Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 16 #3
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CAPÍTULO 16 #3

Fija un rango de fechas —desde hace seis años hasta hace cuatro años— y escribe el nombre “Ashton” como término de búsqueda.

Aparecen más de cien resultados, pero nueve de los diez primeros se refieren a una niña que participó de un programa de talentos en televisión: Elaine Ashton, de diez años; una guitarrista de death metal.

Refina entonces la búsqueda a “Amory Ashton”, lo que reduce los resultados a veinticuatro.

En el primer año, solo hay tres artículos.

El primero informa que Quesos y Encurtidos Mackenzie ha ganado un trofeo en la feria de Tamworth por su Queso Azul de Port Silver.

Martin menea la cabeza y sigue. El siguiente informa de que Ashton y su fábrica han conseguido un subsidio para llevar a cabo un desarrollo, promovido por un programa federal de impulso regional.

El artículo suena a gacetilla de prensa, y es probable que lo sea: el diputado federal local, miembro del Partido Nacional, se atribuye el mérito por el medio millón de dólares destinado a “mejoras ambientales”.

Hay una foto de cuatro hombres con traje: Amory Ashton, gordo y sonriente, flanqueado por Cyril Klapper, alcalde del distrito del Río Argyle, y Darryl “Dazzer” Duncan, diputado del Partido Nacional.

Junto al alcalde, está Tyson St. Clair, acreditado como presidente de la Cámara de Comercio de Port Silver.

Martin observa a Ashton; tal vez, se había comido las ganancias de su propia fábrica.

No solo está obeso, sino que su cara tiene un brillo enfermizo, como de un infarto en potencia, incluso al lado del diputado, cuya cabeza parece una remolacha pasada.

Tyson St. Clair, en cambio, luce delgado, atlético y bronceado, como medio melé posando junto a la primera línea de un equipo de veteranos de rugby.

Los otros dos artículos de ese primer año son de rutina.

La AEPA, la Autoridad Estatal de Protección Ambiental, investigará la fábrica de quesos.

Citan a Ashton, dicen que era solo una formalidad y que él mismo había solicitado la inspección.

No se menciona qué pretende investigar la AEPA.

Y otro artículo relata el accidente de un camión de la fábrica en la carretera del escarpe.

Tyson St. Clair aparece citado de nuevo como presidente de la Cámara de Comercio, reclamando a todo el mundo —al Gobierno federal, al estatal, al municipio y a quien quisiera escucharlo— para que financien la modernización de la carretera.

Durante los siguientes cuatro meses, no hay nada, hasta que, de pronto, las noticias llegan en ráfaga. La primera es una nota breve en la página siete:

La policía solicita información sobre el paradero de Amory Ashton, residente de Port Silver, quien fue visto por última vez el viernes por la tarde en la planta de Quesos y Encurtidos Mackenzie.

La policía afirma que, en esta etapa, está haciendo averiguaciones de rutina, pero que espera ponerse en contacto con el propio Amory Ashton o con cualquiera que tuviera conocimiento de su paradero.

Martin mira la fecha. Es la edición del miércoles, lo que significa que Ashton había sido visto por última vez el viernes anterior. Hace cinco años y tres meses.

En la edición del sábado, Amory Ashton ya no es una nota breve, ocupa la portada: “Continúa la búsqueda del empresario desaparecido; se sospecha un posible crimen”.

Hay una gran foto de su cara, aparentemente tomada al mismo tiempo que la de la nota sobre la subvención federal.

Ashton tiene la misma sonrisa impostada, el mismo traje, el mismo brillo malsano en el rostro fofo surcado de arrugas alrededor de unos ojos pequeños.

Ojos muertos. El artículo relata que se encontró el Mercedes de Ashton, calcinado, en un paraje aislado entre las dunas detrás de Treachery Bay.

Lo hallaron unos pescadores el mismo día en que se informó la desaparición del dueño de la fábrica, pero no le dieron importancia y no lo notificaron hasta regresar al pueblo dos días más tarde.

El periódico repite que Ashton fue visto por última vez el viernes anterior por los empleados que salían de trabajar.

La fábrica había suspendido los turnos de fin de semana tres años antes, de modo que nadie notó su ausencia hasta el lunes siguiente.

Al gerente de planta le resultó extraño que su jefe no apareciera temprano en la fábrica y se preocupó más cuando no se presentó a una reunión prevista para media mañana.

Aun así, no llamó a la policía hasta la tarde, cuando su jefe tampoco contestó el teléfono.

En la edición del miércoles siguiente, Ashton sigue desaparecido.

El titular pregunta: “¿Qué le ocurrió a Amory Ashton?”.

El artículo indica que la policía está investigando el estado financiero de Quesos y Encurtidos Mackenzie, y cita fuentes anónimas.

También, se menciona un informe no confirmado de que Ashton fue visto en tránsito en el aeropuerto de Auckland.

La edición del sábado siguiente ha cambiado el enfoque: Ashton sigue desaparecido, pero la atención pasa a centrarse en el futuro de la fábrica, con dudas sobre su titularidad y viabilidad.

La planta sigue operando, pero su porvenir es incierto.

Y ese es el eje de las noticias durante las siguientes semanas, cuando la fábrica cierra, al principio de forma temporal.

Los operarios protestan por los sueldos atrasados y porque los han despojado de sus derechos; los acreedores llaman a los administradores, y la fábrica cierra de forma definitiva.

El destino de Ashton queda reducido a una nota al pie, relegado al final de los textos, sin novedades que contar.

Lentamente, las noticias se disipan, con breves recordatorios en cada aniversario, copiados y pegados de un año a otro.

Hasta que, en el último año, una nueva serie de artículos anuncia que el “reconocido empresario local Tyson St. Clair” tiene “planes visionarios” para desarrollar los terrenos de la fábrica, entre los cuales está construir un campo de golf.

Se registra la oposición de los grupos aborígenes locales; citan a Josie Jones, que afirma que el terreno está sujeto a una reclamación de titularidad de comunidades indígenas que aún está en curso.

Martin se sorprende: el propietario del Observer , Tyson St. Clair, no ha silenciado las voces opositoras.

Ashton y su desaparición se mencionan muy abajo en los artículos, lo justo como para activar el buscador de la biblioteca, pero nada más.

Martin termina la búsqueda. Ashton está muerto —es posible que lo hayan matado o se haya suicidado— o prófugo, huyendo de sus acreedores y de las reclamaciones de sus empleados.

Es una posibilidad real. Si sabía que la planta no tenía salvación, bien podría haberse embolsado el medio millón de la subvención federal, y todo el resto del dinero que hubiera podido saquear de las cuentas de la empresa, y haber huido del país.

Nick Poulos había dicho que la contabilidad era un desastre, y el Observer había insinuado irregularidades.

Quizá esté en el extranjero, viviendo a cuerpo de rey, y el coche quemado fue una estratagema astuta.

A Martin se le ocurre que, si Ashton incendió su propio coche para fugarse, debió de necesitar un cómplice que lo condujera de vuelta.

Está a punto de marcharse cuando lo asalta una idea nueva. ¿Hasta dónde llegan los archivos digitalizados?

Fija los parámetros de fecha: una ventana de dos semanas, treinta y tres años atrás. Vacila un momento, con un nudo en la garganta, antes de escribir su propio apellido en el campo de búsqueda: “Scarsden”.

Y ahí está: emerge del pasado para golpearlo con la fuerza de las palabras impresas:

TRAGEDIA EN LA MARISMA

Una joven madre de Port Silver y sus dos hijas mellizas perdieron la vida en un trágico accidente en Dunes Road, unos tres kilómetros al sur de la planta de Quesos y Encurtidos Mackenzie.

Hilary Scarsden y sus hijas de tres años, Amber y Enid, murieron cuando el coche que conducía la mujer salió del camino y se hundió en la marisma de Mackenzie.

La policía afirma que no hubo otros vehículos involucrados. No descartan un posible fallo mecánico.

El texto continúa, pero la mirada de Martin se clava en una fotografía: el coche al borde del agua, izado por una grúa; un hombre le da indicaciones al operario del cabrestante.

Es una imagen respetuosa, tomada a distancia; el hombre es la única figura en escena.

Sin embargo, alcanza para despertar la imaginación mórbida.

¿Los cuerpos seguían dentro del vehículo o ya los habían retirado?

Las preguntas irrumpen en la mente de Martin como por una ventana abierta.

¿Murieron instantáneamente por el impacto o se ahogaron?

¿Sufrieron o fue algo rápido e indoloro?

¿Su madre murió aún eufórica por el premio de la lotería o con terror de ahogarse, de que murieran sus amadas hijas?

Sacude la cabeza, tratando de despejar las conjeturas, las oleadas de emociones incómodas y desconocidas. Mira la foto: el coche parece intacto. No se ven indicios de impacto, salvo un faro trasero roto. No volcó; simplemente, se salió de la carretera y cayó al agua.