CAPÍTULO 17 #2
—Bien; es cierto que Harry vende drogas en el hostal, nada grave, pero el lugar también funciona como una especie de agencia de empleo.
Tienen un autobús, que seguro habrás visto por allí, y llevan a cualquiera que lo desee a los campos de cultivo, invernaderos y huertos para recoger fruta, lo que sea.
Los mochileros ganan algo de dinero y, si lo hacen durante tres meses, pueden conseguir una extensión de un año en la visa.
Es un buen negocio para el hostal si pueden retener a la gente tres meses.
Harry también consigue apartamentos. —Hace una pausa, traga saliva, piensa qué más decir.
Martin guarda silencio, consciente de que presionarla sería contraproducente—.
Pero hay un atajo; Harry me lo contó el mismo día que llegamos.
Algunos granjeros firman los papeles y te consiguen la visa si te acuestas con ellos un par de veces.
Es una opción bastante elegida. Todas las chicas lo saben.
Es un secreto a voces. Nadie sale perjudicado.
—¿Y Tyson St. Clair?
—Solo una vez. Solo quiere a cada chica una vez. Es el atajo más corto de todos.
—Y solo a las más bonitas.
Ella le lanza una sonrisa amarga.
—Sí, algo así. Harry se las selecciona, las envía allí, les dice lo que se espera de ellas.
—Todo un honor.
Topaz lo fulmina con la mirada.
—No seas imbécil. No estoy orgullosa de ello.
—Perdón. ¿Puedes contarme qué pasó?
—¿Vas a escribir una historia? ¿Vas a contar lo que hace?
—¿Quieres que lo haga?
Ella lo piensa.
—No lo sé. Quizá. Pero no puedes usar mi nombre. Aunque te demande, no puedes revelar mi nombre, ni siquiera en el tribunal. No voy a testificar.
Martin se sorprende ante su conocimiento sobre difamación y juicios.
—Hace veinte años que soy periodista. Sé cómo proteger una fuente. Cuéntame.
—Me hizo subir a su despacho. No hubo conversación.
Harry me había dicho qué hacer: desnudarme.
Ya estaba desnuda cuando llegó el viejo.
Subió, me hizo girarme para inspeccionarme.
Estaba casi babeando, ¡un viejo verde asqueroso!
Me dijo que me inclinara sobre el escritorio, junto a una maqueta de Port Silver.
Así que obedecí y quedé mirando por la ventana hacia el pueblo; era mucho mejor que mirarlo a él.
Después, me folló por detrás. —Suelta una risita frágil—.
Y escucha esto: no dejaba de hablar, de presumir de que era el dueño del pueblo, mientras me follaba.
“Yo lo construí y yo les voy a hacer ver a esos hijos de puta”, todas idioteces así, mientras la maqueta del pueblo temblaba como si hubiera un terremoto.
Y ni siquiera parecía disfrutar. En cuanto terminó, me dijo que me vistiera y que me largara.
—Todo un caballero.
—Todo un imbécil.
—¿Pero conseguiste la visa?
—Sí, conseguí los papeles.
—¿Y Royce? ¿Qué pasó con él?
—No le hizo mucha gracia. La culpa es mía por contárselo. Así que decidió sacar tajada. Amenazó a Harry, dijo que iba a destapar su próspero negocio de sexo por visados y le exigió una comisión. Resultó genial su idea, ¿no?
—¿Por eso Harry le dio una paliza?
—Exacto. Royce le dijo que conocía a un periodista y que, si no le pagaban, todo iba a salir en el periódico.
—¿Conocía a un periodista? No le habrá dicho mi nombre, ¿verdad?
—¿Por qué crees que Harry te atacó en la playa?
—Su puta madre.
Se quedan en silencio, mirando cómo se alinean las olas antes de romper en la orilla.
—Ahí viene el gran hombre —observa Topaz.
—¿Cómo dices?
—Allí. —Mueve la cabeza hacia atrás de donde está Martin. Él se vuelve y ve al swami caminando por la playa con un pequeño grupo de seguidores.
—Míralo —dice Topaz con sorna—. El profeta y sus discípulos.
—¿Entonces no eres una conversa?
—Ni de broma. Debería estar deambulando por el Punjab con su cuenco de limosnas, no desplumando australianos. —Y añade, con el desprecio de los que siempre serán delgados—: Mira lo gordo que está, por Dios.
Observan cómo el gurú guía a sus seguidores hasta la rompiente; se detienen cuando el agua les llega a las rodillas. Se arrodillan y él los sumerge, sujetándoles la cabeza.
Martin suelta una carcajada.
—Se parece más a un bautismo que a un ritual hindú. Esto no es precisamente el Ganges.
Pero Topaz no responde. Cuando él se vuelve, la ve observando al swami y a sus seguidores con desdén.
—¿Estás bien? —pregunta Martin.
—¡Qué basura de tipo! Al menos St. Clair te consigue una visa.
El falso bautismo termina y el grupo regresa, pasa junto a ellos y se sienta en un círculo en la hierba, por encima de la playa. Comienzan a entonar un cántico suave.
Topaz se pone de pie, intrigada.
—¿Qué hacen?
En la hierba, los seguidores se turnan para sentarse frente al swami y recibir en la frente una marca de tinte castaño rojizo, no tanto un bindi sino más bien un círculo con puntos dentro. Martin reconoce el símbolo. Lo ha visto en el cartel del desvío desde Ridge Road.
—Llevan aquí dos semanas —dice; recuerda lo que le ha contado Jota—. Deben de estar preparándose para graduarse. Mañana, habrá una gran fiesta. Podría ser divertido.
Pero Topaz guarda silencio; su expresión ha perdido todo rastro de humor. Parece preocupada.
—¿Topaz?
—Ya te he contado lo que querías —responde con aspereza—. ¿No tienes que ir a salvar a tu novia?
Martin deja a la joven estadounidense y se dirige al aparcamiento.
Mientras camina, la importancia de lo que le ha revelado empieza a crecer en su interior, y se la escribe en su mente como en una vieja cinta de teletipo.
St. Clair y su secuaz Harry Drake dirigen un negocio de sexo a cambio de visas desde el hostal de mochileros.
Si Jasper Speight lo había descubierto, podría haber puesto en peligro las ambiciones del promotor inmobiliario.
Si lo condenaran por cometer fraude con visas, St. Clair ya no sería una persona idónea para dirigir una empresa.
Así lo dice la ley. Si Jasper lo hubiera desenmascarado, los inversores internacionales del proyecto de Hummingbird Beach lo habrían hecho a un lado y habrían acudido a Jasper.
Eso les daría a St. Clair y a Harry un motivo claro para asesinarlo.
Martin tiene que contárselo a Montifore. Acelera el paso.
Quizá, Jasper intentó aventajar a St. Clair y amenazó con exponerlo.
Quizá, incluso informó a Johnson Pear, el mismo policía que se mostró indulgente con Harry tras la gresca en la playa.
Quizá, en lugar de actuar, Pear les avisó a St. Clair y a Harry.
Quizá. Y entonces, Jasper acudió a Martin, fue a la casa que Mandy había alquilado para confiarle a su amigo otro escándalo de pueblo pequeño. Quizá.
De pronto, surge en Martin una preocupación más urgente.
Si tiene razón, y asesinaron a Jasper para mantener en secreto el fraude de las visas, entonces, Mandy está en peligro.
La había dejado con Winifred, dispuesta a denunciar a St. Clair por su conducta.
Se le comprime el pecho, lo inunda el pánico.
Debe advertir a Winifred que no amenace a St. Clair con acciones legales.
Harry mandó a Royce al hospital por intentar destapar el negocio; ¿qué forma encontraría para descargar su violencia contra Mandy?
Martin cambia de rumbo y se dirige a la oficina; como el móvil no tiene cobertura, necesita usar el teléfono fijo.
Debe llamar a Montifore y también advertir a Mandy.
Pero Jota Hayes no está y la puerta se encuentra cerrada.
No sabe si anda por los alrededores, está surfeando en el cabo o habrá ido al pueblo a comprar provisiones.
No importa; no tiene tiempo para buscarla.
Necesita hacerles llegar el mensaje a Mandy y Winifred. Corre cuesta arriba hacia el coche.
Conduce al límite: si va demasiado despacio, tal vez llegue tarde; si va demasiado rápido, se arriesga a tener un accidente y a quedarse sin posibilidad de llegar a Port Silver.
Su mente le dice que tenga cuidado, que un minuto más o uno menos no cambiará nada, pero su corazón la contradice.
Pisa el acelerador, esquiva un bache, cae en el siguiente, que es ancho como el coche.
La suspensión golpea el fondo, salta la grava.
Las ramas arañan la carrocería del Toyota, los surcos atrapan las ruedas, las piedras golpean el chasis.
Casi pierde el control en una curva, se salva de milagro al rozar un tocón en vez de estrellarse contra él.
En otra curva, encuentra una camioneta que bloquea el camino: un hombre sostiene un gato, una mujer mira el neumático pinchado.
Martin toca el claxon, no frena; la pareja salta a un lado y lo despide con una catarata de insultos.
Cuando se acerca al cruce con Ridge Road, su mente, que ya ha perdido la batalla contra la velocidad, insiste con nuevos cálculos: no tendrá cobertura en Dunes Road hasta llegar al camping, a unos quince o veinte minutos.
Pero recuerda que tenía una raya de cobertura en Ridge Road.
¿Dónde fue? ¿Antes de llegar a la propiedad de Sergi?
¿A cinco minutos? ¿Diez? Pasa por el guardaganado a toda velocidad y levanta vuelo por un instante; los hierros retumban en el aire inmóvil.
Al llegar a Ridge Road, gira a la izquierda. Apuesta por la selva.