CAPÍTULO 15
Martin dormita; los pesares de la noche han quedado atrás.
El colchón es demasiado blando, la luz matinal se filtra a través de las persianas de plástico.
Le cuesta reunir fuerzas para moverse. El día anterior fue largo y agotador, y el sueño llegó a ratos y liviano; ahora lo único que desea es volver a hundirse en ese pozo acogedor.
En algún lugar, suena un teléfono. Estira un brazo; Mandy ya está levantada.
Las madres de niños pequeños no pueden dormir hasta tarde.
El teléfono insiste; es el de ella, no el suyo.
Oye la voz suave, deliberadamente baja, de Mandy y lo entibia una corriente de emoción.
Todavía no entiende qué ve ella en él, pero la cama le parece más cálida gracias a su afecto.
La oye hablar otra vez y luego reír, y de nuevo lo invade esa calidez, aunque la risa lo arranca por completo del sopor.
Ya no quiere dormir, quiere estar con ella: ¿qué la está haciendo reír, qué le trae alegría?
En la cocina, inundada de luz matinal, la encuentra bailando, girando por el pequeño espacio con Liam en brazos.
El niño ríe, capta el ánimo de su madre aunque no entienda sus palabras.
Martin se queda observando durante un instante, hechizado; no desea romper la magia.
Después, Mandy lo ve, se desliza hacia él y lo besa.
—Buenos días, señor. —Le brillan los ojos y se le marcan los hoyuelos en las mejillas—. Listo, se resolvió el trámite de Hartigan.
—¿La casa?
—Sí. Solo falta ir a firmar unos últimos papeles y recoger las llaves. Es nuestra.
Martin se acerca a ella, los abraza, y los tres se mecen juntos.
—Será nuestro hogar, nuestro refugio. El castillo de Liam. —Sonríe a su hijo y reanuda el baile—. ¿Lo has oído, sir Liam? Tu castillo.
En la aséptica sala de reuniones de Drake y Asociados, flota un aire festivo que el decorado no consigue apagar.
Mandy aún vibra de alegría; hasta Winifred se permite una sonrisa austera.
Liam, libre de su carrito, gatea bajo la mesa de reuniones, desde donde lanza chillidos intermitentes, emite palabras a medias y carcajadas, ante la consternación de Harrold Drake.
Martin ve su propia imagen reflejada en una de las paredes de cristal oscuro y se sorprende al descubrir que él también sonríe.
Por una vez, parece que el destino está de su lado, que el eje del mundo se ha inclinado a su favor.
Contempla la idea de quitarle el pañal a Liam, solo para aumentar la incomodidad de Drake.
No hay mucho de qué hablar: Mandy firma, Martin da fe, Harrold Drake les estrecha la mano. Les entrega dos juegos de llaves, como si les ofreciera un regalo.
—¡Ja! —exclama Mandy, y toma la mano de Martin—. Vámonos. —Se arrodilla para levantar a Liam.
Pero Winifred carraspea; la sonrisa se le borra. Se vuelve hacia el anfitrión.
—Harrold, tenemos algunos asuntos menores que tratar. Detalles de organización. ¿Podrías darnos unos minutos?
—Por supuesto —responde Harrold enseguida, aunque echa un vistazo debajo de la mesa antes de marcharse.
—¿Qué pasa? —pregunta Mandy, ya de pie, con Liam en brazos.
—Sentémonos —propone Winifred—. Mis piernas ya no son tan jóvenes.
Martin obedece, aunque no le cree del todo; está seguro de que, si quisiera, Winifred podría dejarlo atrás en una carrera.
—¿De qué se trata? ¿Ha pasado algo?
Mandy percibe la preocupación en su voz, y su sonrisa se desdibuja. Deja a Liam otra vez bajo la mesa, se sienta.
—¿Winifred?
Pero la abogada sonríe para tranquilizarlos.
—He investigado un poco sobre la fábrica de quesos y su dueño, Amory Ashton. Es bastante probable que Mandy también la herede.
Mandy frunce el ceño.
—¿La que está junto a la laguna, de la que Martin habló ayer? ¿En serio? ¿Cómo puede ser?
—Amory Ashton era tu tío abuelo, medio hermano de Siobhan Hartigan.
—¿Y me la dejó a mí?
—No exactamente. Ni siquiera habías nacido cuando redactó su testamento. Legó todo a su hermana y a sus herederos. Cuando Siobhan murió, su patrimonio pasó a manos de su marido, Eric, tu abuelo, quien a su vez te dejó casi toda su herencia.
—Entonces, es mía —dice Mandy, todavía sin convicción.
—Aún no. Ashton no ha sido declarado muerto de manera oficial. No se encontró su cadáver; simplemente desapareció. De eso hace algo más de cinco años y, en Nueva Gales del Sur, debe transcurrir un mínimo de siete años para que alguien pueda ser declarado muerto.
—¿Adónde quieres llegar? En algún momento, la heredaré. ¿Tiene alguna otra relevancia?
Winifred habla con serenidad, junta los dedos en un gesto que Martin empieza a reconocer; lo utiliza como para acompañar un fallo judicial.
—Harrold Drake guarda el testamento de Amory Ashton aquí, en estas oficinas.
—¿Drake sabe que Mandy es la heredera? —pregunta Martin.
—Es probable que sí.
—¿Cómo que es probable? —replica Mandy—. No tengo dudas de que lo ha leído.
—Funciona así —explica Winifred, adoptando un aire de profesora de matemáticas que presenta un nuevo concepto—: Drake podía consultar el testamento de Ashton en cualquier momento, pero no tuvo razones para hacerlo hasta que él desapareció.
Entonces, lo revisó y vio que la heredera era Siobhan Hartigan y que el heredero de ella era Eric Snouch, tu abuelo.
Martin interrumpe.
—Un momento. Él tenía el testamento de Ashton, pero tu bufete debe de haber tenido también el de Siobhan Snouch y el de su marido.
—Correcto. Una semana después de la desaparición de Ashton, Drake solicitó ver los testamentos de Siobhan y de Eric. Tenemos registros.
—¿Y se lo permitieron?
—Estaba en su derecho. Los testamentos no son documentos secretos.
Ahora interviene Mandy.
—Pero tenía entendido que el de Eric se guardaba sellado o algo así hasta que yo cumpliera los treinta.
—No, el testamento, no. Lo que ocurre es que el principal beneficiario era un fideicomiso testamentario.
Así que Drake descubrió que existía el fideicomiso y que, tras la muerte de Eric, la mayor parte de la fortuna de los Snouch pasaba a ese fideicomiso.
Pero no podía saber quién era el beneficiario.
Nadie lo supo hasta que cumpliste treinta años, salvo los fiduciarios, claro.
—O sea, tu bufete —dice Mandy.
—Exacto.
—¿Y Drake preguntó quién era el beneficiario? —quiere saber Martin.
—He comprobado que sí.
Martin sonríe.
—Pero por ley no tenían permitido decírselo.
—Entiendo que fuimos sumamente cordiales —responde Winifred.
—¿Y ahora? —pregunta Mandy.
Winifred se encoge de hombros.
—Él sigue sin tener acceso a la información. Legalmente, nada ha cambiado. Pero en la práctica, le revelamos quién era la beneficiaria en cuanto le informamos que Mandy había heredado la casa de Siobhan Hartigan como parte del patrimonio de los Snouch. Es la misma línea sucesoria.
Martin siente que una pieza del rompecabezas encaja en su sitio.
—Por eso, St. Clair contactó con Canal Diez e impulsó la búsqueda del cuerpo de Ashton.
Me lo dijo sin rodeos: no le importa quién mató a Ashton ni cómo murió, solo quiere que lo declaren muerto y que se decida quién pasa a ser el propietario.
Y ahora que conoce la cadena sucesoria, puede ofrecer comprarle las tierras a Mandy.
—Exacto —confirma Winifred—. Pero ¿por qué tanta prisa? Dentro de dos años, declararán muerto a Ashton de todas formas.
Es Mandy quien responde: —Porque dentro de dos años, las tierras de Hummingbird Beach podrían estar vendidas y el desarrollo en marcha.
Él está convencido de que Jota venderá. Y para ese entonces, yo ya sabría que no heredé una fábrica abandonada junto a un pantano en medio de la nada, sino un terreno valioso.
Así que él tiene esperanzas de adelantarse y comprar las tierras por calderilla, aprovechándose de la rubia tonta.
—¿St. Clair se te ha acercado? —pregunta Martin.
Mandy niega con la cabeza.
—No. Nunca lo he visto.
Los tres se miran mientras evalúan las posibilidades; por fin, es Martin quien señala la contradicción: —No tiene sentido. No se ha acercado a Mandy. Y más importante aún, se desvivió por contarme sus planes para la fábrica y los terrenos. Sabía que yo era la pareja de Mandy cuando me lo dijo.
Las dos mujeres asienten, de acuerdo con su razonamiento.
—¿Jasper Speight te habló de él alguna vez? —pregunta Winifred.
Mandy vuelve a negar con la cabeza, pero su voz ya no suena tan segura.
—Jasper habló de planes para desarrollar Hummingbird Beach, sí, y recuerdo que dijo algo sobre que quería salvar una marisma. Tal vez, mencionó a St. Clair, no lo recuerdo. —Se encoge de hombros—. A mí no me interesaba ningún desarrollo urbanístico. Yo solo quería mi casa sobre el acantilado.
Martin ve la oportunidad.
—¿Jasper te habló alguna vez de un plan para dividir los terrenos de los acantilados en parcelas de cinco hectáreas, desde la casa Hartigan hacia el norte hasta la punta que da a Hummingbird Beach?
—Sí, una vez. Estaba muy entusiasmado. Dijo que los demás propietarios estaban evaluando sus opciones, pero yo le respondí que no iba a parcelar.
—¿Dijo que los demás lo estaban considerando?
—Exacto. Pero yo todavía no sé quiénes son.
—Yo sí lo sé —dice Martin—. Y ninguno quiere parcelar.
—No le daría demasiada importancia a eso —observa Winifred—. Un agente inmobiliario tiende a maquillar la verdad. Si nadie estaba dispuesto a vender, su propuesta no iba a ninguna parte.
—Falta algo —dice Mandy—. Si Jota Hayes no tiene intenciones de vender Hummingbird Beach, ¿por qué Jasper investigaba la posibilidad de una parcelación?
¿Y por qué St. Clair tiene tanto interés en encontrar el cuerpo de Amory Ashton?
Seguro que no es solo porque apareciese yo como heredera de Hartigan y de la fábrica. ¿O sí?
Se hace un silencio. Los tres intuyen que esa nueva información es importante, pero no logran descifrar cómo encaja. Mandy se inclina, levanta a Liam y lo sienta en su regazo. El niño mira alrededor, expectante, como esperando a que alguien hable.