CAPÍTULO 19 #2
Nadie responde; se limitan a encogerse de hombros, como si no hubiera sucedido nada extraño.
Martin reconoce a algunos de la noche anterior, antes de su apagón mental.
Estaban allí, festejando con todos. Sin embargo, se los ve perfectamente bien.
Observa cómo una pareja, riendo con naturalidad, baja a la playa y se mete en el mar.
Martin mira a Topaz y se pregunta si ella también lo habrá notado: no todos quedaron afectados de la misma manera.
Cuando están a punto de marcharse, aparece Garth McGrath, caminando de puntillas, como si el suelo estuviera cubierto de cristales rotos.
Basta mirar su rostro para entenderlo todo: refleja lo que ellos sienten.
No se ha afeitado, tiene los ojos enrojecidos, el rostro pálido bajo el bronceado, la camiseta al revés.
—¿Tú también? —pregunta Martin.
—¿Qué?
—Anoche. No recuerdo la última parte de la noche.
McGrath lo mira, se tambalea; las emociones se desbordan de su rostro. Asiente.
—Sí. Yo tampoco.
—¿Te había ocurrido antes? Llevas mucho más tiempo aquí que nosotros.
Niega con la cabeza.
—No. Nunca así.
Se quedan sentados en silencio durante unos instantes.
McGrath vuelve a hablar.
—A veces, es solo alcohol y porros. A veces, le echan algo más al ponche.
Pero siempre era agradable, divertido. Nunca así.
Nunca perdí la memoria. —Parece a punto de llorar.
Se pasa la mano por el cabello brillante de estrella de televisión.
Tiene los nudillos magullados y con restos de sangre seca—. ¿Crees que me lo hicieron adrede?
—¿A qué te refieres?
—A drogarme. ¿Viste algún fotógrafo?
Martin y Topaz se miran. Ninguno responde.
—Creo que me tendieron una trampa —murmura el galán de telenovelas.
Topaz se pone de pie y se acerca lentamente a McGrath.
—Me desperté en tu cama —agrega, con la voz afilada como un cuchillo.
—Ya —dice McGrath; al principio parece confundido, luego, empieza a dibujársele una sonrisa en el rostro. No llega a completarse. Topaz le da un puñetazo repentino y certero en el estómago. El actor se dobla en dos, jadeando, y casi no logra llegar al césped antes de vomitar.
—Vamos. Larguémonos de aquí.
Salen de la cocina; McGrath los mira como un perro apaleado.
—Mira eso —dice Martin, y hace un leve movimiento de cabeza.
El swami está sentado en posición de loto, rodeado por un círculo de acólitos, todos con los ojos cerrados. Se lo ve solemne y tranquilo; a ellos, serenos. Topaz los mira con furia.
—Su brebaje. ¿Lo bebiste?
—No —responde Topaz—. Al menos no lo recuerdo.
Casi demasiado tarde, Martin recuerda el teléfono. Jota no está en la oficina, pero un joven está a cargo. Sobre el escritorio, espera el teléfono de Martin, junto con las llaves del coche; alguien las ha devuelto. ¿Qué más ha olvidado?
—Topaz, los papeles. ¿Podemos llevarlos?
—¿De verdad quieres hacerlo ahora?
—Sí.
Ella responde con una sonrisa ácida.
—De acuerdo. Vamos a devolverles una a esos pedazos de mierda.
El trayecto hacia Port Silver transcurre en silencio hasta que el teléfono de Martin empieza a vibrar y emitir pitidos a medida que se acercan al camping y hay cobertura.
Frena y sale del camino hacia la izquierda, hacia la casa Hartigan, poco antes de que la carretera llegue al puente.
Recibe una ráfaga de mensajes de texto de Mandy.
Al principio, son alentadores : “Cuídate. Qué suerte tenerte”.
Luego, rutinarios. “Aquí, cocinando. ¿Cuánto falta?” y “Ya comiendo. Te dejo algo”.
Después, transmiten preocupación: “ ¿ESTÁS BIEN? ” y “Me voy a dormir. Por favor, dime q estás bien”.
Hay uno de Montifore, de esa mañana. “¿Algún avance?”.
Y otro: “¿Dónde estás? Tenemos que hablar”.
Y, por último, de Mandy: “¿Qué coño pasa? ¿Dónde estás? La policía está en camino”.
—Mierda —maldice Martin. La policía. La entrada al camping está muy cerca, al otro lado de Dunes Road—. Solo tardaré un minuto.
Mandy lo está esperando en los escalones de la cabaña, aferrando el teléfono como si pudiera hacerlo comunicarse con Martin, atraerlo de vuelta.
Martin conduce hasta allí y detiene el coche junto a ella.
Se la ve frágil y le tiembla la voz.
—¿Dónde estabas?
—Es una historia larga. ¿Qué pasó?
—La policía viene hacia aquí. Quieren volver a interrogarme. —Parece alterada, como si también hubiera tenido una noche de excesos.
—¿Por qué? ¿Qué quieren?
—No lo sé.
—¿Winifred lo sabe?
—No. Me está esperando allí.
—¿Por qué no fuiste en el coche?
—Me dijeron que no lo hiciera. Te estaba esperando. —Su mirada se desvía hacia el coche, hacia Topaz, que está en el asiento delantero.
—¿Dónde está Liam? —pregunta Martin.
—En la guardería. Lo dejé temprano. Luego, llamó la policía, me estaban buscando. Así que regresé aquí. —Fuerza una sonrisa débil, que enseguida se le apaga—. Quería verte, estaba preocupada.
—Estoy bien.
Sus ojos vuelven a posarse en Topaz.
—¿Te acostaste con ella?
Martin siente un nudo de pánico en el estómago.
—No. No es lo que crees.
Pero Mandy ve la evasiva en su mirada, la mentira. Le da una bofetada fuerte, justo en la mejilla amoratada. No dice nada; solo lo mira, con un silencio que hiere más que cualquier insulto. Martin le sostiene la mirada, desesperado por encontrar una forma de explicarle, de volver a estar unidos.
La escena se rompe con la llegada de la policía: el coche se acerca despacio, con el sigilo de un tiburón.
Mandy va hacia él sin decir una palabra más.
Lleva una bolsa de viaje. Eso lo impacta.
¿Qué espera Mandy? ¿Qué sabe? Quiere ir tras ella, tranquilizarla, pero se queda paralizado.
Mandy sube al coche patrulla y este se aleja; Martin sigue sin moverse.
Winifred Barbicombe no atiende el teléfono y Martin se ve obligado a dejar un mensaje torpe: pregunta por qué están interrogando a Mandy y si puede ayudar en algo. Cuando llama a Nick Poulos, el teléfono suena y suena, y su abogado atiende cuando Martin está a punto de cortar.
—Martin, ¿qué hay?
—Han arrestado a Mandy.
—¿La han arrestado? ¿Estás seguro?
—Bueno, la han detenido. Vinieron al camping y se la llevaron para interrogarla. No quisieron que ella fuera en su coche.
Poulos tarda un momento en responder.
—Déjamelo a mí, veré qué puedo averiguar. ¿Y qué me dices de ti? ¿La policía quiso hablar contigo?
—No, más bien me ignoraron.
—Eso es bueno —dice Nick—. Te llamaré en cuanto sepa algo.
A regañadientes, Martin vuelve a subir al coche.
Quiere estar con Mandy en la comisaría, averiguar qué pasa, estar allí cuando la liberen.
Ir en coche hasta Longton es lo último que desea, siente que subir por el escarpe equivale a abandonarla.
Pero esperar en la recepción de una comisaría, tal vez durante horas, no le servirá a nadie.
Arranca el coche y emprende el camino hacia Longton.
Durante el trayecto, Topaz guarda silencio, con los ojos cerrados o mirando por la ventanilla.
No hay rastros de coqueteo; parece otra persona.
Martin se concentra en la carretera. Los bordes del mundo se le vuelven borrosos, amenazan con esfumarse.
Sabe que no puede cometer errores, que no debería estar al volante.
Lo que menos quiere es que Johnson Pear le haga soplar en un alcoholímetro.
O peor aún, que solicite un análisis de sangre.
El hospital de Longton consta de dos partes: el edificio original, de ladrillo y madera, construido a principios del siglo XX , y un bloque más grande y moderno de dos plantas, de hormigón funcional.
Un cartel indica que en el edificio antiguo se encuentran la administración, el área de fisioterapia y los consultorios externos, mientras que urgencias y las salas generales están en el nuevo.
En urgencias, no hay mucho movimiento: un chico pelirrojo, con los ojos enrojecidos y un brazo lesionado sostenido por un cabestrillo improvisado, está sentado junto a su madre.
Tres asientos más allá, un anciano asiático duerme.
La enfermera de triaje mira a Martin y a Topaz y, con una ceja levantada, expresa su escepticismo antes de tomar sus datos y pedirles que se sienten.
Martin se deja caer en una de las sillas de plástico junto a Topaz y mira sin interés las revistas disponibles.
Realeza británica y de Hollywood, embarazos, divorcios inminentes, rumores de infidelidades.
Por un instante, anhela una vida tan aburrida que el embarazo de una celebridad le resulte interesante.
Topaz sigue alternando entre mirar el vacío y cerrar los ojos durante varios minutos.
Tiene el ceño fruncido; Martin se pregunta si le duele algo.
Se acerca al mostrador para preguntar cuánto tendrán que esperar.
La enfermera le dice que hay tres personas antes que ellos, pero que eso puede cambiar.
Martin siente necesidad de tomar un café y leer el periódico; decide salir un momento.
Avisa a la enfermera que regresará enseguida y que los médicos atiendan a Topaz primero. La ceja vuelve a levantarse.
Cuando vuelve con dos cafés, dos dónuts y un ejemplar del Sydney Morning Herald , Topaz sigue esperando. Acepta el café y el dónut, y le da las gracias en voz baja.
—¿Estás bien? —pregunta Martin.
—No —responde ella.
Martin no sabe qué decir. Al menos el café y el dónut están buenos, sobre todo el glaseado, y le devuelven algo de energía al cuerpo. Por primera vez desde que despertó en Hummingbird Beach, siente que vuelve a ser algo vagamente parecido a una persona.
La médica, una residente con rostro del subcontinente indio que habla con acento australiano, lo llama antes que a Topaz y lo conduce a un pequeño consultorio.
—¿Cuándo ocurrió esto? —pregunta al ver su ojo.
—Anteayer. Parece que está mejorando.
—Permítame ver. —Lo revisa con rapidez, le levanta el párpado. Tiene una linterna y una lupa—. ¿Ve bien?
—Sí, sin problemas.
Ella frunce el ceño, desconcertada.
—¿Entonces, por qué ha venido?