CAPÍTULO 16 #2
—En teoría. Les prometía que vendría a visitarlos, pero nunca cumplió. —Esta vez, Martin está seguro de que oye un sollozo contenido—. Jamás viajó. Solo coleccionaba esas postales de mierda. Ni siquiera fue capaz de viajar para ver a sus hijos. Me rompió el corazón por segunda vez.
—Así que ella lo controlaba —dice Martin; no es una pregunta, es una afirmación, una síntesis.
—Sí. Y de vez en cuando, cuando estaba bajo mucha presión, se desquitaba. Una aventura, una proposición indebida, un derroche en las carreras. Una rebeldía estúpida, cargada de impotencia. Pero nunca se liberó de ella.
Martin se ha quedado sin preguntas, atrapado en el torbellino de pensamientos que se le arremolinan en la mente, dándole una nueva dimensión a la imagen de su viejo amigo.
—Gracias por hablar conmigo, Susan. Has sido de gran ayuda. Y siento mucho tu pérdida. De verdad. —Martin sabe que sus palabras no alcanzan y llegan tarde, demasiado tarde.
—Encuentra a ese desgraciado, Martin, y escribe otra exclusiva espectacular. Un titular de portada que grite la verdad. A Jasper le habría gustado. —La llamada se corta.
Se queda sentado solo en el club; la conversación le retumba en la cabeza; recuerda al Jasper de su niñez.
Nunca había pensado en Denise como alguien tan dominante, tan asfixiante, pero el retrato que pintó Susan resulta convincente.
Denise jamás escondió que ni Scotty ni él le caían bien ni que los consideraba inferiores a su hijo.
¿Y qué había dicho Susan? Que las aventuras y proposiciones indebidas aparecían cuando Jasper estaba bajo mucha presión.
Entonces, ¿qué presión lo había llevado a poner una mano en la pierna de Mandy en el bar?
Martin mira a su alrededor y, de pronto, ya no quiere estar en el club.
Sale a The Boulevarde y echa a andar hacia la Inmobiliaria Speight.
Quiere ver a Denise otra vez, volver a evaluarla.
Tal vez sepa algo de la fábrica de quesos, si Ashton había intentado deshacerse de ella antes de que todo se fuera a la mierda.
Comparado con Denise, Nick es solo un recién llegado.
Pero el local sigue cerrado, con el mismo cartel manuscrito pegado en la puerta.
Martin relee la última oración: “Los detalles del funeral se publicarán en el Longton Observer ”.
El Longton Observer. Vale la pena intentarlo.
La quiebra de una empresa grande como la fábrica de quesos, la desaparición del dueño en circunstancias misteriosas…
sería una noticia enorme. El editor debe de tener información veraz…
y estar al tanto de los chismes. Martin vuelve al coche, que se cuece bajo el sol en el aparcamiento sobre el antiguo supermercado, y emprende el viaje de cuarenta y cinco minutos hasta Longton.
El pueblo sobre la carretera exhibe su prosperidad con más naturalidad que Port Silver.
No hay ostentación ni pretensiones ni ninguna necesidad de agradar a los turistas.
Pero el cuarto de siglo de crecimiento económico ininterrumpido de Australia ha dejado su huella.
También, su condición de distrito electoral siempre en disputa, tanto a nivel estatal como federal.
La calle principal está atestada de coches, no hay locales vacíos ni terrenos desocupados.
Los letreros indican hacia dónde están el hospital, el aeropuerto, el centro comercial, el Colegio Longton.
El parque industrial, la residencia para mayores, el centro acuático.
Pero cuando entra, aliviado, al fresco del aire acondicionado de la redacción del periódico, Martin se percata de que la bonanza no ha llegado a los medios locales.
Una recepcionista anciana lo mira sin entusiasmo.
Su pelo, una especie de casco rizado con permanente, teñido de lila y endurecido con laca, brilla bajo la luz.
Unas gafas de montura en forma de ojo de gato cuelgan de su cuello.
—Oye, cariño, si alguien te ha pegado, cuéntaselo a la policía, no a nosotros.
Martin se toca la mejilla. El dolor va cediendo, pero el moratón es cada vez más llamativo.
—No vengo por eso. Quería ver al editor.
—Entonces, ya somos dos.
—¿No está?
La mujer lo mira con recelo.
—No sabes mucho de periodismo, ¿verdad?
—¿Por qué lo dice? —Martin se sorprende.
—Los periodistas verdaderos no se quedan sentados rascándose, salen a buscar las noticias.
—Entiendo —dice Martin, sintiéndose extrañamente descolocado—. ¿Y sabe a dónde ha ido?
—Sí.
—¿Podría darme su número de móvil? —Intenta sonreír, sabe que será en vano—. Por favor. Es una historia importante. De las buenas.
Ella se queda mirándolo: un detector de mentiras viviente. Martin le sostiene la mirada.
—Está bien, aquí lo tienes —decide por fin. Coge una tarjeta de presentación de las muchas que están apiladas sobre el mostrador frente a Martin y se la pasa—. Aunque no te servirá de nada.
—¿Por qué? —pregunta Martin, incómodo.
—Lo más probable es que esté fuera de cobertura.
—¿Por qué? ¿Dónde está?
—En la antigua fábrica de quesos cerca de Port Silver. No sé por qué motivo.
—Ya. —Por supuesto que está allí.
—Que tengas un buen día. —Lo despide y se anota otra victoria contra la escoria del mundo.
Pero Martin no se rinde.
—¿Sabe si publicó alguna nota sobre un homicidio ocurrido en Port Silver el lunes? Jasper Speight, un agente inmobiliario.
La anciana lo mira con una mezcla de lástima y desprecio y se limita a responder: —En el periódico de ayer. —Se dispone a entregarle un ejemplar, pero lo retira justo cuando Martin alarga el brazo para cogerlo—. Tres dólares.
Martin no cede.
—¿Tarjeta?
—Efectivo.
Busca en la cartera y le da cinco.
—Guárdese el cambio. Para sus medicamentos.
Sale a la calle. La portada es una nota que hace publicidad de una ferretería local, pero el homicidio aparece como la primera noticia de verdad, el artículo principal de la página tres.
LA POLICÍA INVESTIGA UNA MUERTE LOCAL
Por Paulo Robb, desde Port Silver
La Policía de Homicidios de Sídney, con un equipo de especialistas forenses, investiga la muerte del agente inmobiliario Jasper Speight, de Port Silver.
Se cree que el cuerpo de Speight, de 41 años, fue hallado dentro de una vivienda en el número 15 de la calle Riverside, en Port Silver, alrededor de las once de la mañana del lunes.
La policía no ha confirmado cómo murió Jasper Speight, pero no descarta un homicidio. El martes por la tarde, los agentes seguían recopilando pruebas en la escena.
La policía ha solicitado que cualquier testigo que haya visto a Speight el lunes por la mañana o que haya tenido contacto con él durante el fin de semana se presente para colaborar con la investigación.
Se cree que la inmobiliaria que Speight manejaba junto con su madre, Denise, administraba la propiedad de la calle Riverside en nombre de inversionistas de fuera de la ciudad.
Jasper Speight era una figura conocida en la comunidad…
Siguiendo un impulso, Martin revisa la página editorial para ver quién es el dueño del periódico. El editor aparece como Holding St. Clair.
Martin tira el periódico en una papelera cercana y le envía un mensaje a Paulo Robb; le pide que lo llame.
Cuando se dispone a cruzar la calle hacia la biblioteca, escucha una risa, una voz que le resulta familiar.
En la terraza de un café, ve a Tyson St. Clair hablando con un hombre corpulento que lleva un sombrero panamá de ala ancha y le da la espalda a Martin.
St. Clair lo ve y levanta la mano para saludar.
Su acompañante se vuelve, mira a Martin y vuelve a girarse.
Ambos continúan conversando, pero Martin se queda inmóvil.
Ese rostro moreno y ancho… Le cuesta reconocerlo hasta que logra ubicarlo: el swami de Hummingbird Beach, vestido de calle.
¿El gurú y St. Clair? ¿Juntos? ¿Qué significa eso?
Martin aún le da vueltas al asunto cuando entra en la biblioteca de Longton.
El edificio es nuevo, amplio, con conductos de aire acondicionado que se curvan sobre la sala, relucientes como una serpiente.
En el mostrador de recepción hay una joven bibliotecaria, con el pelo teñido de rojo, rapado de un lado y largo del otro.
Lleva gafas enormes que casi no se sostienen en la punta de su nariz.
Mira del monitor a un formulario y de nuevo al monitor.
Percibe la presencia de Martin, levanta la vista y sonríe.
—¿En qué puedo ayudarte?
—Me interesaría ver ejemplares viejos del Longton Observer .
—¿En serio?
—Sí.
—Se ve que quieres sufrir —responde, aunque la calidez de su sonrisa suaviza el comentario. Se pone de pie. Viste una camiseta rota, pantalones escoceses y botas Dr. Martens—. Por aquí.
Lo guía por la sala de lectura, entre estanterías llenas de libros, hasta una pared del fondo donde se exhiben los periódicos del día sobre un mueble antiguo con cajones para mapas, seguramente rescatado del edificio anterior.
Están el Sydney Morning Herald , el Daily Telegraph , el Courier-Mail de Brisbane, además del Financial Review , The Australian y The Land .
En lugar destacado, el Longton Observer y una publicación gratuita: Rivers Real Estate and Restaurant Review . Un premio por la aliteración.
—Los de hoy están en la parte superior; las ediciones recientes, en los cajones. Lo que tenga más de dos meses está digitalizado —le explica la bibliotecaria.
—¿Puedes mostrarme los digitalizados?
—Sí, claro.
Lo conduce de nuevo por entre las estanterías hasta unos cubículos con monitor y teclado.
—Los periódicos importantes están en una base nacional. El Observer también, pero es más rápido acceder desde nuestro propio servidor. No hay demoras.
Le muestra la interfaz. Martin se lo agradece y ella le dedica otra sonrisa radiante. Mientras se acomoda frente a la pantalla, Martin se pregunta si la joven habrá conocido al amor de su vida recientemente.