CAPÍTULO 18 #2
St. Clair baja los escalones, mira las flores inservibles y las arroja sobre el capó del Range Rover; después hace lo mismo con la caja envuelta. Se acerca a Martin.
—Mira, fue un error sin mala intención.
Martin se encoge de hombros.
—No es a mí a quien tienes que convencer.
—No tengo que convencer a nadie —replica St. Clair, tenso—. No hacía falta que viniera. Solo quería disculparme.
Martin hace una evaluación rápida. St. Clair no sabe todavía que él está al tanto de la trama de visas a cambio de sexo. Bien. Pero a estas alturas, seguramente, sabe que Mandy es la nueva propietaria de la fábrica de quesos. Intenta hablar con sinceridad.
—Lo siento, Tyson. No puedo aceptar tu oferta de trabajo.
Los ojos de St. Clair centellean como dos gemas azules, pero no dice nada.
Martin insiste.
—Me quedo con el periodismo.
St. Clair entorna los ojos, su expresión se endurece: —¿Qué quieres?
—Dime por qué ordenaste la búsqueda en la fábrica de quesos —responde Martin—. ¿Por qué llamaste al Canal Diez? ¿Por qué ahora?
La expresión dura de Tyson St. Clair se distiende en una sonrisa de quien huele un negocio; el empresario detecta una oportunidad.
—De acuerdo, Martin, te lo contaré todo, pero quiero algo a cambio.
—Te escucho.
—Me das tu palabra de que el incidente con la joven Mandalay queda entre nosotros tres. Bajo ninguna circunstancia se publica algo al respecto en los periódicos ni en ningún librito sórdido de intrigas provincianas.
Martin frunce el ceño, como si meditara sobre el código de ética periodística.
Pero es puro teatro, por dentro se ríe. En algún momento, escribirá la historia, pero no se tratará de que St. Clair confundió a una mujer decente con una prostituta, sino de su participación en un fraude de visados y sexo coercitivo.
Así que cuando habla, su voz suena solemne, aunque no se está comprometiendo a nada.
—Te doy mi palabra. No escribiré sobre eso. No le conviene a Mandy.
St. Clair sonríe.
—Correcto. Me deja mal parado a mí, pero tampoco la favorece a ella. Donde hay humo, hay fuego. Eso es lo que pensará la gente.
Martin asiente, como si estuviera de acuerdo.
—Dime, ¿por qué crees que mataron a Ashton y está enterrado en la fábrica de quesos?
St. Clair se encoge de hombros, como para indicar que no dirá nada nuevo.
—Tenía muchos enemigos. Le debía dinero a una gran cantidad de gente. Circulaban rumores de que había tenido un final poco agradable, y el último sitio donde lo vieron con vida fue la planta. Vale la pena echar un vistazo.
—¿Ashton te debía dinero?
—¡Y tanto! Un hijo de puta. Y escucha esto: antes de que desapareciera, me llegó el rumor de que se había metido en problemas. Me ofreció venderme todo. Yo no imaginé que estuviera tan desesperado por dinero. Podría haberme quedado con la fábrica por unas monedas.
Martin frunce el ceño.
—Entonces, ¿por qué no se la compraste?
—Porque hace cinco o seis años eso era un agujero en el medio de la nada. Y si la compraba, corría el riesgo de que la agencia ambiental me obligara a pagar por acondicionar el lugar. Sin mencionar la horda de acreedores que me habrían perseguido. No, gracias.
—¿Y qué ha cambiado?
—Los franceses y Hummingbird Beach. Si logran declararlo oficialmente muerto, puedo localizar al propietario y comprársela.
—¿No sabes quién es el posible dueño?
St. Clair suelta una risita despectiva, mira con tristeza las flores y el paquete.
—Por supuesto que lo sé.
—¿Les estás pagando a los del Canal Diez para que busquen en la fábrica?
—No. Se alojan gratis en una de mis propiedades.
—¿Han encontrado algo?
St. Clair lo evalúa con la mirada.
—He jurado guardar el secreto. Pero extraoficialmente, Thunkleton dice que hay avances.
—¿Qué significa eso?
—Tendrás que preguntárselo a él. ¿Trato hecho, entonces?
Martin le está estrechando la mano cuando Mandy sale de la cabaña. Lleva a Liam en brazos y se la ve furiosa. Al verlos, se vuelve y regresa adentro.
Cuando St. Clair se ha marchado en el Range Rover rumbo a su hábitat en Nobb Hill, Martin va tras Mandy para explicárselo, temiendo lo peor. Pero la encuentra sonriendo.
—No tiene idea de que sabemos lo de las visas, ¿verdad?
—No, no lo creo. Pero sí ha deducido que eres la posible dueña de la fábrica, o que pronto lo serás.
Ella niega con la cabeza.
—Qué imbécil. ¿Me trata así y después piensa que con flores y un regalito lo arregla todo? —Se acerca a Martin, lo toma del brazo—. Espero que escribas algo bien gordo. Un artículo que lo destape todo.
—A su debido tiempo.
Mandy sonríe otra vez. Y él también. Tal vez, estén avanzando. Tal vez. Pero es una sensación efímera. Tiene que ir a Hummingbird Beach y convencer a Topaz de que lo ayude. Antes, sin embargo, mientras aún tiene cobertura, llama a Morris Montifore. Esta vez el detective contesta enseguida.
—¿Martin? ¿Cómo te ha ido con tu fuente?
—Todavía no la he visto. Pero antes necesito verificar algo con usted.
No es lo que Montifore quiere escuchar; su respuesta es seca.
—Te escucho.
—¿Sabía que el Canal Diez está buscando un cadáver en la vieja fábrica de quesos de Dunes Road?
—Estoy al tanto, sí. ¿Qué pasa con eso?
—Acabo de cruzarme con Tyson St. Clair. Dice que el equipo de televisión ha hecho avances.
—¿Avances? ¿Qué significa eso?
—No lo sé. Por eso se lo cuento. Tal vez pueda averiguarlo. —Montifore no responde, así que Martin insiste—: Si Jasper descubrió quién mató a Ashton, el asesino podría haberlo matado a él para que no hablara.
—Deberías ser policía.
—¿Ha hablado con St. Clair?
—Por supuesto.
—Podría habérmelo contado.
—¿Contarte qué? ¿Un rumor sobre un caso cerrado?
—¿St. Clair dijo algo más? ¿Sabe quién mató a Ashton?
Aparece una nota de ira en la voz del policía.
—¿Crees que si yo lo supiera estaría aquí sentado rascándome? —Hace una pausa breve—. Martin, ve a hablar con tu fuente. Necesitamos que colabore y que quede constancia. —Montifore cuelga.
Tiene razón el detective: la prioridad de Martin debe ser convencer a Topaz de que hable con él.
Se despide de Mandy y se pone en marcha.
En Dunes Road, intenta pensar cómo logrará persuadir a la estadounidense, pero el ruido del Corolla, su rugido áspero, rebota en el aire y se le cuela en la mente por las ventanillas, despertando recuerdos.
Jasper y su Mazda tuneado. La Bestia. Rugiendo por Dunes Road, sin respetar el límite de velocidad; Jasper y Martin en el asiento delantero, Scotty detrás; sacan los brazos por las ventanillas, chillan, jubilosos.
Es un regalo de graduación que le ha hecho Denise o tal vez es un soborno para que no siga a sus amigos a Sídney.
El coche es viejo, pero está recién pintado: amarillo brillante con franjas negras de carrera, la parte delantera baja, la trasera levantada; un mejunje burbujeante y rugiente de cromo y hormonas.
Un imán para atraer chicas, según Jasper.
Se lo regalan un mes antes de que Martin se marche de Port Silver, pero en ese mes ellos tres lo hacen todo: dar vueltas interminables por The Boulevarde, subir contra reloj por el escarpe, desafiar el récord de velocidad de un vehículo en Dunes Road después de medianoche.
Y en tres ocasiones, tienen que vérselas con Clyde Mackie, que los detiene a un lado del camino.
Martin sonríe. La Bestia. No todos los recuerdos son tristes. Y entonces, pasa junto a la cruz de su familia, solitaria junto al camino, y volviendo abruptamente al presente se convence de que la mayoría de los recuerdos no son agradables.
Encuentra a Topaz en la playa con un pequeño grupo de admiradores, sentados alrededor de una fogata sin encender, compartiendo un porro.
Algunos de los mochileros más trabajadores traen leña desde el bosque preparando la velada.
Los últimos rayos dorados de sol se abren paso entre los árboles; el viento se ha calmado, las olas marcan el ritmo del atardecer como los latidos de un corazón.
—Hola, Topaz. ¿Puedo hablar contigo?
—Sí, claro —responde, y lo desafía pasándole el porro—. Aquí somos todos amigos.
Martin le da una calada sin entusiasmo. Ya bastante bicho raro se siente, con zapatos en la arena, cuarenta y un años y ropa de calle; no es necesario que se comporte como tal. Le pasa el porro al joven que tiene más cerca.
—En serio. Es importante.
Ella sonríe, se aparta del círculo, moviendo las caderas para deleite de los ojos que sabe que la siguen. Sube hasta donde comienza la hierba encima de la playa; cuando se vuelve hacia él, sus ojos brillan con los últimos destellos de sol.
—¿Qué pasa? —pregunta.
—La policía. Necesitan hablar contigo.
Frunce el ceño.
—Dijiste que no les darías mi nombre.
—Y no lo he hecho. Por eso estoy aquí. Pero no saben si estoy diciendo la verdad. Al venir de mí, es solo algo que me dijo alguien; no tiene valor legal.
—¿Y tu novia? ¿A ella no le creen?
—No. Se fue dando un portazo de casa de St. Clair cuando le dijo que se desnudara. No mencionó nada de visas.
Topaz niega con la cabeza.
—No. No puedo. No lo voy a hacer.
—Por favor. Alguien mató a mi mejor amigo. ¿Lo entiendes? Sin tu ayuda, el asesino podría seguir libre, volver a matar. Existe la posibilidad de que mi novia, que es inocente, vaya a la cárcel. ¿Eso es lo que quieres?
—Dices todo eso, pero no tienes certeza de que sea así. Y si la policía se entera de que participé de un fraude por una visa, me arrestarán, me deportarán. No voy a correr ese riesgo, menos con Royce inmovilizado en el hospital.
—¿Entonces, ya la has solicitado? —pregunta Martin.
—¿El qué? ¿La extensión de la visa?
—Sí.
Ella frunce el ceño, como si hablaran de cosas diferentes.
—No, todavía no. Lo haré cuando vuelva a Sídney.
—¿O sea que todavía tienes los documentos, el formulario, la carta o lo que sea?
—Sí.
—Entonces no has hecho nada malo, nada ilegal. Si no has presentado la solicitud, no has infringido ninguna ley.
Topaz no parece convencida.
—¿Qué quieres decir?