bien, la policía la está dejando en libertad. Irá ella misma a buscarlo.
—¿Puedo hablar con ella? —Martin espera; oye voces apagadas al fondo.
Después Nick vuelve a la línea.
—Lo siento, tiene que salir volando. La guardería ya debe de estar a punto de cerrar.
Martin cuelga y sale con el coche del sector de residentes permanentes; pasa por la recepción y ve a la dueña sentada en la terraza, fumando su pipa. Martin frena, camina hacia ella.
—Buenas.
—Buenas. ¿Cómo está tu mujer?
—¿Por qué lo dices?
—Vi que la policía se la llevaba.
—Todo bien. Les ha estado echando una mano. Ya viene hacia aquí.
—Me alegra oírlo.
—¿La policía te avisó que enviarán unos buzos a revisar el río?
La mujer frunce el ceño.
—Como te dije, estamos colaborando con la investigación.
—¿Sí?
—Así es —miente Martin—. Dime, ¿esta entrada es la única forma de acceder al camping?
—Sí. Se puede llegar por el muelle en barco o caminando por la orilla del río, pero en coche, solo por aquí.
Martin asiente.
—¿Has visto a alguien extraño merodeando estos días? Alguien que no sea residente ni huésped.
Ella niega con la cabeza.
—No. Nada. Alguna moto por la ribera, pero eso es habitual de vez en cuando.
—¿Motos? ¿Moteros o algo así?
—Qué va. Mocosos en motos de cross. Motores de dos tiempos, hacen un ruido que es como una mezcla entre una máquina de coser y una batidora.
—¿Cuándo fue eso?
—Todo el tiempo. Hoy no, pero sí ayer y anteayer. Bien temprano, demasiado temprano. También pasa gente caminando o en bicis de montaña, pero no molestan a nadie.
—Gracias —dice Martin, y decide que debe avisar a Montifore. ¿Cómo decía siempre la policía en sus peticiones de colaboración a los ciudadanos cuando buscaban información? “Cualquier detalle, por insignificante que parezca”.
La dueña del camping se inclina, se coge su pierna protésica y se la ajusta antes de ponerse de pie.
—Parece que tendremos movimiento con todos esos policías por aquí. —Desde el interior de la oficina, suena el teléfono.
—Dime —dice Martin—, si no te molesta… ¿qué te pasó en la pierna?
—Me atacó un tiburón —responde ella—. Por suerte fue solo la pierna y no el resto del cuerpo.
—¿Cuándo fue eso?
Se encoge de hombros.
—Hace unos diez años. —Entra en la oficina para atender la llamada.
Martin vuelve a su coche y se queda pensando.
Motos junto al río, ataques de tiburón, testigos falsos.
Piezas de un rompecabezas que no encajan, al menos entre sí.
Se inclina hacia delante para girar la llave de contacto, cuando lo sacude otro pensamiento.
Nick Poulos. ¿Qué había dicho? Si arrojaron el arma homicida al río, pudo ser desde la orilla o desde un bote.
Le viene una imagen a la mente, sin que lo desee ni haya tenido intención de evocarla.
Vern y Levi dejándolo en el muelle. Otra imagen.
Martin cortando una ristra de salchichas junto a la parrilla de su tío; el cuchillo reluce a la luz del fuego.
¡Por Dios! Siente una oleada de náuseas.
Otra imagen. Un cuchillo hundiéndose en el abdomen de Jasper Speight.
Y una moto de cross, con motor de dos tiempos y matrícula con la L de principiante.