CAPÍTULO 15 #2
Es su madre la que lo hace: —¿Sería eso lo que Jasper quería contarnos, o, mejor dicho, contarle a Martin? ¿Que sabía quién mató a Ashton y había encontrado el cuerpo?
Los tres van en coche hacia la casa: Mandy, Martin y Liam.
Como una familia de verdad, completa. Al volante, Mandy parece decidida a recuperar el júbilo de la mañana.
Sostiene que la búsqueda en la fábrica de quesos es algo positivo: si Doug Thunkleton encuentra un cadáver, si de algún modo eso sirve para explicar por qué asesinaron a Jasper Speight, también servirá para liberarla a ella de toda sospecha.
A Martin le recuerda sus dos prioridades: limpiar el nombre de Mandy y empezar su nueva vida juntos.
Todo lo demás es accesorio. O debería serlo, aunque no consigue librarse del todo de su curiosidad periodística.
Es parte de él. En algún lugar de todo esto, late una gran historia que clama por que la cuenten.
No tiene la criminalidad pasmosa de Riversend, pero sí algo que capta la imaginación: asesinato, misterio, drogas, sexo, celebridades, religión, todo enmarcado en especulación inmobiliaria, ambiciones de pueblo pequeño y mucho dinero.
Sonríe internamente: liberar a Mandy de toda sospecha sigue siendo lo primero, junto con construir su nueva vida.
Pero si además surge una historia, una historia grande y apasionante, tanto mejor.
Siente que se le aligera el ánimo. Imagina la alegría de Vern y Josie cuando se enteren de las buenas noticias: si Mandy es dueña de la fábrica de quesos, podrá frenar el proyecto del campo de golf, si no el puerto deportivo en sí.
Recuerda lo que le dijo Jota Hayes sobre los convenios de protección ambiental: si Mandy consiguiera un acuerdo para el terreno de la fábrica, anularía para siempre el proyecto del campo de golf.
Y eso, a su vez, minaría los cimientos de la urbanización ribereña de St. Clair. Martin sonríe; empieza a divertirse.
—¿Ves el mar?
Es Mandy, que habla con Liam. Van camino de la casa Hartigan, subiendo por la selva hacia el acantilado.
—¿Ves el mar, Liam?
“¿Ves el mar?”, la voz de su padre irrumpe sin aviso, acallando sus pensamientos y apagando su entusiasmo.
Los árboles altos, la luz que parpadea entre ellos, el terreno escarpado: Martin está otra vez en la camioneta familiar, en el escarpe.
“¿Ves el mar?”, un recuerdo, claro como la luz del día.
No un eco lejano, no una imagen difusa, sino nítido como si hubiera ocurrido ayer.
Es anterior al accidente, anterior a la caída de Ron Scarsden, cuando Martin tenía seis o siete años, cuando su padre todavía era su padre.
Cuando todavía era su héroe. No es un recuerdo que deba esforzarse por evocar: lo lleva consigo como siempre lo ha llevado.
Cierra los ojos, vuelve a ser niño. El coche, los sonidos, su padre a su lado, riendo.
Feliz. Grande y fuerte, con sus manos de trabajador; una está apoyada sobre el enorme volante y conduce la camioneta con pericia por las curvas cerradas; la otra, en la palanca de cambios, sube y baja las marchas como un experto.
“¿Ves el mar?”; puede escuchar el tono de su voz, su timbre ronco.
Esa confianza natural, esa seguridad. Y vuelven las emociones, ligadas al recuerdo: su amor, su euforia, su alegría por estar solo con él, los dos hombres juntos, regresando a casa, padre e hijo .
“El que ve el mar vuelve a casa sin pesar”.
—¿Martin? —Mandy lo trae abruptamente de nuevo al presente—. ¿Estás bien?
El coche se ha detenido. Han llegado hasta un portón. “HARTIGAN”, dice el letrero descolorido, aún sujeto a la verja.
—Perdona —responde él; sacude la cabeza y baja del coche.
Parece más pequeña, una maqueta a escala de la casa azotada por la tormenta, pero sigue siendo imponente, incluso de espaldas a ellos.
Se alza en lo alto, sin subordinarse a nada, con sus dos plantas, su revestimiento de madera descascarillado; debajo de la pintura blanca, asoman manchas de base amarilla y vetas al descubierto.
El abandono parece hermoso en esa mañana soleada.
Las ventanas, con postigos pintados de azul océano, se descascarillan al unísono con las paredes que las rodean, en un acto de solidaridad.
Bajo su techo a dos aguas de chapa ondulada, con buhardillas que dan al norte y al sur, la casa tiene un aire ligeramente estadounidense.
Martin distingue las dos puertas en los extremos de la pared que da hacia ellos, y ya sabe dónde conducen: una a la cocina y la otra al vestíbulo.
Y la ventana sigue allí, la misma por la que escaparon Scotty y él.
Ese lado de la casa, que mira al monte, parece indiferente, salvo por el pequeño pórtico sobre la puerta principal como único gesto de bienvenida.
Martin entiende por qué: los Hartigan construyeron su hogar para mirar al mar, no al bosque.
Mandy aparca y avanzan hacia la casa; ella lleva a Liam en brazos.
El viento les da en la cara, limpio y fresco, cargado de sal y de promesas.
Pasan por alto la puerta principal, atraídos por el lado que se abre al mar.
Mandy se adelanta, y a medida que avanzan, se revela el diseño.
Desde el bloque de dos plantas, se proyecta hacia delante una gran sala que ocupa todo el ancho de la casa: el salón donde Martin se refugió de la tormenta junto a Jasper y Scotty.
Esa prolongación mira al mar; la rodea por completo una galería, cuyo extremo se curva como la proa de un barco.
De hecho, hay algo náutico en el diseño de la casa, como si se hubieran inspirado en una embarcación que se lanza al océano.
Sobre el techo de esa sala, se alza un amplio balcón con balaustrada de madera, como el puente de mando de un navío que se abre hacia una habitación en el piso superior.