Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 16 #4
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CAPÍTULO 16 #4

Dentro del periódico, la historia continúa.

No hay información adicional sobre el accidente, solo contexto: que Hilary y sus hijas son parte de la familia Scarsden, vecinos de siempre de la Barriada, formada también por su marido, Ronald Scarsden, y su hijo de ocho años, Martin.

Otra foto acompaña el artículo, una toma panorámica desde más lejos: la grúa y el coche emergiendo de la marisma en el centro, enmarcados por vehículos a ambos lados.

A la izquierda, un coche policial; un oficial habla con un hombre.

Martin fuerza la vista sobre la trama de puntos del microfilm.

¿El policía es Clyde Mackie? ¿Habla con la persona que descubrió el accidente?

Está a punto de apartar la mirada, sintiendo un nudo en el estómago, cuando este se le contrae aún más.

A la derecha, otro vehículo: una camioneta Morris.

El vehículo de su padre. Martin vuelve a estudiar a los dos hombres junto al patrullero.

¿Es su padre el que está de espaldas, ayudando a la policía?

¿Había llegado tras enterarse de la desgarradora noticia?

Pero si es el Morris de su padre, ¿entonces de quién era el coche que conducía su madre?

Nunca tuvieron dos vehículos, de eso está seguro.

En la Barriada, tener un coche ya era un lujo.

Vuelve a la portada, a la foto tomada más de cerca.

El vehículo le resulta conocido… Por supuesto: era el coche de Vern.

Su madre se lo había pedido prestado para darle a su marido la noticia del premio.

Pero ¿qué hacía en Dunes Road? Claro: la fábrica de quesos.

Su padre debía de estar cubriendo un turno.

Martin vuelve a la foto panorámica. Y allí, al fondo, otro detalle: el faro de Port Silver, una torre blanca recortada en el horizonte, justo sobre la parte trasera del coche de Vern.

Entonces, la cruz estaba del lado correcto del camino, lo que significa que cuando se accidentó, su madre volvía al pueblo, no salía de él.

¿Había alcanzado a contarle ya a su padre la noticia del premio y regresaba a Port Silver, feliz y exultante, cuando ocurrió lo peor?

¿El coche de Vern estaría bien mantenido?

¿Funcionarían bien los frenos? Martin piensa en su tío: torpe con la escritura, torpe con los números, pero siempre hábil con las manos, siempre arreglando algo.

Si los frenos necesitaban puesta a punto, Vern lo habría hecho él mismo, y bien.

Además, era una recta; no habría razón para frenar.

¿Tal vez se les cruzó un canguro que salió de la vegetación?

Las preguntas siguen llegando, implacables, insistentes.

¿Su padre había sido el primero en llegar al lugar del accidente porque las seguía hacia el pueblo para ir a celebrar con pescado y patatas fritas y champán?

¿Había presenciado el accidente? Santo Dios, con razón se había dado a la bebida después de que delante de sus ojos toda su vida se desmoronara.

Martin vuelve a examinar la foto de hace treinta y tres años, la panorámica.

Ahora, sabiendo lo que busca, lo ve con claridad: el hombre de espaldas, que habla con el policía, tiene un anillo oscuro alrededor del torso.

Del agua. Del intento desesperado de meterse a salvarlas.

La voz de la bibliotecaria interrumpe sus pensamientos.

—¿Pasa algo?

Martin levanta la vista, sobresaltado, se arrastra de nuevo al presente.

—No. Todo bien. ¿Por qué?

Ella pestañea, vacila.

—Estabas llorando.

El oleaje en Town Beach es más bravo de lo habitual; la calma de los días anteriores ha sido desplazada por una tormenta tropical que desciende hacia Nueva Zelanda.

En Port Silver no hay nubes, pero el mar está agitado, revuelto.

Una brisa de mar adentro añade más turbulencia, hace que las olas se vuelvan irregulares e impredecibles; nada de eso ahuyenta al enjambre de surfistas en el cabo, pero sí desanima a los bañistas a adentrarse más allá de la cintura.

No así a Martin, que se zambulle una y otra vez en la rompiente, emerge para volver a hundirse, sintiendo cómo la corriente lo arrastra en distintas direcciones, mientras las olas cilíndricas se desploman sobre él.

No está acostumbrado a ese ritmo: su cuerpo recuerda los patrones del mar; su mente, las tácticas, pero sus músculos ya no resisten con la facilidad con que lo hacían en la adolescencia.

De pronto, le falta el aire, casi no logra cogerlo antes de que otra ola lo obligue a sumergirse.

Aun así, insiste. Necesita ese castigo del mar, esa purificación; concentrarse solo en sobrevivir, y de ese modo, expulsar cualquier otro pensamiento.

Sale a la superficie y traga agua justo cuando una ola alcanza a la anterior, formando un doble pico.

Tose, trata de respirar, pero casi no consigue agacharse bajo la siguiente, y no llega a hundirse hasta la arena: siente cómo lo zarandea la fuerza del agua, lo empuja con violencia hacia la playa.

Ha tenido suerte de que la ola lo atrapara antes de romper.

Le arden los brazos, le duelen los pulmones.

Debe volver a la orilla, que está a menos de cincuenta metros.

Pero algo se activa en él, un instinto: detecta una pausa en el oleaje y empieza a nadar mar adentro, con toda la fuerza que le queda, alejándose de la rompiente.

Atraviesa una última ola justo antes de que estalle.

Su cuerpo amenaza con paralizarse, pero él se impone; con calma, levanta las piernas y flota de espaldas, obligándose a relajarse.

Otra ola pasa por debajo, ya sin peligro, meciéndolo como un corcho.

Vuelve a mover las piernas en el agua, flota, recupera fuerzas, recupera aire.

Y entonces, cuando se siente listo, regresa hacia la rompiente.

Falla en coger la primera ola, pero esta lo acerca a la rompiente.

Se sumerge bajo la siguiente, sabiendo que no puede esperar demasiado.

La que sigue es perfecta: rompe en un rizo lento de izquierda a derecha, en el momento y el lugar exactos.

Nada hacia la orilla, da dos o tres brazadas, y la ola se apodera de él, lo levanta y lo lleva hacia la playa sobre su muro de agua; Martin cabalga en lo alto, sobre la espuma, mientras la ola se desarma, pierde fuerza y lo empuja unos metros más antes de soltarlo.

Intenta ponerse de pie, siente la arena bajo los pies.

Otra ola lo envuelve, una última caricia de espuma en su cabeza.

Martin aprovecha la energía residual de la siguiente, nada unos metros más, luego, camina entre burbujas y restos de espuma.

Siente las piernas de goma, la vejiga de pronto le reclama.

Sale a la arena, tambaleándose. Un socorrista lo sigue con una mirada cómplice, sin decir palabra.

Tumbado en la playa, con el sol en la espalda y la toalla bajo el pecho, vuelve a experimentar las sensaciones de su adolescencia: los dedos hundidos en la arena, las sombras de las gaviotas que planean.

Pero no son solo recuerdos sensoriales, sino también reales.

Su padre. Bebiendo. Siempre bebiendo. Bebiéndose la lotería poco a poco, como quien desgasta una roca.

El héroe de su infancia se hunde en un sopor alcohólico, en el que la comunicación se reduce a pedir otra cerveza de la nevera o comida para llevar.

Y siempre, la presencia de la botella de champán Veuve Clicquot que brilla como un faro en su nicho sobre el televisor, prometiendo guiar a Martin hacia un puerto seguro, lejos de los monstruos marinos que acechan en las profundidades.

Sigue allí, tumbado en la arena, preguntándose si las olas más poderosas de la Tierra podrán limpiarlo alguna vez, lavar su pasado, cuando Mandy lo encuentra y lo arranca de golpe de su ensoñación. Está llorando, la belleza de su rostro se ha desfigurado por el dolor.