CAPÍTULO 20
Nick Poulos no aparece por ningún lado cuando Martin entra en la comisaría de Port Silver, pero Ivan Lucic está sentado esperando y esboza una gran sonrisa cuando ve a Martin.
—Por aquí —le indica.
—¿Qué ha pasado? —pregunta Martin—. ¿Dónde está Mandy?
—Tranquilo. Ahora lo sabrá.
Pero Martin no puede relajarse. Lucic controla la situación; se muestra seguro, confiado, tiene un aire malévolo.
Martin siente que está caminando hacia una trampa.
Sacude la cabeza, intentando alejar la paranoia.
Es una comisaría, ¡por Dios! Necesita despejar la mente, mantenerse alerta, pensar antes de hablar.
Ojalá su cabeza estuviera menos embotada; no debería haber tomado tan rápido los analgésicos que compró en la farmacia de Longton.
Lucic lo conduce a una sala de interrogatorios que parece sacada de una serie policial de bajo presupuesto.
Una mesa con tapa de plástico, sillas baratas de oficina, suelo de cemento, paredes de ladrillo.
Limpia, con olor a desinfectante, como si allí hubieran ocurrido cosas terribles que tuvieron que limpiarse. Pero al menos es fresca.
Martin se sienta, apoya la cabeza en las manos, cierra los ojos e intenta serenarse.
El dolor de cabeza ha cedido, mitigado por la codeína, pero sigue ahí, agazapado, planeando su vuelta, como un guerrillero en las colinas.
Le duelen mucho los huesos todavía, aunque su estómago parece haber firmado una especie de tregua.
Respira, trata de centrarse. No es fácil: presiente que algo se le viene encima, algo peor que un dolor de cabeza.
Está en una sala de interrogatorios de una comisaría y no tiene idea de por qué.
Entra la joven agente, con la cámara de vídeo.
Martin mira a su alrededor: es la misma sala donde el lunes lo interrogó Johnson Pear.
¿Cómo no la reconoció? ¡Dios!, no está preparado para esto.
La agente monta la cámara en un trípode, conecta un cable al micrófono integrado en la mesa, comprueba que todo esté listo. No lo mira ni una sola vez. Sale.
Minutos después, entra Montifore, seguido de Lucic y la agente. Montifore le lanza una mirada rápida, seria, y luego se concentra en una carpeta que abre sobre la mesa. Lucic, en cambio, no hace más que mirarlo y sonreír. Si intenta intimidarlo, lo está logrando.
—Grabando —dice la agente, pero Montifore sigue absorto en sus papeles. Lucic sonríe como si intentara batir un récord.
Se abre la puerta. Entra Nick Poulos.
—¿Qué está pasando, Nick?
El abogado hace una mueca.
—La policía quiere hacerte unas preguntas. —Lanza una mirada fugaz a Montifore antes de volver a mirar a Martin—. Es importante que respondas con absoluta franqueza. Te recomiendo enfáticamente que lo hagas.
Martin lo mira, incrédulo. ¿De qué lado está este tipo?
Poulos se sienta a su lado y le pone una mano en el hombro, un gesto de aparente apoyo, como si quisiera reafirmarle su lealtad.
—Empecemos —dice Montifore.
—Sigo grabando, señor —informa la agente.
Montifore repasa las formalidades: la hora, los nombres de los presentes. Luego, hace una pausa para ordenar sus ideas. O para aumentar la tensión.
—Señor Scarsden, quiero que vuelva con la mente a su llegada a Port Silver, el lunes, hace cuatro días.
Ya firmó una declaración en la que asegura que arribó a la casa alquilada por Mandalay Susan Blonde alrededor de las once de la mañana.
Dijo usted que Jasper Speight ya estaba muerto cuando llegó.
Quiero que se esfuerce por recordar. ¿Hay algo de esa declaración que quiera revisar? ¿Algo que quiera modificar o agregar?
Martin mira a Poulos, que se limita a levantar las cejas; vaya uno a saber qué mensaje pretende transmitir con eso.
—No. Nada. —¿A dónde quiere llegar el detective?
—Entendido —dice Montifore con tono neutro—. Pero para dejar constancia, ¿le importaría repetir cómo ocurrieron los hechos desde el momento en que entró en la casa?
Nick Poulos interviene.
—Un momento. Mi cliente ya dio su declaración y acaba de manifestar que no desea modificarla ni agregar nada. Debería bastar con eso.
Montifore mira a Poulos, evalúa su postura.
—De acuerdo. Señor Scarsden, en su declaración, dijo que después de descubrir el cuerpo de Jasper Speight y comprobar que estaba muerto, vio a Mandalay Blonde sentada en la sala, a pocos metros, con las manos cubiertas de sangre. ¿Sigue siendo eso lo que recuerda?
—Sí. Tenía sangre en las manos, aunque no diría que estaban “cubiertas” de sangre. Eso lo dijo usted.
—Gracias —dice Montifore—. ¿Y no se acercó a ella? ¿Llamó a emergencias y esperó donde estaba a que llegaran la policía y la ambulancia?
Martin mira a Poulos, pero este no reacciona. ¿Por qué Montifore ha decidido volver sobre eso?
—Así es —responde—. Creo que ella estaba en shock. Yo también, probablemente.
—Usted declaró que Jasper Speight estaba muerto. Que le tomó el pulso. ¿Vio en algún lado el arma que lo mató?
—No. Tampoco me dediqué a buscarla, pero no vi nada.
—Desde donde estaba en el suelo, ¿veía con claridad a la señorita Blonde?
—Sí.
—En algún momento, desde que la vio por primera vez hasta que llegaron la ambulancia y la policía, ¿estuvo ella fuera de su vista?
—No. Se quedó casi inmóvil, como en trance. Como ya he dicho, en estado de shock.
—Dice usted que estaba sentado en el suelo. ¿Permaneció allí todo el tiempo, hasta que llegaron los servicios de emergencia?
Martin intenta recordar.
—La mayor parte del tiempo, sí. Pero creo que debí de haberme puesto de pie cuando oí la sirena fuera. Estaba de pie cuando entraron por la puerta.
—¿Está seguro de eso?
—Sí.
—Y al ponerse de pie, ¿se volvió para mirar a Mandalay Blonde?
—Debo de haberlo hecho, seguro. No me imagino no haciéndolo. Estaba preocupado por ella.
—¿Pero no tiene certeza absoluta?
Martin cierra los ojos. La imagen de Mandy sentada en el sofá, con las manos ensangrentadas, está grabada a fuego en su mente. ¿Pero desde qué ángulo la ve? ¿Desde el suelo o ya de pie? ¿O es una mezcla de ambas cosas? Niega con la cabeza.
—No tengo certeza absoluta; no lo recuerdo con precisión. Pero habría sido raro que no la mirara. Y recordaría perfectamente si se hubiera movido del sofá. ¿Por qué lo pregunta?
Montifore asiente, como si entendiera.
—Está bien, Martin. Desde su posición en el suelo, con la certeza de que veía a la señorita Blonde, ¿podía ver si había algo en el sofá, junto a ella?
Martin intenta recordar. Se encoge de hombros.
—No recuerdo haber visto nada más. Nada importante.
—¿Cojines?
—¿Qué?
—Cojines. ¿Había cojines en el sofá?
Martin parpadea. Luego, un destello en su memoria: el contraste del blanco del sofá con el rojo de las manos de ella, como sangre sobre la nieve.
—Sí. Había dos cojines, uno en cada extremo del sofá.
Nick Poulos se mueve a su lado. Martin lo mira; su abogado esboza una sonrisita.
—¿Y nada más?
Martin lo piensa.
—No. Es todo lo que recuerdo.
—Así que en ningún momento vio el arma. ¿Ni allí ni en otro sitio?
El arma. El cuchillo. ¿De eso se trata todo esto?
—No, no vi nada.
—¿Y no habló con la señorita Blonde?
—No.
—Es extraño, ¿no?
Martin lo mira a los ojos, deja que su voz se cargue de fastidio, de firmeza.
—¿Se lo parece? ¿Acaso tiene un manual sobre cómo se supone que hay que comportarse cuando uno encuentra a un hombre desangrado en el suelo de la casa de su novia?
—No hay necesidad de ponerse agresivo, señor Scarsden. —Es Lucic, con su sonrisita burlona.
Martin le apunta con el dedo.
—Comprobé si tenía pulso, después llamé a la ambulancia y a la policía, en cuestión de segundos. ¿Me va a decir que hice las cosas mal? ¿Quiere dejar eso grabado?
Montifore hace una mueca; Lucic deja que su sonrisa hable por él. Nick apoya una mano sobre la pierna de Martin para calmarlo.
—Pasemos a otra cosa —dice Montifore. Revisa sus notas. Si pretende dar tiempo a que la tensión se disipe, no lo consigue—. Según la línea temporal que tengo aquí, usted y Mandalay Blonde regresaron a la casa el martes por la tarde, el día después del homicidio. ¿Es correcto?
—Sí.
—¿Y por qué fueron allí?
—Fuimos a recoger las cosas de Mandy. Ropa, artículos personales, esas cosas. Y también, cosas de su hijo, de Liam: biberones, batidora, mantas. Tenía muchas cosas.
—Y durante ese tiempo, ¿la señorita Blonde estuvo siempre a la vista?
—No, varias veces, no.
—O sea que no sabe con certeza qué cosas recogió.
Martin niega con la cabeza. ¡Dios!, siguen con el asunto del cuchillo.
—No, no lo sé. Pero la policía había estado allí más de veinticuatro horas. Registraron todo a fondo. Había polvo para huellas por todas partes, en todas las superficies.
—¿Ahora es un experto en técnicas forenses y búsquedas policiales? —lo aguijonea Lucic.
—No, pero supongo que la policía sí lo es. ¿El sargento Lucic estará cuestionando la competencia de sus compañeros? —Martin mira directamente a la cámara.
Montifore sonríe.
—Bueno, calmaos los dos. Sigamos. —Hace una pausa, mientras revisa otro papel.
Poulos le pone una mano en el hombro a Martin para captar su atención; luego, asiente para animarlo.
Martin suspira. No debería dejar que ese imbécil de Lucic lo saque de quicio.
Menos con el cansancio y la resaca que tiene.
—Bien —prosigue Montifore—. Las cosas que recogieron en la casa, las pertenencias de Mandalay Blonde, ¿qué hicieron con ellas?
—Alquilamos una cabaña en el camping del otro lado del río. Llevamos todo allí.
—¿Todo? ¿No se deshicieron de nada? ¿En el vertedero o en un contenedor?
—No que yo recuerde.
—¿Y usaron el vehículo de la señorita Blonde?
—Y el mío. Usamos ambos.
—¿Y el niño, Liam?
—Estaba con nosotros.
—¿Está seguro?
—Sí. Es bastante inquieto. —Martin ve que la agente de policía sonríe detrás de la cámara—. Mandy fue a recogerlo a la guardería una o dos horas antes de que fuéramos a la casa. Pueden comprobarlo allí. Supongo que tendrán un registro de salidas.
—¿Entonces, cuánto tiempo estuvieron en la casa?
Martin se encoge de hombros.