Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 20 #2
67%

CAPÍTULO 20 #2

—Cuarenta y cinco minutos. Una hora. Algo así.

—¿Antes del atardecer?

—Sí, bastante antes.

—Cuando llegaron al camping, ¿quién descargó las cosas de los coches?

—Los dos.

—¿Las sacaron juntos?

—Sí.

—¿Las pertenencias eran principalmente de Mandalay Blonde y de su hijo?

—Sí.

—Entonces, ¿podría decirse que usted descargaba el coche mientras la señorita Blonde ordenaba las cosas dentro de la cabaña?

—Diría que sí, en su mayor parte.

—Ya veo —continúa Montifore, con voz relajada; no habla con tono hostil—: Y esa tarde, usted, Mandalay Blonde y el niño caminaron juntos a orillas del río, vieron el atardecer y luego cenaron en la cabaña.

—No.

—¿Cómo dice? ¿No? —Montifore parece sorprendido por la respuesta.

—No.

—Entonces, ¿dónde estuvieron?

Martin mira a Nick Poulos, que se mira las manos y no levanta la vista.

Luego, vuelve la mirada hacia Montifore.

Lucic ya no sonríe; lo observa con atención.

La agente que maneja la cámara se ha quedado inmóvil, casi sin respirar.

Martin intuye que este es el punto de inflexión del interrogatorio, el momento hacia el que todo ha estado conduciendo.

No sabe qué decir ni cómo proteger a Mandy, así que opta por la verdad.

—Fui a cenar a casa de mi tío, río arriba. Llegué alrededor de las siete, quizá un poco más tarde.

—¿Antes del atardecer?

—Sí, tal vez quince minutos antes.

—¿Y cuándo regresó?

—No estoy seguro. Tal vez a las diez y media, o algo más tarde.

—¿Cómo se llama su tío?

—Vern Jones. Bueno, Vernon.

—¿Y su tío puede confirmar esos horarios?

—Sí. Su esposa también. Y un montón de niños. Mi tío y su hijo me llevaron de vuelta al camping en su lancha.

—¿Por qué?

—Había bebido un poco. No quería conducir.

—¿Y su tío? ¿Él no bebe? —pregunta Montifore con un destello de humor.

—Su hijo condujo la lancha.

Montifore sonríe, pero Lucic, muy serio, lanza la siguiente pregunta.

—Solo para dejarlo aclarado: la noche del día siguiente del homicidio de Jasper Speight, después de que muriera delante de su pareja, en lugar de quedarse con ella, ¿usted fue a casa de su tío y se emborrachó?

—Correcto —responde Martin.

Montifore parece decepcionado, aunque Martin no sabe si es con él o con Lucic.

—Gracias por su colaboración, señor Scarsden. Puede retirarse. —Y mirando la cámara, anuncia oficialmente que el interrogatorio ha concluido.

—Un momento —dice Martin y se pone de pie—. Tengo algo para usted. Saca el formulario de solicitud de visa de Topaz del bolsillo y se lo entrega a Montifore—. Hace unas horas, lo vi desesperado por conseguir esto.

Montifore despliega el formulario, le echa un vistazo rápido.

—Gracias, Martin. Te prometo que recibirá la atención que merece. —Su expresión es sincera, pero Martin solo oye ironía detrás de sus palabras.

Espera estar fuera de la comisaría y haber bajado los escalones con Nick Poulos antes de volverse hacia él.

—¿Qué cojones ha sido todo eso?

—Tomemos un café —dice Poulos en tono conciliador.

—Ni hablar. Dime qué ha sido eso. Y dime por qué no hiciste nada para ayudarme. —Martin le apunta con el dedo a Poulos, a milímetros de su pecho.

Nick levanta las manos, como para rendirse.

—Intentaban tenderte una trampa, para ver si mentías.

—¿Sobre qué?

—Tienen un testigo que dice que, al atardecer del martes, mientras tú estabas en casa de tu tío, vio a Mandalay arrojar algo al río en el camping. La policía cree que podría haber sido el cuchillo, el arma homicida. Los buzos vienen en camino desde Sídney.

Martin se queda mirándolo, inmóvil, aunque su mente ya está corriendo a toda velocidad.

—Hay otra cosa —prosigue Nick—. Sobre la fábrica de quesos.

Pero Martin ya se está alejando, no lo escucha.

—¡Me lo cuentas más tarde! ¡Te llamo! —grita por encima del hombro.

El tráfico por The Boulevarde está atascado. Lo consume la frustración, lucha contra el impulso de gritar, de vociferar a toda esa gente que parece avanzar, sonámbula, por la normalidad. Por fin, logra seguir, cruza el puente y llega al camping.

En la bifurcación junto a la recepción, gira a la derecha, hacia la zona reservada para residentes permanentes.

Pasa junto a un seto, entra en un pequeño mundo autónomo de casitas de fibrocemento, originalmente idénticas, pero que ahora se han vuelto únicas gracias a sus habitantes.

Es como un pueblo en miniatura: calles reducidas al tamaño de senderos para bicicletas, cabañitas del tamaño de casetas grandes para perros, existencias recortadas a escala bonsái.

Pero hay vida aquí: un par de madres jóvenes fuman y conversan animadamente con sus bebés en cochecitos baratos; un tipo con camiseta azul sin mangas y tatuado se asoma y se mete una y otra vez bajo el capó de un coche deportivo; más allá, un grupo de hombres mayores juega a la petanca sobre un pequeño trozo de césped.

Martin aparca el Corolla, que parece encajar perfectamente en esa comunidad modesta.

Se acerca a los hombres que juegan y les pide indicaciones.

Clyde Mackie está en su pequeño porche, quitando la maleza de las macetas con flores. Una radio murmura al fondo; parece una transmisión de las carreras.

—¿Martin? ¿Qué pasa?

Debe de notar la urgencia en el rostro de Martin.

—¿Podemos hablar, Clyde?

—Por supuesto. Ven, sube.

Martin sube al porche diminuto. Apenas caben un par de sillas y una mesita entre ellas. Mackie apaga la radio.

—¿Puedo ofrecerte algo? ¿Té, café? ¿Algo de comer?

La sola mención de comida le despierta el apetito; su cuerpo reclama algo más que la tostada de Hummingbird Beach y el dónut de Longton.

—Agua. Un vaso de agua me vendría bien. Y sí, algo de comer, si tiene.

—Muy bien —dice Clyde; se quita los guantes de jardinería y entra en su pequeña casa. Un instante después, vuelve con dos vasos de agua y un sándwich de pan blanco con mortadela y salsa de tomate—. Siéntate, Martin. No hay lugar suficiente aquí para andar caminando de un lado a otro.

Martin se sienta, bebe agua y va directo al grano.

—Clyde, ¿con qué frecuencia pesca con Brian en el muelle?

—Casi todos los días, diría yo, si el clima acompaña —responde el expolicía, con mirada suspicaz.

—¿Siempre alrededor del atardecer?

—Sí, esa es nuestra rutina.

—¿Recuerda si fueron el martes?

—Diría que sí. Creo que esta semana fui todos los días… —Mackie se concentra, tratando de recordar—. Puede que hayamos descansado un día…; el lunes, creo, pero no estoy del todo seguro. Los días se me mezclan.

Martin se muerde el labio.

—Clyde, es importante. ¿Podemos preguntarle a Brian?

El viejo policía está por responder cuando una chispa le enciende los ojos.

—Espera un momento. ¿El martes, dices? ¿No era el día del torneo de críquet, el que dura hasta la noche?

Martin lo mira, parpadea, sonríe.

—Veamos —dice; saca el móvil, busca y confirma que, efectivamente, Australia jugó el martes un partido de críquet—. Sí, fue el martes.

—Entonces, seguro que fuimos a pescar. Teníamos la radio encendida desde que empezó, a eso de las seis y media o siete, hasta que se hizo demasiado de noche para pescar. Fue un partidazo. Vimos el final en el salón comunitario. Terminó a las diez o diez y media.

Martin siente que se le dibuja una sonrisa, pero aún no ha terminado.

—Entonces, estuvieron en el muelle desde las seis y media o siete hasta una hora después del anochecer.

—Exacto. ¿Qué pasa, Martin? ¿Por qué lo quieres saber?

—¿Vieron a alguien más allí?

—Seguramente. Mucha gente baja al río a esa hora.

—¿Vieron a mi novia, Mandy Blonde?

—No. Lo recordaría si la hubiera visto. Es muy llamativa.

—¿Está seguro?

—Por supuesto. En ese momento, ni siquiera sabía que vivías aquí, si no me falla la memoria.

—No le falla, Clyde. Llegamos justo esa tarde al camping.

—La sonrisa de Martin se ensancha, aunque se mantiene centrado; esto es demasiado serio—.

Si Mandy hubiera bajado al río al anochecer, ¿habría alguna posibilidad de que no la viera?

¿Tal vez, estaba distraído, pescando, mirando el río o escuchando el partido?

Mackie niega con la cabeza antes de que Martin termine la pregunta.

—No, muchacho. Si hubiera bajado, la habríamos visto.

—¿Podemos corroborarlo con Brian?

—Claro que sí, hijo. Pero antes tienes que contarme qué está pasando.

Entonces, Martin le explica la acusación de un testigo anónimo que afirma haber visto a Mandy arrojando algo al río al atardecer del martes.

Mackie niega con la cabeza.

—Tonterías. Estoy seguro de que la habríamos visto… o a cualquiera que arrojara algo al agua. ¿Tienes idea de quién es ese supuesto testigo?

—No.

—El martes... ¿Quién ¿quién sabía que te estabas quedando aquí?

Martin lo mira y su mente se dispara en distintas direcciones. Es una buena pregunta: acababan de llegar.

—Vamos, hijo —dice Mackie—, vamos a buscar a Brian.

Brian Jinjerik está fuera de su cabaña, levantando una enorme caja de herramientas galvanizada de la parte trasera de una vieja camioneta. Martin lo ayuda.

—Gracias, campeón —dice Brian—. La espalda me está matando.

—¿Has estado trabajando?

—Sí. En un techo, con este calor. Un tragaluz roto. ¿En qué puedo ayudarte?

Y lo hace corroborando lo que recuerda su amigo: Mandy no estuvo junto al río al atardecer del martes.

Martin llama a Winifred. La llamada pasa directa al buzón de voz. Martin se traga la palabrota que tiene a flor de labios, escribe un mensaje en mayúsculas: “DOS TESTIGOS CONFIRMAN QUE MANDY NO ESTUVO JUNTO AL RÍO EL MARTES AL ATARDECER. ¡LLÁMAME!”.

La abogada responde en menos de dos minutos.

—Martin, ¿estás seguro?

—Sí. Estoy con ellos ahora. Son dos residentes del camping. Pescan todas las tardes desde el muelle. Estuvieron allí el martes. Juran que habrían visto a Mandy si se hubiera acercado al río.

—¿Son testigos fiables?

—Uno ha sido policía toda la vida, está jubilado.

Un silencio. Luego: —¿Puedo hablar con él?