Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Mandy deja a Martin en el camping para que recoja su coche.

Ella va a llevar a Liam a la guardería y después irá a comprar una escoba, una fregona y una aspiradora.

Está decidida a poner en orden la casa Hartigan.

Necesita que vuelvan a conectar la electricidad y quiere empezar a contactar con arquitectos y obreros.

Martin le da el número de Vern y le dice que su tío conoce a toda la mano de obra local, que quizá Lucy May pueda ayudarla.

Cuando le da un beso de despedida, feliz de verla entusiasmada, suena su teléfono. Es Nick Poulos, con tono urgente.

—Martin, ¿podemos vernos?

—Sí, claro. ¿Qué pasa?

—Quiero contarte algo. ¿En el club de surf en media hora?

—¿No tienes oficina?

—Por supuesto. Pero te veo en el club a las once. —La llamada se corta.

Martin llega puntual, pero su abogado aparece con veinte minutos de retraso. Nick Poulos no se disculpa, se sienta frente a Martin.

—¿Qué te ha pasado?

Martin se toca la mejilla.

—Harry me dio un puñetazo.

—¿Quieres demandarlo?

—No.

—Mejor. —Nick se inclina hacia delante con gesto conspirativo—. He oído que están registrando la fábrica de quesos.

—Sí, lo sé.

Poulos se sorprende.

—¿Lo sabes?

—Sí, estuve allí ayer. El Canal Diez está filmando un documental de crímenes sin resolver.

—Ah, ¿no es la policía?

—Que yo sepa, no.

—Ya veo.

—Nick, ¿querías verme por eso? Podrías habérmelo dicho por teléfono.

El abogado parece incómodo.

—Disculpa. —Pero enseguida se recupera—. ¿Crees que eso fue lo que descubrió Jasper?

—Es una posibilidad, sí. —Martin empieza a pensar que la reunión es una pérdida de tiempo—. ¿Pudiste localizar a la exmujer de Jasper?

—Sí, vive en Nueva Zelanda, en Wellington. ¿No te mandé un mensaje?

—No, Nick.

—Ah, bueno, aquí lo tienes. —Nick saca el teléfono y le envía el contacto.

Martin se asegura de recibirlo antes de seguir.

—¿Conocías personalmente a Amory Ashton?

—¿Yo? No, nunca lo vi. Ya había desaparecido cuando llegué.

Pero estuve para ver lo que pasó después, o, mejor dicho, cómo terminó todo.

Era más turbio que una piscina de petróleo.

Hice algunos trabajos para empleados suyos.

La planta no estaba sindicalizada y estaban reclamando lo que les correspondía: sueldos atrasados, vacaciones, aportes a la jubilación, ese tipo de cosas.

—¿Y?

—No había nada. Era un desastre. La contabilidad, lo poco que había, era un caos absoluto.

—¿Y cómo les fue a los empleados?

—Les dieron por culo, como siempre.

—¿Y a ti?

—Yo tampoco cobré. Gracias por preocuparte. —Nick sonríe con expresión burlona—. Pero yo era nuevo en el pueblo; me sirvió para ganarme la confianza y la buena voluntad de parte de la gente.

—¿Y qué pasó? ¿Declararon la quiebra de Ashton? ¿Nombraron un administrador?

—Sí, varios. Revisaron los libros contables y cerraron la fábrica. Pero la liquidación final no puede resolverse hasta que lo declaren muerto y se venda el terreno.

—¿No puede hacerse de todos modos? ¿Declarar la quiebra en ausencia y vender el terreno?

—En circunstancias normales, sí, si estuviera a su nombre, pero no lo está. Está todo en fideicomisos.

—¿Y si lo declaran muerto?

—Entonces, sabremos quién controla los fideicomisos, se obtiene una orden judicial para vender la fábrica y la tierra, y se distribuyen las ganancias. Pero sería una miseria. Una mierda, prácticamente nada.

—Nick, sé quién va a ser la dueña.

Nick parpadea.

—¿Quién?

—Mandalay. La heredó al mismo tiempo que heredó la casa Hartigan.

Nick baja la vista, se frota las manos mientras piensa.

—Claro. Supongo que debería haberlo deducido. Pero aún no ha heredado.

Martin asiente.

—Pero ¿qué pasará cuando declaren muerto a Ashton y ella tome el control? ¿Los acreedores podrían unirse para forzar una venta y recuperar lo que se pueda?

—Supongo que sí.

—¿Y hay un acreedor principal?

—Sí, el banco de Ashton, el Westpac.

—¿Quién tiene esa información?

—El banco, los administradores, yo, Harrold Drake, algunos de los acreedores más grandes. Medio pueblo. ¿Por qué?

—Entonces, si alguien estuviera desesperado por comprar el terreno, no tendría que esperar a que declararan muerto a Ashton ni tendría que negociar con Mandy. Podría llegar a un acuerdo directamente con el banco Westpac.

Nick Poulos se endereza, pensativo, como si la idea lo sorprendiera.

—Sí. Creo que tienes razón. No podrían declararse propietarios formales todavía, claro, pero sí, todos los mecanismos ya estarían en su sitio. Técnicamente, Mandalay podría bloquearlo, pero tendría que pagarles a todos los acreedores. Sería una locura.

—¿Podemos averiguar si alguien habló con el banco Westpac para cerrar un trato? ¿Tyson St. Clair, por ejemplo?

Nick Poulos asiente despacio, siguiendo el razonamiento de Martin.

—Harrold Drake es el abogado de St. Clair, así que él no va a hablar, pero tuve trato con los administradores. Déjame ver qué puedo averiguar.

Cuando Nick se va, Martin llama a Vern para obtener más información sobre Ashton.

Su tío atiende con voz despreocupada.

—Hola, Martin, ¿cómo va todo?

—Bien, Vern. ¿Qué sabes de Amory Ashton?

—Uy, ese imbécil. ¿Qué pasa con él?

—Hay un equipo de grabación registrando la fábrica de quesos. Creen que su cadáver podría estar enterrado allí.

—¿En serio? ¿Necesitan que les eche una mano?

—¿Quieres ayudar?

—Quiero mear sobre su tumba.

Martin suelta una carcajada.

—Entonces, lo conocías bien.

—¡Y que lo digas! Me debe dinero. A mí y a medio pueblo.

—¿Podemos vernos en algún sitio?

—Ahora no, muchacho. Estoy en el muelle. Los inspectores de pesca andan por aquí. Te llamo más tarde, cuando esté libre.

Martin mira a su alrededor. Entre los parroquianos del club de surf, entre los jubilados enfundados en bermudas con bolsillos a los lados, pantalones caqui, polos inflados por la cerveza y pies cubiertos por medias y sandalias, entre esos hombres de manos manchadas por la edad aferradas a los primeros vasos del día y dentaduras postizas bien cuidadas, sin duda debe de haber algunos que conocieron a Amory Ashton.

Pero a estas alturas, la opinión está cristalizada: era un patrón miserable y un sinvergüenza; manejaba un coche lujoso y hacía ostentación de su riqueza mientras estafaba a sus empleados y dejaba plantados a sus acreedores.

Martin necesita hechos, no opiniones. Y los hechos escasean por allí.

Podría preguntar por la pelea entre Mandy y Jasper; algunos empleados quizá la presenciaron.

Pero ¿para qué? Mandy no negó que hubiera sucedido.

Decide, en cambio, llamar a Susan Speight en Nueva Zelanda. La voz que contesta suena alegre, entusiasta.

—¿Hola?

—¿Susan Speight?

—Sí, soy yo.

—Susan, habla Martin Scarsden. Soy un…

Ella lo interrumpe:

—Sé quién eres. El gran Martin Scarsden. —Ahora la voz se tiñe de hostilidad—. ¿Dónde estabas cuando te necesitábamos?

Martin no sabe qué decir; sigue tratando de encontrar las palabras cuando ella vuelve a hablar.

—¿Qué quieres?

—Estoy tratando de descubrir quién mató a Jasper.

—¿Para el periódico?

—No, por mi cuenta. Por mí y mi familia. Por Jasper. Quiero encontrar al asesino.

Se hace un silencio, luego, ella vuelve a hablar; el filo de su voz se ha suavizado.

—¿Qué necesitas saber?

—¿Qué clase de hombre era Jasper?

—Era complejo. Una mezcla. Tenía su lado bueno y su lado malo. Nunca sabías con cuál de los dos te ibas a topar.

—¿Era buen marido y buen padre? —Martin se muerde el labio al terminar la pregunta: suena como cualquier reportero.

—Era un padre increíble.

—¿Y como marido?

Escucha una risita cargada de amargura.

—¿Quieres saber si era fiel? No, no lo era. Era un mujeriego. Medio pueblo lo sabía. Port Silver es un sitio pequeño, lleno de chismosos y cabrones de mente estrecha.

—¿Por eso lo dejaste?

—En parte, sí. Por eso, por cuestiones de dinero y por la madre.

—¿Dinero?

—Era un jugador empedernido. No llegó a arruinarnos, no llegó a ese punto, pero de vez en cuando, se desbocaba.

Podía perder miles de dólares en una semana.

Intentaba ocultarlo, pero yo me enteraba, y él se arrepentía.

Después, se calmaba por uno o dos años hasta que la presión resultaba insostenible.

—¿Qué presión?

—Su madre.

—¿Denise?

—Sí, una hija de puta con todas las letras.

Ahora es Martin quien guarda silencio.

—¿Puedes explicarlo mejor? —Le viene a la mente una imagen de Denise, la madre que lloraba a su hijo, la que casi no se sostenía en pie en su inmobiliaria—. He estado fuera mucho tiempo.

—Ay, vamos, debes de recordar cómo controlaba cada paso que daba Jasper. Cómo le impidió ir a la universidad. Ese tema siempre salía en las conversaciones: tú y ese otro amigo vuestro os fuisteis a estudiar. ¿Cómo se llamaba?

—Scotty.

—Sí, tú y Scotty. Vosotros pudisteis iros para no volver, pero a Jasper ella no se lo permitió. Sobre todo tú, que venías de la Barriada y todo eso. Vern consiguió dinero para que estudiaras, pero ella no le dio ni un centavo a Jasper.

La mención del sacrificio de Vern es otra puñalada para Martin.

—¿Jasper hablaba de eso?

—Todo el tiempo. ¿Quieres saber qué fue lo que acabó con nuestro matrimonio?

Te lo digo: fue esa mujer. Las infidelidades podía soportarlas, las recaídas en el juego, también.

Pero eso no. Intenté convencerlo de irnos, de empezar de nuevo en otro sitio, y él decía que sí.

Pero nunca llegaba el momento. Cuando ella empezó a meterse también con nuestros hijos, decidiendo a qué colegio debían ir, insistiendo en que les hiciéramos la ortodoncia, aunque no la necesitaban, y él no le hizo frente…

, ahí lo dejé. —Susan se calla de golpe; Martin cree oír un sollozo reprimido—.

No fue a Jasper a quien dejé. Quería que viniera con nosotros. Pero no pudo.

—¿Cuándo fue eso?

—Hace unos tres años.

—¿La adicción al juego empeoró después de que te fuiste?

—No lo sé. Cumplía con la pensión alimentaria de los hijos. Y les mandaba regalos bonitos.

—¿Podía verlos?