CAPÍTULO 18 #4
—Enseguida estoy contigo. Necesito ir a buscar a alguien.
—Lo que quieras —responde Jota—. Pero no tardes. Quiero darme un baño antes de que anochezca del todo.
Pero es demasiado tarde; Topaz ha perdido interés. Martin no puede convencerla de abandonar la pista de baile, donde cada vez está más enredada, no solo con la joven polinesia, sino también con Garth McGrath, que no para de manosear a ambas, con ojos brillantes de lujuria.
Martin se rinde y va solo a la oficina; se siente algo mareado. En la penumbra, calcula mal la distancia hasta uno de los escalones, tropieza, está a punto de caer. Dentro, la oficina huele a velas apagadas, incienso y olores humanos. Jota está apoyada contra su escritorio, bebiendo.
—¿Una cerveza? —le ofrece—. Está más fría que las de allí abajo.
—Gracias —responde Martin y acepta una botella—. ¿Puedo hacer la llamada?
—Sí. No es internacional, ¿no?
—No. Local. Solo necesito el número.
Jota le entrega su teléfono. Martin busca el número de Montifore y llama.
—¿Hola? —responde una voz?
—Habla Martin Scarsden.
—Martin.
—Un momento —dice Martin y se vuelve hacia Jota, que está guardando su teléfono en el cajón del escritorio—. Cierro la puerta con llave cuando termine, si quieres.
Jota echa una mirada rápida a la oficina. Queda claro que no confía en él.
—De acuerdo. Cierra con fuerza al salir. —Señala hacia un rincón del techo—. Hay una cámara de seguridad. Está grabando.
Martin asiente y pone su atención en el teléfono.
—Morris, ¿sigue ahí?
—Aquí estoy.
—Encontré a la testigo. Creo que hablará con usted. ¿Puede garantizarle que no la van a arrestar?
—¿Por qué?
—Por fraude de visas.
—¿Ha entregado algún papel?
—No. Tiene el formulario firmado y listo para presentar, pero no lo ha hecho.
—En ese caso, puedo asegurarle que no la van a imputar, siempre y cuando no entregue la documentación. Pero necesito verla.
—Entiendo. Voy a tratar de convencerla de que hable primero por teléfono con usted de manera anónima. ¿Le parece bien?
—¿De manera anónima?
—Como primer paso. Para que usted pueda convencerla de declarar formalmente y entregar la documentación.
—De acuerdo; si eso falla, tráeme el formulario.
Martin se pregunta si el policía le está pidiendo que lo robe; decide ignorarlo.
—Lo volveré a llamar.
Alrededor del fuego, la fiesta ha subido otro nivel: la música suena más fuerte, las llamas llegan más alto.
Han bajado más asistentes desde sus tiendas de campaña.
Debe de haber unas veinticinco personas, la mayoría mochileros, junto con algunas parejas algo mayores, de treinta y tantos.
La misma pareja de adolescentes que Martin recuerda haber visto en la playa bailan pegados, como si intentaran fundirse el uno con el otro.
Se siente aliviado al notar que no es el más viejo: hay un grupo de hippies de cincuenta o sesenta años, balanceándose al ritmo de la música, observando a los bailarines y pasándose un porro enorme.
El olor a marihuana se mezcla con el aire de mar, la música y el sonido de las risas y de las conversaciones.
La gente está entregada al momento, libre de preocupaciones y de inhibiciones.
Martin lo percibe, lo oye y se pregunta si alguna vez sería capaz de relajarse hasta sentirse así de libre.
De pronto, aparece Topaz a su lado y lo arrastra a bailar con ella. Se contonea muy cerca. Martin está a punto de apartarse, de retirarse, cuando ve que Garth McGrath lo mira con ojos ardientes de furia. No puede evitarlo: empieza a bailar.
El esfuerzo lo deja acalorado y sudoroso en la noche serena. Bebe más cerveza y algo de ponche. Está agotado. Eufórico.
El gurú está sentado con las piernas cruzadas, como un loto; tiene una enorme sonrisa, y su vientre desnudo brilla a la luz del fuego.
Frente a él, una chica rubia y bonita imita la postura.
Extiende las manos, con las palmas hacia arriba, y el swami traza con suavidad dibujos sobre ellas con la yema de los dedos medio e índice.
Luego, se inclina, toca su frente. Ella abre los ojos, radiante.
Junto a él, hay una botella grande de Coca-Cola.
El gurú sirve un poco en un vaso de plástico y se lo entrega.
Ella sonríe, agradecida, y se levanta con el vaso en la mano.
Una hippy mayor, de pechos colgantes, ocupa su lugar.
—¿Qué es eso? —pregunta Martin a Topaz.
—¿Eh? ¿Qué?
—Eso que está repartiendo el swami —dice Martin, riendo—. Vayamos a probar.
—Ni loca —responde Topaz.
—Tú te lo pierdes.
Martin mira al gurú a los ojos. Son como pozos profundos, insondables. Cierra los suyos y siente como si lo envolviera una ola, como si una marea lo arrastrara con ella.
Después, él y Topaz vuelven a bailar, junto con la joven rubia, los viejos hippies , McGrath, la chica polinesia y los adolescentes enamorados.
Más tarde, recuerda nadar bajo estrellas tan brillantes que hacen daño a la vista, estrellas tan vivas que danzan al compás de la música.
Y el sabor de un beso, dulce y traicionero.