Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 19 #4
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CAPÍTULO 19 #4

En la biblioteca de Longton, va directo a los ordenadores con acceso al archivo digital de periódicos.

Cierra los ojos un momento para concentrarse; lo que menos desea es mirar una pantalla.

Accede al catálogo, escribe “Jota Hayes”, fija las fechas cuarenta años atrás y presiona “buscar”.

El primer resultado es de hace treinta y siete años, y muestra a tres mujeres posando orgullosas con sus tablas de surf.

Jota es la más joven, con solo trece años, pero está en el centro, flanqueada por las otras dos.

El texto, que es más un pie de foto extendido que un artículo, identifica a las jóvenes, informa que ganaron el torneo local de surf y que se preparan para competir en la fase regional en Ballina.

Al año siguiente, Jota gana esa competición y llega a las rondas finales del campeonato estatal.

Después de eso, hay muchas notas más: Jota surcando las olas, Jota sonriendo tímidamente a la cámara, Jota en biquini, cada vez más segura de sí misma, ascendiendo entre los aficionados hasta convertirse en profesional a los dieciocho años.

Todo muy prometedor. El tono de los artículos cambia; las entusiastas crónicas locales se convierten en reportes impersonales de agencias internacionales de Sudáfrica, California, Chile, Hawái.

Jota en el circuito mundial. Luego, las menciones se vuelven más esporádicas, hasta desaparecer por completo unos veinticinco años atrás.

Después…, nada. Martin hace un cálculo rápido: ella tendría unos veinticinco o veintiséis años.

No hay noticias de que se haya retirado ni lesionado.

Simplemente, desaparece. Se echa hacia atrás en la silla.

Jota había abandonado el surf, al menos el circuito profesional.

Podían existir mil razones: lesiones, matrimonio, hijos.

O la más común de todas: no ser lo bastante buena.

Martin sabe que en el surf, como en casi todos los deportes, se puede ganar mucho dinero, pero solo una pequeña élite lo consigue, los que se llevan los premios grandes y los contratos jugosos de los patrocinadores.

Después, las ganancias caen en picada y las marcas pagan con material: tablas, trajes de neopreno, ropa de playa, pero no con el dinero necesario para billetes, hoteles o comida.

Y eso es en la actualidad; hace veinticinco años, el circuito femenino sobrevivía con lo justo.

Piensa en ello y decide que no hay mucho más que sacar en claro: fue una aficionada prometedora, se hizo profesional, lo dio todo… hasta que un día se terminó.

Cambia las fechas de la búsqueda a años más recientes.

Nada. Nada en años, nada en décadas. Luego, hace siete años, una nota necrológica: su padre.

Muerto a los ochenta y tres; su esposa, fallecida veinte años antes, y como única superviviente, su hija Jennifer “Jota” Hayes, la excampeona de surf.

¿Fue entonces cuando volvió a Port Silver?

¿Para el funeral, para heredar la antigua granja lechera?

¿O regresó antes, para cuidar de él en su vejez?

Martin piensa en Hummingbird Beach. Casi no quedan rastros de la granja lechera.

Quizá, su padre dejó la producción mucho antes de morir y vivía de su jubilación en la casa de la granja.

No es un mal lugar donde pasar la vejez.

Sigue buscando, adelanta las fechas, sin esperar encontrar demasiado. Pero la siguiente nota lo golpea de lleno en los ojos, una portada en letras grandes:

Excampeona de surf, atacada por un tiburón Martin siente que se despierta por primera vez en el día. La adrenalina lo pone en alerta y disipa el dolor de cabeza y la niebla mental. Lee:

La exsurfista profesional Jennifer “Jota” Hayes se recupera en el Hospital Regional de Coffs Harbour tras luchar contra un tiburón que le mordió la pierna en Hummingbird Point, veinte kilómetros al norte de Port Silver.

Se cree que Hayes estaba surfeando sola, poco después del amanecer, cuando un tiburón de gran tamaño embistió su tabla desde abajo. El animal le mordió el muslo antes de que ella lograra liberarse.

Vecinos afirman haber visto varios tiburones sarda en la zona del ataque en los últimos días.

Tras llegar a salvo a las rocas, Hayes logró recorrer a duras penas varios cientos de metros para pedir ayuda. Fue trasladada en helicóptero al hospital de Coffs Harbour con profundas heridas y una gran pérdida de sangre.

El personal sanitario afirma que resultó muy afortunada, pues no sufrió daños en ninguna arteria principal. “Es realmente asombroso”, comentó uno de ellos, “que tras lograr espantar al tiburón, haya tenido la presencia de ánimo necesaria para detener la hemorragia y pedir auxilio”.

Hayes saltó a la fama hace dos décadas…

Martin sonríe con amargura. Ahora entiende la marca rojiza que vio en el glúteo de Jota cuando estaba con el swami ; no eran moratones, sino cicatrices del ataque del tiburón.

Y también comprende su empeño por usar traje de neopreno en pleno marzo, cuando el agua está más templada; no solamente por el sol, sino también para ocultar sus heridas.

Está a punto de seguir buscando cuando suena el teléfono, y rompe el silencio de la biblioteca. Es Nick Poulos.

—Martin, estoy con el inspector Montifore. Será mejor que vengas enseguida.