CAPÍTULO 18
Martin conduce por The Boulevarde; el escape dañado emite un rugido sordo que rebota contra las fachadas de los locales y vuelve a entrar por la ventanilla abierta.
Quiere volver a Hummingbird Beach y convencer a Topaz de que hable con Montifore.
Pero antes necesita cerciorarse de que Mandy se ha recuperado del episodio con St. Clair.
Ella ya se ha marchado del bufete de Drake; ha ido a recoger a Liam a la guardería y lo ha llevado al camping.
Martin la esperará allí y después irá a Hummingbird Beach.
Cruza el puente; el Argyle fluye, perezoso, debajo de él.
Cuando reduce la velocidad para girar a la izquierda hacia el camping, los espejos se llenan de luces azules y rojas.
La policía. Mierda. Justo lo que le faltaba.
Enciende las luces de emergencia, sale de la carretera hacia la entrada del camping, de la cual todavía cuelga el delfín por el morro, a punto de caer.
Apaga el motor y se queda quieto, aguardando a que el agente se acerque.
Cree que eso es lo que se espera hoy en día: quedarse dentro, nada de salir del coche e ir a su encuentro como cuando era niño.
Cosa de los estadounidenses, piensa: miedo a las armas.
Corresponde quedarse sentado con las manos sobre el volante.
Ve movimiento en el espejo retrovisor, y el corazón le da un vuelco. Es Johnson Pear quien se acerca con las manos metidas en el cinturón y el arma bien a la vista. Martin apoya las manos en el volante para que pueda verlas. Mierda. Respira hondo y adopta una expresión neutra.
—Vaya, vaya. Qué sorpresa. El célebre periodista en persona —dice Pear con una sonrisa que chorrea veneno como un buque petrolero liberiano. Se inclina y apoya las manos en el marco de la ventanilla. Martin lo mira a los ojos y sonríe.
—Buenas tardes, agente.
—Licencia y documentos del coche.
Martin sabe que Pear ya habrá verificado la matrícula en el ordenador del coche patrulla, pero no piensa discutir. Mantiene las manos sobre el volante.
—Tengo la licencia en la cartera, en el bolsillo. Los papeles están en la guantera.
La sonrisa de Pear se ensancha.
—Perfecto. Sáquelos. —Retira las manos de la puerta, se endereza y las engancha de nuevo en el cinturón, cerca del arma.
Martin no tiene opción: debe obedecer. Despacio, baja la mano izquierda, arquea la espalda, saca la cartera del bolsillo delantero izquierdo del pantalón.
No deja de observar a Pear, ve su mueca de matón, el movimiento casual de la mano sobre la culata de la pistola.
Martin levanta la cartera a la vista, cerca del volante, la abre con ambas manos y saca el carnet.
Se lo entrega a Pear, que le echa un vistazo superficial antes de devolvérselo.
—Los papeles.
Martin guarda el carnet, deja la billetera sobre el salpicadero y se inclina hacia la guantera. Está a punto de sacar los documentos cuando Pear habla con voz baja y hostil.
—¡Alto! Las manos donde pueda verlas.
Martin obedece y, al volverse, se encoge de manera instintiva. Pear tiene la pistola en la mano y le apunta directamente; el cañón es un agujero negro que absorbe su atención y provoca miedo como radiación. La escena dura unos segundos, y una eternidad.
—Me he equivocado —dice Pear—. Me pareció ver algo. —Sonríe, levanta una ceja—. Hagamos una cosa: olvídese de los papeles. —Guarda el arma en la funda, pero no ha terminado—. Encienda el motor.
Martin lo enciende.
—Acelérelo.
Martin obedece.
Pear asiente con fingida solemnidad.
—El escape está hecho una mierda. ¿Lo sabía?
—Fue esta mañana —responde Martin, y se muerde la lengua al comprender el juego de Pear; sabe que nada de lo que diga servirá de ayuda.
—Ah, ¿sí? —dice Pear, levantando la otra ceja.
Rodea el coche, dirigiéndose primero a la parte posterior; Martin lo sigue por los espejos, con las manos otra vez sobre el volante.
Pear pasa junto al maletero, sigue por el otro lado y se detiene frente a la parrilla.
Le sonríe a Martin y le hace un gesto para indicarle que apague el motor. Martin obedece.
—Venga a ver esto —le ordena. Martin sale del coche, consciente de lo que le espera.
—El intermitente izquierdo está roto, ¿lo sabía?
Martin asiente.
—También fue esta mañana.
—Un día difícil —dice Pear—. Bien, puede volver al coche. —Y añade—: Las manos donde pueda verlas.
Martin vuelve al asiento del conductor. Pear se toma su tiempo, camina hasta el coche patrulla, exagerando cada paso, y regresa con un aparato que parece una terminal de pago electrónico.
Meticuloso, casi entretenido, empieza a teclear con un lápiz óptico.
Martin intenta mantenerse impasible mientras espera, preguntándose cuántas infracciones piensa cargarle.
Las que se le antojen, imagina. El policía no tiene prisa: marca ítems de la lista como si fuera el menú del desayuno de un hotel y la cuenta la pagara la empresa.
Pasa una furgoneta sin silenciador, haciendo un estruendo infernal; el tubo de escape lanza humo negro.
Pear la observa alejarse y sonríe a Martin.
En ese momento, un Range Rover negro que viene desde el pueblo reduce la velocidad, gira frente a ellos y entra en el camping.
Las ventanillas tintadas ocultan el interior.
Martin siente una oleada de adrenalina. Ese coche no encaja con el camping.
Casi demasiado tarde, se fija en la matrícula: solo tres letras, TSC.
Mierda. No necesita más. Su imaginación completa lo que sus ojos no alcanzaron a ver: Tyson St. Clair, Harry y el matón de la fábrica de quesos, con intenciones nada buenas.
Quiere arrancar y entrar de inmediato, antes de que Mandy y Liam regresen, pero sabe que no puede hacerlo.
Si intenta irse, Pear lo arrestará al instante.
Si usa el teléfono, podría dispararle y aducir que creyó que buscaba un arma.
Así que se queda quieto, lleno de impotencia, a merced de Pear, consciente de que cualquier intento de meterle prisa solo logrará el efecto contrario.
Cierra los ojos y se obliga a respirar con calma.
Pero entonces, ve movimiento en el espejo lateral: se aproxima otro vehículo. El miedo se vuelve realidad. Es el Subaru. Distingue el rostro de Mandy en el espejo. Ella reduce la velocidad, da el intermitente para entrar en el camping y se detiene junto a ellos, con el motor encendido.
—Siga —le ordena Pear.
Ella lo ignora, bendita sea.
—¿Estás bien? —le pregunta a Martin.
—Le he dicho que siga —repite Pear—, o la multo a usted también.
—Espérame junto a la recepción —le grita Martin.
Mandy frunce el ceño, sacude la cabeza, indicando que no lo ha escuchado. Se aleja y desaparece bajo el arco oxidado de la entrada, del cual cuelga el delfín como una espada de Damocles; a Martin se le revuelve el estómago de temor.
Pear se inclina de nuevo, apoyando las manos en el marco de la ventanilla.
—Le diré algo: ya que ahora ha vuelto a ser un lugareño, lo dejaré ir con una advertencia. Como gesto de bienvenida.
Si había algo de calidez de bienvenida en su tono, Martin no lo percibe. Pero quiere marcharse, seguir a Mandy; no va a descarrilar ahora.
—Gracias. Muy generoso de su parte.
Pero el policía aún no ha terminado. Se inclina más, hasta casi meter la cabeza por la ventanilla. Su aliento huele mal.
—Sabe lo que es una advertencia, ¿verdad? —pregunta, y espera a que Martin asienta—. Perfecto. Pues esta es una advertencia. La primera y última. —Se endereza, estira el cuello, lo mira con ojos duros como el acero—. Ahora desaparezca de mi vista, joder.
Martin obedece; arranca el motor del Corolla, enciende las luces, avanza a paso de tortuga por la entrada bajo el precario delfín.
Una vez dentro y ya fuera de la vista de Pear, acelera, sin prestar atención a la cantidad de carteles de límite de velocidad, impaciente por reunirse con Mandy.
Al llegar donde el camino se bifurca junto a la recepción, se ve obligado a frenar: la dueña cruza delante de él; su prótesis reluce al sol, como si la acabara de lustrar.
Se detiene en medio del camino y con ambas manos le hace señas para que reduzca la velocidad, antes de apartarse a un lado.
—Baja la velocidad, amigo. ¿No sabes leer? Aquí hay niños y ancianos por todas partes.
Martin quiere decir barbaridades, desahogar su furia con la mujer, pero se contiene.
—Tienes razón —responde—. Es un coche viejo.
La propietaria no se inmuta; a él no le importa. Sigue su camino hacia la cabaña.
Llega justo a tiempo para ver el final. Junto a la cabaña está aparcado el Range Rover, grande y lustroso.
Si alguna vez anduvo fuera del asfalto, no se nota.
Se detiene, baja del coche y echa a correr.
Y luego, frena en seco. De pie en los escalones de la cabaña está Tyson St. Clair.
No hay rastro de Harry ni del isleño intimidante.
St. Clair está armado solo con un ramo de flores y una caja envuelta para regalo; su expresión es de desconcierto.
Mandy está en la puerta, soltándole una bronca.
Martin alcanza a oír el final, dicho en voz baja, pero con vehemencia y pasión: “Vete a la mierda, viejo asqueroso, detestable y patético. Ojalá te mueras”.
Con eso, retrocede hacia el interior, le dedica a St. Clair una sonrisa devastadora y cierra la puerta.
Por un instante, St. Clair no se mueve; se queda allí, las flores en una mano, el paquete en la otra.
—¡Vaya, qué intercambio tan ameno! —exclama Martin, sin poder contener la picardía que burbujea en su interior; una sensación de alivio y triunfo ha reemplazado al temor y a la angustia.
St. Clair se vuelve hacia él.
—Solo quería explicarme, pedirle disculpas. Nada más.
Martin sonríe.
—Buena suerte.
—¿Te lo ha contado?
—¿Que creíste que se dedicaba a eso? Sí, claro que me lo contó.