Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 15 #3
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CAPÍTULO 15 #3

Suben los escalones de la galería. Las tablas están ajadas, astilladas; en algunos tramos, directamente rotas.

Pero lo que capta su atención no es la casa, sino las vistas.

Al sur, la tierra se desploma y arrastra con ella la vegetación, permitiéndoles ver la desembocadura del Argyle y la espuma que rodea el banco de arena; más allá, el espigón, Town Beach, Nobb Hill.

A la derecha, por encima de los árboles, se divisan el puerto y el pueblo.

Martin no tenía ni idea de lo alto que era ese promontorio: es como Nobb Hill, pero sin los millonarios.

Hacia el este, la mirada se pierde en el mar abierto.

En el horizonte, los buques de carga parecen inmóviles por efecto de la distancia.

Martin recorre la galería por su cuenta.

Al norte, la curva de los acantilados suavizados por la bruma marina: los paredones de arenisca que forman cabos, la vegetación que baja hasta encontrarse con el mar.

Un destello de sol se refleja en un cabo lejano: la casa de Bede Cromwell y Alexander Parkes, encaramada sobre el risco como un insecto a punto de levantar vuelo.

Los acantilados se curvan donde está la granja lechera de Sergi y se prolongan hasta el cabo donde surfea Jota Hayes, se redondean en Hummingbird Beach y alcanzan, finalmente, el estuario que conduce a la marisma de Mackenzie y al terreno de la vieja fábrica de quesos.

Martin siente un arrebato de entusiasmo: la casa forma parte del pueblo, del paisaje, pero está apartada de todo.

Su futuro está a salvo de su infancia, separado por las aguas anchas del río Argyle.

Quién lo hubiera dicho: la casa embrujada ha acudido en su rescate y le ofrece algo que nunca imaginó tener: una familia propia.

Mandy se une a él.

—Pronto volverán las ballenas en su camino hacia el norte. Podremos sentarnos aquí a brindar por su viaje.

Le brillan los ojos, el júbilo matinal está otra vez intacto.

Se quedan unos minutos más en la galería, en silencio ante la magnitud del océano.

Martin le coge la mano mientras recorre la inmensidad con la vista, esperando distinguir alguna ballena apresurada entre las crestas blancas, pero solo ve buques cargados con contenedores, uno que transporta carbón y parece rozar el fin del mundo, un barco pesquero detenido más cerca de la costa y una pequeña lancha de pesca que se acerca al acantilado.

Sería un buen sitio, imagina Martin, cerca de las rocas, inaccesible desde tierra, siempre que el oleaje no cobre demasiada fuerza.

Entran por las puertas francesas de la galería; la puerta mosquitera protesta con un chirrido, la cerradura vacila antes de aceptar la legitimidad de las llaves.

Dentro, la casa es una mezcla extraña de residencia veraniega, cápsula del tiempo y promesa de futuro.

Un televisor de tubo, un equipo de música con tocadiscos, un teléfono de disco, todo cubierto por una fina capa de polvo.

Recorren las habitaciones, hacen planes, empiezan a imaginar una vida juntos.

Mandy se cansa de cargar con Liam y Martin lo coge en brazos mientras exploran las dos plantas.

La cocina, la despensa y el lavadero, un baño cuya bañera tiene patas en forma de garra.

El comedor, la mesa despejada. Escaleras que llevan a una bodega de vinos, lamentablemente saqueada.

En el piso superior, dormitorios; los dos de mayor tamaño ocupan los extremos: uno con vistas al bosque y otro al mar, con acceso al balcón que se asemeja a un puente de mando; las dos habitaciones restantes, con buhardillas gemelas.

Salen por donde entraron, a la galería, con una lista cada vez más larga de reformas necesarias: paneles solares, reparación del techo, un baño nuevo, un cuarto para Liam.

Limpiar los tanques de agua y la fosa séptica.

Antes de cerrar la puerta con llave, Martin vuelve a recorrer la sala con la vista.

Han pasado casi treinta años desde la vez que se refugió allí con Jasper y Scotty.

La chimenea sigue en su sitio, aunque sin cenizas; el sofá de dos plazas donde Jasper se tumbó con el pie en alto aún está allí, destartalado y destinado al vertedero; la ventana por la que entraron no tiene tablones clavados y le han cambiado el cristal.

El abuelo de Mandy, Eric Snouch, murió hace solo cinco años; debió de haber hecho un mantenimiento mínimo de la casa.

Martin revisa la estantería. La enciclopedia está intacta, incluido el tomo U-V.

También, los cómics de El Enmascarado . Sonríe. Tal vez pueda leerlos con Liam.

Bajan hacia el portón y Martin lo abre; casi que tiene que levantarlo, pues tiene los goznes sueltos y se arrastra contra la tierra.

Cuando logra abrirlo del todo, oye un zumbido agudo, el sonido de un motor de dos tiempos.

Su primera idea es que se trata de una motosierra, alguien con intenciones de profanar el bosque.

Levanta la mano para indicarle a Mandy que detenga el coche mientras trata de localizar el origen del ruido.

El zumbido se intensifica y una moto de cross irrumpe desde el monte, unos treinta metros hacia abajo.

La rueda trasera levanta grava al girar con destreza, el conductor acelera de nuevo y desaparece.

Martin solo alcanza a registrar algunas impresiones fugaces: un motociclista vestido de negro, alforjas, una matrícula con una L.

El sonido se aleja y Martin huele en el viento el aceite del escape.