Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 17 #3
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CAPÍTULO 17 #3

Ya es bastante difícil el camino conduciendo con las dos manos, pero al coronar la primera cuesta, afloja la velocidad, sujeta el volante solo con la derecha y levanta el móvil con la izquierda.

El mensaje de “sin cobertura” lo atormenta.

Ya casi ha llegado arriba, empieza a dudar de si tendrá cobertura; quizá lo del día anterior no fuera más que un capricho del clima, tal vez las nubes hicieran rebotar la señal…

y entonces, como por arte de magia, aparece una raya.

Frena en seco y la raya desaparece. Aún no ha alcanzado la cima; seguro funcionará mejor unos cientos de metros más arriba.

Y así es. Milagro de milagros: allí están.

Dos rayas. El teléfono vibra como si lo celebrara, y entran mensajes y correos electrónicos uno tras otro.

No presta atención a ninguno. Llama a Mandy y escucha con alivio su voz cuando atiende.

Está con Winifred en las oficinas de Drake, le dice.

Martin pide que lo ponga en altavoz y se da cuenta de que respira agitado, como si hubiera estado corriendo y no en el coche.

Intenta calmarse, toma aire y les cuenta lo que sabe. Nadie lo interrumpe.

Winifred espera a que termine antes de hablar.

—¿Vas a contarle todo esto a la policía?

—Es mi siguiente paso. Pero solo a Morris Montifore. No confío en los locales, y menos en Johnson Pear.

—Entiendo. ¿Y el nombre de la testigo, la chica?

—Le di mi palabra de que no revelaría su identidad.

—Bien. A Montifore no le va a gustar, pero esa es tu batalla, no la mía.

—¿Tienes su número?

—Te lo envío por mensaje de texto. No digas que te lo di yo. Lo adivinará, pero no es necesario confirmárselo.

—Gracias, Winifred. Ocúpate de que St. Clair no se entere de que hemos descubierto lo de las visas. Podría ser peligroso.

Winifred le envía el contacto, pero Morris Montifore no atiende el teléfono. Martin le deja un mensaje: “Morris, habla Martin Scarsden. He descubierto algo importante, un posible motivo para matar a Jasper Speight, en el que estarían involucrados Tyson St. Clair y Harrold Drake hijo. Llámeme”.

¿Y ahora qué? Ahora nada. Sigue sentado en el coche, con la respiración agitada y la adrenalina fluyéndole por el cuerpo.

Sale, revisa el coche. Tiene rayones en los costados, como siempre ha tenido, y también fango y polvo.

El intermitente delantero está roto; le falta un trozo de plástico naranja tras el golpe contra el tocón junto al camino, pero nada grave.

Vuelve a subir, despacio, buscando dónde dar la vuelta.

El motor suena más grave, más viril que antes; en algún punto, le ha abierto un agujero al tubo de escape.

Gira y regresa por donde ha venido. Todavía, tiene que volver al pueblo y ver a Montifore, pero la urgencia se ha disipado.

Repasa lo que ha descubierto, lo que podría convertirse en una gran historia: el vínculo cada vez más evidente entre la trama corrupta de las visas y el asesinato de Jasper.

Siente otra vez en las venas el calor del viejo instinto periodístico, la necesidad de meterse debajo de las apariencias y de llegar al fondo de las cosas.

St. Clair, el depredador, y Harry, su matón de confianza, probablemente protegidos por el policía corrupto Johnson Pear, matan a Jasper Speight para que no lo saque a la luz.

Pero el que lo saca a la luz es Martin Scarsden, periodista de investigación por excelencia.

Una historia potente. No tiene tantos cadáveres como la de Riversend, pero no está nada mal.

Otro baño de brillo para la reputación de Scarsden, otra bofetada para los cobardes que lo echaron del Herald.

Doug Thunkleton le pedirá perdón de rodillas, suplicará que le conceda una entrevista.

Martin se toca el ojo, aún hinchado y dolorido.

Se mira en el espejo retrovisor: la contusión tiene un color morado intenso, con los primeros toques de colores más desagradables.

Ha comenzado a sanar, pero muy despacio.

Tal vez, debería sacarse unas fotos: el que buscaba la verdad, golpeado por el secuaz del asesino.

Podría ser la imagen de contraportada de su próximo libro.

Conduce con cuidado cuesta abajo, pasa por una hondonada y sube otra vez, hasta llegar al punto donde el día anterior había logrado una raya de cobertura.

Justo antes de que el camino gire a la izquierda, llega a una pequeña meseta.

A la vera del camino, hay espacio para un par de coches.

Intrigado, aparca y apaga el motor. Cuando sale del coche, lo recibe la frescura de la selva; el viento no es más que una brisa que sopla al ras del suelo, aunque arriba hace susurrar la copa de los árboles.

El sitio para aparcar no es una casualidad: desde allí, parte un sendero que se interna en la vegetación.

Debe de seguir siendo parte de la propiedad de Jota, parte de la zona sin explotar, que nunca fue destinada a la granja lechera.

Quizá sea el sector que Jasper Speight estaba interesado en urbanizar.

Ya sin prisa, Martin decide echar un vistazo.

Camina con paso rápido por el sendero, que pronto se bifurca: la rama izquierda baja a Hummingbird Beach; él toma la derecha.

Tras un centenar de metros, empieza a oír el rumor del mar entre los árboles y siente el olor salino en la nariz.

Y de pronto, ya no hay árboles, el sendero recorre unos diez metros hacia una planicie de arenisca, una especie de balcón natural sobre el océano.

El promontorio no es tan alto como imaginaba, ni como el de Hartigan ni como el de Bede y Alexander, pero la vista es quizá más espectacular: la extensión de costa hacia el norte, las playas salvajes y el oleaje desatado de Treachery Bay.

Tierra adentro, divisa el inicio de esas playas, en la orilla norte del estuario de la marisma de Mackenzie.

No puede ver Hummingbird Beach, pero debe de encontrarse a unos trescientos metros de donde está, oculta detrás de un cabo.

Treinta metros más abajo, hay una plataforma rocosa a un par de metros del agua.

Ve pozas entre las rocas, canales por donde las olas van y vienen, y grandes bloques de acantilado que se han desprendido durante tormentas antiguas.

Y mientras Martin observa, aparece una figura de negro, con una tabla bajo el brazo, que dobla el cabo desde Hummingbird Beach.

Es Jota Hayes, enfundada en el traje de neopreno que la protege del sol y la abriga.

Piensa en llamarla, pero la deja pasar sin molestarla.

Ella no levanta la vista, no lo ve. Parece pensativa, o quizá solo tan habituada a ese paisaje que no necesita redescubrirlo.

Mientras Martin observa, ella camina hasta el borde de la plataforma rocosa.

Se ajusta la correa de plástico a la pierna y queda inmóvil, estudiando los ritmos del mar, esperando su momento.

De pronto se lanza con agilidad felina al oleaje.

Martin se queda hipnotizado por su destreza: Jota avanza con brazadas firmes por el mar encrespado; no le preocupan las rocas cercanas, está cómoda en su elemento.

En un instante, se sitúa junto al extremo del acantilado y, casi sin esperar, ya rema hacia delante, se pone de pie, surca la ola en dirección a donde está Martin.

Él contiene el aliento: la ve casi encima de las rocas, a punto de rozarlas, y en un segundo, cambia de dirección.

La ola empieza a romperse, alejándose del cabo, y ella se desliza con gracia sobre el mar, se oculta un segundo en el tubo de agua y vuelve a aparecer, cortando hacia la cresta para volver a descender; la tabla es dócil bajo sus pies, forma parte de ella.

La ola pierde fuerza al acercarse a la playa y al estuario; Jota emerge del agua, con la tabla que ya apunta hacia el océano, y con la agilidad de un gato se deja caer sobre ella y rema de inmediato mar adentro.

Solo entonces, ya cerca del punto donde espera las olas, levanta la vista y ve a Martin.

Lo saluda con la mano; él le responde. Su propio paraíso de surf privado: con razón no quiere vender.

Morris Montifore no parece alegrarse. Tiene los ojos sombríos, el rostro cansado.

Está sentado detrás de un escritorio en una oficina de planta abierta, alguna sala de reuniones convertida en cuartel improvisado para los detectives de Homicidios de Sídney.

Lo acompaña su segundo, Ivan Lucic, quien mira a Martin con expresión escéptica.

—Martin Scarsden, periodista —dice Montifore; su voz denota cansancio más que fastidio.

—Martin Scarsden, testigo. Martin Scarsden, fuente de información.

Montifore no se entusiasma.

—Lo que sea. Cuéntame lo que sabes. Pero si esto es algún truco para sonsacarme información, no estoy de humor. Lárgate ya.

—¿Puedo sentarme?

—Ay, por supuesto que puedes sentarte.

Martin se sienta y le cuenta lo que él y Mandy han descubierto sobre Tyson St. Clair, su afición por las mochileras jóvenes y el negocio de sexo a cambio de visas.

Lucic sonríe con malicia al oír las descripciones del comportamiento de St. Clair, pero Montifore se limita a escuchar con aire adusto, sin revelar nada.

De vez en cuando, para animar a Martin a continuar, asiente levemente y frunce el ceño, lo que acentúa los pliegues gemelos que suben desde los lados de la nariz hasta la frente.

Martin relata que ha hablado con una testigo que confirmó las predilecciones de St. Clair y que es posible conseguir visas a cambio de sexo.

Cuando termina, Montifore guarda silencio un buen rato y finalmente se vuelve hacia su asistente: —Ivan, voy a hablar a solas con el señor Scarsden. —Lucic asiente y se dispone a marcharse—. Ah, Ivan, ni una palabra a nadie por ahora. ¿De acuerdo?

—Por supuesto.