CAPÍTULO 19 #3
—No es por el ojo. —Le habla de la fiesta, de la posibilidad de haber tenido sexo sin protección con varias personas.
—¿La posibilidad? —¿Es posible que se le dibuje una sonrisa bajo su actitud profesional?
—No estoy seguro —responde él.
El profesionalismo se impone en la expresión de ella, pero la sonrisa no abandona sus ojos.
—Entonces, ¿por qué tanta prisa por venir?
—Tengo pareja —añade Martin, avergonzado—. Ella no estaba allí.
La médica ya no parece divertida, pero Martin no siente que lo juzgue con la mirada.
—Muy sensato de su parte. Y considerado. —Le receta una buena cantidad de medicamentos, le indica que evite mantener relaciones sin protección durante una semana. Martin pide también analgésicos, algo fuerte. Ella accede a darle unas pastillas de codeína en baja dosis.
—Una cosa más. Creo que me dieron una sustancia ilegal. Alguna droga. ¿Podría hacerme un análisis de sangre?
La médica frunce el ceño.
—Puedo extraerle sangre, pero no sé si el laboratorio de patología está equipado para detectar ese tipo de sustancias.
—¿Podría tomarme la muestra de todos modos, por si encuentran algo?
Ella se encoge de hombros.
—No es mala idea. Podremos ver cómo está la función hepática.
Cuando termina, Topaz sigue esperándolo fuera.
—Voy a la farmacia —dice él—. Vuelvo enseguida.
—Está bien, no hace falta que me esperes. Voy a ver a Royce cuando termine aquí.
—¿Seguro?
—Sí. Debe de haber un autobús a Port Silver. O tal vez, me dé el lujo de quedarme en un motel por aquí.
—De acuerdo. ¿Y el formulario de la visa? ¿Puedo entregárselo a la policía?
La mirada de Topaz se endurece.
—Sí. Hazlo. A la mierda con ellos.
El sol ha ganado fuerza y abrasa el pueblo, lejos de los efectos moderadores del océano.
La luz le hiere los ojos y el calor le resulta casi una ofensa.
Sopla un viento seco del oeste, cargado con polvo de sequía y peligro de incendios.
Oficialmente, ya es otoño, pero el riesgo persiste: el monte está reseco, incluso aquí en el este.
Más aún en esta zona, donde la vegetación es más densa.
Huele el aire, pero no hay humo todavía, solo polvo que el viento ha arrastrado desde el interior.
Encuentra una farmacia, pero el farmacéutico ha salido unos minutos.
Le cogen la receta y le piden que vuelva en media hora.
Dios santo. Media hora. Intenta llamar a Nick, pero se corta la comunicación.
Mientras se pregunta cuál será el motivo, aparece un mensaje de texto : “Estoy en eso. Te llamo en un rato”.
Martin le envía un mensaje a Montifore: “Tengo el formulario de la visa. Llego pronto”.
Mira alrededor. ¿Qué cosas se pueden hacer?
¿Qué puede hacer? Se sienta a la sombra.
Todo se está descarrilando. Quizá sea por las drogas o por su culpa.
Mandy debe de estar metida en problemas, pero él no sabe cuáles son.
Justo cuando ella lo necesita, está atrapado en Longton, esperando una receta.
Saca el formulario de la visa, lo examina.
El patrocinador no es Tyson St. Clair, sino alguien a quien nunca ha oído nombrar: John Prentice.
La dirección, en la zona del río Argyle, sugiere que Prentice es un granjero.
Tiene lógica. El nombre y los datos del pasaporte de Topaz están allí: Topaz Jade Throssel, nacida en la ciudad de Sacramento, veintinueve años. Mayor de lo que parece.
Intenta otra vez recordar lo ocurrido la noche anterior, pero no logra rescatar nada nuevo.
Sospecha que los recuerdos no volverán más, que la droga impidió que su memoria los creara.
Solo accede a los mismos retazos: imágenes en las que baila, nada en el mar, se siente muy muy bien.
Después, un vacío que nada podrá llenar salvo su imaginación más morbosa.
Piensa en esa mañana, en lo mal que se sentía.
Al igual que Topaz y Garth McGrath. Pero nadie más.
Quizá, había otros, que seguían durmiendo la resaca en sus cabañas y tiendas, incapaces de enfrentar el día.
Sin embargo, vio a varios de los que habían estado en la fiesta, e iban de aquí para allá, nadaban, caminaban, se reían y atendían al swami .
El mismísimo swami parecía ileso. ¿Entonces, qué pasó?
¿Los únicos afectados fueron ellos tres? ¿Por qué?
Le llega un recuerdo de antes de las drogas: Jota y el gurú teniendo sexo en el suelo de la oficina.
Martin recuerda cómo se movían las cicatrices en forma de diamante, el semicírculo rojo en la nalga de ella.
Jota y el swami . Qué combinación tan extraña.
Aunque nada tan extraño como ver al swami vestido con atuendo occidental conversando con Tyson St. Clair en Longton.
Pero Topaz no bebió del brebaje del gurú, por lo que él no pudo haber sido el responsable.
Mira el teléfono: aún faltan veinticinco minutos. Una idea se abre paso entre la niebla y la orquesta de dolor.