CAPÍTULO 17
Martin se pone de pie de inmediato.
—¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido?
—Martin… —es lo único que atina a decir.
La rodea con los brazos, la atrae hacia sí.
—¿Es Liam? ¿Está bien?
Ella niega con la cabeza; tiene los ojos cerrados.
—Está bien, está en la guardería. —Inspira hondo—. Su puta madre, Martin, no lo puedo creer. ¡Qué mierda! ¡Qué puta mierda!
Él guarda silencio, esperando.
Ella vuelve a tomar aire, se recompone.
—Fui a ver a Tyson St. Clair.
—¿Y?
—Qué hijo de puta. ¡Qué hijo de la gran puta!
—¿Qué pasó?
Y entonces, Mandy suelta una carcajada que toma a Martin por sorpresa. Se aparta un paso, lo mira y niega con la cabeza, incrédula. Vuelve a reír, no de verdad, sino una risa hueca, forzada, carente de humor.
—¡Qué tipo de mierda! Un hijo de puta.
—Cuéntame.
Mandy toma aire, trata de serenarse.
—Fui a verlo. Quería tenerlo enfrente, ver qué podía sonsacarle. Pensaba tantear su interés por la fábrica de quesos. Soy la nueva dueña, o quizá lo sea pronto, y él quiere comprarla.
Martin asiente para transmitirle que la entiende. No está seguro de que sea prudente que Mandy se acerque a St. Clair, dado que la policía todavía no la ha declarado libre de toda sospecha del homicidio de Jasper Speight, pero se guarda su opinión.
—¿Qué ha pasado?
—Él no trabaja en su oficina, trabaja desde la casa, allí arriba, cerca del faro.
—Lo sé. Estuve allí.
Ella lo mira mientras procesa esa información.
—¿Te enseñó su despacho de arriba, con las vistas y las maquetas? ¿Su nido de águilas?
—Sí, pero ¿qué pasó?
—Me abre la puerta, como si me estuviera esperando.
Pensé que era una estrategia, ¿sabes?, para descolocarme, hacerme parecer predecible.
En fin, me dice que suba, que él irá enseguida.
Así que lo espero allí, admirando las vistas, inspeccionando las maquetas.
Hay una de Hummingbird Beach, la fábrica de quesos, de todos sus planes de urbanismo.
Entonces, sube las escaleras, envuelto en una bata.
Y de golpe se enfurece. “¿Qué haces?”, me dice.
Le pregunto a qué se refiere y… —Su voz se apaga, hace una pausa para recobrar fuerzas y sigue con renovada firmeza—: Me ladra algo así como “quítate la ropa y ponte a cuatro patas”.
—¿Qué?
—Lo que has oído. Él… —La voz vuelve a quebrársele.
—¡Me cago en su puta madre! ¿Qué hiciste?
—Le di una patada en los huevos. —Y la sonrisa vuelve a aparecer, de manera que ríe y llora al mismo tiempo, intentando controlar ambas emociones—.
Y salí corriendo. Fui hacia las escaleras.
Me aferró del brazo, así que lo abofeteé.
En la cara. No tan fuerte como quería, tenía poco equilibrio.
Y le grité que se fuera a la mierda. Estaba furioso, furioso de verdad.
Creo que iba a pegarme. Y de pronto, fue como si lo comprendiera.
Le cambió la cara, parecía horrorizado, y me soltó.
—¿Como si comprendiera? ¿Si comprendiera qué?
—Creo que me confundió con otra. Con alguien a quien estaba esperando.
—¿Qué? ¿Con quién?
Mandy lo mira angustiada, la voz vuelve a temblarle.
—¿No lo entiendes, Martin? Me tomó por una prostituta.
Las sinapsis de Martin se encienden, sus neuronas se conectan mientras hechos y supuestos se mezclan con corazonadas y su instinto de periodista, y hierven en la sopa intuitiva de su mente.
Tyson St. Clair, planes inmobiliarios, una confusión de identidad; los ingredientes se agitan dentro de su cráneo, se cuecen y humean.
La sensación le resulta conocida, embriagadora, la certeza de estar a las puertas de un hallazgo, de que se está gestando una gran historia.
Está allí, puede sentirla, saborearla; es el hormigueo que tantas veces presagia una primicia.
Pero se contiene, no dice nada a Mandy en el estado de angustia en que está.
Y recuerda lo ocurrido en Riversend, cuando se precipitó a sacar conclusiones erróneas y lo despidieron por ello.
No lo volverá a hacer. Esta vez verificará, construirá la historia como corresponde.
Primero, deja a Mandy en las oficinas de Drake.
Se ha recompuesto, se la ve decidida más que angustiada, ansiosa por ver a Winifred, por denunciar a St. Clair, ensartarlo en un espeto y asarlo al fuego judicial.
Martin le da un último abrazo de apoyo, la besa y la observa entrar con paso firme.
Tiene razón: St. Clair debió de confundirla con otra; es la única explicación posible.
Mandy y St. Clair nunca se habían visto.
Él no debió de seguir la cobertura de los asesinatos de Riversend, no hizo la conexión.
O tal vez el cambio de color de pelo lo engañó.
O sea que, además de cabrón, también es estúpido.
Ahora, con Liam en la guardería y Mandy urdiendo planes con Winifred, Martin ha quedado libre para seguir su intuición.
Veinte minutos más tarde, aparca el Corolla en Hummingbird Beach.
Encuentra a Topaz tendida en la arena, flanqueada por un par de jóvenes.
Está en topless, bronceándose de espaldas, con los ojos cerrados; sus pechos son esferas perfectas y sus admiradores no pueden apartar la vista más que unos segundos.
Martin niega con la cabeza; son como plastilina en las manos de ella.
Reconoce a uno de ellos: el actor de telenovelas Garth McGrath, con el pelo más largo, pero el mismo mentón afilado de siempre, cubierto de una barba incipiente.
—¿Topaz? —la llama Martin.
—¿Y tú quién eres? —pregunta McGrath, justo cuando ella abre los ojos y sonríe.
—Es Martin Scarsden —responde Topaz con picardía—. El famoso periodista.
—¿Scarsden? ¿Otro carroñero de la prensa? —McGrath escupe en la arena.
—Ese soy yo, sí.
—Joder, ¿no os hartáis nunca? Esto es acoso. ¿Dónde está tu fotógrafo? ¿Escondido entre los arbustos con un teleobjetivo?
—No hay fotógrafo, campeón. Ya no eres noticia.
—¿Qué?
—Sí. Lo siento. —Se vuelve hacia Topaz, que sonríe, divertida—. ¿Podemos hablar? ¿En privado?
Ella arquea una ceja.
—¿De verdad?
—Sí, no tardaré mucho.
Martin espera que se levante y lo siga, pero en cambio ella se dirige a sus acompañantes.
—Chicos, ¿nos dejáis un momento?
Y lo hacen, la obedecen y se alejan juntos por la playa, sumisos ante el poder de un par de pechos perfectos. Martin los sigue con la mirada; McGrath gira la cabeza, tratando de descubrir fotógrafos entre los arbustos.
Martin se pone en cuclillas.
—Ayer por la mañana fui a ver a un hombre llamado Tyson St. Clair. Vive en una casa grande cerca del faro.
—Si tú lo dices…
—Justo antes de llegar, cuando bajaba desde el faro, te vi salir.
Ella guarda silencio.
—¿Qué hacías allí?
—No es asunto tuyo.
—Topaz, no soy policía, no voy a contárselo a nadie. Pero necesito saberlo, es importante.
—¿Por qué? ¿Para que escribas un artículo? Lo siento, amigo, pero no.
—No es para un reportaje. Intento ayudar a mi pareja, Mandy, para que no termine en la cárcel.
Topaz frunce el ceño.
—Ese asesinato… del que fuimos tu coartada, ¿era ella?
—Fue en su casa. Sigue siendo sospechosa y la estoy ayudando.
Topaz suspira, fija la vista en el mar.
—No veo cómo puedo ayudarte. Ya hablé con la policía.
Martin no se deja distraer, aunque intenta quitarle algo de intensidad a su actitud. Se sienta y modera la voz.
—Es un poco como tú, ¿sabes? Joven y muy guapa. Sexy. Fue a ver a St. Clair. Él le dijo que se desnudara.
Topaz estalla en una carcajada.
—¡No lo dudo! ¡El viejo verde! ¿Y ella qué esperaba?
—Fue a hablar de negocios. La confundió con otra persona.
—Ya veo. Lo siento, Martin, no puedo ayudarte.
—¿Por qué? ¿Qué les debes?
—¿“Les”?
—Sí, ¿qué les debes? A ellos. —Deja que la palabra y sus implicaciones se asienten—.
El hombre que golpeó a Royce y los que están por arriba de él.
St. Clair es dueño del hostal, es el jefe de Harry.
—Eso capta la atención de ella—. Dime la verdadera razón por la que Harry le pegó a Royce o lo publicaré todo en el periódico.
No tenía nada que ver con drogas, ¿verdad?
Topaz lo mira, disgustada.
—Es lo que haces, ¿no? ¿Amenazar a la gente? ¿Así consigues tus historias? —Empieza a levantarse.
Pero Martin no acepta su acusación.
—Le dieron una paliza a tu novio. Está en el hospital con un golpe grave en la cabeza. Debes de querer ajustar cuentas. Te doy mi palabra de que nadie sabrá quién me lo contó.
Entonces, algo en ella cambia: la fachada alegre se esfuma, desaparece la mochilera despreocupada.
Parece mayor, apesadumbrada. Vuelve a sentarse sin decir nada, contiene la respiración.
Coge una toalla, se la envuelve alrededor del cuerpo y contempla las olas.
Martin le da tiempo. Una pareja joven, casi adolescente, pasa despacio; van abrazados, ajenos al mundo.
Es el muchacho de rizos rubios con su hermosa novia; Martin los vio en kayak la primera vez que visitó Hummingbird Beach. Topaz y él los miran alejarse.
—De acuerdo —dice ella por fin—. Pero ¿me llevarás a ver a Royce hoy o mañana? Necesito hablar con él. Y después tendremos que marcharnos. ¿Me prometes que no publicarás nada?
—Por supuesto.
Ella suspira antes de hablar.