Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 18 #3
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CAPÍTULO 18 #3

—Si hablas con la policía, no pueden acusarte de nada, aun si lo desearan. Lo único que tienes que decir es que te arrepentiste y decidiste no hacerlo. Quedarías libre de culpa y cargo. Nadie te va a arrestar, ni imputar ni deportar. Todo lo contrario; te estarán agradecidos por tu ayuda.

—Y me quedo sin visa.

—Es cierto. Pero si presentas el formulario y tratas de conseguir una extensión de la visa después de pasar menos de una semana en Port Silver, ¿qué crees que sucederá?

—¿Me estás amenazando?

—No. Te estoy ayudando. No puedes usar ese formulario. Ya no. Menos si la policía sabe lo que pasa. Pero si se lo entregas, tendrán las pruebas que necesitan.

—Ya te lo he dicho, no voy a testificar.

—No tendrás que hacerlo. Si hablas con la policía, si ven ese formulario, tendrán pruebas suficientes para pedir órdenes de registro, desenterrar viejos expedientes, buscar casos en los que se concedieron extensiones de visas con documentos fraudulentos.

Tal vez ni les interesen las personas que las tramitaron; irán tras St. Clair, Harry Drake y los granjeros.

Te encantaría que Drake recibiera su merecido después de lo que le hizo a Royce, ¿no?

Topaz se queda mirándolo mientras piensa. Ya no coquetea, su faceta de despreocupación ha desaparecido por el momento.

—Hablaré con ellos. Si quieren el formulario, se lo entregaré, pero no me presentaré ante un tribunal. Esa es mi condición. Quiero permanecer en el anonimato y exijo inmunidad.

—Está bien. Llamémoslos. Solo ellos pueden darte esas certezas.

Se dirigen juntos a la oficina; Martin tiene la esperanza de que esté Jota y el teléfono fijo se encuentre desocupado.

Desde la ventana de la oficina, brota una luz tenue. Martin está a punto de abrir la puerta cuando Topaz lo sujeta del brazo.

—¡Escucha! —susurra.

Martin se detiene, contiene la respiración, escucha: el rumor de las olas, la música y las risas lejanas y, más cerca, gemidos.

La adrenalina lo sacude, disipando el efecto del porro: hay alguien dentro de la oficina y está sufriendo.

Alarga el brazo hacia el picaporte de la puerta, pero Topaz vuelve a sujetárselo y lo detiene.

Se vuelve hacia ella, que sonríe, niega con la cabeza.

Retira su mano y la combina con la otra en un gesto grosero: un dedo que entra y sale de un círculo. De pronto, Martin lo entiende.

Topaz se acerca a una ventana, pega el rostro al cristal; luego, se vuelve hacia Martin con los ojos muy abiertos y una enorme sonrisa.

—¡Mira esto! —susurra.

Tal vez sea el porro, o su curiosidad natural, pero Martin no resiste la invitación al voyerismo. Presiona la cara contra la ventana y levanta las manos para protegerse del resplandor del ocaso.

La pareja está en el suelo, delante del escritorio, sobre el cual arden velas.

Ve un par de pies, morenos y rechonchos: un hombre tendido de espaldas; no puede verle la cara porque la mujer lo está cabalgando con entusiasmo, de espaldas a la ventana.

Su piel blanca brilla a la luz de las velas.

Dos cicatrices en forma de diamante se mueven en su espalda, como si cobraran vida, mientras ella se retuerce sobre su amante.

—¡Jota! —susurra Martin.

—¡Y el gurú! —responde Topaz, riendo—. ¡Por Dios, parece una cama elástica!

Pero Martin no responde. Está hipnotizado. Las dos cicatrices, vestigios del cáncer de piel, danzan bajo la luz titilante y más abajo, curvándose sobre una nalga, hay una media luna irregular que brilla en tonos de rojo violáceo.

—¿Qué es eso que tiene en el culo? —pregunta.

—Marca de azotes —responde Topaz con un tono de asombro en la voz—. ¡Guau, están dándolo todo!

Martin echa una última mirada. Topaz no se equivoca: Jota tiene los brazos en alto, la espalda arqueada, sus gemidos son cada vez más fuertes y vehementes. Ha visto suficiente, y aparta la vista.

En la playa, el sol se ha puesto; han encendido la fogata, y las llamas resplandecen en lo que queda de luz.

Un altavoz portátil reproduce una versión moderna de música folk.

Martin quiere convencer a Topaz de que hable con Montifore esa misma noche, antes de que se arrepienta.

Ella ya rechazó su invitación de subir por Ridge Road hasta una zona con cobertura.

Así que el teléfono de la oficina es la única opción; tendrá que esperar a que Jota y el gurú reaparezcan para pedirle usarlo.

Mira a Topaz, que está al otro lado del fuego.

Tiene un brazo alrededor del cuello de una bella joven polinesia, vestida con una camiseta corta y una minifalda vaquera.

La chica se ríe sin parar; es evidente que está drogada.

Le ofrecen a Martin otro porro; da una calada larga y lo pasa. Se quita los zapatos y los calcetines.

Poco a poco, más gente se une al grupo, y la música sube de ritmo; ya no es acústica.

Acepta un vaso de zumo de naranja y se da cuenta de que tiene alcohol.

Vodka. Se lo termina; el dulzor le resulta empalagoso.

Hay cerveza. Un chico le pregunta si quiere participar en el fondo común: veinte dólares, barra libre de bebidas.

Y porros. Martin solo quiere una cerveza, pero igual entrega el dinero; paga el precio para pertenecer, para poder quedarse, esperar a Jota y al gurú, y seguir insistiendo con Topaz.

Ella se ha puesto a bailar con la joven polinesia; sus caderas se rozan.

Otros también bailan, algunos solo observan.

Llega Garth McGrath, la estrella de telenovelas; se toma una cerveza, sin apartar los ojos de Topaz.

Martin teme tener que ponerse a conversar con el imbécil libidinoso para evitar que intente acercársele; quiere mantenerlo a raya hasta que regresen Jota y el swami .

Y entonces aparecen el gurú y la surfista. El guía espiritual ostenta una expresión de divina serenidad; a Jota se la ve satisfecha. Ve a Martin; lo mira a los ojos. Rodea la fogata para acercársele.

—No imaginé que te vería aquí —dice, con una nota interrogante en la voz.

—Estoy descubriendo mi hippy interior —responde él, y se ríe de su propia broma, pero se contiene enseguida. La mezcla de alcohol y marihuana debe de ser más potente de lo que creyó.

Jota mueve la cabeza con incredulidad.

—Dame el teléfono, entonces. Y cualquier cámara que tengas encima.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Ay, querido, no eres el primero. Una noche tuve a la mitad de los miembros de la prensa bailando alrededor de la fogata.

—Jota, te juro que no he venido por eso.

—Claro que no. Pero para estar segura, lo dejo en la oficina. Lo recuperarás cuando te marches.

Martin asiente, ve la oportunidad.

—De acuerdo. Pero mientras estás allí, ¿puedo usar tu teléfono fijo?

Ella se encoge de hombros.

—No hay problema. ¿Vas a decirle a tu novia dónde estás?

—No, no exactamente.

—Pues hazlo entonces —se ríe Jota—. Dile que venga si quieres. Lo pasó bien la última vez. Tal vez le venga bien para relajarse un poco.

Martin parpadea. ¿Mandy? ¿La última vez?

—El teléfono —insiste Jota, con la mano extendida.

Martin se lo entrega.