Puerto de furia (Martin Scarsden 2) CAPÍTULO 14 #3
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CAPÍTULO 14 #3

Cuando el atardecer pierde color, las luces del puente se iluminan en el cielo del este, y el resplandor de Port Silver se eleva como un aura; Martin respira el espíritu del lugar.

En la orilla opuesta, las luces de las casas se vuelven más intensas.

Las ranas se atreven más, croan con más fuerza.

Entre sus piernas, Liam se suma: vocaliza, experimenta, disfruta del sonido en sí mismo. El aire es cálido, húmedo, benigno.

—Qué raro —dice Martin— que usted y Brian Jinjerik sean amigos.

—No, no es tan raro. Nos movíamos en el mismo mundo, conocíamos a la misma gente, vivíamos bajo las mismas reglas. A tiempos duros, tipos duros. Mujeres duras, niños duros. Allá en la Barriada.

—¿Usted era de la Barriada?

—Me crie allí. Tuve suerte: mi madre sabía lo que hacía. Terminé la escuela, entré en la policía. Gente como Brian no tuvo esas oportunidades. —Mackie hace una pausa, recoge el sedal, revisa el anzuelo, lo lanza de nuevo.

—Era un tipo duro, Brian. Sus amigos también. Tu padre no lo era tanto, pero era más listo.

—¿A qué se refiere?

—Se dio cuenta pronto de que robar almacenes y coches y secuestrar camiones era cosa de delincuentes.

—¿Mi padre lo era?

—Nunca lo condenaron.

—¿Lo arrestaron?

—Muchas veces. Sobre todo después de que murieron tu madre y tus hermanas. Casi todas las semanas, por estar borracho y alterar el orden.

—Lo recuerdo. Pero… ¿antes de eso?

—Brian fue a la cárcel por un robo en un depósito en Brisbane. Sospeché que tu padre estaba metido, pero nunca lo pude probar. Tu madre lo metió en vereda y él se dedicó a cosas más sensatas.

—No recuerdo que trabajara mucho. Ni siquiera antes del accidente.

—No. Se lesionó la espalda trabajando en el ingenio azucarero. Cobró la indemnización laboral, una buena suma, y después pasó a cobrar una pensión por invalidez.

—No lo recuerdo con problemas de espalda.

—Qué curioso.

Martin se ríe.

—¿Usted no lo denunció a la aseguradora?

—¿Yo? No era asunto mío. Si eso lo mantenía alejado de los problemas, a mí me bastaba. De vez en cuando, le marcaba el límite, le decía que no fuera tan descarado con lo otro.

—¿Lo otro?

—Con trabajar. En diferentes cosas. En obras, en un pesquero nocturno o haciendo algún turno en la fábrica de quesos.

—Ya. —Martin se pregunta si el ingenio azucarero alguna vez descubrió la verdad.

—Y cuando Brian salió en libertad, tu padre le enseñó el oficio. También terminó con una pensión por invalidez que lo ayudó a enderezarse.

Los dos hombres quedan en silencio. En la mochila, Liam se ha ladeado, a punto de dejarse vencer por el sueño.

De pronto, Mackie se sobresalta, la caña se sacude en sus manos.

—¡Joder, he pillado un pez!

Martin usa el móvil como linterna mientras el viejo policía recoge el sedal, saca el pez, plateado, que se sacude al salir del agua.

El alboroto despierta a Liam. Algo en los estertores del pez lo incomoda, y el niño rompe a llorar.

Martin se arrodilla, sonríe, lo calma con palabras suaves.

Luego, se cuelga otra vez el portabebés, se despide y deja al viejo policía para que destripe con tranquilidad su pez.

Mandy está despierta, esperándolos. Observa cómo Martin baja a Liam y lo saca con cuidado, dormido, del portabebés. Toma a su hijo, lo acuna y lo acomoda en la cuna portátil, sin que el niño se percate de nada. Después, se acerca a Martin y enreda los brazos alrededor de su cuello.

—Perdóname.

—¿Por qué?

—Por todo. No es como lo había imaginado.

—Y tú perdóname a mí —responde, y la atrae hacia sí; apoya la mejilla sana contra su cabeza, siente la suavidad electrizante de su pelo oscurecido.

—Tú no tienes de qué disculparte.

—¿Eso crees?

—Me alegra tanto que estés aquí. —Y lo besa, el primer beso lento de muchos.

Pero más tarde, ya de noche, Martin no logra dormir.

Yace despierto junto a Mandy, que duerme; piensa en su padre, intenta recordar tras haberse empeñado en olvidar durante más de media vida.

¿Cómo había sido su padre antes de que les tocara la lotería, antes de que murieran su madre y sus hermanas, antes de que el alcohol lo consumiera?

Le resulta imposible visualizarlo. El recuerdo que persiste es el del borracho tumbado en el sofá, pegado a la televisión, cerrado al mundo y a su hijo, malgastando el dinero y arruinándose la salud.

Vivió solo ocho años más que su mujer; ese breve lapso bastó para que pasara de ser un treintañero encantador, en buen estado físico, a un alcohólico cirrótico y diabético.

Ese lapso bastó para que despilfarrara todo el dinero, alimentando máquinas tragaperras y distribuyéndolo por los hipódromos de Australia sobre el lomo de caballos perdedores, sin dejarle nada a su hijo, salvo deudas.

Facturas de servicios sin pagar, meses de alquiler atrasados, préstamos vencidos.

No era de extrañar que hubiera muerto; ya no le quedaba nada por lo que vivir.

La culpa lo vuelve a invadir en medio de esa noche de insomnio.

La culpa persistente que arrastra por la muerte de su padre, por cómo reaccionó al recibir la inesperada noticia.

Su padre había muerto en un accidente de tráfico: perdió el control del coche y se estrelló contra un árbol, con un nivel de alcohol en sangre tres veces superior al permitido.

Un accidente sin sentido como final para una vida sin sentido.

Y la culpa lo golpea cuando recuerda su reacción: alivio, liberación.

Júbilo. Su padre, muerto. Y él, riéndose.

Y en los días que siguieron, incluso después de que descubriese que todo el dinero se había evaporado, lo que perduró fue esa sensación de libertad, de gratitud por poder irse a vivir con Vern, por haberse liberado de esas cadenas y por poder reinventarse.

Pero había existido otro Ron Scarsden, el hombre que Clyde Mackie recordaba; el Ron Scarsden que llevaba a su hijo de campamento y a pescar a Treachery Bay.

Martin intenta evocarlo, intenta apartar el recuerdo del alcohólico hinchado.

Lo primero que le viene a la mente son sus manos, fuertes y callosas, ágiles y capaces, la única imagen que nunca lo abandonó del todo.

Sin duda, viene de antes, de cuando Ron todavía hacía trabajos ocasionales en pesqueros, en obras o en la fábrica de quesos para complementar su pensión por invalidez.

Pero hay otros recuerdos, difusos como sueños.

Viajar como acompañante en la vieja camioneta familiar, ida y vuelta, subiendo y bajando el escarpe, mientras su padre reía, bromeaba con él y le contaba chistes.

“¿Ves el mar?”, otro recuerdo, un detalle más nítido.

Su padre le revuelve el pelo, le pregunta si quiere ir con él hasta Longton.

Lo recuerda ahora, y unas lágrimas le humedecen los ojos.

Se esfuerza por recordar más, pero el cansancio lo arrastra como una marea, lo lleva flotando hacia el sueño.