Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Martin sueña. Una abeja negra y amarilla zumba alrededor de su cabeza.

Quiere decirle algo, algo importante. El zumbido son palabras, pero no logra entenderlas, están en otro idioma.

Se arrepiente de no haber prestado atención en la escuela.

La abeja crece, se vuelve cada vez más grande, demasiado pesada para volar.

Aterriza, y su cuerpo peludo se vuelve brillante, metálico: se transforma en un coche dorado con franjas negras.

El coche de Jasper. Ahora está en él y Jasper conduce, entusiasmado; se jacta de que el coche es anfibio.

Y lo es: avanzan por el agua, bajan por el Argyle.

Se ríen. Por la ventana trasera, Martin ve a Scotty haciendo esquí acuático, remolcado por el coche, y quiere probar él.

De pronto, Mandy está al volante. Jasper y Scotty han desaparecido, y el ambiente cambia.

Van directos hacia el banco de arena, hacia el oleaje letal.

Intenta advertirle, pero ella no lo escucha.

Liam duerme atrás, atado a su sillita. ¡No sabe nadar!

Martin sucumbe al pánico, toma el volante, intenta desviar el coche hacia la playa secreta, hacia un lugar seguro.

Pero el volante se desprende. Lo invade el miedo.

Ahora está solo en el coche, ya no el de Jasper, sino el suyo.

Avanza con dificultad por Dunes Road, el tubo de escape roza el asfalto.

Por el espejo retrovisor, ve que se acerca otro coche, ve las luces rojas y azules.

Acelera a fondo, pero el coche no responde.

Mira hacia abajo: los pedales se han caído, están tirados en la carretera.

Mira por el espejo; el coche que se acerca ya no es un vehículo policial.

Va demasiado rápido, va a embestirlo. No puede hacer nada. Va a matarlo.

Martin se despierta. Un mosquito zumba junto a su oreja, pero no logra moverse.

Siente los ojos pegajosos, se le nubla la vista.

La luz del sol lo apuñala, son cuchillas que lo obligan a despertar.

Tiene la boca seca, está acalorado, muy acalorado.

Ha dormido demasiado. Siente rigidez en todo el cuerpo, le duelen los músculos.

¿Dónde está? No reconoce la cama ni los olores ni la habitación.

¿En el camping? No. ¿Qué es ese sonido, ese rumor lejano?

¿Olas? Mierda. Está en Hummingbird Beach.

Se incorpora despacio. Hay un vaso de agua junto a la cama, se la bebe de un trago.

Las náuseas lo toman por sorpresa; el estómago se subleva contra el agua.

Casi no puede contener las ganas de vomitar.

Otras partes de su cuerpo distante empiezan a responderle.

Aparta la sábana, se mira: tiene los brazos y el pecho llenos de picaduras de mosquito, enrojecidas; en cuanto las ve, comienzan a arder.

Las piernas también protestan. Se quita la sábana de encima por completo.

Está desnudo. Tiene las rodillas raspadas, con costras de sangre seca.

¿Cómo se hizo eso? Entonces, la cabeza se suma a la orquesta del dolor: el instrumento principal es un pulso que late cada vez con más intensidad, un bisturí detrás de su ojo izquierdo, un dolor en la nuca que le revuelve el estómago.

Cierra los ojos, trata de calmarse, de contener el malestar, pero no sirve de nada.

Empieza a temblar sin poder controlarse.

Siente como si lo hubieran pasado por una máquina que lo escupió del otro lado.

Intenta ponerse de pie; no logra mantener el equilibrio, vuelve a sentarse.

Mierda. No se puede levantar; casi no puede pensar.

¿Qué clase de resaca es esta? Nunca ha experimentado algo así.

Tiene recuerdos de la noche anterior hasta el momento en que bailaba en la playa, pero a partir de ahí los recuerdos se vuelven confusos.

Nadaba en el mar. Se besaba. ¿Con quién? Y después… nada. Un vacío.

Se mira y vuelve a tomar conciencia de que está desnudo.

¿Dónde está su ropa? Mira alrededor. No hay ni rastro.

Se pregunta qué debe hacer. Necesita comenzar a moverse, pero de solo pensar en ponerse de pie, siente náuseas.

La rodilla izquierda le sangra. Levanta los brazos y siente una punzada insoportable en el cuello.

Los codos también los tiene raspados, pero no los siente: la orquesta del resto del cuerpo hace demasiado ruido.

Dios, el swami y su “zumo de la selva”. Todo se empezó a desmadrar después de eso; los recuerdos se le deshilachan.

Mierda. Está desnudo. Se lleva la mano a la entrepierna.

Pegajosa. Se huele la mano. ¡Dios santo!

En un estallido de luz desde la puerta, Topaz entra tambaleándose en la habitación, envuelta solo en una toalla; tiene el pelo revuelto, su cara está fragmentada por distintas emociones.

—Tú.

Martin no puede hablar, solo asiente.

—Hazme sitio —y se mete en la cama a su lado, boca abajo. La toalla se desliza. Ella también está desnuda, con la espalda arañada y llena de moratones.

—Por Dios —consigue decir Martin por fin.

—¿Tú y yo…? —pregunta Topaz.

—No me acuerdo. Creo que tuve sexo con alguien, pero todo es un agujero negro. No recuerdo nada.

—Tú también, entonces —susurra ella con voz ronca, casi inaudible.

Martin trata de ponerse de pie, pero vuelve a marearse; reprime una arcada.

—Ve y vomita. Sácalo todo. Si es que queda algo. Bebe agua, toda la que puedas.

—¿Me prestas la toalla?

—Joder… —responde ella, pero rueda hacia un lado para liberarla.

Martin ve marcas de succión en el cuello de Topaz; se toca el suyo y nota algo allí. Ojalá sea una picadura de mosquito. Se lleva la mano a la mejilla, al pómulo, donde Harry lo golpeó. En comparación con el resto del cuerpo, casi no le duele.

—¿Estás bien? —le pregunta.

Sus palabras traen lágrimas a los ojos de Topaz, que niega con la cabeza, sin poder hablar.

Martin le recorre el cuerpo desnudo con la mirada; no siente deseo ni fascinación por sus pechos, solo horror al ver los moratones que tiene en los muslos.

¿Se los habrá causado él? ¿Habrá sido capaz de eso? No, no puede ser.

Se pone de pie, se tambalea, se cubre torpemente los genitales con la toalla.

Llega hasta la puerta, pero la luz del sol desata todo el estruendo de la orquesta interior, retumban los timbales; desciende dando tropezones, justo alcanza a salir antes de vomitar.

La toalla queda a un lado; ni un hilo de ropa ni una fibra de dignidad.

Vomita una y otra vez, mucho después de haber vaciado el estómago, cuando ya no queda nada que expulsar; sigue teniendo arcadas, hasta que le quema la garganta por el ácido y siente calambres en el estómago.

Por fin, se pone de pie. Topaz está en la puerta de la cabaña.

—Toma —y le lanza una botella de plástico con agua.

Martin se inclina para recogerla; la sangre le sube a la cabeza y el dolor aumenta, la orquesta interior redobla su caótico estribillo.

Se enjuaga la boca, hace gárgaras, escupe el agua y luego intenta tragar unos sorbos.

Es una delicia sentir el agua en la garganta, aunque su estómago sigue en plena rebelión.

—Alguien te dio una buena paliza —dice Topaz—. Espero no haber sido yo.

—¿A qué te refieres?

—Tienes el culo en carne viva.

Martin se queda mirándola, atónito. Se lleva una mano atrás, con cautela.

Ella tiene razón, le duelen las nalgas al tacto, como si lo hubieran golpeado.

Una idea atroz le cruza la mente: se pasa la mano entre las piernas, se palpa el ano y siente alivio al comprobar que no siente dolor ni tiene sangre en los dedos. No sucedió…, pero podría haber pasado.

—Ahora entiendes cómo nos sentimos nosotras —dice Topaz, que lo mira con desdén.

—¿Qué mierda nos dieron?

—Pensé que era éxtasis. Eso fue lo que dijeron los demás.

—A mí no me lo dijeron.

—Nadie te obligó a tomar nada.

—Tampoco a ti.

Se miran unos segundos, pero Martin no tiene fuerzas para discutir.

—Entonces, ¿qué era? —pregunta por fin.

Topaz niega con la cabeza.

—Ni puta idea. Éxtasis, seguro. Y esa otra mierda, rofis.

—¿Rohypnol? —La droga de las violaciones. Conocida por reducir las inhibiciones, famosa por borrar los recuerdos. Es probable que Topaz tenga razón—. ¿La habías tomado antes? —pregunta.

—Sí.

—¿Y?

—Y bueno…, sí. La misma pérdida de memoria.

—Mierda —maldice Martin. De pronto, como si la conciencia regresara por etapas, se da cuenta de que sigue completamente desnudo. Recoge la toalla del suelo y se la anuda alrededor de la cintura.

—Me preguntaba cuándo te acordarías de ese detalle —observa Topaz, con una sonrisita.

—¿Y ahora qué? —pregunta Martin.

—¿Puedes conducir?

Él parpadea ante la idea de regresar al mundo.

—Todavía no. —Toma otro sorbo de agua—. Pero pronto, si hace falta. ¿Por qué?

—Deberíamos ir al hospital.

—¿Quieres ver a Royce?

—Sí —responde ella, y parpadea para contener una lágrima—. Y también, quiero tomar todos los antibióticos y antivirales que existan. Tú también deberías hacerlo.

Martin mira hacia la playa. Hay algunas personas, pero reina el silencio en la mañana: los canguros pastan, las aves callan, solo el metrónomo de las olas marca el compás. Tanto paraíso… para esto.

No parten hasta dos horas más tarde. La primera la pasan tumbados en la cama, bebiendo agua, dormitando, emergiendo poco a poco de la nebulosa.

Topaz tiene analgésicos: ibuprofeno, paracetamol, codeína, aspirina.

Martin traga dos de cada uno, y siente alivio al ver que no los vomita.

La segunda hora se les va buscando su ropa, que está esparcida por la playa cerca de los restos de la fogata.

Su cartera, con tarjetas y dinero intactos, aparece milagrosamente en el bolsillo del pantalón.

Comen tostadas y plátanos, beben leche en la cocina común, y la normalidad empieza a volver.

—Me siento como la mierda —anuncia Martin en voz alta a las tres o cuatro personas presentes.